Amor prohibido

Coia Valls

Fragmento

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Prólogo

Monasterio de Sant Benet de Bages, febrero de 1458

La silueta de una mujer de mediana edad y noble porte avanza en dirección al altar. Se halla en el interior de una iglesia de grandes dimensiones, en la que la ausencia de elementos decorativos, aparte de la cruz de madera encajada en el ábside, aún empequeñece más su figura oscura y anónima. El monasterio es poco frecuentado y se encuentra bastante deteriorado; las malas hierbas se apoderan del claustro, los animales utilizan como refugio espacios que hasta hace cuatro días eran sagrados. En apariencia, hace mucho que solo el dolor y la muerte dejan su huella en él, como si monjes y fieles lo hubieran abandonado a su suerte.

La única alma en el interior del templo es esa silueta, que no presta atención a las pinturas rojizas de las paredes que la humedad ha ido deshaciendo, ni a los rayos de luz que trenzan senderos sobre las losas. Tal vez porque persigue un único propósito, salvar el último tramo de un camino que podría recorrer con los ojos cerrados, hasta tal punto lo conoce.

Antes de descender a la cripta gira la cabeza a derecha e izquierda para escrutar en profundidad el resto de la iglesia. Se diría que busca la soledad, pero también podría ser que espere hallar una mirada conocida. Luego baja la escalera con ceremonia, cual si se tratase de un ritual o fuera necesario recordar cada paso de aquel gesto tantas veces repetido. Poco a poco, la oscuridad la va engullendo.

Sus ojos necesitan unos instantes para acostumbrarse, pero no tarda en distinguir la arqueta donde descansan los restos mortales del venerado san Valentín. La cubren tres láminas de plata, que ya no tienen ánimos para brillar a la tenue luz que se cuela por la saetera. Todavía imbuida del estallido primaveral de que ha disfrutado a lo largo del camino, la sorprende que la cripta siga inmutable, que nada anuncie tan extraordinario acontecimiento.

La figura se arrodilla de espaldas a la escalera y un escalofrío le recorre la espina dorsal. La frialdad de las losas le atraviesa la tela del vestido como una advertencia, y le recuerda que hay lugares donde el mundo puede ser frío e inhóspito. Sabe que debe mantenerse al margen, que solo la mueve un objetivo. Se arregla con gestos lentos el cabello gris recogido bajo el pañuelo; después se mira las manos como si las viera por primera vez.

La tersura de la piel ha cedido; descubre en ella marcas y manchas que desconocía. Pero no tarda en sonreír. Los dedos, bastante largos y esbeltos para un cuerpo pequeño como el suyo, aún se muestran ágiles tras haber ayudado a tantas y tantas mujeres a traer al mundo a sus hijos. A menudo tiene la sensación de que cada día son más diestros, más capaces.

No es el único pensamiento que la persigue cual perro faldero. Por su memoria desfilan rostros empapados en sudor, los de personas que han confiado en ella tras apenas cruzar unas palabras, los de niños que tenían el futuro truncado a menos que ocurriera un milagro. Necesita hacer un gran esfuerzo para dejar de lado el rastro de tantas imágenes vividas. No puede dedicarse a hacer balance, está obligada a vivir.

Poco después, el rítmico sonido de unos pasos acercándose la lleva a pensar que el éxito de ese día depende de lo que está a punto de suceder. Pronto tendrá de nuevo en sus manos la llave de entrada al más bello paraíso o a un infierno cuyos tormentos asimismo conoce. Durante las próximas horas la vida debería quedar fuera de toda predicción, orden o lamento. Solo prevalece el deseo, el de la contemplación, el del sonido de las palabras, el de la piel, todavía. Son horas para el delirio del todo o la infinita tortura de la nada.

Mientras espera cada nueva primavera en su casa de Manresa, la que recibió en herencia de la doctora judía Floreta Sanoga, los días van cayendo tímidamente en la cesta del tiempo pasado. Pero entonces llega febrero y debe partir, es el regreso al lugar de la felicidad o de la decepción, el instante que le ha concedido el Creador y que de ninguna manera puede perderse.

Todavía está de rodillas, pero ya no siente frío. La incertidumbre resulta demasiado abrumadora para soportar ninguna otra sensación de similar intensidad. No se vuelve al notar la mano en su hombro. Solo es consciente de la oleada de miedo que le reseca la garganta. Tal vez si hubiera percibido alguno de los aromas tan característicos del hermano Climent, a caldo de gallina o a manzanas confitadas...

Sin embargo, ni eso ni el peso de su palma, suave como una pluma de águila, son los deseados, lo que hace que sus esperanzas mengüen un tanto.

—Me han encargado que os entregue esta llave —dice el monje al que no ha visto nunca, como si se tratase de un hecho sin excesiva importancia.

Ella intenta atisbar alguna respuesta en sus ojos, pero el hombre ya sube los escalones en dirección a la iglesia. No se ha atrevido a hacerle la pregunta que bulle en su interior, mas pese a todo la sangre vuelve poco a poco a sus mejillas. Cuando se ve con ánimos, hace amago de levantarse, pero sus entumecidas piernas se niegan a obedecer.

En ese momento, mientras una mueca de dolor desdibuja sus facciones todavía hermosas, una muchachita de cabello largo y rostro sonriente le ofrece el brazo. Observa que la joven no va sola; la acompaña un chico más o menos de su edad. Llevan unas flores a modo de ofrenda.

Por unos instantes los recuerdos del pasado se vuelven más vívidos y la mujer los mira con una mezcla de ternura y añoranza. Luego los deja atrás, se esfuerza por que su paso parezca todavía tan decidido como en aquella época, cuando se hacían promesas de amor...

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Libro primero

Tan vana es nuestra vida que no constituye sino un reflejo de nuestra memoria.

CHATEAUBRIAND

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