El fino hilo de la mentira

Emma J. Care

Fragmento

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PRÓLOGO

El final es el principio

El golpe resonó en las cuatro paredes, cortó el aire y sumió la habitación de la novia en el más espeluznante de los silencios.

La joven, sentada en el pequeño taburete del tocador, se acarició la mejilla donde segundos antes se había estrellado la mano de su madre. La piel le ardía; la carne le escocía como si se la hubiese frotado con un guante de esparto.

—Eres una vergüenza de hija. La única que me ha dado el Señor y es fulana. Pero la culpa no es tuya, claro que no; es de tu tía, esa estéril que no vale ni para fregar escaleras. Le cedo la vida de mi hija y así es como te cría, ¡mala pécora le pique! Ahora solo te pido una cosa: que al menos sepas hacer feliz a tu marido porque, si no, hasta en eso habré fracasado en mi papel de madre.

Una solitaria lágrima se deslizó por la magullada mejilla de la muchacha vestida de blanco.

El contenido portazo fue la muestra de la ruptura entre esa mujer, que se hacía pasar por su madre, y ella. Sin embargo, las palabras dedicadas a la que ella consideraba su verdadera madre se convirtieron en pequeñas astillas que se le clavaron en el corazón. Un corazón herido por sus cuatro costados.

—Señorita Lena —oyó decir a una dulce voz.

Todavía con el rostro semigirado por la bofetada recibida —no había levantado la vista de las tablas del suelo—, se obligó a volver la mirada y se topó con unos dulces ojos oscuros, como el chocolate puro.

—No puedo, Rosario, no puedo salir llorando…

—Sí, puede. —La sujetó por los hombros para imprimirle coraje—. Sus lágrimas no son de pena; son de miedo por ese inmenso futuro que se le abre junto a su joven marido; son de felicidad por el comienzo de esa nueva vida que la espera…

¡Qué equivocada estaba su fiel Rosario! Pues ya había derramado en poco tiempo las lágrimas que una persona solloza a lo largo de su existencia. Ese día era por la humillación que le había hecho pasar su madre montando esa escena.

—No puedo mentirle —hipó—, él no se lo merece…

La joven criada chasqueó la lengua entornando la mirada. Aquello parecía un callejón sin salida. Al mirarse de nuevo, Rosario la agarró fuertemente de sus manos.

—Solo usted sabrá cuándo desvelarlo. —Las dos muchachas se fundieron en un abrazo—. Conmigo estará a salvo hasta que lo decida.

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1º PARTE

Tina y Pablo

When she was just a girl

She expected the world

But it flew away from her reach

And the bullets catch in her teeth

Life goes on, it gets so heavy

The wheel breaks the butterfly

Every tear a waterfall

In the night the stormy night she´ll close her eyes

In the night the stormy night away she´d fly

And dreamed of

para-para-paradise[1]

Tengo miedo del encuentro

con el pasado que vuelve

a enfrentarse con mi vida.

Tengo miedo de las noches

que pobladas de recuerdos

encadenen mi soñar.

Pero el viajero que huye

tarde o temprano

detiene su andar.[2]

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CAPÍTULO 1

Volver

«Vuelve a casa, hazme caso; a veces tenemos que regresar al lugar que nos vio crecer para encontrarnos a nosotros mismos y ver qué es lo que queremos. Ve, Tina. Quizás allí encuentres lo que necesitas», escuché en mi mente a mi padre, último empujón que me facilitó pisar el acelerador y adentrarme en el camino de tuyas.

La boca se me secó bajo sus sombras.

El ruido de la grava debajo de las ruedas era el desgarro de mis propias entrañas por estar de nuevo allí.

Ya con el coche estacionado a los pies de la casa familiar, consumida como estaba desde hacía casi seis meses —momento en el que mi vida perdió todo su sentido—, apoyé la frente en el volante al tiempo que lo sujetaba con más fuerza hasta dejar los nudillos blancos. A través de la ventanilla, Galicia me saludó con su inigualable brisa, al igual que hacía cuando de niña venía a estas tierras.

Mi tierra.

Tierra de la que una vez me fui.

El aroma a mar que arrastraba consiguió, brevemente, que mi corazón brincase. Esas notas me trasladaron a otro lugar, a otro mundo, a una época que irradiaba felicidad. No había complicaciones ni problemas contra los que el amor y el corazón perdían. Esas notas acompañaron la primera parte de mi vida. La única que valió la pena.

Sin remedio, más cansada aún —no por el viaje—, bajé y me crucé de brazos para seguir manteniendo las distancias. Con la cadera apoyada en el espejo, observé la antigua casa que se erigía con sus dos pisos de altura y sus palaciegas torres en ambas esquinas. La piedra, envejecida, estaba cubierta por la enamorada del muro, o parra virgen, que se afanaba en tapar sus grietas, sus agujeros, si los hubiese, y concederle una alegría, que parecía haber perdido, con el verde de sus hojas, que, por otro lado, contrastaba con la pizarra que formaba el alto tejado. El sol, a mi espalda, iluminaba con sus rayos las ventanas reticuladas, tras las que podía ver las cortinas enganchadas a los lados. No necesitaba entrar para recordar el modo en que Rosario las sujetaba con aquellos gruesos cordones de hilo. Ese patrón se iba repitiendo en los dos pisos, lo que le daba la apariencia de estar desperezándose después de un largo sueño del que despertaba con mi llegada y, con ojos entrecerrados, trataba de reconocerme.

Yo sí lo hacía.

«Ve a Galicia, pon tierra de por medio, distánciate y tómate tu tiempo para pensar», me había aconsejado Noa.

No lo veía ni tan bien, ni tan claro, al recordar la manera en la que salí, aquel último verano, jurando no regresar. ¡Vaya tontería! Si lo hubiera sabido antes, no lo habría hecho. Trece años después la rompía, ya que había regresado a ese pozo negro que tanto tardé en tapar.

Adolorida, con el alma ametrallada por los disparos que me regaló la vida, además de la sensación abrumadora de que el aire que respiraba no me llegaba a los pulmones, caminé hacia el jardín para postergar el momento de entrar de nuevo en aquella casa. Según tenía entendido, constaba de tres niveles: el principal, en el que estaba; en el segundo, los rosales, las hortensias y otras plantas ornamentales creaban una estampa única, y a veces era posible captar su increíble aroma, dependiendo de cómo soplase el viento, desde cualquier habitación; por último, el sector destinado a las vides, con las que, otrora, se elabora

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