Cuando aman las Townsend (Los Townsend 3)

Nunila de Mendoza

Fragmento

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CAPÍTULO 1

—La gordita me gusta más —dijo un obrero riendo y gesticulando a medida que hablaba—. Fuertes brazos, fuertes piernas y mejillas redondas. Bien rellenita para que me caliente en el invierno.

—A mí me gusta la pequeña, la que renguea —sentenció otro albañil sentado a su lado—, parece una figura de porcelana. En mi pueblo, hay una imagen de la Virgen igualita a ella: rubia, con piel de porcelana y ojos azules, aunque esta señorita Towsend siempre está con la nariz levantada.

—Pues para mí —dijo un tercero hablando con la boca llena—, la más bonita es la de ojos verdes, la oscura. Con su cabello ondulado que le llega a la cintura, y es la más amable, siempre saluda.

—La gordita nos dio pasteles —replicó el primer obrero.

—Porque quería saber nuestra opinión.

—Estaban deliciosos —afirmó de nuevo y, riéndose, agregó—: ¡¿Ven?, es la ideal!, sabe cocinar y es gordita buena para el invierno. ¿Para qué más?

Los albañiles soltaron carcajadas y, terminando su merienda, volvieron apurados a la obra. Era primavera, época cuando Ian Townsend mandaba a reforzar los cercos de Garden House. «Nada ha cambiado», pensaba un hombre, apoyado en una pared cercana, que había escuchado la conversación de los albañiles. «Primavera, época de reforzar los muros. Katy sigue inventado pasteles y dándoselos a probar a todo el mundo. Amy, con su altivez, y Grace, con esa belleza rara, siempre la más amable, la más sencilla, la más callada y buena. Grace es perfecta… la presa perfecta».

La marquesa de Saxonhurts bajó la escalera principal del gran salón, como siempre, vestida de riguroso negro, aunque hacía más de veinte años que había muerto su esposo. Erguida, majestuosa, irritantemente perfecta, entró a la biblioteca, ordenó al mayordomo avivar el fuego de la chimenea y que se retirara.

—¿Qué deseas, Richard? —preguntó la marquesa de manera displicente a su visitante que la había esperado por casi media hora.

—Hola, prima —dijo el doctor Gervais, se acercó a ella y la besó en ambas mejillas—. A mí también me da gusto verte.

—Sabes que detesto que me saluden así —habló la marquesa limpiándose las mejillas, luego, agregó—: Si has venido a interceder por esos dos, pierdes tu tiempo. Ya lo he decidido, de ninguna manera Julian se casará con esa chica.

—Se llama Amy —dijo el doctor.

—Amy Townsend, lo sé. Nunca pensé, cuando accedí a que Julian se hiciera amigo del conde de Hamilton, que terminaría en este despropósito.

—Elinor, los tiempos cambian. No puedes disponer de la vida…

—No dejaré que mi único hijo —lo interrumpió la marquesa

—¿Único? —preguntó el doctor extrañado.

—Sí, Richard, no permitiré que mi único hijo se case con una huérfana adoptada, de quien no se sabe cuáles serán sus orígenes y cuánto puede contaminar nuestra sangre. ¿Una recogida será la próxima marquesa de Saxonhurts?, sobre mi cadáver.

—Elinor, conozco a Amy, prácticamente, desde que nació. Si la conocieras, si hicieras el intento de…

—Encima —interrumpió Elinor—, criada por esos Townsend.

—Honorables y maravillosas personas.

—Excéntricos, locos. La madre, esa lady Violet, podrá ser noble, pero es tan, tan sui generis, siempre dando la contra, rompiendo las reglas, y el padre, dicen que de niño fue un deshollinador y recolector de estiércol. ¿Esos serán los suegros de mi hijo?

—Decentes, buenos, trabajadores, amables.

—¡Basta, Richard! No consentiré nunca ese matrimonio. ¡Nunca!, me da terror pensar en las taras familiares que tendrá esa niña y que puedan heredar mis futuros nietos.

—Te refieres a los casos como los de nuestras primas de Bristol, que veían a Dios en los huevos de pato; llegaron a juntar quinientos en su casa. O quizás hables de nuestra tía abuela y los doce dedos de sus pies. O los primos Gunter con su afición por pescar dentro del inodoro, ni que decir de nuestro tío Gabriel, que se marchó a África a vivir sobre un árbol, con un gorila.

—Richard.

—Hembra, claro, loco, pero no sodomita.

—¡Richard! —gritó la marquesa.

—Ese es nuestro primo John, que dentro de la casa se hacía llamar lady Jean.

—¡Basta!, tú sabes a qué me refiero.

—¡No, Elinor, y no te entiendo! —El doctor alzó la voz y, después de una pausa, recobró su correcto temple—. Ya perdiste un hijo por estas tonterías, pero no aprendes. Como te he demostrado, tus temores de taras y deformidades los debería de tener Amy sobre nuestra familia. Nada nos diferencia del resto de mortales, solo que sabemos ocultar nuestros defectos, como nuestro deber de nobles nos obliga.

—Richard, te estimo —habló Elinor también modulando su voz—. Estuviste a mi lado en tiempos difíciles, has sido la presencia paterna que Julian no tuvo, pero no, ese matrimonio es inconcebible, sé que es tu ahijada y la quieres, que para ti, unir a los dos es un sueño, pero para mí es una pesadilla. Mi hijo es el marqués de Saxonhurts, ¿te imaginas el escándalo que será ese matrimonio, cuántas puertas se le cerrarán casado con una plebeya recogida, criada por esos excéntricos Townsend?, no puedo concebirlo, y además es deforme.

—Sí —dijo Gervais, suspirando para no perder el control—. Mi Amy tiene una ligera deformidad en su pierna derecha, consecuencia de su nacimiento prematuro.

—¿Ves?, lo siento, Richard, sé que adoras a esa joven. —Luego de una pausa, acercándose a él y bajando la voz, agregó—: Hasta hay rumores de que es hija tuya, concebida con una sirvienta, y que, al morir la madre, se la diste a criar a Violet Townsend.

La estruendosa risa del doctor Gervais retumbó en la casa.

—Los londinenses —dijo aún riendo— y su excesiva imaginación. Todo inglés es un escritor de novelas en potencia.

—¿No es cierto?

—No, Elinor. Nunca me casé; lamentablemente, nunca he tenido hijos, pero si hubiese sido verdad, sería el padre más feliz del mundo. Amy es un milagro que presencié desde que la traje al mundo y que… casi mato.

—¿Estás segura, Katy? —dijeron Grace y Amy al mismo tiempo.

Las tres hermanas hablaban en murmullos en la habitación. Con cuidado, Amy cerró la puerta para que no oyeran el resto de habitantes de la casa su conversación.

—Es la única manera, hermanas, y ustedes me tiene que ayudar —habló Katy de manera muy enérgica, señalando a cada una con el dedo.

—Pero papá se molestará —dijo Grace—. Él te dijo que…

—Papá —la interrumpió Katy— quiere comprarme una pastelería muy lujosa. Cuando le dije que me habían rechazado como estudiante en el Instituto francés de chefs, habló de comprarlo para que me admitieran.

—Eres muy buena cocinera —le dijo Amy a medida que le cortaba las puntas de su cabello—. ¿Por qué quieres que esos tontos franceses tengan que decirte lo buena que eres? Tu madrina, la señora Holms, que en brazos del señor esté, decía que cocinabas hasta mejor que ella, y mamá también.

—Pero me falta mucho por aprender —respondió Katy—. ¿Y por el hecho

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