Charlotte Beverly

Andrea Muñoz Majarrez

Fragmento

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PRÓLOGO

Horton Hall, Branston, Lincolnshire. 1825

Hacía un sol espléndido que iluminaba los verdes prados que rodeaban Horton Hall, la casa señorial del duque de Branston, lord Davenport. Aquella mañana veraniega la suave brisa llegaba hasta la entrada de la casa, trayendo consigo un dulce aroma a hierba mojada, pues la noche anterior había caído algo de lluvia, de la que aún quedaban algunos rastros de gotas entre las hojas. A pesar de la lluvia de la noche anterior, ese día no había rastro de nubes, el cielo estaba despejado y de un azul intenso, escenario perfecto para disfrutar del día en el jardín.

Horton Hall era el lugar donde habían crecido los miembros de la familia Davenport durante los últimos cien años. Rodeada de verdes prados, por la finca pasaba un pequeño arroyo donde era posible bañarse en verano cuando hacía un día tan esplendido como aquel. La mansión estaba hecha de piedra y mármol, con paredes revestidas de madera y tapices que daban calidez a la casa durante el duro invierno, a pesar de que era una casa en principio pensada para ser una propiedad donde vivir en verano. Los Davenport pasaban gran parte del año en Londres, donde lord Davenport era representante en la Cámara de los Lores, y donde tenía una propiedad en Mayfair, llamada Kenton House. Horton Hall contaba con salón de baile, despachos, una cocina inmensa, numerosas habitaciones y una sala para los niños de la familia, además de un inmenso jardín y hectáreas de campo donde disfrutar de largos paseos tanto a caballo como a pie. La propiedad se situaba algo lejos de Branston, un pequeño pueblo donde la vida era tranquila y apacible, al que los Davenport acudían principalmente para la misa de los domingos o para alguna reunión o acto.

Lord Davenport, coronel retirado, había participado en la batalla de Waterloo, donde luchó contra las tropas napoleónicas. Había perdido a su esposa, Fanny, hacía tres años debido a unas fiebres. Para él su vida ya no estaba tan llena de luz como antaño, pues tuvo la enorme suerte de enamorarse de su esposa, algo extraño entre los de su clase, y de tener un matrimonio feliz a pesar de las dificultades de la vida.

Pero aquel día de julio de 1825 no quería recordar malos momentos, pues esperaba la visita de un amigo al que le debía la vida. Por fin, el capitán Beverly, a quien conoció cuando este era un soldado más bajo sus órdenes, había decidido aceptar su invitación para pasar unos días con su mujer y sus dos hijas allí, y disfrutar del agradable entorno. Lord Davenport no estaba solo aquel día, pues lo acompañaban su único hijo y heredero, Patrick, con su esposa, Elizabeth, y su pequeño Michael, de 8 años de edad, que era el ojito derecho de su abuelo.

Aunque lord Davenport no era un hombre muy religioso, lo único que siempre le pedía a Dios era que su hijo Patrick enmendara su conducta. Este era un jugador y mujeriego empedernido, que traía por el camino de la amargura a su mujer. Elizabeth aguantaba con estoicismo las infidelidades de su marido y las habladurías, pues las aventuras de Patrick eran bien sabidas por todo su entorno social, y todos murmuraban maliciosamente a su alrededor. Pero ella, como hija de familia aristocrática, era una dama que había sido educada para sobrellevar estos escándalos con una actitud fría, pero a la vez risueña.

Solo deseaba que, aunque la conducta de su hijo no se pudiera arreglar de manera inmediata, por lo menos Michael no heredara su carácter y se convirtiera en un muchacho responsable. Sin embargo, Michael adoraba a su padre y para él seguía siendo su héroe a pesar de sus numerosas ausencias y del poco cariño que le demostraba. Para evitar males mayores, lord Davenport se había encargado de quitarle a su hijo y heredero el control de los menesteres económicos y solo le pasaba una asignación anual para poder vivir cómodamente, aunque siempre tenía que pagar algún extra por sus deudas contraídas en numerosas partidas de cartas.

Absorto estaba en esos pensamientos, cuando llegó el carruaje del capitán Beverly. Este era un hombre de mediana edad, alto y apuesto, siempre con una agradable sonrisa, que transmitía paz y serenidad a los demás. Durante su etapa en el ejército, en el cual ya no estaba en activo, siempre animaba a sus compañeros, a pesar de las duras condiciones del campo de batalla. Cuando luchaban en la guerra contra Napoleón, el capitán Beverly era el cadete Beverly, alguien de rango inferior que estaba bajo el mando de lord Davenport, quien, a pesar de su posición privilegiada, que le habría permitido quedarse en tierras inglesas esperando el desenlace de lo que ocurría en el continente, siempre sintió amor hacia el ejército y la batalla, y también hacia las oportunidades de aventura y viajes que la vida militar traía consigo.

Por ello, lord Davenport se alistó siendo joven, y en pocos años subió de rango, y llegó a ser coronel. Cuando por fin se libró la última gran batalla para derrotar al ejército del corso, lord Davenport luchó con gran valentía, pero perdió a algunos de sus hombres. A pesar de aquello, todos lo seguían y confiaban en él. En un momento de la batalla, un proyectil casi lo había alcanzado, pero el joven cadete Beverly había intervenido y lo había apartado en el momento justo dándole un fuerte empujón. Lord Davenport nunca olvidaría a aquel muchacho de origen irlandés que le salvó la vida, y desde entonces siempre estuvo en deuda con él.

El capitán Beverly, entonces cadete, había recibido una condecoración por su acción en la batalla y había ascendido de rango. Al volver a casa, se casó con Gabrielle, su prometida, que lo había esperado, a pesar de que al principio tuvo reservas respecto al joven por no tener un futuro seguro. Pero la perseverancia de él hizo que Gabrielle cediera y se comprometieran. El capitán estuvo varios años más en el ejército, viajando por el mundo, pero al nacer sus hijas había decidido que era hora de echar raíces y adquirieron una propiedad en Bath. Finalmente, el capitán Beverly decidió retirarse hacía unos meses, pues su paga le daba para vivir con holgura. Ese era el momento de ofrecerle una cálida bienvenida. Hacía años que no lo veía, aunque habían intercambiado correspondencia durante la última década con asiduidad.

El carruaje de la familia Beverly se situó frente a la entrada. El capitán salió de este, cediéndole a continuación el paso a su mujer, que se apoyó en su brazo. Después apareció la pequeña Jane, de dos años, que se lanzó a los brazos de su padre, y Charlotte, de cinco años, que bajó por su propio pie. La pequeña Charlotte se situó junto a su madre, mostrándose educada y tranquila, observó la fachada de Horton Hall con curiosidad y asombro, pues era un lugar imponente.

Lord Davenport se acercó a ellos con una enorme sonrisa y estrechó la mano del capitán Beverly con fuerza.

—¡Bienvenidos! Ya era hora de que vinieran a hacerme una visita —dijo lord Davenport.

—Gracias, lord Davenport, por invitarnos, este lugar es precioso —contestó el capitán.

Enseguida, lord Davenport hizo una carantoña a la pequeña Jane, que se mostraba muy tímida. Entonces se agachó y se puso a la altura de Charlotte, que le hizo una pequeña reverencia.

—Soy lord Davenport, ¿y usted, pequeña dama?

—Me llamo Charlotte Beverly, milord —contestó la peq

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