Cincuenta sombras liberadas (Cincuenta sombras 3)

E.L. James

Fragmento

Prólogo

Mami! ¡Mami! Mami está dormida en el suelo. Lleva mucho tiempo dormida. Le cepillo el pelo porque sé que le gusta. No se despierta. La sacudo. ¡Mami! Me duele la tripa. Tengo hambre. Él no está aquí. Y también tengo sed. En la cocina acerco una silla al fregadero y bebo. El agua me salpica el jersey azul. Mami sigue dormida. ¡Mami, despierta! Está muy quieta. Y fría. Cojo mi mantita y la tapo. Yo me tumbo en la alfombra verde y pegajosa a su lado. Mami sigue durmiendo. Tengo dos coches de juguete y hago carreras con ellos por el suelo en el que está mami durmiendo. Creo que mami está enferma. Busco algo para comer. Encuentro guisantes en el congelador. Están fríos. Me los como muy despacio. Hacen que me duela el estómago. Me echo a dormir al lado de mami. Ya no hay guisantes. En el congelador hay algo más. Huele raro. Lo pruebo con la lengua y se me queda pegada. Me lo como lentamente. Sabe mal. Bebo agua. Juego con los coches y me duermo al lado de mami. Mami está muy fría y no se despierta. La puerta se abre con un estruendo. Tapo a mami con la mantita. Él está aquí. «Joder. ¿Qué coño ha pasado aquí? Puta descerebrada… Mierda. Joder. Quita de mi vista, niño de mierda.» Me da una patada y yo me golpeo la cabeza con el suelo. Me duele. Llama a alguien y se va. Cierra con llave. Me tumbo al lado de mami. Me duele la cabeza. Ha venido una señora policía. No. No. No. No me toques. No me toques. No me toques. Quiero quedarme con mami. No. Aléjate de mí. La señora policía coge mi mantita y me lleva. Grito. ¡Mami! ¡Mami! Quiero a mami. Las palabras se van. No puedo decirlas. Mami no puede oírme. No tengo palabras.

—¡Christian! ¡Christian! —El tono de ella es urgente y le arranca de las profundidades de su pesadilla, de su desesperación—. Estoy aquí. Estoy aquí.

Él se despierta y ella está inclinada sobre él, agarrándole los hombros y sacudiéndole, con el rostro angustiado, los ojos azules como platos y llenos de lágrimas.

—Ana. —Su voz es solo un susurro entrecortado. El sabor del miedo le llena la boca—. Estás aquí.

—Claro que estoy aquí.

—He tenido un sueño…

—Lo sé. Estoy aquí, estoy aquí.

—Ana. —Él dice su nombre en un suspiro y es como un talismán contra el pánico negro y asfixiante que le recorre el cuerpo.

—Chis, estoy aquí. —Se acurruca a su lado, envolviéndole, transmitiéndole su calor para que las sombras se alejen y el miedo desaparezca. Ella es el sol, la luz… y es suya.

—No quiero que volvamos a pelearnos, por favor. —Tiene la voz ronca cuando la rodea con los brazos.

—Está bien.

—Los votos. No obedecerme. Puedo hacerlo. Encontraremos la manera. —Las palabras salen apresuradamente de su boca en una mezcla de emoción, confusión y ansiedad.

—Sí, la encontraremos. Siempre encontraremos la manera —susurra ella y le cubre los labios con los suyos, silenciándole y devolviéndole al presente.

1

Levanto la vista para mirar a través de las rendijas de la sombrilla de brezo y admiro el más azul de los cielos, un azul veraniego, mediterráneo. Suspiro satisfecha. Christian está a mi lado, tirado en una tumbona. Mi marido, mi sexy y guapísimo marido, sin camisa y con unos vaqueros cortados, está leyendo un libro que predice la caída del sistema bancario occidental. Sin duda se trata de una lectura absorbente porque jamás le había visto tan quieto. Ahora mismo parece más un estudiante que el presidente de una de las principales empresas privadas de Estados Unidos.

Son los últimos días de nuestra luna de miel y estamos haraganeando bajo el sol de la tarde en la playa del hotel Beach Plaza Monte Carlo de Mónaco, aunque en realidad no nos alojamos en él. Abro los ojos para buscar al Fair Lady, que está anclado en el puerto. Nosotros estamos en un yate de lujo, por supuesto. Construido en 1928, flota majestuosamente sobre las aguas, reinando sobre todos los demás barcos del puerto. Parece de juguete. A Christian le encanta y sospecho que tiene la tentación de comprarlo. Los niños y sus juguetes…

Me acomodo en la tumbona y me pongo a escuchar la selección de música que ha metido Christian Grey en mi nuevo iPod y me quedo medio dormida bajo el sol de última hora de la tarde recordando su proposición de matrimonio. Oh, esa maravillosa proposición que me hizo en la casita del embarcadero… Casi puedo oler el aroma de las flores del prado…

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—¿Y si nos casamos mañana? —me susurra Christian al oído.

Estoy tumbada sobre su pecho bajo la pérgola llena de flores de la casita del embarcadero, más que satisfecha tras haber hecho el amor apasionadamente.

—Mmm…

—¿Eso es un sí? —Reconozco en su voz cierta sorpresa y esperanza.

—Mmm.

—¿O es un no?

—Mmm.

Siento que sonríe.

—Señorita Steele, ¿está siendo incoherente?

Yo también sonrío.

—Mmm.

Ríe y me abraza con fuerza, besándome en el pelo.

—En Las Vegas. Mañana. Está decidido.

Adormilada, levanto la cabeza.

—No creo que a mis padres les vaya a gustar mucho eso.

Recorre con las yemas de los dedos mi espalda desnuda, arriba y abajo, acariciándome con suavidad.

—¿Qué es lo que quieres, Anastasia? ¿Las Vegas? ¿Una boda por todo lo alto? Lo que tú me digas.

—Una gran boda no… Solo los amigos y la familia. —Alzo la vista para mirarle, emocionada por la silenciosa súplica que veo en sus brillantes ojos grises. ¿Y qué es lo que quiere él?

—Muy bien —asiente—. ¿Dónde?

Me encojo de hombros.

—¿Por qué no aquí? —pregunta vacilante.

—¿En casa de tus padres? ¿No les importará?

Ríe entre dientes.

—A mi madre le daríamos una alegría. Estará encantada.

—Bien, pues aquí. Seguro que mis padres también lo preferirán.

Christian me acaricia el pelo. ¿Se puede ser más feliz de lo que soy yo ahora mismo?

—Bien, ya tenemos el dónde. Ahora falta el cuándo.

—Deberías preguntarle a tu madre.

—Mmm. —La sonrisa de Christian desaparece—. Le daré un mes como mucho. Te deseo demasiado para esperar ni un segundo más.

—Christian, pero si ya me tienes. Ya me has tenido durante algún tiempo. Pero me parece bien, un mes.

Le doy un beso en el pecho, un beso suave y casto, y le miro sonriéndole.

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