El cautivo de la niebla

María Sherriff

Fragmento

1

No le quedaba mucho tiempo, si le caía la noche encima ya no podría continuar. Había recorrido bastante camino desde que el sol pegó al mediodía, y no había comido más que unos piquillines que encontró en el monte y algo de la carne seca que traía en su bolsillo. Pero como era tan salada, al rato estaba muerto de sed. Por suerte había un arroyo que corría casi a la par del camino, con agua fresca y transparente. Conocía bien esos parajes, cada árbol, cada grupo de espinillos, los chañares de ramas tupidas, algún solitario caldén. A veces se detenía a descansar bajo una sombra fresca, pero las bandadas de pájaros, esos de plumas verdes que alborotaban armando sus nidos, lo volvían loco con sus graznidos y aleteos. Le preocupaba que algún animal peligroso pudiera estar oculto entre las hojas secas, y entonces lo de descansar era solo un decir. Había hecho ese tramo de la pampa varias veces desde que llegó por allí con el Tata. Trabajaba llevándole y trayéndole mensajes y él lo esperaba en la pulpería de don Severo. Había conseguido que le dieran un lugarcito detrás de los galpones y por el momento los dejaban quedarse allí. Decía que le traía buenos negocios al patrón, y de paso arrasaba con todo el alcohol que podía, que en una pulpería era lo que sobraba. Como el Tata conocía bastante bien a los del otro lado de la frontera, el trueque funcionaba. Su trabajo era llegar y entregarles el mensaje, tal cual se lo había dicho y repetido varias veces. “Que si vengan nomá, si tienen los cueros y las mantas apalabradas, qui l´otro ya está”.

El Tata creía que su ahijado no entendía nada de eso que debía repetir, pero el muchacho sabía perfectamente cómo era el negocio. Si los del campamento ranquel, que estaban asentados a menos de un día de camino, venían con lo que habían prometido, él les daría el aguardiente y el cajón que había llegado el día anterior con fusiles y trabucos usados. Nicolás alcanzó a verlos mientras el Tata los escondía, con la ayuda de don Severo, bajo la parva detrás del corral. Después, cuando cerraran trato, vendrían los festejos. Tomarían caña hasta emborracharse y los ranqueles, que eran viciosos descontrolados, quedarían desmayados por dos o tres días. Solían jugar a la taba, y los duchos en las artimañas de lanzar el hueso los desplumaban sin consideración, dejándolos pelados, sin nada para el regreso.

El muchacho conocía bien esa historia, que se repetía en cada lugar nuevo donde él y el Tata iban a parar. Pasado un tiempo, se ponía tan peligroso que había que largarse. Así venían, de ranchería en ranchería, desde que los echaron del campamento del coronel. El Tata vivía metiéndose en entreveros, que no les dejaban otra opción que la de desaparecer.

A Nicolás le gustaba cuando lo mandaba al fortín, allí tenía mucho para ver y entretenerse. Le gustaba observar a los milicos mientras limpiaban las armas, algunas viejas y arruinadas, que dejaban brillantes como si hubieran sido nuevas. Admiraba el empeño que ponían en afilar sus facones de hoja ancha y mango grueso. No todos trabajaban, muchos se entretenían jugando a los naipes y al dominó. Algunas veces, ni bien llegaba lo llamaba el comandante, se veía que le gustaba conversar. Debía de ser porque estaba solo y se aburría. Le preguntaba de dónde venía, qué noticias traía, si en el camino había visto algún indio, si se había cuidado de los pumas en los montes. A él le gustaba estar con ese señor, tan alto y prolijo. Era amable con él y hablaba distinto, aunque Nicolás no siempre le entendía. Ya le había dicho: “Tenemos que conversar, vos y yo, a ver si de una buena vez te acordás quién sos”. Como si no hubiera sabido que él era Nicolás González, tenía el mismo nombre que su padrino, el Tata.

Se ponía un poco nervioso cuando el cabo Liberato le hacía señas con disimulo, para que fuera calladito por detrás de la tienda. Ahí nomás le pasaba el mensaje que traía y recibía la contestación. Nicolás jamás se olvidaba y repetía todas las palabras como si las hubiera anotado a lápiz en un papel. Era muy bueno para eso, y el Tata confiaba en él porque sabía que no repetía con nadie lo que le habían dicho. Buenos azotes recibió cuando era más chico y no entendía lo que debía hacer. Pero ahora, que llevaba años en el oficio, nada se le escapaba. Se acordaba cuando en Junín el muy desalmado le pegó tan fuerte, porque se le había ido de la cabeza lo que tenía que decir, que finalmente lo tuvieron que llevar a lo de la doña Luque. Ella era la curandera del pago, ponía unas hojitas y yuyos milagrosos en las heridas para que no dolieran. Por eso era que no quedó estropeado, pero todavía le quedaban algunas marcas de los rebencazos que le habían cuarteado la espalda.

Allá a lo lejos, Nicolás veía una columna de humo: estaba cerca, podría llegar antes de que oscureciera. Tendría que andar con cuidado porque a esa hora era cuando los bichos buscaban agua antes de echarse a dormir, y él andaba muy cerca del arroyo. Sería mejor seguir por la rastrillada, no fuera que alguno de esos que él llamaba los gatos a rayas no lo dejara terminar el viaje. Ni siquiera pensó en los pumas porque se le hubieran puesto los pelos de punta. Una vez se encontró de cerca con uno de esos cachorros, tan cerca que pudieron mirarse a los ojos. Menos mal, su propio miedo pareció contagiárselo a la bestia, que también salió disparando.

Ojalá que lo que estaba viendo fuera humo y no neblina. A él la niebla lo desazonaba, era como si se le nublara algo en la cabeza. Sentía como una pena, una tristeza inmensa que lo atrapaba y no lo dejaba andar. Se le iban las ganas de correr, no podía dominar las piernas, que se aflojaban, y todo comenzaba a darle vueltas. Lo peor eran las figuras que venían con ella, como si soñara. Casi siempre eran ovejas, que asomaban por todas partes, pero no se escuchaban ruidos. No veía nada: la manta blanca de la niebla lo rodeaba, lo encerraba, y aunque lo intentara no podía escaparse. Le parecía distinguir un camino a lo lejos, angosto y largo, pero había tantas ovejas que no podía pasar. ¿Adónde estaba? Jamás pudo ver a nadie, sólo los borregos que casi parecían ser parte de la maldita niebla.

Continuó andando a ritmo vivaz y comenzó a percibir a lo lejos algunos sonidos conocidos, como el de las patas de algún potro chocando contra el suelo, ladridos de perros, alaridos de hombres arriando ganado. También oía voces de chiquillos, mezcladas con risotadas adultas, y cada tanto el eco metálico del cencerro de una yegua madrina. Olfateó el aroma a carne asada. ¡Qué bueno sería que lo convidaran a comer, se le estaba haciendo agua la boca!

Los ranqueles que estaban acampados cerca de la frontera bajo las órdenes de un capitanejo, hermano del cacique Painé, eran amigos para él. Mejor dicho, amigos del Tata, mientras los acuerdos se mantuvieran. Ya había venido otras veces, y le gustó llegar a la toldería. No tenía miedo, aunque siempre andaba con cautela y observando todo con discreción. Estaban asentados al borde de la laguna, conviviendo en toldos hechos de cuero que rodeaban al del jefe. Ese era el más grande y el único con una enramada

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