El abrazo de la noche (Cazadores Oscuros 3)

Sherrilyn Kenyon

Fragmento

Prologo

Prólogo

Glionnan, 558 d.C.

El fuego rugía mientras asolaba la aldea y las llamas se alzaban hacia el cielo como serpientes que se enroscaran sobre un fondo de terciopelo negro. El humo flotaba entre la niebla y arrastraba consigo el penetrante olor de la muerte y la venganza.

Tanto la imagen como el olor habrían debido reportarle alguna alegría a Talon.

Sin embargo, no era así.

Nada volvería a alegrarlo jamás.

Nada.

La amarga agonía que moraba en su interior lo dejaba paralizado. Debilitado. Era mucho más de lo que incluso él podía llegar a soportar y la simple idea bastaba para que le entraran deseos de estallar en carcajadas…

O de maldecir.

Sí, lanzó una maldición nacida del insoportable peso del dolor.

Había perdido, una a una, a todas las personas que habían significado algo para él a lo largo de su vida.

A todas.

A los siete años se había quedado huérfano y había asumido la responsabilidad de cuidar de su hermana pequeña. Sin ningún sitio al que acudir e incapaz de alimentar al bebé, había regresado al clan que una vez liderara su madre.

Un clan que había expulsado a sus padres antes de que él naciera.

El día que Talon puso el pie en el salón de su tío, solo hacía un año que este había sido nombrado rey. El hombre accedió a regañadientes a hacerse cargo de él y de Ceara, pero el clan jamás los aceptó.

No hasta que Talon los obligó.

Tal vez no lo respetaran por el hecho de ser hijo de quien era, pero había conseguido que respetaran su espada y su temperamento. Respetaban su tendencia a matar o a mutilar a cualquiera que lo insultara.

Cuando llegó a la edad adulta, nadie se atrevía a burlarse de su cuna ni a manchar la memoria o el honor de su madre.

Se había educado entre las filas de los guerreros y había aprendido todo lo posible sobre armas, técnicas de lucha y liderazgo.

A la postre, las mismas personas que en un principio se burlaran de él lo habían elegido como sucesor de su tío por unanimidad. Como su heredero, Talon había permanecido a la derecha del rey, protegiéndolo sin descanso hasta que una emboscada enemiga los sorprendió con la guardia baja.

Herido y presa de un horrible sufrimiento, Talon había sostenido a su tío entre sus brazos mientras Idiag moría.

—Protege a mi esposa y a Ceara, muchacho —le había susurrado su tío antes de morir—. No hagas que me arrepienta de haberte acogido.

Talon se lo prometió. No obstante, pocos meses después, encontró a su tía violada y asesinada por sus enemigos. Su cuerpo había sido profanado y abandonado para que los animales lo descuartizaran.

No había pasado aún un año de esa desgracia cuando acunaba entre sus brazos a su bonita esposa, Ninia, mientras también ella exhalaba su último aliento y lo dejaba solo, privado para siempre de sus dulces y consoladoras caricias.

Ninia había sido su mundo.

Su corazón.

Su alma.

Sin ella había perdido toda ilusión de seguir viviendo.

Con el corazón y el alma destrozados, había colocado a su hijo nacido sin vida entre los brazos de su esposa muerta y los había enterrado juntos en una tumba cercana a la orilla del lago donde él y Ninia jugaran de niños.

Después había hecho lo que su madre y su tío le habían enseñado: había sobrevivido para guiar a su clan.

Haciendo lo posible por dejar a un lado su dolor, había vivido por el bienestar del clan.

Como líder había derramado suficiente sangre como para llenar el mar rugiente y había soportado incontables heridas en su propio cuerpo por defender a los suyos. Los había conducido a la gloria, venciendo a todas las tribus del continente y a los clanes del norte que ansiaban conquistarlos. Con casi toda su familia muerta, le había dado a su clan todo loque poseía: su lealtad y su amor.

Incluso les había ofrecido su propia vida para protegerlos de la ira de los dioses.

Y en un abrir y cerrar de ojos sus hombres habían arrebatado la vida al único ser querido que le quedaba en el mundo.

Ceara.

Su preciosa hermanita, a quien había jurado proteger a cualquier precio. Ceara, con su cabello dorado y sus risueños ojos ambarinos. Tan joven. Tan dulce y generosa.

Para satisfacer la avaricia de un solo hombre, su clan la había asesinado delante de sus propios ojos mientras él yacía atado, incapaz de detenerlos.

Ceara había muerto pidiéndole ayuda a gritos.

Sus aterrorizados chillidos aún resonaban en sus oídos.

Tras la ejecución de Ceara, el clan se había vuelto contra él y había acabado también con su vida. Sin embargo, la muerte no le había reportado la paz a Talon. Tan solo culpabilidad. Culpabilidad y el deseo de enmendar las injusticias que se habían cometido contra su familia.

Esa necesidad de venganza se había impuesto a todo lo demás, incluso a la misma muerte.

—¡Que los dioses os maldigan! —rugió Talon al contemplar la aldea en llamas.

—Los dioses no nos maldicen. Nosotros mismos nos encargamos de hacerlo con nuestras palabras y nuestras obras.

Talon se giró con rapidez al escuchar la voz a sus espaldas y descubrió a un hombre vestido de negro. La figura que se erguía en pie sobre la cima del pequeño promontorio no se parecía a nadie que él hubiera conocido jamás.

El viento nocturno se arremolinó en torno al desconocido y agitó el fino manto de lana que lo cubría mientras se acercaba a Talon con una enorme y retorcida vara de guerrero en la mano izquierda. La madera de roble, antigua y oscura, estaba cubierta de símbolos grabados y el extremo superior estaba adornado con unas cuantas plumas sujetas por una tira de cuero.

La luz de la luna jugueteaba sobre su insólito cabello negro azabache, que llevaba recogido en tres largas trenzas.

Sus ojos lanzaban destellos plateados y los iris parecían girar como fantasmagóricas volutas de niebla.

Esos ojos iridiscentes resultaban espeluznantes y sobrecogedores.

Puesto que tenía la estatura de un gigante, Talon jamás había tenido que alzar la cabeza para mirar a nadie; y sin embargo, ese extraño parecía alcanzar la altura de una montaña. Al acercarse, Talon se dio cuenta de que era poco más alto que él y no tan mayor como había supuesto en un principio. A decir verdad, su rostro era el de un joven que se demorara en el maravilloso límite entre la adolescencia y la madurez.

Hasta que uno lo miraba de cerca. Esos extraños ojos encerraban la sabiduría del tiempo. Aquel no era ningún muchacho, sino un guerrero que había batallado duro y había sido testigo de muchas cosas.

—¿Quién eres? —preguntó Talon.

—Soy Aquerón Partenopaeo —le contestó con un acento extraño, aunque hablaba la lengua celta de Talon a la perfección—. Me envía Artemisa para entrenarte en tu nueva vida.

La diosa griega le había dicho a Talon que esperase la llegada de ese hombre que había vagado por el mundo desde tiempos inmemoriales.

—¿Y qué me enseñarás, hechicer

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