El juego de la noche (Cazadores Oscuros 6)

Sherrilyn Kenyon

Fragmento

Genesis

Génesis

Acompáñame, viajero del mundo moderno, de regreso a un tiempo envuelto en la bruma del misterio. De regreso a una antigua leyenda prácticamente olvidada. O, como poco…

Tergiversada.

Aún quedan vestigios de esa leyenda en nuestro mundo moderno. ¿Qué mortal de nuestros días no sabe que debe temer cualquier ruido extraño que escuche una noche de luna llena? ¿Que debe temer los aullidos del lobo? ¿O el grito de un halcón? ¿Quién no sabe que debe escudriñar con cautela los callejones oscuros? No por miedo a los depredadores humanos, sino a otros muy distintos.

Depredadores misteriosos. Peligrosos. Mucho más letales que nuestros congéneres.

Sin embargo, este temor no siempre estuvo arraigado en la Humanidad. De hecho, hubo un tiempo, un tiempo muy lejano, en el que los humanos eran humanos y los animales eran animales.

Hasta el día del Allagi. Cuenta la leyenda que los Cazadores Katagarios y Arcadios fueron fruto de la mejor de las intenciones, al igual que sucede con las peores maldiciones.

Cuando el rey Licaón de Arcadia se casó con su preciosa y amada reina, ignoraba que no era humana. Su esposa escondía un oscuro secreto. Pertenecía a la raza maldita de los apolitas y estaba destinada a morir en la flor de su juventud… a los veintisiete años.

El día de su último cumpleaños, mientras la veía morir después de convertirse en una anciana ante sus ojos, Licaón comprendió que sus dos hijos serían víctimas de esa misma muerte prematura.

Presa del dolor, mandó llamar a sus sacerdotes, quienes le aseguraron que no se podía hacer nada. Los designios de las Moiras eran inapelables.

No obstante, Licaón se negó a escuchar sus sabias palabras. Él era un hechicero y estaba decidido a impedir que le arrebataran a sus hijos. Aunque tuviera que vérselas con las mismísimas Moiras.

De modo que comenzó a experimentar con su magia para prolongar la vida de la raza de su difunta esposa. Capturó apolitas para unir su esencia vital con la de varios animales conocidos por su fuerza: osos, panteras, leopardos, halcones, leones, tigres, chacales, lobos e, incluso, dragones.

Pasó años perfeccionando esta nueva raza, hasta que al fin estuvo seguro de haber encontrado la cura para sus hijos. Tras fusionarlos con un dragón y un lobo, los animales más fuertes de todos con los que había experimentado, les insufló más magia y fuerza de la que les había otorgado a los demás. A decir verdad, les entregó su propio poder.

A la postre, los resultados superaron todas sus expectativas. Sus hijos tenían una vida no solo más larga que la de su esposa, sino también que la de cualquier especie conocida.

Con sus habilidades mágicas y su fuerza vital, tenían una media de vida doce veces superior a la de los humanos.

Las Moiras echaron un vistazo y descubrieron lo que el orgulloso rey había hecho. Enfadadas por semejante intromisión en sus dominios, le ordenaron que matara a sus hijos y a todos aquellos que había creado.

Licaón se negó.

Y fue entonces cuando las Moiras dictaron un castigo por semejante muestra de arrogancia: sus hijos y la nueva raza a la que pertenecían recibieron su propia maldición.

«Jamás conocerán la paz —proclamó Cloto, la hilandera del destino—. Pasarán la eternidad odiándose y luchando hasta que el último de ellos exhale su postrer aliento.»

Y así fue. Cada vez que Licaón fusionaba un animal con un apolita, en realidad creaba dos seres. Uno con corazón animal y otro con corazón humano.

A aquellos que adoptaban aspecto humano y tenían corazón humano se les denominó «arcadios», en honor al pueblo del rey. A aquellos que tenían un corazón animal se les llamó «katagarios».

Los katagarios nacían siendo animales y vivían como tales. Sin embargo, una vez que alcanzaban la pubertad, momento en el que las hormonas desbloqueaban sus poderes mágicos, desarrollaban la habilidad de convertirse en humanos. En apariencia, al menos. Porque la esencia animal seguía gobernando sus acciones.

Del mismo modo, los arcadios nacían con forma humana y vivían como humanos hasta que la pubertad les otorgaba la magia y la habilidad de adoptar una forma animal.

Dos caras de una misma moneda. Dos especies que deberían haber convivido en paz. En cambio, las Moiras enviaron a Eris, la diosa de la discordia, para que sembrara la desconfianza entre ellos. Los arcadios se creían superiores a sus primos animales. Después de todo, eran humanos y poseían raciocinio, mientras que los katagarios no eran más que animales con la habilidad de adoptar forma humana.

Los katagarios no tardaron en descubrir la falsedad de los arcadios quienes, si bien decían una cosa, hacían otra bajo mano.

A lo largo de los siglos los dos grupos se han diezmado mutuamente, afirmando poseer la supremacía moral. Los animales creen que los arcadios son la verdadera amenaza y los arcadios creen que los katagarios deben ser controlados o erradicados de la faz de la Tierra.

Una guerra interminable.

Y, como sucede en todas las guerras, jamás ha habido un verdadero vencedor. Solo víctimas que aún sufren a causa de los prejuicios y de un odio infundado.

Prologo

Prólogo

Nueva Orleans, noche del Mardi Gras, 2003

—Lo siento mucho, Vane. Te juro que no quería que acabáramos así.

Vane Kattalakis apretó los dientes mientras caía hacia atrás después de otro intento fallido de levantarse. Le dolían los brazos por el esfuerzo de soportar sus más de noventa kilos de puro músculo únicamente por las muñecas. Cada vez que estaba a punto de conseguir alzarse hasta la rama que tenía por encima de la cabeza, su hermano comenzaba a hablar, rompiendo así su concentración y devolviéndolo a su posición original: colgado de la rama del árbol.

Inspiró hondo e intentó hacer caso omiso del tremendo dolor que sentía en las muñecas.

—No te preocupes, Fang. Me las arreglaré para que salgamos de esta.

De algún modo.

O eso esperaba.

Su hermano no le prestó atención, sino que continuó disculpándose por haber sido el causante de sus inminentes muertes.

Vane volvió a forcejear con la cuerda que le apretaba las muñecas y lo ataba por encima de la cabeza a la delgada rama de un vetusto ciprés, de donde colgaba precariamente justo sobre las aguas pantanosas más negras e inmundas que había visto en la vida. No sabía qué era peor, si la idea de perder las manos, la de perder la vida o la de caer a ese asqueroso agujero infestado de caima

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