Lealtades enfrentadas (Wyckerley 1)

Patricia Gaffney

Fragmento

TXTLealtadesEnfrentadas-1.xhtml

1

 

 

Lord D’Aubrey era un hombre a quien resultaba difícil amar incluso en su lecho de muerte.

«Dios, dame paciencia y humildad», rogó el reverendo Christian Morrell, que tenía por profesión —si así podía considerarse— amar incluso aquello que inspiraba antipatía. Inclinado sobre la cama, sin llegar a tocarla —a pesar de estar enfermo, el anciano vizconde aún se incorporaba si alguien que no fuera su doctor se acercaba demasiado—, Christy preguntó a su señoría si quería tomar los sacramentos.

—¿Para qué? ¿Para ir directo al cielo? ¿Usted cree que iré al cielo, vicario? Me temo que... —Se quedó sin aliento, y su rostro apergaminado se puso lívido hasta que logró aspirar una bocanada de aire.

Estaba demasiado débil para toser y continuó tomando aire hasta que pasó el espasmo. Luego se quedó exhausto, con las manos apoyadas sobre el pecho hundido.

Christy se sentó otra vez en la silla de respaldo alto que había acercado a la cama tanto como el anciano le había permitido. La lámpara de aceite que había junto al lecho apenas lograba iluminar aquel dormitorio grande y austero, de manera que tenía que forzar la vista para leer el libro de oraciones. Trató de recordar que detrás de los pesados cortinajes brillaba el sol de mediodía en una primavera espectacularmente bella en Devonshire. La vida parecía una frivolidad ahí dentro, una quimera. Fuera cantaban las alondras, zumbaban los insectos, y las ardillas trepaban por la hiedra, pero en la habitación del vizconde enfermo Christy solo oía el tictac de su reloj de bolsillo.

No pudo evitar pensar: «El doctor Hesselius debería estar aquí».

—Mándeme llamar si me necesita, aunque dudo de que sea así —le había dicho el doctor dos horas antes, en esa misma habitación—. No siente ningún dolor... normalmente no se sufre, en este estado avanzado de la enfermedad. Dudo de que pase de hoy. He hecho cuanto he podido. El viejo Edward está en sus manos ahora, reverendo.

Y Christy había asentido grave, serenamente, como si aquella predicción no lo desmoralizara.

El reverendo se consideraba, al menos cuando tenía un buen día, un cura bastante eficiente, teniendo en cuenta que era nuevo en el cargo y que sus mejores cualidades eran la abnegación y la perseverancia. Pero poseía numerosos defectos, que tenían un perverso modo de multiplicarse y combinarse en momentos como aquél, cuando su más profundo deseo era confortar y consolar al necesitado. Edward Verlaine representaba un desafío especial, y Christy se desesperaba porque no estaba a la altura de las circunstancias.

Los recuerdos se imponían sobre los esfuerzos por rezar. En aquella habitación escasamente amueblada, el oscuro retrato con marco dorado del abuelo de lord D’Aubrey resaltaba sobre la repisa de la chimenea. El extraño sombreado gris bajo la nariz del aristocrático antepasado arrancó a Christy una sonrisa, aunque fue casi una mueca. Recordaba el día, quizá veinte años atrás, en que él y Geoffrey, su mejor amigo, habían entrado a hurtadillas en la habitación, riendo y haciéndose callar el uno al otro, alterados y nerviosos. Christy no creía que Geoffrey se atrevería realmente a hacerlo, pero lo hizo; se encaramó a una silla y pintó con carbón un bigote en el ceñudo rostro de su bisabuelo. Todavía quedaban rastros, pues el carbón había demostrado una notable resistencia a los numerosos esfuerzos que se hicieron por borrarlo. Christy se preguntaba si Geoffrey conservaría aún las marcas de la paliza que su padre había ordenado que le dieran y que administró el mayordomo, pues incluso cuando estaba colérico Edward Verlaine mantenía la distancia.

Las palabras del libro de oraciones de Christy comenzaron a formar frases. Movió sus rígidos hombros tratando de sacudir el sueño que quería vencerlo. Se levantó y se dirigió a la ventana. Apartó la cortina y miró más allá del gran jardín abandonado de Lynton Great Hall, hacia la torre negra y estilizada de la iglesia de Todos los Santos, a medio kilómetro, contemplando cuanto alcanzaba a ver de Wyckerley, el pueblo donde había crecido.

Era el mes de abril. Las suaves colinas pobladas de robles ofrecían un color verde amarillento brillante, y el Wyck, un riachuelo habitualmente tranquilo de orillas altas, serpenteaba desde Dartmoor con la fuerza de un torrente. Geoffrey y él habían pescado en el Wyck durante todo aquel año y habían cabalgado con sus ponis por los senderos rojos de la parroquia una y otra vez para dejarse mensajes urgentes en la hendidura del monolito de piedra del cruce de caminos. Habían sido inseparables durante los primeros dieciséis años de sus vidas... hasta que Geoffrey se marchó. Christy no había recibido carta de él en doce años.

Hasta seis días antes, cuando llegó una nota a la rectoría. «Avísame cuando el bastardo estire la pata —había garabateado Geoffrey en el dorso de la factura del sastre... después de que Christy le hubiera escrito repetidamente a la dirección de Londres que por fin el procurador de lord D’Aubrey le había facilitado—. ¿Qué diablos dices que eres? —añadía en la posdata—. Bromeas, ¿verdad? ¿Un sacerdote?»

No le sorprendía que su nueva vocación le pareciera un chiste a Geoffrey, considerando las veces en que, cuando eran unos muchachos, se habían burlado del amable y piadoso padre de Christy. La gente llamaba «el vicario viejo» a Magnus Morrell, aunque hacía cuatro años que había muerto, y Christy era inevitablemente «el nuevo vicario».

Algunos relatos sobre la vida decadente y disipada de Geoffrey en Londres y otras partes del mundo eran difíciles de conciliar con los rumores igualmente increíbles que lo convertían en soldado mercenario, capaz de coger las armas por cualquier causa siempre que pagaran bastante dinero por sus servicios. Christy apenas lo echaba de menos ya —hasta la herida más profunda se cura con el tiempo—, pero nunca había dejado de preguntarse qué había sido de él.

—¿Cómo está?

Al oír aquel susurro ansioso se volvió sorprendido. La señora Fruit se hallaba en el umbral de la puerta, retorciendo sus dedos artríticos con una expresión de dolor en su rostro amable y arrugado. Se acercó a ella asintiendo con la cabeza para tranquilizarla. Había sido el ama de llaves de Lynton Great Hall desde antes de que él naciera; ahora era una anciana débil y vulnerable que estaba casi completamente sorda. Tocó sus manos y habló en voz baja, moviendo los labios lentamente.

—Igual. Ahora duerme.

La mujer observó la quieta figura que yacía en el lecho, y las lágrimas humedecieron sus ojos de color gris. Christy hizo ademán de acercarse a la cama, invitándola a aproximarse también. Ella avanzó un pasito y se detuvo, no por miedo, sino por respeto al amo a quien hab

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tus libros guardados