Mulata, hechicera, bailarina. Tres historias de amor

Claudia Verónica Giudici

Fragmento

Mulata_hechicera_bailarina_v3-4

Primera parte

Salvaje, efímera y audaz,
corre descalza por la tierra húmeda.
Sus pisadas son tan silenciosas
que solo las hojas pueden escucharlas.
Sus ojos son tan intensos como el universo mismo.
Conoce su tierra. La ama.
Vive intensamente cada instante.
Es feliz.

Tiaret caminaba a paso apresurado por las callecitas empedradas de Ilhabela. Se dirigía a su trabajo en el Liberty Port Café, un lugar que combinaba el glamour de la moda y el soberbio sabor del café italiano. Clásico y refinado, era el punto de encuentro de la élite náutica. Mapas cartográficos y estrategias de navegación para regatas locales solían ser temas de conversación a diario en el café.

Mientras duraba la temporada de cruceros, la isla recibía visitantes deseosos de arenas blancas y cálidos baños de mar en las aguas del municipio-archipiélago brasilero. Esa mañana, Tiaret escuchó temprano, desde su casa, ubicada morro arriba en la Rua José Lins, el inconfundible sonido de la potente sirena que anunciaba la llegada de la gran nave a la zona de anclaje. La precaria vivienda estaba dotada de dos habitaciones, una cocina y un baño. Constituía todo su patrimonio y era su refugio de amor familiar. Ella se consideraba una privilegiada por pertenecer a ese pequeño lugar en el mundo, cercado por las primeras aguas del Atlántico sur. Un mundo que solamente conocía a través de la innumerable cantidad de turistas que arribaban a la isla.

Al terminar el café de la mañana con dulce de cocada blanca, había tomado su bolso y, con un beso en la frente, se había despedido de sus hermanos y de su padre. Había cerrado la puerta con llave, avanzado unos metros hasta la tranquera que separaba el jardín delantero de la calle de tierra y emprendido su camino morro abajo hacia la parada del ómnibus.

La noche anterior había llovido. El clima tropical costero provocaba abundantes precipitaciones entre los meses de septiembre y abril, y a Tiaret se le habían acumulado capas de barro en las suelas de las zapatillas. Tendría que haberse calzado las botas, pensó y siguió avanzando con cuidado hasta el asfalto, donde intentó limpiarse.

La dueña del café era inglesa, de mediana edad, y había elegido ese lugar remoto para vivir de la gastronomía. Era sumamente estricta. Seleccionaba con especial cuidado a las mozas azafatas que trabajaban con ella, que debían tener correctos modales e impecable presencia. El Liberty Port Café era la confitería más sofisticada de la isla.

En el ómnibus, durante el trayecto hacia el centro histórico, Tiaret percibió con alivio el aire fresco que llegaba del mar. Se bajó una parada antes, como lo hacía siempre, y entró en la parroquia Nossa Senhora D’Ajuda e Bom Sucesso, patrona de la isla. Subió por la gran escalinata del jardín colina arriba y observó cada detalle de la antigua construcción colonial. Su fachada, color blanco puro, enmarcada con el azul intenso de los dinteles y los portones, le otorgaba un dejo semejante al de los templos griegos. Desde la cima de su frontis volaban incesantes banderines amarillos y celestes que bajaban hacia el mar. Dentro de la nave principal, sencilla y acogedora, la madre patrona de la isla y el Sagrado Corazón de Jesús invitaban a un momento de recogimiento y sanación. Tiaret realizaba todos los días este ritual y salía con una sensación de paz interior.

Cruzó la calle principal del centro histórico, caminó una cuadra hacia el mar bordeando la plaza de árboles centenarios. Saludó a una vecina del barrio que encontró haciendo compras en el almacén. Al llegar a la esquina donde se encontraba la inmobiliaria, dobló hacia el norte por la costanera rumbo al café. En aquellos cien metros de construcciones coloniales, vegetación colorida e incontables negocios de turistas, le llamó la atención un cartel de una vidriera que promocionaba buceo con tanque para visitar naufragios. Eran tantos los puntos de buceo libre que Tiaret no pudo evitar pensar en cómo habría sido la vida en época de colonia portuguesa. Tierra de esclavos, corsarios, contrabandistas y barcos hundidos, cada rincón de la isla guardaba un dejo de aquellos tiempos. Historias fantásticas y leyendas fluían de boca en boca y de generación en generación, agregándoles más misterio y fantasía.

Su padre les había transmitido a ella y a sus hermanos menores la importancia de valorar la tierra, su hogar, el respeto a las costumbres de sus ancestros. Por su temperamento sencillo y alegre, Tiaret tenía una visión especial de la vida y, a pesar de tener muchas responsabilidades y ausencias, mantenía una actitud positiva y disfrutaba de su juventud al máximo.

Bendecida con dotes de diosa afro, mirada de gacela y andar carioca, era imposible que pasase desapercibida. Con facciones perfectas, su figura estilizada, más alta que la media, y su piel color chocolate, podría haber sido la imagen de cualquier marca internacional de moda europea. Sin embargo, rara vez solía destacar sus atractivos físicos. Prefería la elegancia y el bajo perfil. Tenía una actitud sumisa y callada, herencia de una generación antigua y sacrificada de millones de hombres y mujeres africanos privados de su libertad y convertidos en esclavos al otro lado del océano.

Tiaret apuró el paso para llegar a tiempo a su trabajo y así poder recibir a los primeros turistas del día. Ni bien llegó, fue directo hacia el toilette para colocarse el delantal, retocarse el peinado y el maquillaje.

A esa hora de la mañana, todo estaba dispuesto: la barra de mármol preparada con la vajilla de loza, las azucareras, las teteras, los cubiertos, las servilletas. La música funcional encendida, las butacas altas de cuero de la barra lustradas y pulcras, el piso de porcelanato era un espejo. Las máquinas de café estaban preparadas, tomando la temperatura justa que se necesita para la deliciosa infusión. Tiaret debía controlar las entregas de los proveedores de panadería, repasar las mesas de modo que todo se viera impecable. Esas eran algunas de sus tantas tareas diarias.

Esa mañana, la pastelera la estaba esperando impaciente con el pedido del día para que probara un nuevo sabor. Tiaret la recibió sin demora y degustó una de las exquisitas trufas, hecha a base de leche condensada y cacao, macerada a fuego lento, con gotas de vainilla y crocante de almendras. Cerró los ojos como una experta catadora, sintiendo el perfume intenso del dulce. Sus gestos, un tanto exagerados, provocaron el agradecimiento de la cocinera.

—Muy ricas, me gusta la combinación; creo que las almendras neutralizan el dulce del cacao, ¡ningún cliente podrá resistirse! —afirmó Tiaret.

—Gracias, ¡espero que a la dueña también le guste! —respondió mientras se retiraba del local la pastelera.

Cerca de las diez de la mañana, se comenzaron a escuchar los motores de las lanchas lanzadoras acercándose al muelle de la Vila. Llegarían repletas de pasajeros provenientes del crucero. Mismo ritual, mismo entusiasmo, misma adrenalina. Esas eran las sensaciones que provocaba la llegada de los grandes barcos. Daban trabajo a los pobladores locales, quienes ponían a prueba su capacidad de reinventarse en artimañas de ventas y captación de posibles compradores. Ofrecían todo tipo de productos, sombreros, artesanías, servicios de taxi, excursiones, lanchas privadas y

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