Mi indomable y bella señorita (Hermanos Hillsborought 1)

Elizabeth Bowman

Fragmento

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Prólogo

Condado de Hampshire, primavera de 1816.

El sonido dulce, suave y cadencioso de un pianoforte se hizo eco del otro lado de la robusta puerta de hoja doble, llenando ambas estancias con los melodiosos acordes que una mano experimentada conseguía arrancar al instrumento.

Evangeline inhaló en profundidad por la nariz hasta sentir el pecho inflamarse con una ingente cantidad de aire. Cerró los ojos y trató de retener todo ese aire en los pulmones durante más tiempo del que quizá tolerara su caja torácica, viéndose obligada a liberarlo al cabo de pocos minutos en sonora exhalación.

Su madre era quien ejecutaba la armoniosa y melancólica Greensleeves, esa preciosa canción folclórica inglesa; semejante evidencia, sumada a la visión del caballo forastero que acababa de descubrir en los establos, tan soberano y majestuoso como podría haberlo sido Bucéfalo[1], indicaba a las claras que había visita.

Y algo así, en aquel preciso momento, no resultaba oportuno ni agradecido en absoluto. No para ella, desde luego.

En la estancia sonó lánguido el eco de un suspiro juvenil preñado de hastío. Visitas, visitas, visitas...

¿Por qué Hillsborought Manor tenía que verse siempre rebosante de gente? ¿Acaso sus padres consideraban imposible sobrevivir sin toda aquella absurda cohorte de esnobs aduladores que de continuo estorbaban la placidez de su morada con sus cacareos insoportables y sus atildadas presencias? ¿Acaso se sentían tan incapacitados como para disfrutar de la maravillosa sensación que suponía recorrer en soledad los magníficos corredores o los coloridos parterres del jardín, deleitándose de forma privada con la magia ancestral que la madre naturaleza derramaba sobre la vasta propiedad?

Otro suspiro lánguido y resignado resonó entre los engalanados muros de la mansión.

Sí, probablemente a esas alturas fueran ya incapaces de lo uno y de lo otro, cuando eran los propios Hillsborought quienes fomentaban dicha proliferación al extender invitaciones a diario y celebrar cada quince días bailes espantosamente multitudinarios.

Hillsborought Manor era lo más parecido al paraíso en la Tierra, y pertenecía a la familia desde tiempos inmemoriales. Sin embargo, en sus veinte años de vida, Evangeline podía contar con los dedos de una sola mano las ocasiones en las que la apacibilidad rural del lugar no se había visto estorbada por cabezas huecas y pavos reales enfundados en gasas y oropeles, trajes cortados a medida, flequillos rizados y frondosas patillas andantes. Ninguno de ellos, y estaba por completo convencida de aquel asunto, sería capaz jamás de apreciar la belleza serena y majestuosa con la que la mano dadivosa de la Creación había bendecido aquella verde parcela perdida en mitad de la campiña. Tan solo eran capaces de estimar el jugoso ganso que se servía durante las cenas, el añejo brandy que corría a mansalva de copa en copa o los numerosos y coloridos pudines que la cocinera elaboraba para regocijo de semejante panda de caraduras sacacuartos.

Abrió los ojos para encontrar su reflejo en el magnífico espejo de marco barroco que ornaba el vestíbulo y que en esos momentos se presentaba ante ella como un maledicente juez inquisidor. La vidriada lámina fue tan sincera en su revelación que Evangeline no pudo evitar aproximar las cejas y atrapar el labio inferior entre los dientes en un claro gesto de preocupación que se anticipaba a lo que estaba por venir..., y no era bueno.

Su recogido aparecía totalmente desordenado; demasiados caracolillos cobrizos se habían liberado de la presión de las horquillas y campaban libres y alborotados, enmarcando su rostro y descendiendo sobre los hombros en desordenada cascada; los rizos más cortos se pegaban humedecidos en las sienes para rematar de conferirle la apariencia de una salvaje amazona. Un efecto, no obstante, muy de su agrado pero por completo censurado por sus progenitores, y en especial por la rigurosa señora Hillsborought.

El rostro en forma de corazón mostraba una coloración delatora en base al ejercicio reciente y, por si todo ello no resultara por demás revelador por sí mismo, tan solo había que fijarse durante medio segundo en el acusado brillo de su mirada o en sus labios carmesí, incapaces de permanecer cerrados a causa del atropellado hálito que huía de estos, quizá también en la muselina del escote que no dejaba de ascender y descender en agitado vaivén, para comprender que la señorita Hillsborought no regresaba de finalizar su labor de bordado diaria, precisamente.

La falda del vestido, de hermoso tafetán de seda color marfil, lucía arrugada e imposible de recomponer o disimular en los breves minutos de los que disponía antes de lanzarse al foso de los leones. Los bajos asomaban, burlescos y traicioneros a su propietaria, manchados de barro y verdín, mostrando además unas enaguas cuyo sucio encaje aparecía lleno de enganches.

Suspiró en profundidad, descendiendo con su gesto los hombros y desinflando en el proceso hasta el alma. Cierto que hasta el momento siempre había encontrado un oscuro deleite en torturar a su estricta madre con su conducta independiente y desenfadada, pero también era verdad que cada vez le costaba más soportar con forzada indiferencia sus regañinas y sus miradas reprobadoras, más fulminantes, si cabe, en presencia de terceros.

Además, ¡a saber con qué se encontraría esta vez del otro lado de la puerta! ¿Matronas intolerantes y censoras, viejos verdes de los que parecían pretender cartografiarla con la mirada o tal vez alguna jovencita recién arribada a Hillsborought Manor con la única finalidad de pasear ante las narices de las damas de la mansión un anillo de pedida obtenido recientemente en base a la aceptación del impuesto yugo del matrimonio? ¿O quizá... pudiera ser el perseverante, incansable y tedioso Sherman Patterson... otra vez?

¡Qué pocas ganas tenía de abordar en ese instante la situación que se avecinaba, fuere cual fuere de entre todas las probables, por el amor de Dios!

No obstante, Evangeline sabía que no había lugar para lamentaciones a esas alturas; resultaba imperativo recomponerse y aprestarse para la batalla. Y esta prometía ser de órdago.

Resignada a lo que estaba por venir, elevó la barbilla, cuadró los hombros y agarró con firmeza el pomo de porcelana esmaltada hasta hacerlo girar.

—Coronel Hamilton, es un auténtico honor que accediera usted a visitarnos. —Alan Hillsborought, sentado en su regia silla de estilo reina Ana, se dirigía a su ilustre invitado expresándose con esa petulancia característica de las clases altas, sin duda una gangosidad exagerada que discordaba con el estado de inelegancia que propiciaba la flacidez de sus carnes, que lo obligaba a permanecer inclinado hacia adelante con una pierna estirada y la otra doblada con el fin de acomodar su abultada hinchazón abdominal—. George nos ha hablado mucho de usted.

—En buenos términos, espero —comentó el aludido con voz grave y varonil, esbozando discreta sonrisa mientras cabeceaba su gratitud al primogénito de la familia.

—¿De qué otro modo, señor, podría si no un joven oficial referirse a un encumbrado héroe de guerra? —intervino este, que por fortuna parecía carecer de la elevada laxitud de carácter de su progenitor. La admiración qu

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