Anoche soñé mariposas

Estrella Correa

Fragmento

Introducción

INTRODUCCIÓN

Estaba nerviosa. Una mezcla de sensaciones se había apoderado de todo mi ser desde que Madison, mi mejor amiga, y yo decidimos hacer aquella locura. Miedo, ganas, incertidumbre... Llevábamos pensándolo meses, y esa noche, tumbadas en la playa y mirando las estrellas, como tantas otras, habíamos tomado la firme decisión de hacerla realidad. Estábamos convencidas. Se nos podía caer el pelo por llevarla a cabo, y con caerse el pelo me refiero a estar castigadas durante semanas. Reíamos suponiendo todo lo que podíamos perder si nos hacíamos aquellos tatuajes que tanto nos gustaban. Que no podía ser poco.

—Tenemos que falsificar bien las firmas de la autorización —dije, pensando en que éramos menores de edad—. Podemos meternos en un buen lío.

—¿Con lío te refieres a que nos metan en la cárcel y tengamos que pasar las noches encerradas en una celda minúscula con una ladrona de gasolineras tatuada y con el pelo rapado?

—Por ejemplo.

Nos reímos y el pecho nos convulsionaba sobre la arena.

—Mis padres son abogados. No permitirían que pasáramos la noche en el calabozo.

—¿Tú crees? Tal vez piensen que sería una buena lección.

—Ahora no te eches atrás —manifestó, a sabiendas de que no cabía esa posibilidad.

—Claro que no.

—¿Crees que dolerá?

Lo pensé durante unos segundos.

—Un poco...

—¿Un poco? —Se incorporó y me señaló con el dedo—. ¡Seguro que duele!

—¡No seas miedica! —La imité—. Solo será un ratito. Brandon se hizo uno el verano pasado y me ha dicho que no es para tanto.

—Brandon. ¡Pero si lloró mientras se lo hacían! —Alzó las manos.

Volvimos a reírnos.

El sábado nos encontramos junto a su coche a las nueve de la mañana. Se acababa de sacar el carnet y sus padres le habían comprado un Mazda descapotable color azul eléctrico que nos encantaba a las dos.

—Creo que estoy demasiado nerviosa para conducir —expresó, con las llaves en la mano.

—Podemos ir caminando.

—¿Cinco kilómetros?

—No es tanto.

—Tengo que volver temprano. He quedado con mi madre para ayudarla con la comida. Vienen los Davis a cenar.

—¿Brandon?

—No me lo recuerdes. —Bufó.

Solté una sonrisilla, a la que ella contestó:

—No te rías tanto que tu familia también está invitada.

—¿Qué?

—Que vas a tener que aguantarlo.

Madi levantó las cejas y yo hice un puchero.

—Como intente tocarme por debajo de la mesa, le corto los dedos con el cuchillo de la carne —advertí.

—Yo te ayudo, hermana.

Chocamos las manos y volví a notarla nerviosa.

—¿Quieres que lo lleve yo? —propuse, mirando el coche.

—No, no. Estoy bien. Anda, sube. Iremos despacio.

Eso esperaba porque estaba segura de que vomitaría de un momento a otro.

Parecíamos dos perritos perdidos cuando nos detuvimos en la puerta del estudio de tatuajes. Ninguna de las dos daba el primer paso para abrir la puerta y entrar en el mundo de los grabados en la piel por siempre jamás, pero ni ella ni yo queríamos echarnos atrás a esas alturas. Fui yo la que, después de respirar un par de veces y recordar cómo me sentía sobre las olas, agarré el pomo y tiré de la hoja de hierro y cristal.

Sonaba una música muy melódica que nos sorprendió y, al mismo tiempo, nos relajó. Supuse que estaba estudiada y que pretendía que los clientes asustadizos como nosotras pasaran el rato con menos ansiedad. No es que Madi y yo fuéramos unas miedicas; todo lo contrario. No nos daba miedo nada, hasta rozábamos la temeridad en muchas ocasiones, sin embargo, las consecuencias de lo que estábamos a punto de hacer podían ser catastróficas. ¿Y si nos prohibían surfear? ¿Qué iba a ser de nuestras vidas?

Dimos los buenos días a un chico que nos miraba con una sonrisa y le enseñamos la autorización con las firmas falsificadas de nuestros padres. Las manos nos temblaban tanto que bien podía haber supuesto que padecíamos de Parkinson. Se presentó como Josh y nos miraba saltando de una a la otra como esperando que confesáramos un asesinato. Casi nos ponemos a llorar y a revelar que hace diez años matamos (por error) un escarabajo que nos encontramos en la playa. Hasta le hicimos un entierro digno de un presidente.

—¿Quién va a ser la primera? —preguntó.

Madison ni parpadeaba, así que me presenté voluntaria.

—Yo.

—Pasad dentro.

Me preguntó dónde lo quería exactamente y sacó el diseño que le había enseñado en mi móvil.

—Te lo voy a marcar en la espalda y me dices si está todo correcto. Si no te gusta, dilo.

—Vale.

Me miré en un espejo y casi me pongo a llorar. Cinco mariposas sobrevolaban mi espalda en dirección ascendente hasta llegar a la parte trasera de mi hombro izquierdo. ¡Me encantaban! ¡Y aún no tenían color! Cuando volví a ver mi reflejo en el espejo y pude observarlas terminadas, algo en mi corazón se conmovió, comenzó a latir con más fuerza, con más entusiasmo, con más brío. Fue como una inyección de vida, porque eso es lo que parecía, que estaban vivas sobre mi piel.

Mis cinco mariposas azules volaban.

Madi optó por algo más pequeño y específico. Una ola, también en azul, dibujaba el interior de su muñeca. Diseños muy diferentes, pero con el mismo significado: el amor por el surf, el mar y el sentimiento de libertad que todo ello nos regalaba.

Nunca jamás hubiera llegado a pensar en todo lo que aquel tatuaje iba a marcar mi vida, su rumbo y la forma de ver el día a día. Ese tatuaje fue una brújula que guio nuestro camino.

El suyo.

Y el mío.

1. Mi vida en Manhattan

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MI VIDA EN MANHATTAN

Hace tiempo me propuse seguir unas rutinas. Tenía que hacerlo y me obligué a ello. Años atrás me envolvió un huracán y me mantuvo durante meses girando en su ojo a cien metros del suelo. Acabó golpeándome sobre el duro asfalto y todavía trato de sobreponerme d

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