Dos vidas para Lydia

Josie Silver

Fragmento

Prólogo

Prólogo

La mayor parte de los momentos decisivos de la vida ocurren de forma inesperada; a veces pasan ante ti sin que te enteres hasta mucho más tarde, si es que llegas a hacerlo. La última vez que tu hijo es tan pequeño como para llevarlo en brazos. Una mirada de hastío intercambiada con un extraño que se convierte en tu mejor amigo de por vida. El trabajo de verano que solicitas sin pensarlo y en el que te quedas los veinte años siguientes. Ese tipo de cosas. Así que no soy para nada consciente de que uno de los momentos decisivos de mi vida está pasando ante mí cuando, el 14 de marzo de 2018 a las 18.47, me suena el móvil. En cambio, suelto un taco en voz baja, porque tengo un rulo de velcro atascado en el pelo y ya llego tarde.

—¿Hola?

No puedo evitarlo. Sonrío cuando activo el manos libres y Freddie me saluda medio a gritos para que lo oiga por encima del ruido de fondo de la carretera.

—Estoy aquí —digo en voz alta, con unas horquillas sujetas entre los dientes.

—Oye, Lyds, a Jonah se le ha averiado el coche, así que voy a desviarme y a recogerlo de camino al restaurante. No me retrasará mucho, diez minutos como máximo.

Me alegro de que no esté aquí para ver la cara que pongo. ¿Fue la princesa Diana la que pronunció la célebre frase de que había tres personas en su matrimonio? Lo entiendo, porque en el mío también las hay. Aunque en realidad todavía no estamos casados, pero nos queda muy poco. Freddie Hunter y yo estamos comprometidos y, es oficial, soy casi la chica más feliz del mundo. Remito a mi afirmación anterior para explicar por qué digo «casi» la más feliz: porque estoy yo, está Freddie y está el puñetero Jonah Jones.

Lo entiendo; yo no paso un solo día sin hablar con mi hermana, pero Elle no está siempre aquí, en nuestro sofá, bebiéndose nuestro té y exigiendo mi atención. Tampoco es que el mejor amigo de Freddie sea lo que se dice exigente. Jonah se toma las cosas con tanta calma que se pasa la mayor parte del tiempo en horizontal, y tampoco es que me caiga mal… Es solo que me caería mucho mejor si no lo viera tanto, ¿sabes? Esta noche, por ejemplo. Freddie ha invitado a Jonah a la cena y no se le ha ocurrido consultármelo a pesar de que es mi cumpleaños.

Escupo las horquillas, dejo de pelearme con el velcro y cojo el teléfono, molesta.

—Dios, Freddie, ¿de verdad tienes que ir? La reserva en Alfredo’s es a las ocho, y no nos guardarán la mesa si llegamos tarde.

Lo sé por una mala experiencia anterior: la cena de Navidad del trabajo se convirtió en un desastre cuando el minibús llegó a Alfredo’s diez minutos tarde y terminamos todos en el McDonald’s con nuestras mejores galas. Esta noche es mi cena de cumpleaños, y estoy casi segura de que mi madre no se llevará una gran impresión si le sirven un Big Mac en lugar de fetuccini con pollo.

—Relájate, Cenicienta, no llegarás tarde al baile. Te lo prometo.

Muy típico de Freddie. Nunca se toma la vida en serio, ni siquiera de vez en cuando, en aquellas ocasiones en las que sería bueno que lo hiciera. En su mundo, el tiempo es elástico, puede estirarlo para adaptarlo a sus necesidades… O, en este caso, para adaptarlo a las de Jonah.

—Vale —respondo resignada—. Pero no te despistes con la hora, por lo que más quieras.

—Entendido —dice cuando ya está subiendo el volumen de la radio del coche—. Cambio y corto.

El silencio invade el dormitorio y me pregunto si alguien se daría cuenta si me corto el mechón de pelo enmarañado en el rulo que ahora mismo me cuelga a un lado de la cabeza.

Y ahí estaba. El momento decisivo de mi vida, pasando como si nada ante mí a las 18.47 del 14 de marzo de 2018.

2018

2018

Despierta. Jueves, 10 de mayo

Despierta

Jueves, 10 de mayo

Freddie Hunter, también conocido como el gran amor de mi vida, murió hace cincuenta y seis días.

En un momento, estoy echando pestes porque llega tarde y va a fastidiarme la cena de cumpleaños, y al siguiente estoy intentando entender qué hacen dos agentes de policía uniformadas en mi salón, una de las cuales me sostiene la mano mientras habla. Miro fijamente su alianza de boda y luego mi anillo de compromiso.

—Freddie no puede estar muerto —digo—. Vamos a casarnos el año que viene.

Seguro que el hecho de que me cueste recordar con exactitud qué ocurrió a continuación es cosa del instinto de supervivencia. Recuerdo que me llevaron a urgencias en el coche de policía con la sirena puesta y que mi hermana me sujetó cuando me fallaron las piernas en el hospital. Recuerdo que le di la espalda a Jonah Jones cuando apareció en la sala de espera sin apenas un rasguño, con apenas una mano vendada y un apósito en el ojo. ¿Qué clase de injusticia es esta? Dos personas entran en un coche y solo una de ellas vuelve a salir. Recuerdo que yo llevaba puesta una blusa verde que me había comprado a propósito para la cena. La he donado a la tienda de segunda mano de una organización benéfica; no quiero que vuelva a rozarme el cuerpo nunca más.

Desde ese día horrible, me he devanado los sesos innumerables veces intentando acordarme de todas y cada una de las palabras de la última conversación que mantuve con Freddie, y lo único que recuerdo es que le gruñí por ir con la hora justa para llegar al restaurante. Y luego llegan los otros pensamientos. ¿Iba demasiado deprisa por complacerme? ¿El accidente fue culpa mía? Dios, ojalá le hubiera dicho que lo amo. Si hubiera sabido que era la última vez que iba a hablar con él, lo habría hecho, sin duda. Desde que ocurrió, en ocasiones he deseado que hubiera vivido el

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