La última plegaria del dragón

Enara de la Peña

Fragmento

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Capítulo 1

El ejecutor

Tokio

Ryu era consciente de todo lo que le rodeaba. De las gotas de sudor, del dolor en las muñecas y el olor a sangre y pescado podrido que se mezclaba en sus fosas nasales. Casi lo podía notar al fondo de su garganta, tirando de su última comida hacia fuera.

A esas horas de la noche, la luz artificial apenas iluminaba el interior del viejo almacén. Como si la oscuridad supiera que se encontraba en su territorio y tuviera derecho a apoderarse de cada rincón del puerto de Tokio sin piedad.

Ryu esperó un minuto para que el oxígeno volviera a llenar los pulmones del otro hombre, una pausa que evitaba que perdiera la consciencia y le daba una pizca de esperanza. Hacerle creer que había terminado, que lo más duro había pasado y podría marcharse. Ese instante en que su gesto se relajaba, demostrando la ingenuidad humana hasta que se reencontraba de golpe con la realidad asestándole otro puñetazo, le recordaba la posición que ocupaba en la vida. Era adictivo. Su bocanada de aire para no detenerse.

Él era el ejecutor, al que enviaban cuando las negociaciones habían fallado y era necesaria «un poco de mano dura» para terminar el encargo. Lo asumía, se le daba bien, por eso nunca le faltaba trabajo.

—Por favor… No volverá a pasar... Lo prometo...

Las palabras sonaron huecas en su mente. Las súplicas y las amenazas perdían todo el sentido cuando entraba en ese estado. El cuerpo reaccionaba de manera automática y sus manos solo tenían un propósito. Después notaría el escozor de los nudillos despellejados, pero aquello llegaría tras cumplir con su objetivo.

Cogió impulso y volvió a hundir el puño en el estómago del hombre. Tan hondo que sintió el crujir del hueso. Eran ya tres las costillas rotas.

Ryu sabía lo que se sentía. Aún recordaba la primera vez que le dieron una paliza. Tenía siete años y para los adultos no era más que un mocoso al que le gustaba meter las narices donde nadie quería. En realidad, solo lo había hecho porque tenía hambre y todos los críos famélicos del barrio de Asakusa se juntaban en el mismo lugar. Los mayores intentaban echarlos con gritos y agitando las manos, igual que se ahuyenta a las alimañas de los restos de basura. Los peores eran los otros niños.

La razón poco importaba, tan solo el difuso recuerdo de los puños, apenas más grandes que los suyos, haciéndolo caer al suelo. Luego llegaban las patadas. El dolor, la sangre y la humillación, nada más que sensaciones que terminaban por desaparecer con el paso del tiempo. Lo único que permanecía era la determinación. A no llorar ni dejarse vencer la próxima vez.

Días después, lo volvían a apalear, pero él lo soportaba. Había sobrevivido y era él quien daba las palizas.

Conocía los puntos débiles. Cómo hinchar un riñón sin que reventara, con qué fuerza presionar en el cuello hasta que se desmayaban o la tensión del músculo antes de descolocar un hombro. Él no estaba para que los otros hablaran, lo único que hacía era dar lecciones y que no se repitiera el mismo error. Rompía dientes para crear terroríficos relatos que compartir en las charlas de borrachos a media luz en el bar. Así nadie más la cagaba.

Aquellos que habían terminado en un hospital siempre salían por su propio pie. Además, el resultado entonces era más efectivo y la familia Maruyama se mostraba agradecida por su esfuerzo. Si alguna vez se le había ido la mano, no fue de forma involuntaria, y también le mostraban gratitud, aunque más discretamente. En ocasiones, había historias que era mejor que nadie contara.

—Ryu.

Shinji apoyó la mano en su hombro y los brazos cayeron a los lados, sin fuerza. Era habitual que en trabajos como aquel lo acompañara su hermano mayor.

—Lo siento, lo siento… —masculló el hombre, encogido en el suelo y con los dientes apretados.

—No es suficiente —cortó sus lamentos Shinji.

—Pero…

Shinji se agachó a su lado como si fuera a golpearlo. Pero no lo hizo. No le gustaba tocar a nadie, y menos si parecía estar a punto de vomitar sus entrañas.

—Lo sabemos —dijo, y el rostro del hombre magullado se desencajó—. Has robado, otra vez, y has tenido la indecencia de traer el dinero aquí para manchar nuestra reputación.

Shinji inclinó la cabeza. Parecía un enorme cuervo negro anticipándose al sabor de los ojos antes de atacar.

—La última vez no pasó nada, ¿recuerdas? —siguió—. ¿Sabes por qué? Porque fue poco, lo justo para pagar lo que nos debías y entretenerte un rato. Pero volviste a perder y en vez de largarte vuelves con mucho más, alardeando delante de los demás, como un idiota que ha encontrado un tesoro debajo de una piedra.

Su hermano mayor hurgó en la chaqueta. Debía estar buscando el paquete de tabaco, aunque no sacaría el cigarrillo hasta terminar la tarea. Se había impuesto no tener cosas en las manos mientras trabajaba, nada de fuego u objetos afilados. Una vez había sido descuidado y dejó medio ciego a un tipo. Por eso todas las armas se quedaban en la entrada del local, incluso la kodachi de Ryu. Que Shinji se metiera con él por tener una espada corta en vez de una katana, igual que los demás, no lo convertía en menos peligroso.

—Eres imbécil, ¿es que quieres atraer a la policía? —continuó Shinji—. En cuanto denuncien en tu empresa que les falta dinero, el primero al que buscarán es al contable, a ti. Entrarán en tu casa e interrogarán a tu familia. Y tú no quieres eso, ¿verdad? Cuando sepan que vienes a sitios como este, no serán tan delicados con las mujeres de la casa. Nadie quiere que le pase nada a tu querida Nagisa, ¿no? Y la pequeña Tomoe no se merece ver a su padre en la cárcel porque el muy idiota se ha llevado todo el dinero robado a una timba ilegal. Querrán culpables, personas a las que castigar. Nosotros estamos preparados para las consecuencias, ¿lo estás tú?

Shinji se incorporó. Ambos sabían la respuesta, y más cuando el hombre en el suelo comenzó a temblar de forma violenta. Hasta entonces había aguantado con bastante estoicismo, pero darse cuenta de hasta dónde podía llegar su error le había abierto los ojos.

—Lo siento… Yo lo… —repitió igual que un mantra budista.

—No volverás aquí —concluyó Shinji—. Márchate.

El hombre se levantó despacio, con las manos en el abdomen. Ryu sabía que tardaría unos días en recuperarse, que orinaría sangre y que esa noche velaría a su familia mientras reflexionaba sobre sus actos. Tal vez se plantearía entregar su vida a cambio de limpiar sus errores, eso ya no les incumbía. Al menos no le habían tocado la cara, a propósito. Ese caso era más una advertencia personal que un aviso para el resto.

—No olvides lo generosa que ha sido la familia Maruyama —le gritó Shinji antes de que saliera por la puerta trasera. Él se giró e inclinó la cabeza a modo de despedida.

En la penumbra, la pequeña llama de un mechero plateado iluminó el rostro de su hermano mayor. Cerró los ojos mientras aspiraba con placer la primera calada del cigarrillo. Después se frotó la frente, con una preocupación que no podía ocultar, y menos ante él.

—Otro que se va —dijo Ryu, poniendo en palabras sus pensamientos.

—Bueno, vendrán más.

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