El chico sin encanto

Laura Mars

Fragmento

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Capítulo 1. Sexo del malo

Los besos se llevaban un aprobado. Los tocamientos un suspenso. Recorría mi cuerpo con sus manos como si estuviese eligiendo el kiwi más maduro.

—¡Ay! No tan fuerte —le recriminé.

Arturo siguió a lo suyo, disfrutando a su modo de mi cuerpo. Yo pensaba cada vez más en el error que cometíamos. Era mi compañero de residencia. Ambos estábamos en el primer año de la especialización en Cirugía Ortopédica y Traumatología o, como solíamos abreviar, trauma. La fama de brutos nos venía de serie, sobre todo porque encajar huesos requiere de cierta fuerza. No esperaba que se tradujese en ese ser paleolítico en la cama.

Sus besos eran intensos y húmedos. Traté de concentrarme en eso y no en sus manos, que seguían palpando mi cuerpo con firmeza. Apretó demasiado uno de mis pechos.

—Frena un poco —le pedí, cada vez más incómoda.

—Álex, si te va a encantar. Déjate llevar.

Abandonó mis pechos y bajó la mano a mis muslos, abriéndolos con dominación.

—De eso nada. —Me desembaracé de él, salté de la cama y recogí mi blusa del suelo.

—Pero ¿qué pasa?

—Que no escuchas, Arturo. Si no hay comunicación, no hay manera de hacer algo que nos guste a los dos.

—Yo estaba disfrutando.

—Pues yo no —respondí tajante.

La cara de confusión que puso me pareció cómica. Estuve a punto de dejar escapar una risa. Me controlé. Lo que dijésemos en ese momento marcaría el resto de nuestra residencia. ¿Tendríamos encuentros incómodos por el resto de los tiempos o lograríamos salvar la amistad? A este paso, me conformaba con algo cordial.

—Yo… esto… —balbuceó Arturo.

—No pasa nada —le intenté tranquilizar al ver su ego dañado—. Solo somos incompatibles en la cama.

—Incompatibles.

—Eso es. Aunque quizás quieras ser más delicado con la siguiente.

Terminé de vestirme para evitar lanzarme a enumerarle todos los fallos cometidos. Quién sabe, quizás a otra le gustase ese modo tan brusco y primario de relacionarse.

—¿Te marchas? —me preguntó.

—¡Ja! —En ese instante no pude evitar una carcajada. ¿Qué esperaba, que me quedase a dormir o a ver series con él? Bendito autocontrol. Me recompuse—. Arturo, mejor lo dejamos aquí.

Me observó en silencio agarrado a las sábanas y tapándose el cuerpo. Su mirada se endureció de una forma que no supe descifrar. Busqué mi mochila, me calcé las zapatillas y esbocé mi sonrisa más natural.

—¡Nos vemos mañana! ¡Que descanses! —exclamé con una voz demasiado aguda.

—Hasta mañana —contestó él con el ceño fruncido.

Cuando cerré la puerta de su habitación, me di de bruces con uno de sus compañeros de piso.

—¿Te vas ya? —me preguntó divertido.

Mi paciencia estaba agotada. Lo fulminé con la mirada y lo aparté de mi camino. El tercer compañero de piso se limitó a mirarme desde el sofá. Le faltaban las palomitas. Dejé atrás la sala y casi corrí hasta la puerta. Bajé los tres pisos por las escaleras y salí al exterior. Respiré con necesidad al notar el aire fresco en la cara. Saqué el móvil y escribí a mis amigas al grupo que teníamos juntas: «Las 3 mosqueteras».

Alexandra: Un fiasco.

Noela: ¿Tan pronto?

Inma: Ya te había dicho que era una mala idea. Mañana en el trabajo, ¿qué?

Alexandra: Hemos acabado bien. O eso he intentado.

Noela: ¡Pero cuéntanos qué ha pasado!

Alexandra: Me sobaba como si estuviese intentando encajar la cadera a una anciana.

Noela: ¡Ja, ja! Me matas.

Inma: ¡Qué mala!

Alexandra: No es maldad, es la verdad. En fin, otro que no sale bien.

Inma: En ningún sitio se veía que eso fuera a salir bien.

Seguí charlando con mis amigas y, al final, entre risas y tonterías, se me pasó la incomodidad y el disgusto. No solo era un rollo que salía mal, era otra posible pareja que no llegaba a ningún lado. Llegué a mi casa de alquiler, de 40 metros cuadrados. Era pequeña y cara. Un precio que pagaba con gusto con tal de no tener que compartir piso. Era el precio de la independencia. Envié el mensaje de rigor a mi madre y me duché, pensando en la estrategia del día siguiente.

***

Con un nuevo amanecer, lo sucedido la noche anterior con Arturo me pareció más pequeño. Una anécdota de la que podríamos llegar a reírnos. Desayuné con apetito y me dirigí al hospital. Me puse la bata y entré en la sala de reuniones. Allí estaban el resto de compañeros: adjuntos, otros residentes, equipo de enfermería y la jefa. No vi a Arturo por ningún lado. Empezó el pase de guardia. Contaron los pacientes que quedaban en urgencias y repartimos los casos nuevos.

Yo estaba asignada con el doctor Cebrián Herrero. Era bromista, su risa era alta y operaba de maravilla. En los pocos meses que llevaba de residencia había aprendido mucho gracias a él. Me iba dejando practicar cada vez más.

En ese momento entró Arturo. Tenía un estado pésimo, ojeroso y rostro blanquecino. Acabó la reunión y se acercó directo a mí.

—Álex, ¿puedo hablar contigo?

—No, ahora voy a pasar planta con Herrero.

—Solo será un momento.

Miré en dirección a mi adjunto y vi que estaba entretenido charlando con la jefa. «Mierda», me dije pensando en mi mala suerte. Si hubiésemos tenido más prisa, me habría ahorrado una conversación incómoda.

—He estado toda la noche pensando…

—No hace falta que lo jures —dije refiriéndome a su aspecto.

—¿Qué?

—Nada, sigue.

—El caso es, Álex, que yo te quiero.

—¡¿Qué?!

Esta vez fui yo la que puse cara de sorpresa, confusión y, con casi total seguridad, de idiota.

—¡Fuentes! —exclamó mi adjunto—. Esos pacientes no se van a curar solos.

Miré a Arturo con gesto de disculpa, todavía con la boca abierta, y me fui detrás de mi adjunto. Este empezó a hablar con buen ánimo. Había conseguido que la jefa nos asignase el caso de la prótesis de muñeca, una cirugía muy delicada con resultados moderados. La pericia del cirujano era decisiva.

Pasamos por la planta y vimos a los últimos pacientes que habíamos operado. Estables, doloridos y mejorando. Después estuvimos en la consulta, viendo demasiados enfermos en un corto espacio de tiempo. Algunos eran un mero trámite, ya viniesen a mostrar que necesitaban más rehabilitación y debíamos hacerles el volante correspondiente, o porque necesitasen un informe. Otros llevaban más tiempo, había que estudiar su caso y decidir el mejor curso de acción para cada uno.

—Voy a por los cafés. ¿Galletas? —me preguntó mi adjunto.

—Sí, de arándanos. Gracias.

El doctor Herrero me dejó haciendo el papeleo y se fue silbando a por nuestro avituallamiento. Siempre que podía me dejaba los informes a mí y él se iba a estirar las piernas y charlar con la encargada de cafetería. Más de una vez les había pillado hablando muy cerca, casi como confidentes. Al poco se abrió la puerta del despacho.

—¡Qué rápido! ¿Se te ha olvidado la cartera?

El que estaba en la puerta no era Herrero. Era un chico corpulento, de grandes manos y sonrisa ne

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