El lobo y la rosa (Destinos en la tormenta 1)

Zahara C. Ordóñez

Fragmento

el_lobo_y_la_rosa-2

Capítulo 1

Málaga, agosto de 1845

Todo empezó con una tormenta.

El cielo era una plañidera llorando una muerte y los truenos eran gritos de su garganta anunciando desgracia. Aún no lo sabía, pero era la mía.

La lluvia parecía clamar el fin del mundo y desde la seguridad de mi dormitorio la observaba, ajena a una realidad que pronto me encontraría y de la que no podría escapar. De pie junto al ventanal observaba los barcos allá en el puerto vapuleados por olas furiosas. Eran todo un símbolo de resistencia pues, aunque sus cascarones fueran embestidos una y otra vez, siempre se mantenían a flote. Me gustaba imaginarme tan fuerte, tan brava, tan resistente a las tempestades como ellos y fantaseaba a veces con que me subía a bordo de uno de esos fastuosos navíos y lo comandaba hasta los confines de la Tierra. La culpa de tal fantasía, decía mi madre, la tenía Espronceda, y pronto me disuadía de mis ensoñaciones contándome historias atroces de terribles y despiadados piratas. Ella de eso sabía mucho, pues sus antepasados levantaron su fortuna con barcos mercantes, así que escuchaba sus relatos olvidando durante un tiempo mis pretensiones de darme a la piratería hasta que mis ojos volvían a mirar el puerto y una sensación de fuerza y libertad sin igual me embargaba.

La voz de mi madre me sacó de mis pensamientos.

—Apártate de la ventana, Victoria.

En su tono autoritario había un deje tembloroso, pues temía a las tormentas más que a la propia muerte. En aquel instante un relámpago, que se me antojó que dibujaba la guadaña de la Parca, cruzó el cielo y ella dio un respingo. El trueno pronto lo siguió con un bramido inmisericorde que retumbó en la estancia y que la hizo persignarse y advertirme de nuevo que me alejase de allí.

Obedecí y mi madre llegó al punto, corriendo los cortinajes de seda en color crema que había estrenado unos meses atrás con la llegada del verano. El fulgor de los quinqués que habíamos tenido que encender desde primera hora en aquel día gris iluminó la estancia oscura con sus tonos dorados.

—¿Todavía no estás vestida? —se quejó tras mirarme de arriba abajo y comprobar que seguía envuelta en mi cómodo batín de organza.

Mi madre fue hacia mi mesita de noche y agitó la campanilla que reposaba sobre esta mientras yo fruncía el ceño, algo desconcertada.

—¿Vestida? ¿Para qué?

—Hoy es el entierro de don Agustín de Herrera.

Don Agustín era amigo de la familia desde que yo tenía memoria. Tanto él como mi padre eran propietarios de una ferrería y habían acabado trabando amistad más allá del ámbito comercial, pues compartían sus tribulaciones por las idas y venidas del comercio de hulla y otros asuntos del negocio. Pasaban los días hablando de proyectos que habrían de encumbrarlos en lo más alto de la sociedad industrial. Algunos llegaban a buen puerto y otros quedaban varados, pero nunca les faltó ilusión. Don Agustín tenía familia en Bath, una ciudad inglesa, y a menudo expresaba su deseo de equiparar España a la isla en cuanto a avances industriales se refería, y ya hablaba de ferrocarriles y otras hazañas. Pronto se dio cuenta de que, aun habiendo dado algunos pasos hacia adelante, aquí las cosas iban a un ritmo distinto al del resto de Europa. Cuando a mi padre se lo llevaron las fiebres, Agustín se hizo todavía más presente en nuestra familia. Ayudó a mi madre en los asuntos legales, acompañó a mi hermano en sus primeros pasos en solitario al frente de la ferrería y pronto se habló de que colmaba a mi madre de atenciones poco propias para una mera relación de amistad. Las malas lenguas tuvieron trabajo de sobra con ellos, pues él estaba casado. Todo el mundo pensaba que su esposa, de mal carácter y peor salud, lo dejaría viudo y él se desposaría con mi madre; sin embargo, para sorpresa de todos, el pobre Agustín, de cabellos aún oscuros y rostro lozano, se fue antes que la macilenta señora de Herrera.

Tras el velatorio, al que la viuda prohibió la entrada a mi madre, iban a enterrarlo en el Cementerio de San Miguel, en una tumba sobre la que algún día se alzaría el panteón que había ordenado construir. La muerte, así de caprichosa, gusta de llevar la contraria llevándose a quien menos lo espera. Yo sabía lo mucho que don Agustín significaba para ella, pero si de por sí acudir a un entierro era del todo inapropiado, ir al suyo transgredía todos los límites, y así se lo hice saber.

—No necesito el permiso de nadie para ir a despedir a un amigo —respondió mi madre con gesto resuelto.

—Madre... Ya sabe lo que dice la gente —insistí, recordándole las habladurías.

—Iré a decirle adiós a Agustín les guste o no —zanjó.

—Como quiera —suspiré—. Mas el tiempo tampoco acompaña. Parece mentira que estemos en agosto.

—Nunca llueve para siempre, Victoria. Y menos en Málaga. Si de algo sabemos aquí es de sol.

Guillermina, mi doncella, a quien yo llamaba «Mina» de forma cariñosa, llegó en ese instante y mi madre le dio órdenes de que preparase un vestido adecuado para las circunstancias. La muchacha, de apenas veinte años, cabello dorado y rostro dulce, se quedó por unos segundos petrificada. Logró sobreponerse y hacer lo que le pedía. La observé mientras abría cajones y roperos y sacaba de ellos varias prendas que creyó convenientes, dejándolas estiradas sobre la cama, hasta que mi madre señaló al poco un vestido de raso negro con volantes de blonda y guarnecidos en azabache. Eligió también un echarpe de cachemira a rayas, un sombrero de capota a juego, cerrado con un lazo de raso violeta, y unos guantes de encaje.

—Lástima que no haga día para lucir sombrilla. La última que te regaló tu hermano habría sido perfecta para ese vestido —observó mi madre, que sentía pasión por los adornos—. Escogeremos un paraguas apropiado.

Mina guardó el resto para después ayudarme a vestirme.

—¿Qué opina...? —Dejé la pregunta a medias, pues me apretó con tanto brío el corsé que me quedé sin aliento. Era inglés, de raso, de los que todavía necesitaba ayuda para poder anudarlos por detrás. Mi madre había comprado algunos más nuevos, con unos enganches delanteros que facilitaban la tarea de vestirlos, mas ese día me puse aquel porque su tejido era muy fresco.

—Afloja, Guillermina, que Victoria tiene la costumbre de respirar.

—Perdón, señora —se disculpó, y me liberó un poco de la presión.

—Endiablados corsés. Cada vez los hacen más rígidos —me quejé.

—¿Por qué crees que Napoleón lo llamaba «el asesino de la raza humana»? —apuntó mi madre.

—Ni que hubiera tenido que llevar uno —le recordé.

—Igual le habría ido mejor en Rusia de haber sido mujer —dijo ella—. Somos más precavidas y siempre llevamos un chal por si refresca.

—No creo que podamos llamar «refrescar» al frío de aquellos lares, madre.

En medio del semblante enturbiado que lucía aquella mañana, emergió una breve aunque animada sonrisa. Mina soltó una disimulada risita por aquel comentario y terminó de ponerme el vestido. Después me senté en el tocador para que me peinase.

—Un recogido sencillo bastará —le indicó mi madre, observándome en el espejo. Me miraba con ternura y quise pensar que se sentía orgul

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