El lince y el clavel (Destinos en la tormenta 2)

Zahara C. Ordóñez

Fragmento

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Capítulo 1

Galicia, marzo de 1846

De todas las cosas que pensé que tendría que hacer en la vida, ver casarse a la mujer que amaba no era una de ellas. Dicen que el ser humano ha sido creado para ser resiliente y soportar los envites del destino, por duros que estos sean, pero estoy seguro de que cuando dicen eso olvidan los que te da el amor. El amor golpea casi tan fuerte como la muerte. De hecho, si hiciera caso a algunos poetas, ambos vendrían de la mano. En el pulso que el amor y yo habíamos jugado, salí perdiendo. Herido de gravedad, me había retirado. Lo había hecho porque amar es desear la felicidad del otro, y su felicidad no estaba conmigo.

He oído que el tiempo cura las heridas; sin embargo, lo que no me dijeron es que, cuando algo duele, el tiempo cobra proporciones de infinito. Querría decir que el dolor había quedado atrás; hablar de él en pasado; decir que el corazón ya no me quemaba cuando pensaba en ella; que su nombre se había diluido en mi memoria como gotas de lluvia en un charco. Querría decir que ya no la amaba. Que no me importaba que sus labios besasen los de otro. Podría decirlo, pero mentiría. Mentiría del mismo modo que le había mentido a ella al decirle que entendía que lo amase a él; que sin ella en mis brazos iba a poder seguir respirando. Mentiría del mismo modo que mentí al tenerla de nuevo frente a mí, mientras ella me miraba con esa sonrisa que era para mí el mismo cielo, y pronunciaba un «¿estás bien?» con sus labios de miel. Esos labios en los que había imaginado mis besos. Besos que habían emprendido el vuelo para no regresar jamás.

«No. No lo estoy», quise responder. «Nunca lo estaré si no te tengo a mi lado».

Quizá debí decirle eso la última vez que nos vimos, mas elegí su felicidad por encima de la mía y ya no había marcha atrás. Ahora tenía que seguir mintiendo.

—Sí, Victoria. Estoy bien. —Sonreí, aunque por dentro me estuviera quebrando. Aunque mi corazón no fuera ya más que un cristal roto en cientos de esquirlas—. ¿Y tú? ¿Cómo estás?

Ella se acercó despacio a mí. En aquel jardín preñado de hortensias y altos árboles de hojas verdes, con su blanco vestido de novia, se me antojó una de esas ninfas de los cuentos que mi madre me solía narrar cuando era pequeño.

—Bien. Estoy bien —dijo, y extendió sus manos para coger las mías—. ¿Por qué no estás en el banquete con el resto?

Victoria y Elías habían querido casarse en aquel lugar del fin del mundo, y después de una sencilla ceremonia en la iglesia, nos habían hospedado en un pazo señorial propiedad de unos amigos de los Vergara, donde habían celebrado un banquete en los jardines. Aunque el día había amanecido gris, la lluvia había dado algo de tregua y el sol hizo acto de presencia, jugando a esconderse entre los nubarrones que surcaban el cielo. Sus formas se pintaban sobre la hierba, y sobre la bella e imponente construcción de granito que se alzaba entre ellos y que imitaba a los viejos castillos de época medieval, con tres torres cuadradas y almenadas de distintas alturas. En contraste con su aspecto fortificado, las ventanas estaban formadas por una triple arcada apoyada en columnas esbeltas con capiteles corintios y adornadas con hermosas vidrieras emplomadas. La hiedra trepaba por la fachada dibujando caprichosas formas y dándole verdor a la piedra.

—Solo estaba paseando —me excusé, tomando sus manos, tan cálidas como las recordaba—. Necesitaba un poco de aire.

Me miró con gesto comprensivo.

—¿Demasiada gente?

—Demasiada gente y...

Agaché la vista y la clavé en el suelo. No quise terminar la frase para no molestarla, pero la verdad es que me sentía como un bicho raro rodeado de tanto señoritingo. A pesar de lo precipitado de la boda, a esta había acudido lo mejor de la sociedad de varias capitales españolas y también del extranjero. Gente que tenía una decena de apellidos, algunos impronunciables, así como todos los socios comerciales de Rafael, el hermano de Victoria. Me sentía perdido entre conversaciones que no comprendía y todas se me antojaban terriblemente insustanciales. Ni siquiera la compañía de Lily y Bernardo, que a ratos hablaban conmigo, a ratos con el resto de comensales de nuestra mesa, me hizo menos difícil el trago. Si mi madre o mi hermana hubieran estado allí, al menos habría tenido a alguien con quien hablar, pero mi madre no quería dejar la venta sola, y Gabriela aún no se encontraba con ánimos como para emprender aventura alguna y menos aún si esta tenía que ver con el enlace de Elías. Aunque se habían separado de forma amistosa y de mutuo acuerdo, los sentimientos pueden ser traicioneros. Y yo... yo debí quedarme en Madrid estudiando, y no acudir a esa boda que me rompía en mil pedazos. Sin embargo, tras más de cuatro meses sin ver a Victoria, las ganas de estar con ella pudieron más que cualquier otro juicio emitido por mi razón, esa que parecía abandonarme cada vez que me hallaba frente a ella. Qué estúpido había sido al decir que sí cuando recibí la carta en la que me invitaba al enlace. Yo ya no sabía si la estupidez me era inherente o el amor me había vuelto imbécil, pero acepté estar allí y ahora tenía que tragar saliva, aunque tuviera la garganta llena de sangre por las palabras que querría decirle y que iban allí a morir sin llegar jamás a mis labios.

—Ya sé que no estás cómodo —dijo ella con voz triste—. Quizá no debí pedirte que vinieras.

Levanté la vista, negué con la cabeza y me forcé a sonreír.

—De verdad. No te preocupes por mí. Hoy es tu gran día. —Alcé una de mis manos y la apoyé en su mejilla. Victoria dibujó en sus labios una sonrisa que aceleró mi corazón.

—Gracias —dijo posando su mano sobre la mía—. Al menos espero que estés disfrutando de la comida.

Teniendo en cuenta mis tribulaciones, todas aquellas exquisiteces me supieron amargas, pero fingí una vez más que no era así.

—Sí, y ojalá supiera pronunciar el nombre de los platos. La mitad están en francés.

Victoria se echó a reír. Retiró su mano y sentí aquel vacío de forma intensa. Como si me hubieran quitado la piel. Alejé yo también la mía de su rostro y la bajé, apretando el puño después. No sabía si para atesorar el tacto que aún me quedaba de ella, o para acallar mis anhelos con la fuerza.

—¿Cómo van tus estudios? —preguntó—. Espero que el teatro no te esté alejando mucho de tus obligaciones.

—No son como me los imagi

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