Adèle Rochester

Nunila de Mendoza

Fragmento

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Capítulo 1

Adéle Verans regresa a Thorfield Hall

¿La noticia me sorprendió? Sí y no. Sabía que la salud del señor Rochester había empeorado, poco a poco, en los últimos años. Temía siempre que cada verano que pasaba junto a él sería el último. Pero cuando estaba en casa, lo veía reír con tanta fuerza, con esa risa que estremecía las ventanas y daba cuenta de la esmerada atención de su esposa para su cuidado; tenía la esperanza de que esa muerte temida nunca llegara. Ese día recibí la carta donde mi querida Jane me apremiaba de regresar a la finca, puesto que mi mentor estaba grave y deseaba verme. Organicé mis cosas, derivé responsabilidades, aun habiéndome hecho cargo recientemente de la cátedra de Lengua e Historia en el instituto. Estaba tan concentrada en mi labor que hasta estuve tentada a postergar este viaje, pero no sería posible, aunque amaba tanto lo que hacía y a mis alumnas y estaba tan orgullosa que a mi edad me habían dado esa responsabilidad en la escuela, mi corazón ya estaba en Thornfield Hall con mi amada familia.

El viaje a casa me llenó de nostalgia; durante esas largas horas, sintiendo el trote del carruaje, hice memoria de mi vida y cómo esta cambió cuando siendo tan niña conocí al señor Rochester. Recordaba imágenes, como un sueño, hasta tener la sensación de no saber a ciencia cierta qué recuerdos eran reales y cuáles eran producto de mi fantasía. Mis primeros recuerdos, que suponía eran cuando vivía aún París, me transportaron a salones grandes de colores fuertes, donde había mucha bulla, risas y música. Sobre todo esto último, asociaba mis primeros recuerdos a canciones francesas alegres y un piano siempre tocado por alguien, de fondo la música y luego personas vestidas con poca sobriedad, en especial las mujeres con labios rojos intensos. Recordaba ser muy pequeña, puesto que me costaba caminar entre los elegantes vestidos de las damas, y podía sentir aún la sensación de la seda en mis dedos; me vi recogiendo adornos de sus elegantes sombreros caídos en el suelo y yo jugando con ellos. Todos reían, cantaban, algunos se besaban en los labios, y de repente me vi cargada en brazos, siendo puesta en el centro del salón, donde se me ordenó cantar, y así lo hice (aún recordaba melodías y pequeñas estrofas de esas canciones). Luego de cantar, escuché el coro de aplausos y risas de las personas que estaban presentes; las mujeres vinieron a mi encuentro y me besaron para luego pasarme de brazo en brazo demostrando su beneplácito por mi actuación. Luego, de entre todos los presentes, se abrió paso la más hermosa de todas, que vino a mi encuentro, y también me besó y me dio vuelta por los aires gritando: “Non petito chanteur”. Con un gesto gracioso me mandó a dormir diciendo “dale un beso a mamá”.

Recordaba las noches y muy poco de lo que pasaba en el día cuando vivía con mi madre en París. De los días solo recordaba que estaba sola, no había más niños y los adultos que vivían conmigo en aquella casa dormían hasta muy tarde. Soledad y hambre, siempre tenía hambre, daba vueltas por los salones hasta que alguien despertaba y se acordaba que una niña debía comer.

Mi primera impresión cuando conocí a Rochester fue miedo; era alto, de ancho rostro, cejas encontradas y unos ojos de fuego que combinaban muy bien con su cara. Apenas me dirigió la palabra la primera vez que lo vi, ya que para ese entonces ya no vivía con mi madre. Un día se despidió con prisa de mí porque tenía que viajar a un lugar (no recuerdo dónde) y me dejó al cuidado de una familia, los Frederick, que vivían en un barrio alejado del centro. Recordaba que la casa era muy pequeña y humilde, a diferencia de la casa grande donde vivía con ella. Estuve unos meses al cuidado de estas personas, y un día llegó el señor Rochester que se detuvo unos segundos a mirarme con detenimiento, y salió azotando con fuerza la puerta. A los pocos días de ese encuentro, regresó con regalos para mí, muñecas y vestidos muy bonitos, conversó un rato conmigo con más amabilidad que la primera vez, y me preguntó si quería irme con él a Inglaterra a una casa mucho más grande con enormes prados, donde podía jugar libremente. Acepté. Al día siguiente un carruaje me recogió. En esta parte no recordaba si volví a despedirme de mi madre, ni las palabras, ni los gestos, era como si tal despedida no se hubiese dado. Solo estaba yo, con mis piernas colgando en el asiento de un coche. El señor Rochester a mi lado, que me hablaba poco y una doncella llamada Sophia que sería mi niñera. ¿Cómo era él conmigo? Extraño, a veces muy afectuoso, a veces rudo y distante, con un sentido del humor tan agudo como cruel. Siempre mirándome fijamente, cuestionando con su mirada quién era yo. Recordaba un gran barco que echaba mucho humo, y mis mareos. Otra vez en tierra llegaba a una ciudad que me parecía toda sucia, con casas ennegrecidas, Londres supongo, luego la estancia en un elegante hotel, carruajes y caminos largos de mucho polvo. De repente desperté frente a una elegante finca. Me bajaron del coche, y el señor Rochester me enseñó mi nuevo hogar y, sin ser explícito, me presentó a una honorable anciana que fue a mi encuentro: la querida señora Alice Fairfax. Se amontonaron sirvientes a mi alrededor hablando al mismo tiempo en un idioma desconocido para mí. Algo podía entender y fue pronunciado muchas veces, “la pupila del amo Rochester”. Él se fue casi esa misma tarde y no lo volví a ver después de meses. Se me instaló en una cómoda habitación, y los amables sirvientas me atendían con esmero, pero nadie le daba una explicación a una niña de lo que estaba sucediendo. Mis días en Thornfield fueron días de ocio, sirvientas que me alistaban, daban de comer y cumplían cualquier capricho mío, esperando las visitas de mi mentor que nunca llegaba. Unos meses después vino otro cambio en mi vida, pero para mejorarla sustancialmente, la llegada de mi institutriz: Jane Eyre, Huérfana como yo, la comunicación entre nosotros, sin ser del tipo efusiva, o desbordante en manifestaciones de afecto, fue real. Ella se vio en mí reflejada, una niñez llena de ausencias con carencias de afecto y decidió que la mía sería distinta. Los primeros meses a su cuidado, con mucha disciplina, de la cual yo carecía, comenzó a formar una nueva persona en mí. Después de un tiempo, por motivos que supe más adelante, Jane dejó la casa y a mí en un estado de desolación absoluta. Tener por fin una persona que sientes que te quiere, que te hace sentir segura y luego perderla de manera abrupta, fue desbastador. En su ausencia Rochester decidió mandarme a un internado. Y lo que pasé en ese lugar fue la razón por la que decidí ser educadora. En mi estancia, en ese sitio, hice la promesa de que ninguna niña viviría lo que en ese lugar habían hecho conmigo. Basta con decir que conservaba en mi cuerpo las señales del calvario de esos días, marcas a lo largo de mis brazos, piernas y espalda, pero sobre todo en mi corazón. Aún, a mi edad, sentía terror de estar encerrada en cuartos oscuros y jamás privaría, por muy mal comportamiento que hubiera tenido una niña, una sola comida. Así fue mi paso en ese horrible sitio, un supuesto y exclusivo instituto que garantizaba la formación de ejemplares mujeres inglesas a fuerza de quebrarles el espíritu, aunque no pudieron conmigo. El poco tiempo que fui alumna de Jane me valió para resistir, sobre todo sus enseñanzas de mi valor como persona y

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