El halcón y el lirio (Destinos en la tormenta 3)

Zahara C. Ordóñez

Fragmento

el_halcon_y_el_lirio-2

Capítulo 1

Despeñaperros

A medio camino entre Andalucía y Castilla La Nueva

Junio de 1847

Hubo un tiempo en el que me gustaba tumbarme sobre la hierba bajo el sol, pero si algo sabía de este era que, aunque hermoso y necesario, podía quemarme. Lo mismo ocurría con el amor. Por eso ahora prefería los días de lluvia como aquel. Porque en esos días el mundo se detiene del mismo modo que el mío se había detenido tiempo atrás, dejando mi vida anclada a un instante que jamás regresaría: aquel en el que besé, por última vez, los labios de José. Y aunque la muerte tiene potestad sobre la vida y la arranca sin contemplación, no la tiene sobre los recuerdos. Perduran más allá de ella; más allá de su frío abrazo que todo hiela a su paso, que todo lo destruye. José perduraba en mis recuerdos y ni la muerte podría quitármelo.

Cuando cierro los ojos todavía puedo sentir la calidez de sus mejillas. Su olor. La suavidad de sus labios. Puedo sentir cada noche a su lado cuando su cuerpo me calentaba más que la hoguera, y me perdía entre los rizos negros de su pelo, aferrada a su espalda como si fuera mi última esperanza.

Pero a pesar de todo ello, sabía desde el principio que José y yo éramos un juego que se había perdido antes siquiera de empezar a jugarlo. Que cualquier apuesta sobre nosotros habría sido un desperdicio. Era consciente de que su tiempo a mi lado llegaría pronto a su fin, por más promesas de eternidad que profirieran sus labios cerca de los míos. Era consciente de ello porque ¿cuántos bandoleros ha visto nadie envejecer al calor de un hogar? Y eso era José: un bandolero. Un rufián. De esos de los que había oído hablar desde que tenía uso de razón. Nunca pensé que llegaría a enamorarme de un bandido, pero bajo la oscura superficie que lo revestía, hallé en él una luz que brillaba con la fuerza de cientos de estrellas. José fue mi faro en las aguas tormentosas de aquellos días. Convirtió en miel mis amarguras, mató todos los monstruos que dormían junto a mi almohada. Cuando lo conocí pensé que era como los demás: de los que asaltan y matan, de los que roban y hacen daño. Sin embargo, no tardé en darme cuenta de que cumplía un papel en la banda del Sainete distinto al de los demás. Estaba allí para pagar una deuda. Una deuda que nunca llegué a conocer. Y mientras que el resto me miraba con los ojos llenos de deseos terribles, en los suyos había compasión.

Desde su pérdida y mi regreso a la venta, traté de rehacer mi vida. Rehacer. Como si antes se hubiera deshecho. Pero las vidas no se deshacen. Ni se rompen. Solo cambian su destino y se enfrentan a obstáculos más grandes incluso que ellas mismas. Durante un tiempo traté de ser la Gabriela que era antes de que todo ocurriese. Traté de aferrarme a Elías como si fuera el ancla de esa otra vida. Mi vida antes de José. Antes del dolor, de las lágrimas. Pero Elías no tenía ya el poder de hacerme ver el mundo con otros ojos. Ni su corazón guardaba de mí el amor que un día me tuvo. Ni él era el mismo, ni yo lo era tampoco. Y aunque éramos dos cuerpos morando en el mismo espacio, nuestras almas hacía tiempo que se habían separado. A pesar de que ya no le guardaba el amor de antaño, sí sentía cariño por él. A causa de esto, me alegraba recibir noticias suyas. Aunque mi madre creyese que, cada vez que él o Victoria escribían, yo iba a convertirme en una plañidera.

—¿Seguro que quieres que te la lea?

Aquella tarde recibimos una carta de Málaga. No de la mano de ellos, como era costumbre, sino de mi hermano, que había escrito nada más llegar.

—Sí.

Mi madre, desde el otro lado de la barra, me miró con gesto incrédulo.

—¿Seguro?

Resoplé, mientras rellenaba una frasca con vino.

—Que sí.

Fijó sus ojos en la carta y comenzó a leer:

Mi muy querida madre:

El viaje a Málaga ha sido del todo tranquilo y la estancia aquí está siendo muy agradable. Hemos estado en dos fiestas, dos comidas y tres cenas. Le habría encantado ver los salones en los que se han celebrado. Ojalá pueda llevarla algún día del brazo a una de estas reuniones, madre. Como ya sabe, en casa de los Vergara no faltan las comodidades; y siendo que ahora llevo su apellido, todos me tratan como si fuera un marqués. Qué raro se me hace que me llamen Gabriel...

—Pues es bien bonito —interrumpí.

—Lo es. A la abuela le encantaba. No sabes la perra que le entró con que te llamases Gabriela.

Sonreí. Mi nombre me gustaba.

—¿Qué más dice la carta?

Ella retomó la lectura.

Victoria y Elías se encuentran perfectamente y le mandan su afecto.

Dejó de leer y me miró por unos segundos, dedicándome un gesto que parecía intentar hallar en mí algún secreto guardado bajo cientos de llaves.

—Estoy bien —dije—. Siga leyendo, por favor.

Carraspeó y me hizo caso:

Los niños también se encuentran bien. Le gustaría verlos. Son muy educados, aunque creo que Bárbara será tan entrometida como su madre; y Elías, tan insoportable como su padre. Por favor, no les diga que he dicho esto. Victoria me mataría.

Aquello nos arrancó una carcajada. Mi madre iba a seguir leyendo, cuando escuchamos el sonido característico de una diligencia acercándose. Ella miró hacia la puerta, guardó la carta en el mandil y, enjugándose las lágrimas que la emoción por leer a su hijo le había provocado, dijo:

—Pon la olla grande en el fuego, que es la diligencia que va para Cádiz y siempre viene cargada. Luego seguimos leyendo.

El salón no tardó en llenarse de gente, y mi madre y yo nos afanamos en atender sus demandas. Estábamos sirviéndoles la comida cuando don Jacinto entró por la puerta.

—Doña Manuela, qué cara de felicidad tiene hoy. ¿Qué celebramos?

—He recibido carta de mi Nicolás —le dijo.

—Ahora entiendo. —Se sentó en su habitual mesa—. ¿Y cómo le va la vida de recién casado?

—Bien. —Mi madre se acercó para ponerle un vino—. A ver si podemos decir lo mismo del viaje.

—¿Ya ha embarcado?

—No —dijo mi madre—. Todavía tiene que llegar a Cádiz. Va a pasar unos días en Málaga con Victoria.

—Irse a Cuba... con lo lejos que está —rezongó don Jacinto.

Ella suspiró.

—Eso digo yo.

Me acerqué al carbonero y le puse un plato de queso y algo de pan.

—A todas horas —apunté.

—Ay, Gabriela —dijo él—. Cuando seas madre entenderás lo que duele un hijo.

—Y cuando sea padre comeré huevos, ¿no? —Me eché a reír y fui a servir otra mesa.

—Eso es —concedió él—. ¿Y mi amigo el cura? ¿No viene hoy?

Ese «amigo» le salió con aguijón.

—Pues no ha venido, no. Lo hará más tarde.

—No creo que venga entonces, porque el cabrero dice que va a llover esta noche.

Mi madre se asomó por la ventana y arrugó la nariz.

—No tiene pinta, pero si lo dice él...

Uno de los viajeros torció el gesto.

—Espero que no —murmuró para sí, aunque pudimos oírlo—. Tengo que llegar a C

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