Seduciendo al corazón

Elizabeth Urian

Fragmento

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Prólogo

Nueva York, 1910.

Donde comenzó todo.

Jennifer daba vueltas delante del reloj de pie que se encontraba en el vestíbulo, impaciente. Miró las manecillas, frunciendo el ceño, y deseó con todas sus fuerzas que el hombre de sus sueños, el que conseguía que su corazón latiera desbocado, llegara a la hora acordada. Si fuera posible, incluso antes.

Tratándose de un caballero sureño era poco probable que se presentara en la mansión con anticipo, se recordó. Él era cabal y respetuoso con las normas y protocolos. La joven, en cambio, se movía por el idealismo y no perdía la esperanza.

—Muchacha, ¿acaso quieres hacer un agujero en el suelo?

La voz de su padrastro la sobresaltó. Dio un respingo.

—¡Paul! —Le lanzó una mirada superficial y volvió a concentrarse en el reloj—. Estoy esperando a Ross —dijo a modo de explicación.

El hombre se detuvo cerca de ella y alzó una ceja.

—¿Al señor Walker?

—Sí… —contestó con imprecisión, golpeando con la punta de uno de sus zapatos de paseo el suelo de mármol, pulido esa misma mañana.

Su padrastro se tomaba muy en serio las responsabilidades paternales, sin importarle que ella fuera lo bastante mayor como para decidir por sí misma. Así que esperó paciente a recibir una respuesta mucho más elaborada. Al no obtenerla, insistió con sutileza.

—Nadie me ha informado. ¿Vamos a tomar el té con el señor Walker?

—No —negó la joven—. Va a llevarme al Madison Square Park. —De repente pareció emocionada y sus ojos brillaron más que de costumbre—. Hoy van a poner el árbol de Navidad.

La expresión de Paul se mantuvo inalterable.

—¿Y el señor Walker llega tarde? —le preguntó, al fijarse en que la joven ya llevaba puesto el abrigo.

—No, todavía faltan cinco minutos; y por favor, deja de llamarlo por su apellido —le pidió—. Su nombre es Ross.

Su padrastro se ahorró hacerle ver que lo decente sería esperarlo sentada en el salón como toda una dama y que el caballero pasara a saludar y charlar con educación durante unos minutos. En su época todo era distinto y resultaría inimaginable salir sin una carabina adecuada.

Los tiempos cambiaban, se recordó. Sin ir más lejos, su esposa Annette había educado a sus hijas con una libertad incipiente que amenazaba con ir en aumento, inculcándoles como valor la independencia. Y no es que él estuviera en contra, solo tenía dudas respecto al rápido cambio que experimentaba la sociedad.

Tensó los músculos faciales.

—Entre vosotros solo existe una amistad, ¿no es cierto? —señaló, sin estar muy seguro—. Porque de otro modo me vería en la obligación de tener una seria conversación con él.

Se preguntó si de ser ciertas sus sospechas, su esposa estaría enterada de todo aquello. Supuso que sí, porque sus hijas hablaban con ella con una franqueza absoluta.

Cierto era que habían invitado al joven a cenar alguna vez, pero no llegó a imaginarse que aquello fuera una relación seria. Creyó, al parecer erróneamente, que se trataba de un gesto de amabilidad o incluso de admiración académica, ya que Jennifer siempre parecía estar metida en algún peculiar proyecto. Pero lo que más le hizo pensar de ese modo fueron sus caracteres totalmente opuestos: su hijastra parecía hablar en el idioma de las peras y el señor Walker en el de las manzanas.

No era una comparación muy lucida, teniendo en cuenta su educación, pero lo resumía a la perfección.

—¡Cielos, no! —exclamó ella con horror. Lo último que deseaba era que lo espantara.

Ross era muy callado y formal. Ni siquiera había tratado de besarla a pesar de todos sus esfuerzos por conseguirlo y no tenía ni la más mínima idea de lo que pasaba por su mente o, lo más importante, de sus sentimientos.

—Quítate el abrigo y siéntate —le sugirió Paul, dispuesto a averiguar un poco más de la relación.

Aunque no había sonado como una orden, Jennifer supo que se trataba de una.

Sintió cierto fastidio, pero le tenía mucho respeto, así que obedeció. Solía dejarle hacer su vida sin meterse en sus asuntos y por una vez que le pedía algo…

Ross llegó muy poco después. Una sirvienta lo hizo pasar al salón grande y no pareció contrariado porque los planes hubieran cambiado.

—Señor Broderick —lo saludó cortés, consiguiendo que su acento sureño fuera más marcado.

—Señor Walker, un placer. —Lo invitó a sentarse—. He pensado que podríamos aprovechar el momento para conocernos mejor.

El joven no puso ningún impedimento ni actuó con nerviosismo; todo lo contrario: se mostró de lo más natural.

Jennifer se sintió orgullosa de él.

—Colin habla muy bien de usted —empezó yendo al grano. No podía decirse que Paul perdiera el tiempo con sutilezas—, y por lo que sé es un gran profesional, pero hasta ahora no me había detenido a pensar en el vínculo de amistad que parece haber establecido con mi hijastra, lo cual no es muy corriente entre un hombre y una mujer —aclaró.

—Eso no es… —protestó ella.

¿Dónde estaría su madre ahora que la necesitaba?, se preguntó ella con desasosiego. Ojalá apareciera y los interrumpiera. Solo así podría salvarla de la catástrofe que se avecinaba.

—Jennifer, ¿podrías dejarme terminar? —le preguntó su padrastro sin inmutarse.

Al contrario que ella, Ross seguía sin alterarse. La única que parecía incómoda con la conversación era Jennifer.

—¿Me está preguntando por mis intenciones?

«Tierra, trágame», susurró ella para sus adentros. Su estómago dio un vuelco repentino. «Qué situación más vergonzosa».

Se equivocaba.

—Así es —insistió el señor Broderick—. No lo hago para inmiscuirme o por frivolidad. Me preocupo por la muchacha y la considero hija mía ya, así que debo estar alerta por si alguien quiere aprovecharse de ella.

Durante unos segundos, Jennifer fue incapaz de mover un solo músculo. Desde su punto de vista, Paul no tenía derecho a intervenir en aquel asunto ni interrogar a Ross sobre lo que pretendía. Resultaría humillante constatar que él solo la consideraba una amiga.

Fue la única que lo pensó.

—Estoy de acuerdo. —Ross asintió con un ligero movimiento de cabeza—. Yo, en su lugar, haría lo mismo.

—¿Por qué no nos marchamos ya? —volvió a interrumpirlos, sintiendo las palmas de sus manos húmedas.

Ella lo amaba; esa era la realidad que albergaba su corazón. Lo más probable fuera que aquel sentimiento la acompañara desde el momento en que lo vio bajando por las escaleras del orfanato, pero eso no significaba que él quisiera dar el paso definitivo, ya que apenas llevaban unos meses siendo tan cercanos.

Tenía que quererla, ¿no?, le dijo una vocecilla interior. ¿Por qué sino pasaban tanto tiempo en mutua compañía? Sin embargo, Ross era un hombre calmado y metódico al cual le llevaría un tiempo prudencial acariciar la idea del matrimonio. No era como ella, que ya se veía vestida de novia. Por eso mismo deseaba dejarle espacio, no atosigarlo en ese sentido.

—Déjeme ser sincero también, porque nunca he pretendido abusar de los demás —escuchó decir al hombre que poblaba sus espe

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