Mi oscura identidad

Priscila Serrano

Fragmento

mi_oscura_identidad-4

Capítulo 1

Me desperté con el llanto de mi princesa. Me levanté y miré la hora en el reloj de la mesilla de esa mugre habitación de motel. Eran las cuatro de la madrugada y mi hija no podía dormir por esos cólicos tan fuertes que le daban.

Al levantarme, lo primero que hice fue acercarme a la minúscula cuna, esa que compré en una tienda de segunda mano, pues mi economía no daba para lujos. Bueno, ni para lujos ni para nada en general, ya que seguía sin encontrar trabajo.

—¿Qué te pasa, cielo? —pregunté mientras la cogía.

La puse boca abajo entre mis brazos. Así estuve mucho tiempo, paseándola por toda la habitación hasta que conseguí que se quedara dormida de nuevo. Cuando me quise dar cuenta, eran las siete.

Me acerqué a la cuna para acostarla de nuevo, ya que tenía que ducharme para ir a una entrevista de trabajo en un bar de copas. Las entrevistas las harían sobre las diez de la mañana y primero tenía que buscar a alguien que pudiera quedarse con mi hija. Y ese era mi gran problema, puesto que a la única que podía dejarle a mi hija era a Selena. Ella era una chica que había conocido en aquel lugar, pero trabajaba de noche y lo más probable era que la pillara dormida. Aun así, no me quedaba más que preguntarle si podía quedarse con April o no.

Entré en el baño lo más silenciosa que pude para no despertar a mi hija, abrí el grifo del agua caliente y, sin más, me quité el pijama para meterme bajo el chorro de agua.

—Así da gusto, esto sí que es relajante —me dije.

Terminé de ducharme y me enrollé una toalla en el cabello y otra en el cuerpo. Lo único bueno que tenía el motel. Cuando salí del baño, lo primero que hice fue cerciorarme de que mi pequeña siguiera dormida. Cogí la mejor ropa que tenía, más bien, casi lo único que tenía, ya que no me dejaron llevarme nada. Solo estábamos ella y yo, sin nada. Me puse unos pantalones negros con una camisa que me prestó Selena para las entrevistas, por lo menos así iría presentable. Terminé de arreglarme y fui al pasillo, menos mal que Selena estaba justo al lado de mi habitación, por lo menos así, si April se despertaba, la escuchaba. Pegué unos toques en la puerta y no me abría, así que volví a tocar, seguramente seguía dormida. Esa vez sí me abrió, me miró con mala cara por haberla despertado y, si no la hubiera conocido, habría pensado que me quería matar.

—Buenos días, preciosa —saludé con una sonrisa.

Selena me miraba negando con la cabeza, ya sabía que iba a pedirle algo.

—¿Qué quieres, Amber? —preguntó.

Yo me quedé pensando de qué forma pedirle el favor, ella era muy buena, pero no tonta, y no siempre estaría para mí. Sabía que tenía que arreglar el problema, pero ¿cómo? No tenía otra forma de hacerlo, no por ahora.

—Verás… es que tengo una entrevista —respondí bajo su atenta mirada, como si intentara mantenerse despierta—. Vine para saber si te puedes quedar con April —terminé al fin.

Solté un suspiro, como si me acabara de quitar un gran peso de encima.

—Amber, tienes que arreglar esto. Yo no voy a estar siempre para cuidar de la niña, y necesitas trabajar —habló seria.

Yo asentí, pero ¿qué podía hacer? No iba a abandonar a mi hija, no les daría el gusto a mis padres de verme hundida.

—Lo siento, sé que tengo que buscar una guardería, pero ahora mismo no tengo con qué pagarla.

Ya estaba notando mis ojos aguarse. Selena me agarró y me abrazó. Era la mejor persona que me pude haber cruzado en aquel terrible camino.

—Está bien, trae a mi princesa, pero haz todo lo posible por conseguir ese trabajo y ya sabes a lo que me refiero —propuso con picardía.

Yo abrí los ojos y negué enseguida, eso no… no lo haría ni loca.

—Yo respeto tu trabajo, pero yo no lo haría. Lo siento, es que no me veo capaz —claudiqué segura de mí misma.

Ella asintió, no muy convencida, pues más de una vez me ofreció trabajar en el club donde trabajaba ella, pero siempre me había negado, no me veía capaz de trabajar de eso. Fui hasta mi habitación y cogí en brazos a mi hija con sumo cuidado, ya que no quería que se despertara. Cogí su bolsa ya preparada y se la entregué a Selena, menos mal que estaba loca con mi hija y sabía que no me iba a decir que no, aun así, seguía teniendo razón, necesitaba un trabajo urgente. Una vez que le indiqué todo lo que tenía que hacer para poder cuidar a mi pequeña con sus cólicos, me fui.

Salí al frío Manhattan, estábamos en invierno y el frío te calaba los huesos, encima tenía que caminar un par de manzanas hasta llegar a la parada de metro. Bajé las escaleras y me subí al primer vagón que paró delante de mí. Menos mal que el sitio donde tenía que ir estaba cerca de una de las paradas. Veinte minutos después, me bajé y subí las escaleras que daban a la calle. Las calles de Manhattan estaban llenas desde las cinco de la madrugada y en ese momento eran las nueve, era asfixiante. Caminé y caminé durante más de quince minutos, buscando el bar de copas en el cual tenía la entrevista, pero no lo localizaba.

—Creo que me he perdido —hablé mirando para ambos lados. Al fondo de la calle, vi un edificio grande con un gran cartel Casino President. Miré el papel donde tenía apuntado el nombre del bar: Bar President.

—Madre mía, no es un bar, es un puñetero casino y por lo que he oído unos de los mejores, ¿cómo no me di cuenta antes? —me pregunté.

Iba cruzando la carretera sin mirar, estaba metida en mis pensamientos y hablando sola, como solía hacer desde hacía tiempo, escuché un claxon, me asusté, tropecé y caí al suelo.

—¡Joder! —Escuché que gritaron desde el interior del coche.

Miré hacia este y lo tenía casi encima de mí. Me levanté como pude, pero, cuando iba a caminar, mi tobillo no me lo permitió y di un grito de dolor.

—¡Mierda, mi pie! —grité.

—¿Es que no miras por dónde vas? —preguntó el conductor. Salió y se acercó a mí hecho una fiera.

—¡Y tú podrías tener más cuidado! —grité sin mirarlo ya que, prácticamente, no podía apartar la mirada de mi pie, ¿ahora cómo iba a poder trabajar?

—Qué mala pata —susurré.

Y, de pronto, escuché cómo el energúmeno que casi me atropella se reía.

—¡¿En serio te estás riendo de mí?¡ —pregunté gritando.

Levanté la mirada para encararlo y me quedé callada. Joder, si alguna vez pensé que los ángeles no existían… ¡qué equivocada estaba! Pues tenía uno delante de mí.

—Lo siento, es que ha sido gracioso —respondió sin parar de reír y sin mirarme.

De pronto levantó la mirada y sus ojos conectaron con los míos; un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Nos miramos durante más de un minuto, hasta que escuchamos cómo más coches pitaban tras el suyo; había creado un gran atasco.

—Lo siento, ¿puedo ayudarte? —preguntó nervioso.

Yo negué, no quería recibir ayuda de hombres como él, esos hombres trajeados que me recordaban la vida que tenía, a aquel hombre que la echó a perder, no por mi hija, pues ella era lo más preciado que tenía, pero sí por la situación en la que me encontraba.

—Eh, no gracias, tengo que irme —dije sin más, pero mi pie n

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