Mi jugada perfecta (Apostando al amor 2)

A.S. Lefebre

Fragmento

mi_jugada_perfecta-2

Prólogo

Londres, 1835

Había jurado no enamorarse nunca y mucho menos sentirse cómo se sentía al observar aquella mujer e imaginarse una vida junto a ella; aún no había conocido el amor, no obstante, tuvo una gran desilusión hacía unos años, motivo por el cual había hecho ese juramento, ya que no solo había sido traicionado por una mujer, sino que había sido con su hermano y tal cosa terminó en tragedia, una de la cual aún no era perdonado.

No obstante, ahí estaba embelesado con la ternura, sensualidad y belleza que esa muchacha poseía, había bastado una mirada a aquellos ojos grises, a su níveo rostro cubierto por una melena rubia para que Andrew Miller no quitara sus ojos de ella y se sintiera como un completo estúpido a punto de poner el corazón en las manos de ella. A pesar de la situación.

Desde aquella mañana que había salido a reunirse con su mejor amigo, Sebastián Beckham, después de convencer a su padre para que lo hiciera partícipe de uno de sus negocios, se sentía muy feliz. Lo que no imaginó fue que en aquella cafetería en donde sería aquella reunión encontraría al amor de su vida; desde ese día no había cosa que Andrew no deseara más que volverla a ver, cosa que le resultó sencilla al ser la mejor amiga de la prometida de Sebastián. Días atrás se había negado a asistir al baile de compromiso de su amigo, pero al enterarse de que ella también asistiría no lo dudó y aceptó, se había sentido como un chiquillo cuando le regaló la rosa que había comprado en su recorrido por el mercado de Worcestershire, gracias a ello, tuvo un motivo para pasar el resto de la velada junto a ella, razón por la que no pudo concebir el sueño durante algunas noches.

Algunos días después Sebastián lo había invitado a asistir al teatro, cosa que no era de su agrado, siempre odió asistir a eventos sociales, pero al mencionar el nombre de ella, no lo pensó dos veces, y dio gracias a su amigo por haberle dado privacidad, gracias a la broma que le iba a dar a su prometida y pudo pasar tiempo a solas en el carruaje con ella, sentía mucha curiosidad por aquella bella muchacha de nombre Clara Williams; no sabía nada de su familia o sus orígenes, aun así, esa salida al teatro le confirmó lo que ya pensaba, estaba enamorado de ella, por lo cual iba a conquistarla y luego buscaría el momento para declarársele.

Algunos días después, recibió la invitación para asistir a la fiesta de máscaras que se realizaba en celebración del cumpleaños de la madre de Sebastián, la condesa de Whistport. Iban caminando por las calles del distrito comercial de Hampshire cuando Andrew se detuvo frente a un ventanal y, al ver aquella máscara e imaginarse los hermosos ojos de Clara a través de ella, no lo dudó dos veces, estaba decidido que ese día, en el baile, le confesaría sus intenciones para cortejarla.

—¿Por qué compraste esa máscara? —quiso saber Sebastián. Luego de seguirlo y observarlo comprar la máscara.

—Pensé en alguien, solo espero que también haya recibido una invitación.

Sebastián entendió enseguida la indirecta de su amigo.

—La recibirá, yo me encargaré de eso y, ya que estamos aquí, aquella me encanta para mi prometida. —Se dirigió a una vitrina en donde había más máscaras.

Los días se le habían hecho eternos y, para hacerlo más difícil, su padre lo había enviado unos días antes a Hampshire para verificar unos asuntos con la finca. Había optado por oponerse, pero, debido a la relación que tenía con su padre, pensó que lo mejor era obedecer.

«No llegaré a tiempo», pensó.

Llegó a la hacienda de los Beckham una hora antes del inicio de la celebración, con el tiempo justo para prepararse, minutos antes de que Sebastián apareciera con su prometida y Clara, quien lo dejó una vez más hechizado con su sencilla belleza —ya que era la mujer más hermosa que había visto en su vida—. Se presentó en el salón, acercándose a ellos, saludó a la prometida de Sebastián y besó sus nudillos.

—Lady Katherine, luce muy bella esta noche.

—Gracias, lord Miller, usted no está mal —lo saludó con una sonrisa pícara. Le gustaba el humor pícaro de la muchacha, era el complemento perfecto para su amigo.

—Señorita Clara, déjeme decirle que está muy hermosa.

Clara se sonrojó y le regaló una sonrisa tímida. Andrew le tomó la mano y la saludó.

—Gracias, milord, está usted muy apuesto —susurró lo último.

Andrew notó que estaban solos, momento que aprovechó para ponerle la máscara a Clara.

—Si me permite. —Le enseñó la máscara.

Clara se dio la vuelta colocándosela. Andrew tomó la cinta y sintió su cabello suave y su aroma a vainilla, no pudo evitar la sensación que recorría por su cuerpo cuando la tenía cerca, lo había dejarlo sin aliento; con mil y un pensamientos, ató las cintas de seda y la hizo darse la vuelta.

—Listo, hermosa. ­­

Se colocó el antifaz y entró en su compañía tomados del brazo.

Andrew había evitado esa clase de eventos por años, la última vez que había asistido a uno había sido acosado por las matronas, madres y debutantes en busca de un marido. Debido al título que iba a heredar, que si bien no lo quería, él era uno de los mejores partidos, aunque no sentía interés por esas falsas mujeres que solo buscaban una posición social o un título.

Se reunieron con Sebastián y Katherine mientras bebían algo esperando el comienzo del baile. Podía notar el brillo en los ojos de Clara, y la sonrisa que dibujaban sus labios; era la mejor que había visto, era real e inocente.

Habían bailado un par de veces juntos y no quería acapararla toda la noche, ya que, según las reglas, no era correcto. No obstante, no quería dejarla sola ni por un segundo, aun así, cuando un caballero la había invitado a bailar y no tuvo más que resignarse, se dirigió a la mesa de las bebidas y se tomó una copa de vino. Mientras la esperaba, en el momento que la música terminó, tomó una copa con cóctel de frutas y se la entregó a Clara apenas ella se acercó a él, y le puso la mano en la cintura haciéndole entender que era suya, aunque no lo fuera y la alejó del caballero, lanzándole una mirada fría y amenazante; minutos más tardes la volvió a sacar a bailar.

—Clara... —titubeó—. Quisiera saber si podría en algún momento visitarte.

—Sabes que no soy de Londres, solo visito a mi amiga, no creo que quieras viajar.

—No me importaría, lo que sucede es que.... —Tenía las palabras atoradas en la garganta y ella intuía qué sucedía.

—Hablaré con mis padres y para la boda de Kathy te daré una respuesta.

Andrew le sonrió nervioso; eso era una esperanza para él.

Minutos más tarde no sabía si era por haberse sentido feliz, que se encontraba con el ceño fruncido y una copa de whisky vigilando a Clara quien bailaba por tercera vez con ese imbécil. Había permitido que bailara nuevamente con él y no es que él pudiera prohibirle nada, aun así, Clara era suya y quería descuartizarlo vivo. Las burlas de Sebastián no ayudaban. Estaba ¿celoso? Lo que más le llenaba de satisfacción era que su amigo estaba en la misma situación, no obstante, tuvo que llegar Katherine para hacerlo reaccionar, dejó la copa, y le arrebató a Clara de l

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