Entre el velo del amor

Viktoria Yocarri

Fragmento

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1

Perdí a mi abuela a mediados de enero.

Es una época odiosa para perder a alguien, cuando el mundo entero está de descanso y las fiestas decembrinas aún flotan en el aire, y cuando el viento helado parece colarse por doquier. No es que haya un buen momento para perder a tu mejor amiga, pero por algún motivo se me hacía más difícil esperar allí sentada en la habitación del hospital, con los especialistas de bata blanca entrando y saliendo y viendo solamente nubes grises tras las gruesas ventanas que no ofrecían calor ni esperanza.

Al principio, cuando mi abuela se puso enferma, a veces salíamos al patio y nos sentábamos juntas en la banca, al lado del estante de las violetas africanas. Nos quedábamos allí largo rato, sin hablar, simplemente sintiendo el sol en la espalda y contemplando la compañía perfecta de aquellas plantas.

La enfermedad parecía insignificante entonces, algo que podía remontar, como había superado todo cuanto el destino había puesto en su camino. Era conocida por eso, por su temple. El personal de la casa de descanso solía considerarla un estandarte, porque ella siempre salía airosa, con su elegancia de costumbre, y a los residentes les encantaba. La adoraban. Las cuidadoras desfilaban en las inmediaciones de su habitación y cuando ingresó en el hospital también fueron allí, a montar guardia ante la entrada principal.

Pero al final en el cuarto solo estábamos las tres: mi abuela, Lucrecia —mi hermana— y yo.

Le sosteníamos las manos, Lucrecia y yo, con los ojos clavados en la cara de mi abuela porque ninguna de las dos éramos capaces de mirar a la otra. Y con el tiempo solo quedamos dos, pero yo no podía soltar la mano de mi abuela porque una parte de mí era incapaz de creer que de verdad se hubiera ido, y me quedé allí sentada, en medio del silencio desangelado, hasta que Lucrecia se levantó lentamente y posó con cuidado la mano que aún no había soltado sobre el corazón de mi abuela. Apretó con dulzura su palma contra la de ella una última vez, quitó un pequeño objeto de un dedo de mi abuela y me lo dio: un anillo de jade, que había sido de nuestro abuelo.

Me lo entregó calladamente y así lo cogí yo, sin poder mirarnos. Y después vi que palpaba su bolso, buscando los cigarrillos; se dio la vuelta, salió, y yo me quedé sola. Completamente sola.

Y por el cristal de la ventana se deslizaba la fría lluvia de enero que proyectaba sus cambiantes sombras sobre una habitación que ya no podía retener la luz.

No asistí al funeral. Ayudé a prepararlo y me aseguré de que el ataúd fuera el adecuado y se colocaran sus flores preferidas, pero, cuando aparecieron la familia y los amigos para rendirle el último homenaje, yo no estaba allí para estrecharles la mano ni escuchar sus bienintencionadas palabras de simpatía. Sé que algunas personas me consideraron una cobarde por eso, pero no me sentí capaz. Mi dolor era íntimo, demasiado profundo para compartirlo con nadie. Y, además, sabía que no importaba que yo no fuera a la iglesia, porque mi abuela no estaría allí.

No estaba en ninguna parte.

Me parecía increíble que una luz tan potente como la suya pudiera extinguirse, sin dejar siquiera un pequeño fulgor, como cuando al desenchufar una lámpara a veces sigue brillando débilmente, recortada contra la oscuridad. Yo estaba segura de que sentiría su presencia en alguna parte..., pero no fue así.

Alrededor del estante de las violetas solo había hojas muertas, matas sin flores y, cuando empecé a sacar sus cosas de los armarios, en la habitación no se movió ni una pizca de aire que me hiciera creer que mi abuela seguía allí conmigo, de alguna manera.

Así que me puse en marcha. Me dediqué a las pequeñas cosas que requerían mi atención e intenté continuar con mi vida, como la gente decía que debía hacer, mientras dentro de mí iba creciendo una hueca soledad. Llegó la primavera y también llegó Lucrecia; se presentó en mi puerta un sábado por la mañana, con las cenizas de mi abuela. Parecía incómoda.

Yo no la veía desde enero, no en persona, había hablado con frecuencia por teléfono con ella.

No quiso entrar. Se aclaró la garganta, un poco violenta.

—Había pensado que... —Guardó silencio y aferró con más fuerza la sencilla caja de madera de roble que contenía las cenizas de mi abuela—. Ella quería que las esparciera en algún sitio.

—Ya lo sé.

Los deseos de mi abuela no eran un secreto para mí.

—Yo no sé dónde hacerlo. No sé a dónde llevarlas. Había pensado que a lo mejor tú... —En esta ocasión su silencio fue más bien un momento de decisión y me tendió la caja—. Había pensado que tú lo harías mejor. —La miré, nuestras miradas se encontraron por primera vez desde la muerte de mi abuela y vi el dolor reflejado en sus ojos—. No es necesario que esté yo cuando lo hagas. Ya me he despedido. He pensado que tú sabrás mejor que yo dónde fue más feliz. Dónde está su sitio.

Me puso la caja ente las manos, se acercó para besarme en la mejilla, dio media vuelta y se alejó de la puerta rápidamente. Sabía que era difícil que volviera a verla. Demasiados puentes volados, demasiadas turbulencias, demasiadas emociones revueltas entre las dos. Y, por si fuera poco, nos movíamos en círculos distintos, y el vínculo que había renacido entre nosotras, por desgracia, se había reducido a la sencilla caja que acababa de darme.

Mientras la colocaba sobre la estrecha mesa junto a la ventana me puse a pensar.

«Donde fue más feliz», había dicho Lucrecia. La verdad es que había tantos sitios...

Intenté reducir mentalmente el número de posibilidades, repasando imágenes: la mañana que vimos salir el sol al borde de la Bahía de Huatulco, el radiante asombro de la cara de mi abuela al señalar una pequeña embarcación que navegaba muy a la orilla, cuando dijo que jamás había visto un sitio tan bonito; la época en que vivió con mi abuelo, los días en Ixtapan, en el suroeste de la ciudad de México; yo fui allí y pasamos los atardeceres jugando lotería en el centro mientras la maravillosa puesta de sol incendiaba el cielo sobre el kiosco, y mi abuela se divirtió, feliz como una niña.

Pero en realidad había sido feliz allí adonde había ido. Había pasado por la vida bailando, como por una aventura, siempre acompañada por la felicidad, de modo que intentar decidir dónde la había sentido con más intensidad era tarea difícil, más allá de mis posibilidades. Acabé por dejarlo y me centré en lo último que había dicho Lucrecia: «Donde está su sitio».

Yo sabía que eso resultaría más fácil. Tenía que haber un lugar que se elevaría por encima de los demás en mi memoria; cerré los ojos y esperé.

Estaba atardeciendo cuando se me ocurrió, de repente era evidente dónde estaba ese sitio, adónde debía llevarla.

Al que alguna vez había sido nuestro sitio, de las dos.

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