Un corazón sin forma alguna

Emylia Hall

Fragmento

libro-3.xhtml

Prólogo

 

 

 

 

Antes de Hadley, existía Lausana. Antes de Kristina, Jacques y Joel, seguía existiendo Lausana. Su presencia en la ciudad solo fue pasajera; el lago no se desbordó, las montañas no se desmoronaron ni los postigos se desprendieron de los impecables edificios para estamparse estrepitosamente contra el suelo. Sin embargo, entre la sucesión de puentes y bloques de apartamentos con torrecillas, calles flanqueadas de árboles y sinuosos parques, protagonizaron sus encuentros y tragedias. Mientras tanto, Lausana permaneció inalterable, pero no se puede decir lo mismo de las vidas de quienes allí vivieron.

Era el segundo año de universidad de Hadley y lo iba a pasar en el extranjero, en Suiza. La Suisse. Su concepto del lugar procedía de los dibujos animados —relojes de cuco y queso cremoso, onzas triangulares de chocolate y una serena neutralidad—, hasta que se topó con las palabras «Riviera suiza» en una guía de viaje. Leyó sobre Lausana; una ciudad de calles en pendiente, imponentes agujas y tejados inclinados. Había visto una fotografía del lago Lemán, resplandeciente como un espejo abrillantado, con la silueta serrada de Les Dents du Midi y el Mont Blanc alzándose al fondo. Había palmeras, viñedos y hoteles palaciegos con toldos a rayas que se agitaban con la brisa. Lausana parecía poseer un glamur sereno, discreto pero con una tensión latente, un frisson. Hadley se moría de ganas de dejar atrás la universidad local, con sus edificios achaparrados y apiñados, tan grises como la piel de un elefante, chicos con olor a cerveza del día anterior y chicas que cotorreaban como pájaros en una hilera. Se imaginó en este nuevo paisaje suizo, que la atrapó desde el primer instante. Hasta el fin de sus días, probablemente siempre será capaz de visualizar la orilla del lago bañada por el sol de septiembre y los grupos de estudiantes extranjeros sentados en los escalones del puerto deportivo, riendo en la fuente de agua pulverizada, protegiéndose los ojos de la luz. Al inicio del curso académico Lausana siempre se llenaba de estos personajes; grupos improvisados que aún no habían encontrado su sitio, unidos por poco más que el hecho de ser foráneos en el mismo lugar y al mismo tiempo. Si al menos alguien les hubiera agarrado de la mano para decirles: «Estáis en un lugar de ensueño, pero andaos con cuidado. Y cuidad los unos de los otros»...

Probablemente siempre recordará el Hôtel Le Nouveau Monde, su delicada estructura como una glamurosa pero corpulenta femme d’un certain âge. El corazón le latirá con fuerza, como lo hacía constantemente, pues algo de este lugar la dejará paralizada. Pensará en el comedor dorado y amarillo pálido, en las exquisitas chocolatinas depositadas en los platillos de las tazas de café y en Hugo Bézier liándose un cigarro con sus diestros dedos, reflejando su arrugada sonrisa a través de la copa de coñac. En una ocasión él le dijo que lo que le había atraído de ella desde el principio había sido su absoluta ingenuidad. Ese porte tan erguido que en cierto modo parecía a punto de echar a volar. Y era cierto, pues se desenvolvía en su nueva vida con la ligereza de una mariposa y se había desprendido de la anterior con la facilidad de una crisálida. Qué arropada, qué gris, qué tremendamente aburrida le había parecido en comparación con esta. Por aquel entonces estaba prácticamente convencida de que Lausana era su futuro y, a pesar de todo lo ocurrido, suponía que todavía estaba en lo cierto. Pues era tal y como había dicho Joel Wilson en su primera clase, apropiándose de las palabras de Ernest Hemingway con ese laxo acento californiano: «Lausana no se acaba nunca». Les había dicho que al término del curso sus recuerdos serían completamente distintos; eso es lo que sucedía con Lausana, igual que con París. A posteriori se preguntó si habría tratado de avisarles, de advertirles de que Lausana no era de las ciudades que ocupaban un hueco en la memoria con obediencia y gracia. Por el contrario, determinaría todos los acontecimientos venideros, y a todos ellos, incluido él, les vendría a la memoria una y otra vez sin poder evitarlo. En ese momento Joel no podía saber lo que se avecinaba, pero fue como si lo supiera. Sus ojos claros se empañaron, le dio la espalda a la clase y se quedó mirando por la ventana la franja del lago que se extendía más allá.

 

 

El año en el extranjero estaba destinado a ser una historia de amor para Hadley. Cuando anhelas sentir los latidos de otro corazón contra el tuyo, no piensas en que esos mismos corazones se romperán algún día, ni en las espinas clavadas bajo la piel, pinchando y quemando como nunca antes. Pero esta historia va más allá de un desengaño. Trata de un anciano sentado delante de una máquina de escribir, lanzando sus dedos como flechas sobre las teclas mientras una joven observa en un silencio cómplice. Trata de una ciudad; de un lugar de cuento de hadas y al mismo tiempo de la cruda realidad, maravillosa e imperfecta, bañada de sol y castigada por el invierno. Por encima de todo, es una historia sobre vidas que acaban y vidas que empiezan, y da un giro en el instante más dulce: cuando dos completos desconocidos se cruzan por casualidad y, en lugar de dejar pasar la ocasión sin más, se detienen. Se vuelven. Hablan. Comienza la historia.

libro-4.xhtml

1

 

 

 

 

En realidad, Hadley Dunn fue a Suiza por casualidad. Nunca se imaginó que podría estudiar en el extranjero, pensando que era solo para lingüistas locuaces, o para parisinas de ojos almendrados, el tipo de chicas de revista que fumaban haciendo un mohín con los labios y tomaban café solo. Sin embargo, un monótono día de febrero, de repente se le ocurrió la idea. Podría haberla descartado como una mera fantasía, pero cuajó con una inexplicable solidez, y continuó gestándose.

Había llegado pronto al seminario y se había fijado en que alguien estaba hojeando un folleto del Institut Vaudois antes de la clase. Era Carla, una chica con un corte de pelo rasurado por la nuca y gafas de montura alargada de niña aplicada. Le había hablado a Hadley en la última clase

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tus libros guardados