Una rosa en invierno

Kathleen Woodiwiss

Fragmento

Una rosa en invierno

1

Norte de Inglaterra,

23 de octubre de 1792

–¡Matrimonio!

Erienne Fleming se apartó de la chimenea; su enfado iba en aumento, a pesar de que el día acababa de comenzar, y colocó el atizador en el soporte con brusquedad. Fuera, un viento juguetón azotaba los cristales emplomados de las ventanas con enormes gotas de lluvia y punzadas de aguanieve; con su salvaje abandono parecía querer burlarse de la opresión que embargaba el espíritu de la muchacha. El desordenado tumulto de nubes oscuras que se cernía sobre el tejado de la casa del alcalde reflejaba el estado de ánimo de la esbelta joven de pelo oscuro, cuyos ojos ardían con un fuego violáceo mientras contemplaba las llamas con expresión furiosa.

—¡Matrimonio!

La palabra resonó una vez más en su cabeza. Lo que en su niñez fue un sueño se había convertido en un sinónimo de despropósito. No se trataba de que ella se opusiera al matrimonio. ¡En absoluto! La educación que le había proporcionado su madre la había preparado para ser una buena esposa. El problema era que su padre, el alcalde de Mawbry, estaba decidido a desposarla con un bolsillo acaudalado, no importaba lo vanidosa, oronda o demacrada que fuera la parodia de hombre que llevara hasta su puerta. Cualquier otra cualidad, como los buenos modales, carecía de importancia para él. De hecho, ni siquiera las creía dignas de consideración. Si el tipo era rico y estaba dispuesto a casarse, era un buen candidato a la mano de su hija. Todos los hombres que le había presentado habían resultado ser especímenes lamentables; aunque tal vez fueran lo mejor que su padre podía conseguir sin el incentivo de una dote razonable, pensó Erienne uniendo sus elegantes cejas en una súbita expresión de duda.

—¡Matrimonio! ¡Bah! —Erienne escupió las palabras con creciente repugnancia.

Obligada a enterrar las fantasías de la juventud, la perspectiva de la vida conyugal no auguraba nada agradable. No era en absoluto extraño que una joven rechazara al pretendiente que le imponían sus progenitores, desde luego; pero después de los ejemplos que había tenido la desgracia de contemplar, albergaba pocas esperanzas de que la naturaleza intransigente de su padre enmendara su capacidad de elección en un futuro.

Inquieta, caminó hasta la ventana y, a través de los cristales con forma de rombo, contempló con aire pensativo el camino adoquinado que serpenteaba hacia Mawbry. Los árboles que rodeaban el pueblo eran esqueléticas siluetas oscuras tras la densa cortina de lluvia. Desvió la mirada hacia el sendero y sintió un dolor sordo, parecido al de una leve indigestión: apenas faltaba una hora para que conociera a un nuevo e indeseado pretendiente. No tenía ningunas ganas de esbozar una sonrisa amable para otro de esos mequetrefes bobalicones, y esperaba de todo corazón, incluso rogaba por ello, que finalmente no apareciera nadie en el camino. A decir verdad, si algún puente, dañado por la lluvia, se hundiera bajo el peso del vehículo que transportaba al hombre, y ambos se perdieran para siempre bajo las aguas... no lo lamentaría demasiado. El tipo era un completo desconocido para ella, una criatura sin rostro; lo único que sabía de él era su nombre: Silas Chambers. ¿Qué clase de hombre sería?

Recorrió con la mirada el modesto salón y se preguntó qué pensaría él de su casa y si su desprecio sería manifiesto. Aunque no era peor que las otras casas del pueblo, la austeridad del mobiliario era un claro reflejo de los escasos recursos económicos del dueño. Su padre recibió esa vivienda con el puesto de alcalde; de no haber sido así le habría resultado muy difícil conseguir una morada semejante.

Avergonzada, se alisó el ajado vestido de terciopelo color ciruela y deseó que su corte anticuado pasara inadvertido. Su orgullo se había visto herido en demasiadas ocasiones por la arrogancia de esos petimetres remilgados que se consideraban superiores a ella y no se molestaban en ocultarlo. La falta de dote no suponía un problema para sus acaudalados bolsillos. Erienne ansiaba demostrarles a esos palurdos engreídos que era mejor que ellos en educación y modales, pero semejante comportamiento le habría acarreado una buena reprimenda por parte de su padre.

Avery Fleming consideraba innecesario e imprudente que un miembro del sexo débil fuera instruido más allá de las tareas propias de las mujeres, y mucho menos en el arte de la escritura y el cálculo. De no haber sido por la herencia de su madre y su tenaz insistencia, Erienne no habría disfrutado del lujo de asistir a la escuela. Angela Fleming había reservado prudentemente una parte de su riqueza para asegurarse de que así fuera, y Avery no había podido decir nada porque, durante su vida conyugal, él mismo se había apropiado de buena parte del dinero de su esposa para financiarse sus muchos y variados vicios. Aun cuando Farrell, su hermano, había disfrutado de la misma y generosa oportunidad, menos de un año después de entrar en la academia el muchacho declaró sentir un intenso desprecio por «los pomposos sermones y los injustos castigos de esa panda de viejos soporíferos», renunció a convertirse en un hombre ilustrado y regresó a casa para «aprender el oficio de su padre», fuera cual fuese.

Los pensamientos de Erienne evocaron los largos meses transcurridos tras la muerte de su madre; rememoró las muchas horas que había pasado sola mientras su padre y su hermano jugaban a las cartas o se emborrachaban con los lugareños o con los marineros y lobos de mar que llegaban a puerto, en el caso de que Avery y Farrell hubieran viajado hasta Wirkinton. En ausencia del metódico racionamiento de Angela, los escasos fondos familiares habían menguado rápidamente y la familia sobrevivía casi con lo mínimo, lo que había llevado a su padre a insistir en que se casara. El punto crítico de la situación sobrevino cuando, en un encarnizado duelo, su hermano recibió un balazo que le inutilizó el brazo derecho, cuyo codo se doblaba en un extraño ángulo y cuya mano colgaba prácticamente insensible. A partir de entonces, Avery había mostrado una irrefrenable premura por casarla con un hombre rico.

Al recordarlo, un súbito ataque de furia e indignación la recorrió interiormente.

—Bueno, hay un hombre al que sí me gustaría conocer… —masculló con vehemencia en el silencio de la habitación—. ¡Christopher Seton! ¡Ese maldito canalla yanqui! ¡Ese tahúr, sinvergüenza y embustero!

Cualquier insulto parecía apropiado para él. De hecho, le vinieron a la cabeza unos cuantos calificativos acerca de su familia y los saboreó con satisfacción.

—Sí, ojalá pudiera enfrentarme a él cara a cara. —Se imaginó unos ojos demasiado juntos y una nariz delgada y aguileña; una melena lacia que sobresalía bajo el ala de un tricornio y unos labios finos fruncidos en una sonrisa lasciva que revelaba unos pequeños dientes amarillos. Completó su creación con una verruga en la punta de una barbilla casi inexistente. La imagen final adquirió todo su esp

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