Cuando sube la marea

Ana Álvarez

Fragmento

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Prólogo

Sevilla agosto de 2015

Sara se sentó en el espacio que le habían adjudicado en la librería donde iba a firmar su libro. Era un sueño que acariciaba desde hacía años, una adaptación de los cuentos clásicos de toda la vida, llevados a la época actual. Se le daba bien adaptar clásicos de la literatura, era algo que hacía de forma habitual en las clases que impartía a alumnos de la ESO, tan reacios a leer las joyas de los escritores de otras épocas. Con este método había conseguido que se leyeran obras que rechazaban por sistema y pensó que podría funcionar también con las historias infantiles que ya algunos niños comenzaban a considerar poco creíbles. El hecho de que el príncipe azul fuera en moto o que a Caperucita le prohibieran ir en metro a casa de su abuela era algo que les resultaba más cercano que el caballo blanco o cruzar el bosque.

Se sintió satisfecha al ver que había bastantes niños acompañados de sus progenitores, y esperaba que disfrutaran su libro. Le daba igual el número de ventas, no se ganaba la vida escribiendo, era profesora de Literatura por vocación y la realización de este proyecto era algo que se debía a sí misma. Los cuentos que ella les hubiera contado a sus hijos, de haberlos tenido. Probablemente ya no los tendría, a sus treinta y cuatro años sin pareja estable, tenía pocas esperanzas de ser madre. Tener un hijo era algo demasiado importante para hacerlo con cualquiera y no había nadie con quien lo deseara. Ya no.

Antes de estampar una dedicatoria y su correspondiente firma en la primera página en blanco se interesaba por cada chiquillo, por su nombre, sus aficiones y sus sueños para hacerla especial. Sabía que de esa forma tardaría mucho rato en terminar, pero no quería limitarse a una firma fría o a una dedicatoria estándar, como hacían otros escritores.

De repente sintió un cosquilleo intenso y alzó la vista para observar la hilera de personas que aguardaban, que seguía siendo larga. Y su cuerpo se paralizó, las manos le empezaron a sudar y el corazón a golpearle con fuerza en el pecho al ver al hombre alto y delgado que la observaba desde mitad de la fila. Con un niño de unos cuatro o cinco años cogido de la mano. El parecido entre ambos era tan grande que no le cupo duda de que eran padre e hijo, y de repente los recuerdos la abrumaron y los ojos se le llenaron de lágrimas. Hacía doce años que no lo veía, y sin duda él había pasado página mejor que ella, que continuaba soltera y sin formar una familia, dedicada a sus clases, sus alumnos y, ahora, su libro. Porque se había prometido a sí misma no volver a mantener una relación con alguien por quien no pudiera sentir lo que ya había sentido una vez. Por el hombre que aguardaba en la fila

Se recompuso lo mejor que pudo, inclinó la cabeza para preguntar con amabilidad el nombre del pequeño lector que tenía delante y, esta vez sí, escribió una dedicatoria trillada, incapaz de pensar en nada coherente ni original que ofrecerle al pequeño.

Poco a poco la cola se fue acortando y el temido encuentro se hizo inminente. Al fin los tuvo delante, padre e hijo, y su mirada se perdió —como antaño— en los ojos color miel que la contemplaban con la calma que lo caracterizaba y una sonrisa en la boca de labios finos. No había cambiado mucho desde que se separaron: el pelo castaño un poco más oscuro, unas leves arruguitas en los ojos y tres o cuatro kilos más, que debido a lo delgado que era en el pasado, le sentaban muy bien.

—Hola, Sara.

—Hola, David.

La emoción la estaba embargando; el pasado golpeándola con fuerza, y tuvo que dejar de mirarlo. Desvió los ojos hacia el niño y, siguiendo su costumbre, se dirigió a él. A fin de cuentas, era el protagonista de aquel encuentro.

—Hola. ¿Cómo te llamas?

—David Núñez, como mi papá.

—Claro, como tu papá. ¿Te gusta leer?

—No sé muy bien, los cuentos me los lee él.

—Seguro que cuando aprendas lo harás tú solo.

—¿De verdad eres amiga de mi papá? ¿Lo puedo decir en el colegio?

—Por supuesto. Somos amigos desde hace muchos años.

—¡Qué guay! ¿Puedo hacerme una foto contigo? Así no pensarán mis amigos que es mentira.

—Claro, si os esperáis a que termine con las firmas, estaré encantada de hacérmela.

Alzó una carita ilusionada y preguntó a su padre.

—¿Podemos, papi?

—Por supuesto. —Luego la miró con intensidad—. Gracias, Sara, le hace mucha ilusión. Tenemos el libro desde hace meses y siempre me pide que se lo lea por las noches antes de dormir. Creo que se lo sabe de memoria.

La voz suave la envolvió llenándola de nostalgia, y trató de mostrarse entera mientras escribía la dedicatoria. Aquel no era ni el momento ni el lugar de ponerse sentimental.

Para mi gran amigo David, un niño muy muy especial

Con todo mi cariño

Sara G.

—¿Qué dice, papá?

—Ahora te la leo. Debemos dejar pasar a los otros niños.

Los vio alejarse de la mano. El pequeño David parloteaba sin cesar y estuvo segura de que padre e hijo gozaban de una gran complicidad. La misma que tenían ellos hacía años, la misma que tendrían ahora si su amor no hubiera sido imposible.

Trató de volver a la realidad y concentrarse en los pequeños que aún esperaban una firma y unas palabras, con la imagen del único hombre que había amado de verdad agarrando de la mano a su hijo. Un niño que dolía en lo más profundo del alma porque era la prueba de que él la había dejado atrás.

El resto de la firma lo pasó como en un sueño, apenas distinguía las caras de los pequeños lectores, aunque trataba de dedicarles unas palabras amables a cada uno. Cuando al final no hubo nadie más solicitando su atención, miró al fondo de la sala y se dispuso a reunirse con David y su hijo que la esperaban pacientemente ojeando el libro.

—¿Vamos a tomar algo? —le propuso su editora, presente en el evento. Era lo habitual, solían hacerlo siempre, pero aquella noche era incapaz de someterse a la rutina de los eventos—. La firma ha sido un éxito.

—No puedo. Me espera un lector para hacerse una foto conmigo y después me iré al hotel. Tengo una migraña terrible.

—De acuerdo. Nos vemos mañana entonces, antes de marcharnos. Descansa.

—Hasta mañana.

Se acercó con paso rápido a las dos figuras que ya esperaban con el libro cerrado y una sonrisa. Después del rato transcurrido se sentía capaz de hablar con David sin el azoramiento y el nerviosismo de los primeros minutos.

—Lamento que hayáis esperado tanto, pero no soy capaz de estampar una simple firma sin dedicar unas palabras a mis lectores. Los niños son algo especial y no se merecen menos.

—¿Tienes niños? —preguntó David.

—No, no tengo hijos propios; pero todos estos que has visto aquí son un poco míos.

—Sigues haciendo tuyos a los hijos de los demás. —La sonrisa, esa sonrisa con la que a veces aún soñaba, la llenó de calidez.

—Así es.

—¡Vamos a hacernos la foto! —apremió el niño.

—Vamos a ello.

Se agachó y le rodeó los hombros con un brazo mientras su padre sacaba el móvil del bolsillo para inmortalizar

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