Un hogar que compartir junto a ti (Le Chrysanthème Gazette 3)

Elizabeth Urian

Fragmento

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Capítulo 1

Londres, primavera de 1818

¡Lo había conseguido!

Louisa estaba pletórica al salir de la confitería. En sus manos tenía los dulces por los que llevaba esperando más de una hora. Esas delicias eran el bocado más exquisito y aclamado del Serafine, una de las confiterías más populares de Londres.

Los adoraba. Y lo que era más importante: Fanny también.

Llevaba tiempo hablando de ellos sin cesar; tanto, que había vuelto a todos locos en casa —Laurence incluido—. Sin embargo, las intensas y desproporcionadas lluvias de los días anteriores habían impedido que se atrevieran a salir por algo tan banal como un antojo de embarazada, aunque, dada la irritabilidad de su hermana, estaba segura de que su cuñado había pensado en arriesgarse más de cuatro veces.

Ese día, por fin, el sol lanzaba sus destellos brillantes sobre las calles embarradas y poco transitables de Londres.

Cuando la criada abrió las pesadas cortinas azules, Louisa casi había corrido para lanzarse en busca de tan preciado tesoro. Lo que fuera para detener el inagotable lamento de Fanny.

Su hermana, fuente infinita de energía —incluso en su segundo embarazo—, había sido tan difícil de llevar que le había sorprendido haber aventajado a Laurence en salir de casa. Ni siquiera se había llevado el carruaje. ¿Para qué? Solo un loco se atrevería a utilizarlo estando las calles de ese modo. Ella ya tenía todo el bajo del vestido manchado y húmedo, así como los botines.

Habría podido delegar la tarea en un sirviente, pero también deseaba sentir la calidez dorada en su rostro y estirar las piernas. Lo que no había esperado era encontrarse con tantas personas agolpadas a las puertas de dicha confitería. Al parecer, todos habían sentido el irrefrenable deseo de acercarse al establecimiento. De hecho, seguía habiendo mucha gente en el exterior esperando poder entrar para ser servida.

—Pero yo ya los tengo —se vanaglorió entonces. Ya casi los saboreaba.

Fue a cruzar hacia la otra acera, pero un perro con la correa al viento salió corriendo hacia el centro de la calle justo cuando un carruaje se acercaba a toda velocidad.

Louisa apenas tuvo margen de reacción cuando el vehículo viró hacia donde estaba ella para no atropellar al animal. Quiso volver a subir a la acera para no correr la misma suerte, pero el repentino movimiento hizo que resbalara en el barro de la calzada, haciéndola caer hacia atrás. El pequeño y preciado paquete que llevaba en las manos salió volando y cayó justo en el camino de la rueda, donde quedó aplastado de forma inmisericorde.

Se quedó mirándolo con desconsuelo, imaginando la escena en casa. Después pensó en la hora que había tenido que esperar para que la atendieran y así conseguir lo que tanto había deseado.

—Mis dulces…

¿Quién era el cabeza de chorlito que había tenido la brillante idea de conducir en un día como aquel?

—¿Se encuentra bien?

Louisa sentía que tiraban de ella. Ni siquiera miró. No podía apartar la vista del paquete, apenas ya inapreciable entre el barro.

—Mis dulces —se lamentó, de nuevo.

—Señorita, le he preguntado si se encuentra bien.

Sin volverse, porque no podía apartar la mirada de su desgracia, dijo:

—¿Cómo voy a encontrarme bien si lo único que deseaba esta mañana se encuentra destrozado bajo las ruedas de un estúpido carruaje?

La joven no solía expresarse de ese modo ante nadie, pero es que seguía alterada. ¿Qué diría en casa? Evidentemente, no se lo tendrían en cuenta. Volvió la cabeza para mirar de nuevo el tumulto y la larga cola, considerando si debía volver a esperar por lo que había perdido. Dudaba, dada la popularidad del dulce, que cuando fuera de nuevo su turno quedaran existencias.

—Lo siento, el perro ha sorprendido a mi cochero. La compensaré con unos caramelos.

Ante eso, y por primera vez, Louisa miró al causante de su desgracia. El cabello rizado y dorado estaba escondido bajo un sombrero oscuro de copa alta. Sus ojos rasgados, grises y con puntitos azules la examinaban también con curiosidad. Todo eso, junto a una nariz aguileña, le confería a su rostro una distinción natural que reconoció al instante. No tuvo que fijarse en el espectacular lazo del cuello, su abrigo borgoña, en sus pantalones tostados ni en sus zapatos brillantes para saber que el vizconde de Shambrooke era la viva imagen de la elegancia.

—Lord Shambrooke —saludó. Tuvo que hacer un esfuerzo para no denotar su malhumor, por decirlo de alguna manera.

El hombre frunció el ceño. Louisa supo que no la recordaba y le dolió, pero solo por un momento. Se debía más a la propia vanidad que a otra cosa más profunda. De hecho, ya hacía mucho tiempo que había superado su enamoramiento juvenil por ese hombre.

—Veo que nos conocemos. Debe perdonar de inmediato mi falta de tacto y de memoria. Le ruego que no me lo tenga en cuenta.

—Nada de eso. Es comprensible que sea así. Al fin y al cabo, la última vez que nos vimos yo solo tenía quince años. Si hemos coincidido en alguna otra ocasión, no se nos ha dado la oportunidad de volver a presentarnos. Soy Louisa Dalton, la hermana de la duquesa de Easton. Quizá me recuerde de ese tiempo en el que viajó a la parroquia de Charlton, cuando estuvo de visita en el hogar de los padres de su amigo, el señor Rowland Charlton.

—¡Por supuesto que sí! —Esbozó una preciosa y genuina sonrisa—. La pequeña señorita Dalton que me ayudó a escapar del asedio. A Louisa no le gustó que la llamara «pequeña». De estar en su naturaleza, habría expresado su descontento de un modo dramático y femenino. Por el contrario, se mantuvo callada y asintió—. Qué tiempos aquellos. Si no hubiera sido por usted, a lo mejor hubiera terminado casado con una de las dos jóvenes. Sus hermanos eran terriblemente insistentes.

—Al final, una de ellas se casó con su amigo.

La entonces Clara Marlow tuvo su propia historia de amor con el mejor partido de la región.

—¡En efecto! Y de su hermana también me acuerdo. He coincidido con ella y su esposo en alguna ocasión. —Volvió a fruncir el ceño—. Ahora que lo pienso, a usted no recuerdo haberla visto en el enlace.

Como no podía ser de otro modo. Todavía le afligía no haber podido asistir.

—Estuve enferma. Apenas podía levantarme.

—Espero que no fuera nada grave.

—Nada, como puede comprobar. Es agua pasada.

Hubo un momento de cierta incomodidad por ambas partes. Incluso ella se percató.

Él carraspeó.

—En cuanto al estropicio que se ha causado, y al ser mi carruaje, deje que la compense con caramelos o los dulces que prefiera.

De nuevo volvió a la realidad, y esa era que se había quedado sin las exquisiteces que había comprado.

—No es necesario. Eran esos los que quería. —Señaló los restos.

—¿Esos exactamente?

Ante su tono extrañado, Louisa quiso hacerle entender, por lo que le explicó lo mejor que pudo la situación.

—… Y me temo que son solo esos los que mi hermana aceptará.

El vizconde se mantuvo un momento en silencio, alternando sus ojos entre ella y las pe

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