Cuando pare el temblor (Los imperiales 1)

Karla Doll

Fragmento

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Prólogo

(Sofía)

Es curioso cómo la melancolía puede aparecer en los momentos menos indicados, como cuando estás en medio de una fiesta de disfraces de Halloween, divirtiéndote con tus amigos. O sea, tal y como me está pasando a mí ahora mismo. He sentido la necesidad de apartarme y tomar aire, así que aquí estoy, pensando, recordando, reflexionando, mientras me cobija un cielo lleno de estrellas. Bueno, cobija es un decir porque, en este solitario jardín en el que estoy, hace algo de frío, por decir lo menos. No, en realidad, hace mucho frío, pero me aguanto porque necesito estar sola un momentito para procesar lo que estoy sintiendo.

Este día no es fácil para mí. Durante el año vivo mi vida pero, cada vez que se acerca esta fecha, mi ánimo comienza a cambiar por los recuerdos. Normalmente, pasaría este día tranquila; pero, en esta ocasión, no he podido evitar asistir a esta fiesta porque es la primera a la que nos invita nuestra nueva amiga, a la que conocimos hace pocos meses. Bueno, en realidad, la conocí yo en curiosas (o temblorosas) circunstancias que ya les contaré después, y luego se la presenté a mi mejor amiga (Tania), a mi hermana (Lucía) y a la amiga de esta (Cecilia). Así, hemos conformado un ecléctico grupo de chicas. Y fue precisamente Tania la que me insistió en que lo más sano para mí sería no quedarme sola hoy (siempre me dice lo mismo), y en que podría ser muy divertido disfrazarnos. Y sí, lo cierto es que la diversión ha comenzado desde que fuimos a alquilar los trajes todas juntas. Tania es la que cada año busca formas de entretenerme, según ella, «para que no piense». Lo que desconoce es que, como sé que algo va a planear para este día, yo me dedico a pensar en los días previos o posteriores, pero sí o sí pienso en ello. Es inevitable. Bueno, tal vez solo yo creo que ella lo desconoce, cuando lo más probable es que lo sepa, al igual que mi hermana, y solo están siendo comprensivas, intuyendo que, de todas maneras, me voy a torturar con las remembranzas.

En este momento, por ejemplo, lo recuerdo todo con una claridad absoluta, como si hubiese sucedido ayer, y eso que ya han pasado exactamente dos décadas de aquello, de aquel 31 de octubre en el que mi vida cambió por completo. Bueno, mi vida, la de mi madre y la de mi hermana menor. Los recuerdos aún duelen y, aunque ya han cicatrizado hace años, todavía supuran cuando se cumple un aniversario más de aquello. Juro que he intentado olvidarlo o ya no recordarlo más, pero me resulta imposible lograrlo. Al parecer, la memoria y entendimiento de una niña de doce años no deben infravalorarse ni subestimarse ya que, aún después de veinte años, tengo muchos recuerdos frescos. Obviamente, hubo asuntos que entendí y asimilé mejor con el transcurso del tiempo; había temas que no se podían tocar frente a una niña, pero las agresiones físicas y verbales que viví como consecuencia de aquello y de otras tantas cosas que vi en esos días hicieron que me topara de frente con una realidad que ignoraba o de la que me quisieron proteger hasta que fue inevitable.

Recreo en mi mente todos los sucesos de ese día y de los que lo siguieron; una tragedia tras otra y, luego, las consecuencias de estas. Toda una cadena de acontecimientos nefastos que provocaron que cambiáramos hasta de ciudad de residencia (para que se hagan una idea de la gravedad de lo sucedido). Y así fue cómo vinimos a vivir a la Ciudad de México, y empezamos una nueva vida. Esta ciudad me ha dado muchas cosas positivas, entre estas, a mi mejor amiga, Tania, a la que he conocido en primero de secundaria y de la que no me he separado hasta el día de hoy. (Ni pienso hacerlo, porque es como una hermana del alma para mí). Ella es una verdadera fuerza de la naturaleza, como mi ángel guardián. Y, con todo lo que estoy tardando aquí afuera, debe estar a punto de venir a buscarme. Las he dejado bailando adentro, en la pista improvisada que se armó en uno de los salones de la casa. Pero ahorita solo puedo pensar en que ojalá me concediera unos minutitos más para mí solita. Entonces, como si la hubiera invocado con mis pensamientos, escucho cómo se abren las puertas corredizas de vidrio que conducen al jardín en el que yo estoy. Estas traen consigo el sonido más nítido de la música que suena en el interior, hasta que se vuelven a cerrar. Todavía no consigo verla, porque a mi izquierda sobresale la corta pared de la zona del asador, aunque imagino que comenzará a buscarme, e incluso a llamarme por mi nombre.

Pero... es grande mi sorpresa cuando escucho una voz masculina. Parece que conversa con alguien. No sé si alguna parejita ha querido aprovechar la poca iluminación del jardín para conseguir unos minutitos de intimidad pero, como no he escuchado a nadie que le respondiera a ese hombre, deduzco que se estaba comunicando por su teléfono celular. En un principio, no reconocí la voz, pero después, cuando alcancé a ver su figura de espaldas a mí y me di cuenta de quién era, poco me faltó para poner los ojos en blanco, resoplar, levantarme de la silla (con disfraz y todo), y ponerme cuerpo a tierra para reptar como esos soldados en batalla, y así mantenerme oculta. Haría todo eso con tal de que no me viera. Aunque, si soy realista, estoy segura de que, si reparara en mí, tampoco se acercaría, porque somos como una especie de repelente uno para el otro. Nos evitamos como un ratón a un gato, o como Sheldon Cooper a los gérmenes, o como el guapo Superman a la kriptonita (Henry Cavill, por supuesto), o como Homero Simpson al pobre Flanders, por dar unos ejemplos. Es verdad que, cuando nos vemos en las reuniones de amigos, nos tratamos con cortesía, y que los dedos de una mano me alcanzan (y me sobran) para contabilizar las veces en las que hemos tenido una conversación más allá del «Hola, ¿cómo estás?», o del «¿Dónde están las chicas?». Pero no vayan a creer que han sido la gran cosa: solo nos hemos dicho tres o cuatro frases más de las acostumbradas, y casi siempre como parte de una plática con otras personas. O sea, para que me entiendan, nunca nos hemos sentado a contarnos nuestras cosas o cómo nos ha ido en el día. Definitivamente, no somos amigos. Imagino que él solo sabe mi nombre y que no tiene ni idea de a qué me dedico, o de cualquier otro aspecto de mi vida, así como yo tampoco me preocupo en averiguar sobre la suya. Si sé algo, es porque los amigos lo han comentado en mi presencia, pero no porque yo indague ni me interese en lo más mínimo.

Si me preguntan, ni siquiera sé muy bien cómo se ha iniciado esta enemistad o no amistad que tenemos, o qué fue lo que la ha detonado, o por qué nos hemos empezado a llevar así. Solo les puedo decir que así han sido las cosas desde que nos conocimos hace unos meses, y que ni a él ni a mí nos interesa cambiarlas... ¿o sí? Es lo que me pregunto, bastante sorprendida, mientras veo cómo camina en dirección a mí. ¿No se suponía que nos evitábamos?

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Capítulo 1

Agárrate

(Sofía)

Unos meses antes...

Ting, ting, ting

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