Ámame (Serie Stark 3)

J. Kenner

Fragmento

1

El miedo me saca de golpe del sueño profundo y me incorporo con brusquedad hasta quedar sentada en mitad de una habitación envuelta en la penumbra gris, solo iluminada por la tenue luz verde de un reloj digital que me indica que es poco más de medianoche. Respiro entre jadeos, y tengo los ojos muy abiertos, pero sin ver nada. Los últimos restos de la pesadilla, ya olvidada, me rozan como la capa de un espectro, con la fuerza suficiente como para hacerme sentir terror, pero al mismo tiempo tan inmaterial que se desvanece como la niebla cuando intento aprehenderla.

No sé qué me ha asustado. Solo sé que estoy sola, y que tengo miedo.

¿Sola?

Me giro con rapidez en la cama y alargo la mano hacia la derecha, pero incluso antes de que toque con los dedos las sábanas frías y caras ya sé que no está aquí.

Quizá me he dormido en los brazos de Damien, pero una vez más me he despertado sola.

Al menos ahora sé cuál es el motivo de mis pesadillas. Se trata del mismo miedo al que me enfrento cada día y cada noche desde hace semanas. El miedo que trato de ocultar bajo una sonrisa forzada mientras estoy sentada al lado de Damien un día tras otro y sus abogados revisan de un modo meticuloso cada detalle de su estrategia de defensa. Mientras le explican los entresijos procesales de un juicio por asesinato según las leyes alemanas. Mientras prácticamente le suplican que deje entrar algo de luz en los rincones más oscuros de su infancia porque saben, igual que yo, que esos secretos son su salvación.

Pero Damien se mantiene testarudamente callado, y yo me veo sometida a ese miedo dominante a perderlo, a que me lo arrebaten.

Y no se trata solo del miedo. También me enfrento al pánico maldito y abrumador que supone saber que no hay nada, absolutamente nada, que yo pueda hacer al respecto. Nada aparte de mantenerme a la espera, de observar, de conservar la esperanza.

Pero no me gusta esperar, y nunca he confiado demasiado en la esperanza. Es pariente del destino, y para mi gusto los dos son demasiado temperamentales. Ansío hacer algo, pero el único que puede hacer algo es Damien, y se niega una y otra vez.

Y creo que esa es la peor herida de todas, porque aunque comprendo la razón de su silencio, no puedo evitar sentir la chispa egoísta de la rabia. Porque, en el fondo, Damien no se sacrifica solo a sí mismo. También me sacrifica a mí. Joder, a los dos.

Apenas nos queda tiempo. El juicio empezará dentro de pocas horas, y a menos que cambie de idea sobre su defensa, es muy probable que le pierda.

Cierro con fuerza los ojos para contener las lágrimas. Soy capaz de vencer el miedo, pero mi rabia parece un ser vivo, y temo que estalle por mucho que me esfuerce en mitigarla. Es más, temo que si la ahogo la explosión final sea todavía más brutal.

Cuando llegó la imputación por asesinato, Damien intentó alejarme de él porque creyó que de ese modo me protegería. Pero se equivocó, y volé a Alemania para decírselo a la cara. Hace tres semanas que estoy aquí, y no me he arrepentido en ningún momento de haber venido, y tampoco he dudado de que sea verdad lo que me dijo cuando aparecí en la puerta de su habitación del hotel: me ama.

Pero saber eso no disminuye el presentimiento de un desastre inminente que ha ido creciendo en mi interior. Una inquietud que es especialmente intensa por la noche, cuando me despierto a solas y sé que él ha preferido la soledad y el whisky a mis brazos. Sí, me ama. Pero también temo que me esté alejando de nuevo. No con un gran empujón, sino con pequeños pasos.

Bueno, pues a la mierda.

Me levanto de nuestra cama, cómoda y fresca. Estoy desnuda, y me agacho para recoger el albornoz blanco y esponjoso obsequio del hotel Kempinski. Damien me lo quitó después de la ducha que nos dimos anoche, y yo lo dejé donde había caído, un montón de suave algodón al lado de la cama.

Encontrar el pañuelo es más difícil, y tengo que rebuscar entre las sábanas enredadas para dar con él. El sexo con Damien siempre es apasionado, pero a medida que se acerca la fecha del juicio se ha vuelto más salvaje, más intenso, como si al controlarme Damien se sintiera capaz de controlar el desenlace del proceso.

Me masajeo las muñecas con gesto ausente. No se ve marca alguna, pero eso es porque Damien es muy cuidadoso. No puedo decir lo mismo del culo, que todavía me hormiguea por los golpes de la palma de su mano contra mi piel. Me gusta… tanto esa sensación persistente, como saber que él necesita mi sumisión tanto como yo ansío entregarme a él.

Encuentro el pañuelo a los pies de la cama. Ayer por la noche lo utilizó para atarme las manos a la espalda. Ahora me lo anudo a la cintura y lo aprieto con fuerza. Disfruto de la sensación de lujosa comodidad después de un despertar tan brusco. El propio dormitorio es tranquilizador, todo está pensado al detalle: la madera pulida, todos los objetos y elementos decorativos colocados de un modo estudiado. Pero ahora no presto atención a los encantos de la habitación. Lo único que quiero es encontrar a Damien.

El dormitorio da directamente a un enorme vestidor y a un cuarto de baño impresionante. Les echo un rápido vistazo, aunque no espero encontrarlo allí. Luego me dirijo al salón. Es una estancia muy amplia, con numerosos lugares cómodos donde sentarse y una mesa de trabajo redonda cubierta de montones de papeles y de carpetas, y es que, aunque el mundo se derrumba a nuestro alrededor, Damien sigue ocupándose de sus negocios; en la mesa también están los documentos legales que debe estudiar a instancias de Charles Maynard, su abogado.

Dejo caer el albornoz y me pongo el precioso vestido estampado que anoche Damien me quitó y colocó con cuidado sobre el reposabrazos de un sofá. Ayer nos evadimos de la realidad unas horas y fuimos de compras a la famosa Maximiliantrasse de Munich, y ahora tengo tantos vestidos y zapatos que podría abrir mi propia tienda de moda.

Me paso la mano por el cabello mientras cruzo la sala en dirección al teléfono que hay al otro lado. Me tengo que frenar para no ir al cuarto de baño y quitarme los restos de maquillaje y acicalarme. Me cuesta más de lo que parece. Desde pequeña y de forma machacona me han inculcado que una señorita nunca sale sin estar arreglada. Pero desde que estoy con Damien he dado la espalda a muchas de las preocupaciones de mi juventud, y ahora mismo estoy más interesada en encontrarle que en repintarme los labios.

Tomo el auricular y marco el cero. Me responde de forma casi inmediata una voz con un fuerte acento.

—Buenas noches, señorita Fairchild.

—¿Está en el bar?

No necesito decirle a quién me refiero.

—Así es. ¿Le llevo un teléfono a su mesa?

—No, no es necesario. Bajaré.

Sehr gut. ¿Quiere que la ayude en algo más?

—No, gracias. —Estoy a punto de colgar cuando caigo en la cuenta de que sí que quiero—. ¡Espere!

Acto seguido le cuento mi plan para distraer a Damien de sus demonios internos.

Pese a la antigüedad del edificio y la elegancia de su interior, el hotel posee un ambiente muy moderno, y entre sus cuatro paredes

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