Promesa de amor

Jimena Cook

Fragmento

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Prólogo

Marzo de 1321

El viento del norte venía a buscarme; mis cabellos se mecían por las ráfagas de aire frío. Mi mirada se centró en las oscuras aguas del océano Atlántico; el pánico comenzó a apoderarse de mí al ver las grandes olas que se formaban por el temporal y avanzaban hasta el barco. Sí, sentía miedo porque siempre había temido navegar. Yo, la mujer valiente que no dudó en enfrentarse al highlander más sangriento y diabólico de las Tierras Altas, Kyan Keith, ahora sentía terror de ser arrastrada por el oleaje hasta el fondo del mar.

—¡Edine, refúgiate en el camarote! —gritó Paul, mi fiel lacayo.

Paul nunca me abandonó y siempre me protegió, tal y como prometió a mi madre. Juró entregar su vida por mí, por la hija de su señora.

—¡Por favor! —me rogó.

Lo miré con lágrimas en los ojos; no podía apartarme de allí y él lo sabía. Deseaba que mi vida acabara, ya nada tenía sentido, ni siquiera huir a Irlanda para ocultarme de él.

—¡Te lo suplico! Todo va a salir bien, créeme, yo estoy aquí para que así sea.

—Lo sé. Gracias, Paul. Dame unos segundos más y me reúno contigo—. Él, obediente, asintió.

Lo seguí con la mirada hasta que se metió en la estancia del capitán del barco. Suspiré y observé mi anillo, su anillo, el que me hacía suya, el que me identificaba de su propiedad; una alianza de acero con sus palabras grabadas, en gaélico, que él mandó forjar bajo el fuego: «gealladh gràidh», promesa de amor: ese era su significado. La misma frase que estaba escrita en su estandarte, esas dos palabras que identificaban al clan Keith. Un símbolo de su poder que fue hecho con la medida exacta de mi dedo para que nunca pudiese quitármelo. ¿Su crueldad llegó hasta ese punto para que siempre lo tuviese presente?

Suspiré, debía sentirme libre, aliviada de haber podido huir de él, de mi gran enemigo, del hombre frío y cruel que se adueñó de mi corazón, pero… no me sentía bien conmigo misma. ¿Por qué estaba triste? A pesar de todo lo vivido…, un pensamiento rondaba por mi mente: «había cometido un gran error al alejarme de él». ¿Por qué sentía que estaba enamorada del mismísimo diablo disfrazado de Kyan Keith? ¿Cómo permití que ocurriera? ¿Quizás había llegado hasta su alma? ¿Podría ser que hubiera descubierto al hombre valiente, bueno, cariñoso que había bajo esa coraza fría y cruel? Quería pensar que había tomado la mejor decisión, intuía que huir de él era mi salvación, pero…, también era consciente de que jamás podría olvidarlo. Vinieron por capricho a mi mente las palabras de Margaret, su hermana: «Solo aceptas lo que los demás te muestran. Sigue a tu corazón, solo en él encontrarás la verdad». Nunca entendí la razón de su comentario. Mi verdad…, pensé, la única verdad era que Kyan me había secuestrado, me había obligado a ser su esposa, y después destruyó mi mundo y todo lo que yo amaba.

Recordaba cada detalle de aquella noche cálida de julio de 1320, donde mi vida cambió para siempre: «escuché gritos, sentí pánico al ver las llamas en las caballerizas. Bajé hacia la sala donde mi padre se reunía con sus esbirros y ahí fue donde lo vi: extraía su espada con lentitud del corazón de mi progenitor, lo había asesinado. Se giró al irrumpir yo en la estancia; su expresión era fría y sus pupilas estaban encendidas de odio, sentí la oscuridad de su alma, no podía apartar mi mirada de él y del cuerpo sin vida de mi padre. Di pasos lentos hacia la puerta de salida, tropecé con un libro de tapas doradas que había en el suelo, deseé cogerlo, alguna vez vi a mi padre con este entre sus manos, pero no podía entretenerme ni un segundo más en ese lugar. Hui de allí, Paul me esperaba, corrí hacia las cuadras, entre llamas y cuerpos sin vida, monté en mi caballo y escapé de mi hogar». ¡Ingenua de mí!, en aquel momento pensaba que podía escapar de él, pero nadie puede ocultarse del Diablo…

Una ola tambaleó el barco, caí al suelo y sentí cómo el agua me mojaba al completo. Me golpeé la cabeza al derrumbarme, estaba mareada. Mantuve la mirada fija en el oscuro cielo, podía ver su rostro allí reflejado, estaba por todas partes; sabía que su presencia siempre me perseguiría, nunca podría apartarlo de mis pensamientos. Al poco me quedé inconsciente. Cuando estás en ese estado de paz nadie puede controlar las imágenes que muestra tu mente, así que volé hacia un momento de mi adolescencia que yo misma había olvidado: «corría por el prado, mi madre me seguía entre risas y súplicas para que me parase. Ella no me detuvo, pero sí la figura, en la lejanía, de mi tío Dark; se acercaba hacia nosotras; no estaba solo, a su lado había una joven rubia, muy bonita, sería dos años mayor que yo; junto a ellos también había un muchacho más pequeño que ella, pelirrojo. La joven me observaba con interés, sus grandes ojos azules escrutaban cada parte de mi ser. Me fijé en que ambos tenían el mismo colgante que asomaba por encima de sus ropas, una piedra circular de color anaranjado con un sol del que salían tres rayos y que resplandecía cuando un rayo de luz lo atravesaba». Ese recuerdo dio paso a otro: «Estaba con mi madre, me hablaba mientras me mostraba su anillo con el diamante azul que tanto había observado en mis encuentros con ella. Estaba preocupada, pero no lograba entender lo que me decía».

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Capítulo 1

Edine

Julio de 1320

Mi caballo cabalgaba con rapidez, Paul me seguía. El corazón me latía con celeridad mientras las lágrimas rodaban por mis mejillas: «no podía olvidar la mirada fría del highlander mientras extraía con lentitud la espada clavada en el corazón de mi padre». ¿Por qué lo había hecho? Mi progenitor nunca me había comentado que tuviera enemigos. ¿Quién era ese hombre?

Estábamos cerca del bosque de las brujas, como yo lo llamaba; mi madre siempre me había contado historias acerca de este lugar, todas siniestras. A ella le encantaba relatar leyendas de los bosques de las Highland. Lo que me fascinaba de la zona eran los campos de brezo blanco y los frondosos árboles alrededor del camino pedregoso. La mayoría de las veces, por la humedad del lugar, se creaba una niebla espesa que impedía ver con claridad el curso del camino.

En mitad de la senda encontramos una rama de un árbol, gruesa, de grandes dimensiones; mi caballo se asustó y se detuvo con brusquedad haciéndome caer al suelo, sentí un gran dolor en mis posaderas y mi tobillo izquierdo. Estaba segura que me lo había torcido.

—¡Por el amor de Dios! —exhortó Paul. Enseguida lo encontré de cuclillas, a mi lado, analizando con detalle cada uno de mis huesos—. ¡Edine, ibas muy deprisa!

—No quiero que nos alcancen.

—No lo harán. —Paul siempre era optimista —. Debemos descansar aquí esta noche, estamos bastante lejos del castillo y en el bosque es más difícil que nos localicen. Nos apartaremos del camino principal. No puedes forzar ese tobillo, intuyo que mañana estará muy inf

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