La llamada del deseo (Psi/Cambiantes 10)

Nalini Singh

Fragmento

cap-2

1

Hawke cruzó los brazos y se apoyó en su sólido y robusto escritorio, con la mirada fija en las dos jóvenes que tenía delante. Con las manos a la espalda y las piernas ligeramente separadas en posición de descanso, Sienna y Maria parecían las soldados que eran... salvo por el hecho de que se les veía el pelo enredado en una salvaje maraña, con pegotes de barro, hojas aplastadas y otros restos del bosque. Además llevaban la ropa desgarrada y desprendían el potente y acre olor de la sangre.

Su lobo mostró los dientes.

—A ver si lo he entendido bien —dijo con un tono tan calmado que hizo que Maria, cuya piel tenía un cálido y suave tono moreno allí donde no estaba amoratada y ensangrentada, se pusiera pálida—. En vez de quedaros de guardia, protegiendo la frontera defensiva del clan, habéis decidido librar vuestra batalla personal por la dominación.

Sienna, por supuesto, se enfrentó a su mirada; algo que ningún lobo habría hecho dadas las circunstancias.

—Fue...

—Silencio —espetó—. Si abres de nuevo la boca sin permiso, os pondré a ambas en el parque con los de dos años.

Aquellos alucinantes ojos de cardinal, estrellas blancas sobre un fondo de intenso color negro, se tornaron de un ébano puro, y Hawke sabía muy bien que eso indicaba furia, pero Sienna apretó los dientes. Maria, por otra parte, había palidecido todavía más. Bien.

—Maria. —El alfa decidió centrarse en la cambiante menuda, cuya estatura ocultaba su habilidad y fuerza tanto en forma humana como animal—. ¿Cuántos años tienes?

Maria tragó saliva.

—Veinte.

—No eres una menor —comenzó la frase Hawke. Los tupidos rizos negros de Maria, llenos de barro, se movieron sin vida cuando negó con la cabeza—. Entonces explícame esto.

—No puedo, señor.

—Respuesta correcta. —Ninguna razón que pudiera ofrecerle sería una excusa lo bastante buena para justificar la estúpida pelea—. ¿Quién dio el primer puñetazo?

Silencio.

Su lobo lo aprobó. Poco importaba quién había incitado el intercambio cuando ninguna había dado media vuelta y se había alejado de aquello, y lo cierto era que habrían tenido que trabajar como un equipo, así que su castigo sería como equipo... con una advertencia formal.

—Siete días —le dijo a Maria—. Reclusión domiciliaria salvo una hora al día. Prohibido todo contacto mientras estés recluida.

Se trataba de un castigo duro; los lobos eran criaturas gregarias, familiares, y Maria era uno de los miembros más alegres y sociables de la guarida. Obligarla a pasar sola todo ese tiempo era indicativo de hasta qué punto había metido la pata.

—La próxima vez que decidas abandonar una guardia no seré tan indulgente —añadió Hawke.

Maria se arriesgó a mirarle durante un fugaz segundo antes de apartar esos vívidos ojos castaños, pues su instinto dominante no era rival para el de su alfa.

—¿Puedo ir al veintiún cumpleaños de Lake?

—Si es así como quieres utilizar tu hora diaria...

Sí, obligarla a perderse la mayor parte de la fiesta de cumpleaños de su novio le convertía en un cabrón, sobre todo porque los dos estaban dando los primeros y titubeantes pasos en la relación, pero ella había sido muy consciente de lo que hacía cuando decidió enzarzarse en una pelea con una colega soldado para ver quién era mejor.

Los SnowDancer eran un clan fuerte porque se guardaban las espaldas unos a otros. Hawke no iba a permitir que la estupidez o la arrogancia minaran unos pilares que había construido de la nada tras los sangrientos sucesos que le robaron a sus padres y destruyeron el clan, hasta el punto de que su recuperación les había llevado más de una década de absoluto aislamiento.

Refrenó su temperamento por los pelos y dirigió la atención hacia Sienna.

—Se te ordenó específicamente que no te metieras en altercados físicos —dijo con su lobo muy presente en la voz.

Sienna no articuló palabra. Daba igual; su ira era un ardiente pulso contra la piel de Hawke, tan descarnada y turbulenta como la propia Sienna. Cuando se encontraba así, con su naturaleza salvaje apenas imperturbable, resultaba difícil creer que hubiera llegado al clan sumida en el Silencio, con las emociones encerradas bajo tanto hielo que había enfurecido a su lobo.

Maria cambió el peso de un pie al otro al ver que él no continuaba de inmediato.

—¿Tienes algo que decir? —preguntó el alfa.

Maria era una de las mejores soldados novatas del clan cuando no dejaba que su temperamento la dominara.

—Empecé yo —adujo con las mejillas coloradas y los hombros en tensión—. Ella solo se estaba defendiendo...

—No —replicó Sienna con tono firme, tajante, sepultando la ira bajo un glacial muro de control—. Acepto mi parte de la culpa. Podría haberme marchado.

Hawke entrecerró los ojos.

—Maria, vete.

La soldado novata vaciló durante un segundo, pero era una loba subordinada y su instinto natural de obedecer a su alfa era demasiado poderoso como para oponerse a él... aunque estuviera claro que quería quedarse para apoyar a Sienna. Hawke se dio cuenta y aprobó la muestra de lealtad lo suficiente como para no replicarle por titubear.

La puerta se cerró a su espalda con un sonido quedo que pareció atronador dentro del tenso silencio del despacho. Hawke esperó para ver qué iba a hacer Sienna ahora que estaban solos. Para su sorpresa, mantuvo la posición.

Alargó la mano y le asió la barbilla, girándole la cara a un lado para que la luz incidiera en sus suaves rasgos.

—Considérate afortunada de no tener el pómulo roto. —La carne alrededor del ojo iba a adquirir un montón de tonos morados—. ¿Dónde más estás herida?

—Estoy bien.

Sus dedos le asieron la mandíbula con mayor firmeza.

—¿Dónde más estás herida?

—A Maria no le has preguntado. —Su obstinada voluntad era patente en cada palabra.

—Maria es una loba capaz de soportar cinco veces los golpes de una mujer psi y seguir en pie. —Esa era la razón de que a Sienna le hubieran ordenado no meterse en peleas físicas con los lobos. Eso y el hecho de que aún no controlaba completamente sus mortíferas habilidades—. Responde a la pregunta o te juro por Dios que te asigno al parque.

Sería la más humillante de las experiencias, y ella lo sabía; cada músculo de su cuerpo estaba en tensión a causa de la ira contenida de manera férrea.

—Contusiones en las costillas —respondió apretando los dientes—, abdomen magullado, hombro dislocado. Nada roto. Debería recuperarme en una semana.

—Extiende los brazos —le ordenó soltándole la barbilla.

Ella vaciló.

El lobo gruñó lo bastante alto como para que ella se estremeciera.

—Sienna, he sido permisivo contigo desde que llegaste al clan, pero esto termina hoy. —La insubordinación por parte de un menor se podía castigar y perdonar. En un adulto, en un soldado, se trataba de un asunto mucho más serio. Sienna tenía diecinueve camino de veinte, su rango era el de novato; pasar por alto sus actos no era una opción—. Extiende los putos brazos.

Algo en su tono debió de impresionarle, porque hizo lo que le ordenaba. Había unos pequeños cortes en esa cremosa pi

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