El secreto de Helena

Lucinda Riley

Fragmento

cap-2

 

La casa se vislumbra a lo lejos mientras sorteo los peligrosos baches; hace al menos diez años que nadie los repara y son muy profundos. Continúo un poco más, detengo el coche y contemplo Pandora. Pienso que en realidad no es tan bonita, a diferencia de las brillantes fotografías de casas de veraneo que aparecen en las páginas web de las inmobiliarias de lujo. De hecho, vista desde detrás, es sólida, práctica y casi austera, exactamente como siempre he imaginado que fue su anterior inquilino. Construida con piedra clara de la zona, y cuadrada como las casas Lego que construía de niño, se eleva en medio de una tierra árida y blanquecina cubierta de vides tiernas y pujantes hasta donde alcanza la vista. Intento encajar su realidad con la instantánea virtual de mi cabeza —tomada y almacenada hace diez veranos— y decido que la memoria no me ha fallado.

Aparco el coche y rodeo los recios muros hasta la parte delantera de la casa y la terraza, que es lo que aleja a Pandora de lo ordinario y le otorga su toque espectacular. Cruzo la terraza en dirección a la balaustrada, construida justo en el punto donde el terreno emprende su suave descenso: un paisaje bañado de vides, alguna que otra finca encalada y cúmulos de olivos retorcidos. A lo lejos, una titilante franja verde azulada separa la tierra del cielo.

Advierto que el sol está dando una clase magistral mientras se pone, sus rayos amarillos fundiéndose con el azul del mar hasta tornarse ocres. Interesante detalle, porque siempre he pensado que de la mezcla del amarillo y el azul se obtenía el verde. Contemplo a mi derecha el jardín que se extiende a los pies de la terraza. Los bonitos parterres que mi madre plantó con tanto mimo hace diez años, hambrientos de agua y cuidados, han sido absorbidos por la árida tierra y suplantados por feos hierbajos de púas de género desconocido.

Pero en medio del jardín, con un extremo de la hamaca donde solía tumbarse mi madre todavía amarrado al tronco —las cuerdas como espaguetis rancios y deshilachados—, está el olivo. «Viejo», lo apodé entonces, que es lo que los adultos me decían que era. Y aunque todo a su alrededor está muerto y descompuesto, él parece haber ganado en estatura y majestuosidad, quizá robando la fuerza vital a sus derrotados vecinos botánicos, decidido a sobrevivir a lo largo de los siglos.

Es muy bello, un triunfo metafórico sobre la adversidad, cada milímetro de su retorcido tronco exhibiendo orgulloso su lucha.

Me pregunto ahora por qué los humanos detestan el mapa de la vida que aparece en sus cuerpos cuando un árbol como este, o un cuadro descolorido, o un edificio abandonado, es admirado por su antigüedad.

Me vuelvo hacia la casa mientras sigo pensando en eso y compruebo aliviado que, al menos desde fuera, Pandora parece haber sobrevivido a su reciente abandono. Camino hasta la entrada principal, saco la llave de hierro del bolsillo y abro la puerta. Mientras recorro las habitaciones en penumbra, protegidas de la luz por los postigos, soy consciente de que tengo las emociones entumecidas, y quizá sea mejor así. No me atrevo a empezar a sentir, porque este lugar —quizá más que ningún otro— conserva la esencia de ella…

Media hora después he abierto los postigos de la planta baja y retirado las sábanas de los muebles del salón. Cuando me detengo en medio de las motas de polvo que atrapan la luz del sol crepuscular, recuerdo haber pensado lo viejo que parecía todo la primera vez que lo vi. Y me pregunto, mientras contemplo las sillas hundidas y el sofá raído, si, al igual que el olivo, llega un momento en que lo viejo es simplemente viejo y no envejece más en apariencia, como los abuelos de pelo blanco a los ojos de los niños.

Como es lógico, lo que sí ha cambiado por completo en esta estancia soy yo. Nosotros, los humanos, realizamos la mayor parte de nuestra evolución física y mental durante nuestros primeros años en el planeta Tierra: pasamos de niños a adultos en un abrir y cerrar de ojos. El resto de nuestra vida, como mínimo por fuera, conservamos más o menos el mismo aspecto, convirtiéndonos simplemente en versiones más flácidas y no tan atractivas de nuestro ser conforme los genes y la gravedad hacen su trabajo.

En cuanto a la parte emocional e intelectual… en fin, quiero creer que el lento declive de nuestro envoltorio tiene su lado bueno. Y estar de vuelta en Pandora me demuestra que sí. De regreso al vestíbulo, me río del «Alex» que era entonces. Me estremezco al pensar en mi antiguo ser: un muchacho de trece años absolutamente cargante y egocéntrico.

Abro la puerta del Escobero, el nombre afectuoso que le puse al cuarto que ocupé durante aquel largo y caluroso verano de hace diez años. Tras encender la luz, compruebo que no había subestimado su exiguo tamaño y que, en todo caso, el espacio parece haber encogido aún más. Introduzco mi metro ochenta y cinco y me pregunto si los pies, en el caso de que cerrara la puerta y me tumbara, me colgarían por fuera del ventanuco, como Alicia en el país de las maravillas.

Levanto la vista hacia los estantes situados a ambos lados de este claustrofóbico habitáculo y compruebo que los libros que coloqué meticulosamente por orden alfabético siguen ahí. Saco uno al azar —Prodigios y recompensas, de Rudyard Kipling— y lo hojeo hasta dar con el famoso poema. Mientras leo los versos de Si, sabias palabras escritas por un padre a un hijo, no puedo evitar que los ojos se me llenen de lágrimas por el adolescente que fui entonces, tan desesperado por encontrar un padre. Y que cuando lo encontró, comprendió que ya tenía uno.

Cuando devuelvo a Rudyard al estante reparo en un librito de tapa dura que descansa a su lado. Es el diario que me regaló mi madre por Navidad unos meses antes de venir a Pandora por primera vez. Cada día, durante siete meses, escribí en él con asiduidad y, de acuerdo con mi personalidad de entonces, pomposidad. Como todos los adolescentes, creía que mis ideas y sentimientos eran únicos y revolucionarios, que ningún ser humano los había tenido antes que yo.

Meneo la cabeza con tristeza y suspiro como un viejo por mi ingenuidad. Dejé el diario aquí cuando regresamos a Inglaterra tras aquel largo verano en Pandora. Y aquí está, diez años después, de nuevo sobre las palmas de mis manos, ahora mucho más grandes. Las memorias de mis últimos meses de infancia, antes de que la vida me arrastrara hacia la edad adulta.

Con el diario bajo el brazo, salgo del cuarto y me dirijo a la planta de arriba. Deambulo por el sombrío pasillo sin ventilar, pendiente aún de decidir en qué dormitorio deseo instalarme durante mi estancia. Por fin, respiro hondo y me encamino a su habitación. Tengo que armarme de valor para abrir la puerta. Quizá sean imaginaciones mías —tras diez años de ausencia, lo más seguro es que sí— pero juraría que mis sentidos se ven asaltados por el aroma de su perfume…

Vuelvo a cerrar la puerta con firmeza, todavía incapaz de lidiar con los recuerdos que podrían escapar de todos esos dormitorios, y regreso abajo. Ha anochecido, y fuera la oscuridad es total. Miro el reloj, añado dos horas por la diferencia horaria y caigo en la cuenta de que aquí son casi las nueve. Mi estómago vacío lanza un gruñido hambriento.

Saco el equipaje del coche y guardo en la despensa las provisiones que compré en la tienda del pueblo; luego me siento en la terraz

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