Sangre y hueso (Crónicas de la Elegida 2)

Nora Roberts

Fragmento

Prólogo

PRÓLOGO

Dijeron que un virus acabó con el mundo, pero fue la magia, negra como una noche sin luna. El virus fue su arma, un torrente de flechas volantes, balas silenciosas, un puñal dentado y bien afilado. Y, sin embargo, la inocencia —el tacto de una mano, el beso de buenas noches de una madre— fue la culpable de propagar el Juicio Final, llevando la repentina, dolorosa y desagradable muerte a millones de personas.

Muchos de los que sobrevivieron a ese primer ataque sorpresa murieron por su propia mano o por la de otros cuando los espinosos zarcillos de la locura, la pena y el miedo estrangularon el mundo. Aun así, otros, incapaces de hallar refugio, comida, agua potable y medicinas, se marchitaron sin más y fallecieron mientras esperaban una ayuda y una esperanza que jamás llegaron.

La columna vertebral de la tecnología se quebró, lo que trajo consigo la oscuridad, el silencio. Los gobiernos fueron derribados de sus pedestales de poder.

El Juicio Final no tuvo piedad con la democracia, los dictadores, los parlamentos ni con los reinos. Devoró a presidentes y campesinos con igual voracidad.

En medio de la oscuridad, las luces atenuadas durante milenios fueron despertando. Y la magia, blanca y negra, surgió del caos. Los poderes avivados ofrecían la posibilidad de elegir entre el bien y el mal, la luz y la oscuridad.

Algunos escogían siempre la oscuridad.

Los sobrenaturales compartieron lo que quedaba del mundo con los hombres. Y aquellos —hombres y seres mágicos— que aceptaron la oscuridad, atacaron y redujeron a escombros las grandes urbes, persiguiendo a aquellos que se ocultaban de ellos o les plantaban cara a fin de destruir, esclavizar, recrearse con la sangre mientras los cadáveres pavimentaban el suelo.

Los gobiernos, presas del pánico, ordenaron a sus ejércitos que reunieran a los supervivientes y que «contuvieran» a los sobrenaturales. Así pues, una niña que hubiera descubierto sus alas podría acabar atada en la mesa de un laboratorio en nombre de la ciencia.

Los dementes clamaban a un Dios cruel y recto, y sembraron el miedo y el odio para construir sus propios ejércitos con los que purgar a «los otros». Predicaban que la magia provenía del diablo y que cualquiera que la poseyera era un demonio que había que enviar de vuelta al infierno.

Los saqueadores recorrían las ciudades en ruinas, las autopistas y las carreteras secundarias para incendiar y matar solo porque disfrutaban haciéndolo. El hombre siempre encontraba formas de someter al hombre a la crueldad.

En un mundo tan desolado, ¿quién los detendría?

Corrieron rumores entre los seres de luz, murmuraciones entre los entes oscuros, que llegaron a oídos de los hombres. Hablaban de la llegada de una guerrera. Ella, hija de los Tuatha de Danann, permanecería oculta hasta que levantara su espada y su escudo. Hasta que ella, la Elegida, condujera la luz contra la oscuridad.

Pero los meses se convirtieron en años, y el mundo seguía desgarrado. Continuaron las cacerías, los ataques y las batidas.

Algunos se escondieron, y salían a hurtadillas por las noches a rebuscar comida o a robar lo suficiente para sobrevivir otro día. Otros optaron por echarse a la carretera en una migración interminable a ninguna parte. Hubo quienes se dirigieron a los bosques para cazar, o a los campos para poder cultivar. Algunos formaron comunidades en las que había un flujo constante de personas que iban y venían mientras luchaban por vivir en un mundo en el que un puñado de sal era más valioso que el oro.

Y algunos, como aquellos que encontraron y fundaron Nueva Esperanza, reconstruyeron.

Cuando el mundo llegó a su fin, Arlys Reid informó de ello desde Nueva York, tras la mesa de presentadora que había heredado. Había visto arder la ciudad a su alrededor y al final decidió contar la verdad a todo aquel que aún pudiera oírla y escapar.

Vio la muerte de cerca, mató para sobrevivir.

Presenció pesadillas y milagros.

Junto con un puñado de personas, incluyendo a tres bebés, encontró la desierta localidad rural que habían bautizado como Nueva Esperanza. Y allí se asentaron.

Ahora, en el año cuatro, la población de Nueva Esperanza superaba los trescientos habitantes, contaba con un alcalde y un ayuntamiento, un cuerpo de policía, dos colegios —uno dedicado al adiestramiento y a la formación de seres mágicos—, un huerto y una cocina comunitarios, dos granjas, una de ellas con un molino de harina y grano, una clínica médica, con un pequeño servicio de odontología, una biblioteca, una armería y una milicia.

Contaban con médicos, sanadores, herboristas, tejedores, grupos de costura, fontaneros, mecánicos, carpinteros y cocineros. Algunos se habían ganado la vida con esos oficios en el viejo mundo, pero la mayoría los estudiaba y aprendía en el nuevo.

Tenían guardias armados apostados día y noche. Y aunque seguía siendo algo voluntario, la mayoría de los residentes participaba en el adiestramiento de combate y con armas.

La masacre de Nueva Esperanza fue una herida abierta en sus corazones y sus mentes durante el primer año. Esa herida y las tumbas de los caídos tuvieron como consecuencia la formación de la milicia y los equipos de rescate, que arriesgaban la vida para salvar a otros.

Arlys estaba de pie en la acera, contemplando Nueva Esperanza, y comprendió por qué aquello era importante. Por qué todo aquello era importante. Importaba más que sobrevivir, que fue lo más importante durante aquellos primeros y horrendos meses; más incluso que construir, que había sido lo primordial en los meses siguientes.

Se trataba de vivir y, al igual que aquello que daba nombre a la ciudad, de la esperanza.

Era importante que Laurel, una duende, saliera a barrer el porche del edificio en el que vivía una fresca mañana de primavera. Calle arriba, Bill Anderson limpiaba el cristal del escaparate de su tienda. Las estanterías del interior contenían docenas y docenas de cosas útiles para intercambiar.

Fred, la joven becaria que se había enfrentado junto a Arlys a los horrores del metro en las afueras de Nueva York, estaría ocupada en el huerto de la comunidad. Fred, con sus alas mágicas y su inagotable optimismo, vivía cada día con esperanza.

Rachel, médica y muy buena amiga, salió por las puertas abiertas de la clínica y la saludó con la mano.

—¿Dónde está el bebé? —preguntó Arlys alzando la voz.

—Durmiendo... a menos que Jonah vuelva a cogerle en cuanto me doy media vuelta. Ese hombre está embelesado.

—Tal y como debe estar un padre. ¿No tienes hoy tu revisión de las seis semanas, doctora? Es un gran día para ti.

—Esta médica ya ha dado de alta a su paciente, pero Ray va a formalizarlo. También es un gran día para ti. ¿Cómo estás?

—Genial. Entusiasmada. Un poco nerviosa.

—Te sintonizaré, y cuando termines, te quiero v

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