Nueva Esperanza (Crónicas de la Elegida 3)

Nora Roberts

Fragmento

Capítulo 1

1

Se había desatado una tormenta. Arreciaba a su alrededor en forma de lluvia torrencial, vientos huracanados, crepitantes relámpagos y el rugido de los truenos. Se arremolinaba en su interior como un torrente de ira que sabía que debía contener.

Esa noche llevaría la muerte, con su espada, sus poderes y sus órdenes. Cada gota de sangre derramada mancharía sus manos; ese era el peso del liderazgo y así lo aceptaba.

Aún no había cumplido los veinte.

Fallon Swift se llevó los dedos al brazalete que llevaba en la muñeca; lo había conjurado a partir de un árbol que destruyó en un arrebato de ira y tallado para recordar que jamás debía sembrar la destrucción llevada por la cólera.

Solas don Saol, decía.

Luz para la vida.

Esa noche llevaría la muerte, pensó de nuevo, pero ayudaría a vivir a otros.

Estudió las instalaciones bajo la tormenta. Mallick, su maestro, la había llevado a un recinto muy parecido en su decimocuarto cumpleaños, un lugar desierto en el que perduraba tan solo el hedor a magia negra, los restos calcinados de los muertos y los gritos de los torturados; donde estaba ahora, sin embargo, había más de seiscientas personas, doscientas ochenta del personal y trescientos treinta y dos prisioneros.

Cuarenta y siete de esos presos eran, según la información de la que disponían, menores de doce años.

Tenía en la cabeza cada centímetro del complejo, en realidad un centro de confinamiento; cada habitación, cada pasillo, cada cámara y cada alarma. Había elaborado mapas detallados y dedicado meses a planificar esa operación de rescate.

En los tres años que habían pasado desde que comenzó a reunir su ejército, desde que su familia y ella habían abandonado su hogar para ir a Nueva Esperanza, esa iba a ser la mayor operación de rescate llevada a cabo por las fuerzas de la resistencia que ella misma capitaneaba.

Si fracasaba...

Una mano le agarró el hombro y la tranquilizó como siempre hacía. Volvió la cabeza y miró a su padre.

—Lo tenemos bien planeado —le aseguró Simon.

Fallon suspiró.

—Hechizad las cámaras de vigilancia —murmuró, y lo transmitió mentalmente a los duendes para que corrieran la voz.

Quienes estuvieran pendientes de los monitores de seguridad solo verían los árboles, la lluvia y el suelo empapado.

—Anulad las alarmas.

Fallon y los demás brujos lanzaron el hechizo de manera meticulosa mientras rugía la tormenta.

Cuando corrió la voz de que todo estaba despejado, hizo caso omiso de la punzada que sintió y dio la orden:

—Arqueros, adelante.

Había que inhabilitar las torres de vigilancia rápida y sigilosamente. Sintió cómo Tonia, la arquera jefe, su amiga y sangre de su sangre, colocaba una flecha y disparaba.

Con sus ojos grises concentrados, vio las flechas volar y a los hombres caer en las torres situadas en las cuatro esquinas de los muros de la prisión.

Intervino para ocuparse de las verjas electrónicas, utilizando su poder para desactivarlas. A su señal, las tropas atravesaron la abertura, los duendes escalaron los muros y las vallas, los cambiantes saltaron aferrándose con uñas y dientes y las hadas se desplazaron con sus alas silenciosas.

Sincronización, pensó mientras hablaba mentalmente con Flynn, comandante de los duendes, y con Tonia. Iban a atravesar las tres puertas de manera simultánea y el líder de cada equipo haría que sus tropas se centraran en las prioridades. Destruir las comunicaciones, anular la seguridad, apoderarse de la armería, asegurar el laboratorio. Por encima de todo, proteger a los prisioneros.

Lanzó una última mirada a su padre, vio el coraje y la resolución en el rostro en el que confiaba a ciegas y dio la orden.

Desenvainó la espada y voló las cerraduras de las entradas principales, irrumpió en el interior y abrió por la fuerza las puertas secundarias.

Una parte de su mente superpuso el presente a la prisión de Hatteras, las visiones que tuvo allí a los catorce años. Eran iguales.

Pero aquí los soldados estaban vivos y reaccionaron con violencia. Fallon atacó mientras sonaban los disparos; envolvió en llamas las armas, lo que hizo que sus manos se llenaran de ampollas y los hombres gritaran de dolor. Embistió con la espada, se abrió paso entre el enemigo con el escudo.

Mientras avanzaba sin dejar de luchar oyó los gritos, los gemidos y los ruegos, súplicas desde detrás de las puertas de acero, y percibió el miedo, la terrible esperanza, el dolor y la confusión de las personas encerradas.

Presa de todos aquellos sentimientos, liquidó a un soldado cuando echó a correr hacia su equipo de comunicación, asestó una estocada a la radio y lanzó una descarga a todo el sistema.

Saltaron chispas y los monitores se apagaron de golpe.

Oyó el sonido de botas en las escaleras metálicas y la muerte, más muerte, los recibió mientras las flechas cortaban el aire. Fallon paró un disparo con el escudo y lo envió de vuelta para alcanzar al tirador mientras ella giraba hacia la puerta de hierro que alguien dentro de la prisión había logrado asegurar.

La voló por los aires, acabó con dos soldados más al otro lado de esta y, saltando sobre el humeante y retorcido metal, atravesó con su espada a un tercero antes de correr hacia las escaleras que bajaban.

Los gritos de guerra la siguieron. Sus tropas se desplegaron y entraron a toda velocidad; barracones, despachos, cantina, cocina y enfermería.

Pero Fallon y quienes la acompañaban enfilaron hacia el laboratorio y su cámara de los horrores. Allí encontraron otra puerta de hierro. Se valió de su poder para atravesarla y se detuvo un instante antes de la explosión al percibir algo más, algo oscuro.

Magia negra y letal. Levantó una mano para frenar a su equipo.

Alta, ataviada con unas botas confeccionadas por los duendes y un chaleco de cuero, el negro cabello corto y los ojos nublados por el poder, inspeccionó el lugar, obligándose a tener paciencia.

—Quedaos atrás —ordenó. Acto seguido se colgó el escudo al hombro y envainó la espada para poner las manos en la puerta, en las cerraduras, en el profundo marco y el grueso metal—. Trampas explosivas —murmuró—. Estallarán si entramos por la fuerza. No os acerquéis.

—Fallon.

—No te acerques —le dijo a su padre—. Podría desactivarlas, pero tardaría demasiado. —Blandió su escudo y la espada de nuevo—. En tres, dos...

Arrojó su poder, luz contra la oscuridad.

Las puertas estallaron, escupiendo fuego, lanzando una lluvia de metal dentado y en llamas. La metralla impactó en su escudo, pasó a toda velocidad para acabar incrustada en la pared a su espalda. Se lanzó en medio del aluvión.

Vio al hombre desnudo, con los ojos vidriosos y el rostro pálido, encadenado a

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