Guardiana de fuego (Trilogía del Fuego Sagrado 1)

Lena Valenti

Fragmento

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I

—¿Cómo te encuentras, Ares?

Desde hace tres años, mi terapeuta, Margarita Valls, me hace la misma pregunta el último viernes de cada mes. Y, aunque debería dejar de sentirme incómoda después de tanto tiempo de terapia, aún me resulta extraño e inapropiado hablar de mis cosas con una profesional y no con una amiga.

Eso no quiere decir que no le tenga algo de aprecio, dado que en terapias prolongadas se acaban creando vínculos, pero no es lo mismo que un rostro entrañable que ha vivido contigo muchas experiencias te escuche con una cerveza en la mano que pagar para hablar solo de tu supuesto trauma. Algo que hago entre cuatro paredes blancas, con estanterías del mismo tono repletas de libros, y un orden poderosamente obsesivo por la degradación de los colores. Yo las llamo «lejas Pantone».

Margarita es rubia, de melena lisa y corta, y creo que es de las pocas mujeres a las que esas gafas gatunas de pasta negra le quedan bien. Habla en voz muy sosegada y entre susurros. Por supuesto, es sobria vistiendo, casi siempre con trajes de chaqueta y pantalón de tonos cremas y claros. Pocas veces la he visto con uno oscuro. Le gusta llevar blusitas blancas debajo, y sus uñas siempre están pintadas de rojo.

Su consulta está en Canonge Baranera, una calle del centro de Badalona, que es donde yo vivo. Siempre que voy a verla llevo a cabo el mismo ritual. Justo antes de llamar al timbre para que me abra, me echo un vistazo rápido en el espejo del escaparate lateral de la perfumería que hay justo pegada a su puerta, donde reposan los perfumes más caros. Luego me peino la melena castaña oscura con los dedos, como si fueran las púas de un peine, me remuevo el pelo un poco y me aseguro de que el rímel no se haya corrido en mis ojos extraños.

Sé que es insólito, muchas cosas en mí lo son, pero mi tono de ojos es violeta intenso, como los de Elizabeth Tay­lor. Mi piel es blanquita, con algún lunar repartido por mi rostro, lo suficientemente llamativo como para que te fijes en ellos y te distraigan. Tengo uno debajo del párpado izquierdo, otro encima de la ceja derecha y dos pegaditos en el pómulo que parece que me los hayan pintado con rotulador.

Me fijo mucho en la estructura física de las personas porque soy ilustradora de cómic y me apasiona la fisionomía y las armonías y cómo todo esto puede influir en la personalidad de cada individuo. Mi rostro tiene forma de triángulo invertido, también llamado «de corazón». Mi barbilla no es nada prominente y es delicada, tengo los pómulos bastante altos, aunque mi frente no es demasiado ancha.

Margarita tiene la cara cuadrada, con rasgos muy marcados, ángulos pronunciados y maxilares prominentes que sabe suavizar con el estilo de su pelo rubio y las lentes. Es una mujer atractiva y se sabe sacar partido.

Cada vez que entro en su consulta, me sonríe, sentada con una pierna encima de la otra, siempre la derecha, y me señala el sillón orejero que hay frente a ella. Es la zona de charla, del tête à tête. Este reposa sobre una alfombra circu­lar que crea un efecto tridimensional un tanto sorprendente por las líneas negras y blancas, que parecen absorberte como si te cayeras en el agujero de Alicia en el País de las Maravillas. No es relajante, pero sí muy hipnótico.

También me parece hipnótico el modo en que su pie, embutido en un mocasín caro con suela tipo plataforma, palpita siguiendo el ritmo pausado del latido de su corazón.

En su consulta hay silencio, alguna vez interrumpido por el ruido procedente de la calle comercial a la que da su ventanal. Pero incluso eso me gusta, el hecho de que, aunque el tiempo se detenga ahí adentro, fuera todo siga fluyendo.

—Estoy bien, como siempre —contesto.

—¿Duermes bien?

¿Que si duermo bien? Desde el incidente, no hay una sola noche que duerma del tirón.

—Duermo algunas horas. Nunca seguidas, ya lo sabes. Pero lo suficiente como para estar activa durante el día.

—¿Te tomas la medicación que te recetaron?

—No. —No me gusta mentir. De hecho, soy malísima haciéndolo. Posiblemente, ese es uno de los motivos por el que el incidente me afectó tantísimo, porque no tuve forma de demostrar nada y, a ojos de los demás, parecía que me lo hubiese inventado todo.

Margarita asiente y apunta algo en su libretita negra. Esa es solo para mí. Y, como mínimo, tiene treinta y seis capítulos, que son el número de veces que la he visitado desde que empecé a venir. Todo un novelón.

Para mí es complicado explicar por qué estoy yendo a terapia desde hace tres años. Las razones se desdibujan en mi mente y no tengo nada sólido a lo que agarrarme, ni siquiera sé qué me dispara la ansiedad nocturna y no tengo nada ni nadie a quien culpar de ello. Pero lo hay. Que yo no lo vea, no quiere decir que no exista. Si de algo estoy convencida es de que a mí me pasó algo; algo muy malo.

—Tu mente necesita descansar bien, Ares. Por eso es bueno que hagas caso a los profesionales y te tomes lo que te recetan.

Asiento y me dejo distraer por el sonido del segundero del reloj de pared. Mi trabajo hace que sea muy observadora con todo tipo de detalles y me puedo abstraer con facilidad.

—Lo sé. No estoy diciendo que la medicación sea mala. El problema es que es mala para mí. Porque necesito estar muy despierta para trabajar y las pastillas me amuerman. Así que aprovecho el insomnio para avanzar en mi trabajo.

Me encojo de hombros, porque no le puedo dar otra respuesta más fiable que esa.

Sé que Margarita querría ver en mí una mejoría más pronunciada, pero también hemos llegado a un consenso no limitante en el que aceptamos que necesito mis tiempos y mi espacio y que a mí las pastillas no me funcionan, porque mi mente es creativa y si está drogada, no produce.

Y ella no va a presionar más de la cuenta.

—¿Y tus pesadillas? ¿Cómo van?

—Sigo teniéndolas. Y es siempre la misma secuencia cada noche. Me despierto con taquicardias y con el cuerpo envuelto en sudor… Después se me pasa y me vuelvo a dormir.

—¿Y hay algo más trascendente? ¿Algún detalle más que recuerdes?

—No. —Me aclaro la garganta—. Lo mismo de siempre: la tierra húmeda bajo mi cabeza y mi cuerpo, la ropa empapada, la soledad del bosque, la lluvia cayendo sobre mi piel y mis ojos, las copas de los árboles, el dolor de cabeza… —explico, ya sin emoción. Lo he hecho tantas veces que se ha convertido en un automatismo—. Y esas dos hojitas entre mis dedos, en forma de corazón, con motitas amarillentas…

Margarita achica la mirada y asiente meditando sobre ello.

—¿Olores?

—Más allá del de la lluvia y el musgo… —Sacudo la cabeza en una negativa—. Nada más que pueda evocar.

—¿Sensaciones, ruidos, ideas, por muy fugaces que sean?

—No. Sé que seguimos en el mismo punto que empezamos.

—Respecto a esto sí. Es que tenemos tan poco con lo que trabajar… —lamentó—. Yo estoy de tu parte, Ares, pero tenemos que incidir más en ello. Necesitamos más elementos a los que agarrarnos.

—Lo sé. Créeme que no dejo de decirle a mi cabeza que se esfuerce, pero es imposible recordar nada cuando te quedas inconsciente. No es que mi mente esté traumatizada y no sea capaz de revelarme lo que sucedió.

—Bueno

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