Cien noches, mil besos y una promesa

Maira Varea

Fragmento

cien_noches_mil_besos-2

Capítulo 1

Sierra de Cazorla, 1999

Hacía tiempo que a David todo le indicaba la proximidad de la muerte: el amarillo de los campos secos en dirección a la sierra; los mosquitos que se estrellaban contra el parabrisas del Seat León; el fin de siglo que se cernía sobre él como una certeza de que se agotaba el tiempo. El infarto que había quebrado su vida.

Y el pinchazo.

Si bien esto último podía calificarse de mero contratiempo, venía a añadirse a una lista de señales tan larga que, cuando detuvo el coche en el minúsculo arcén en plena curva, se le escapó un lamento descarnado.

Su abuela, que viajaba en el asiento del copiloto, se apresuró a calmarlo con una palmadita en el hombro. Bajó del vehículo con decisión, ágil a pesar de sus ochenta y tres años, y se plantó frente a la rueda desinflada con los brazos en jarras. David sonrió y, por enésima vez desde que habían salido de Valencia, fue consciente de que la tenacidad de su abuela era lo único que lo mantenía vivo.

—Solo es una rueda, tesoro. Un pinchacito. Estoy segura de que la cambiaremos en un periquete. Baja y ayúdame, anda. ¿Dónde están las herramientas?

—¿Que te ayude? ¿Yo? Abuela, no he cambiado una rueda en mi vida, no sé ni por dónde empezar.

—Eres un mozo fuerte e inteligente, chico, esto lo arreglamos tú y yo en un santiamén. ¡Vamos, muévete! No podemos quedarnos aquí todo el día: le dije a Paquita que llegaríamos a primera hora de la tarde.

David abandonó el vehículo con un suspiro. Después de la larga jornada conduciendo bajo el sol abrasador, estaba extenuado, tenía hambre y sed, y una constante opresión en el pecho lo mantenía en alerta. No sabía si se debía al nerviosismo del viaje, a la melancolía que lo emponzoñaba o al agotamiento, pero se asemejaba demasiado a la que había sentido justo antes de caer fulminado junto a la línea de meta de su última media maratón y haber permanecido muerto durante cinco minutos.

—Me da miedo, abuela. No debería hacer esfuerzos.

—¿No te dijo el médico que hicieras vida normal?

—Con precaución.

—Pero solo es una rueda. ¡Va! ¿Dónde está la de repuesto?

—Abuela, espera...

No le hizo caso. Abrió el maletero y sacó tres bultos con la energía de una jovencita. David se apresuró a ayudarla y, para cuando quiso darse cuenta, la incombustible Teresa Villanueva lo miraba con el gato y la llave en las manos y una pose entre amenazadora y desafiante.

—¿Lo haces tú o lo hago yo? Nadie se muere por cambiar una rueda, lo sabes, ¿verdad?

Él sí. Él podía morirse en cualquier momento. Se lo habían dejado claro el médico de urgencias, el cardiólogo, el anestesista e incluso el fisioterapeuta que se había negado a seguir tratándolo hasta que le dieran el alta. Había trabajado el modo de enfrentarse a esa posibilidad con la psicóloga durante varios meses. Se iba a morir pronto y lo sabía, punto, pero no le apetecía hacerlo en medio de una carretera secundaria, sucio de grasa y polvo y con la camiseta llena de chorretones de sudor.

Una chicharra empezó a cantar. No se percibía la presencia de ningún otro ser vivo en medio del monte. Podía pasar un buen rato antes de que se cruzaran con algún vehículo. Lamentó haber tirado al váter su recién estrenado Nokia 3210 tras recibir una llamada compasiva de Sara justo después de abandonarlo. Para llamar a la grúa tendrían que caminar varios kilómetros bajo el sol hasta dar con una cabina. Era probable que ni su abuela ni él pudieran resistirlo. Así que asumió que no tenía otro remedio que intentar cambiar la rueda.

Tomó el gato y se arrodilló contra el asfalto caliente. Estaba en muy baja forma y había perdido gran parte de la masa muscular durante la larga convalecencia, así que le pareció un milagro quitar el tapacubos sin que le explotara el pecho. Pero no logró desatornillar la llanta. Nada. Solo resolló y sudó como un cerdo al subir el gato, pero no pudo pasar de ahí. Se sentía incapaz de hacer cualquier movimiento que implicara contraer la musculatura del tórax. Era absurdo, porque su corazón estaba a resguardo bajo las costillas y los que no hacía mucho habían sido unos pectorales fuertes, y contaba con la ayuda del desfibrilador interno. Pero no podía. Imaginó aquel órgano inútil contraído sobre sí mismo como un puño furioso, y la imagen le aceleró el pulso.

Iba a ahogarse otra vez.

Se puso en pie y estampó la llave contra el suelo.

—¡No puedo! ¡Joder, no puedo! Vamos a tener que esperar a que pase alguien por esta carretera del demonio. —Su exabrupto no obtuvo respuesta alguna, y eso lo preocupó—. ¿Abuela? ¿Dónde estás?

No halló rastro de ella ni en el coche ni alrededor. Tampoco parecía haberse guarecido del calor en los pinos cercanos, ni respondió a su llamada. David se asustó. La buscó primero en la carretera, cegado por el sol y mareado por el vaho que ascendía del asfalto. Después, corrió hacia el terraplén que quedaba en el margen, con la vista nublada por la preocupación y el miedo. Y allí abajo, en dirección al valle y confundida con las sombras ocres del pinar, encontró a su abuela.

Estaba concentrada en el pantano que se expandía entre las cumbres y cuyo cauce se perdía en la distancia. Se acercó a ella a toda prisa.

—Abuela, ¿qué haces? Me has asustado. Es peligroso bajar hasta aquí, ¿y si te hubieras caído?

No se inmutó. Las lágrimas brillaban en sus mejillas. Solo la había visto llorar una vez, en el funeral de su abuelo, veinte años atrás. Esa mujer era roca, asidero, fuerza. El buen juicio y la serenidad. Por eso le sorprendió percibir una profunda tristeza que emanaba de ella, y que su cuerpo, siempre firme y un punto altivo, parecía haberse replegado en torno a un colgante que encerraba en la mano y que no había parado de toquetear durante el viaje. De pronto, lo asaltó la convicción de que regresar al pueblo sería lo último que ambos harían juntos.

—¿Por qué me has traído? —le preguntó con la voz estrangulada—. Y no me digas otra vez que quieres unas vacaciones en el pueblo donde naciste. Sé que hay algo más.

Ella le cogió una mano. La estrechó entre las suyas, la acarició despacio y se la colocó sobre el pecho. David notó el tacto metálico del colgante en la palma. Su abuela extendió el brazo libre en dirección al embalse, hacia el lugar exacto en el que un pedazo de tierra y casas emergían del agua como fantasmas acuáticos.

—¿Ves aquel islote? Eso que se ve son las ruinas del castillo de Bujaraiza. A poca distancia tiene que estar el viejo cementerio. Allí está enterrada la persona que más he querido en la vida.

—¿Qué dices? El abuelo está en Valencia. Te refieres a él, ¿no?

—Tú no lo entiendes. Necesito recordar, hacer justicia a su memoria. ¿Me ayudarás, David? He venido a ganarme su perdón.

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