Si tú me dices ven lo dejo todo... pero dime ven

Albert Espinosa

Fragmento

Si tú me dices ven lo dejo todo...pero dime ven
portadilla

Recuerdo como si fuera hoy cuando ella me dijo: «¿No deseas poder ser feliz en todos los aspectos de tu vida...? ¿No tener que aceptar nada que no te agrade...? ¿Sentir que la vida es controlada por ti en lugar de ir a rebufo de ella en el vagón 23...?».

No respondí...

Sólo resoplé, resonó un montón de aire saliendo de mi nariz y apareció mi diente roto tras una sonrisa de esperanza.

Y no dije nada, porque cuando llevas años aceptando que tu vida es lo que te pasa y no lo que originas... Pues, lamentablemente, te acabas acostumbrando.

Seguidamente ella añadió: «¿Conoces una vieja canción que dice “Si tú me dices ven lo dejo todo”?».

Volví a afirmar en silencio; no me salían las palabras, la emoción me tenía atrapado. Mi garganta era incapaz de crear sonido alguno.

Ella continuó: «Pues siempre he creído que a esa canción le falta algo... Debería ser: “Si tú me dices ven lo dejo todo... pero dime ven”».

Finalmente me miró y me soltó las tres preguntas que llevaba años deseoso de que alguien me hiciera: «¿Quieres o no quieres controlar tu vida? ¿Quieres o no quieres ser dueño de todos tus momentos? ¿Quieres?».

Y dije que sí, el sí más alto y más potente que ha salido de mis cuarenta años de vida.

Un sí que contrastaba con el no más rotundo que había escuchado muy pocas horas antes...

Y tenéis que entender ese «no» antes de que os hable de ese «sí». Si no todo carecerá de sentido y no comprenderéis absolutamente nada.

Por ello, es imprescindible que conozcáis lo que pasó en las horas previas a conocer a la mujer que cambiaría la forma de ver mi vida y mi mundo.

Vayamos a ese «no»...

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Unas cuantas horas antes discutía con mi pareja. Nada extraño ni grave en nosotros, últimamente siempre discutíamos.

Si alguien nos hubiese visto pensaría que estábamos al borde de la ruptura, pero tan sólo era nuestro día a día.

Eran las siete y media de la mañana. Pensé que pronto amanecería y que aún necesitábamos dos horas más de conversación y quizá hasta unos buenos veinte minutos de sexo posterior para hacer las paces. Todo aquel tiempo que faltaba me producía una sensación extraña de déjà-vu.

Las parejas y sus ritos. Las parejas y sus códigos.

Toda pareja tiene su código de discutir, de hacer el amor, de perdonarse y hasta de reprochar las cosas al otro.

Pero aquel día el código se rompió, no hubo dos horas más de conversación ni veinte minutos de sexo posterior... Lo supe cuando noté su mirada en mí... Era una mirada que desconocía, no iba acompañada de ninguna palabra.

Ella siempre que me miraba me hablaba, era una de sus muchas virtudes que me alucinaban. Quizá porque no la poseía... Quitar el sonido a su mirada me heló completamente.

Parecía que estaba a punto de decirme algo del estilo: «Esto no funciona...», «Estoy harta de discutir...» o «Por qué somos así si nos queremos tanto...». Pero tan sólo me miraba...

Y justo en ese instante, mientras seguía observándome de aquella manera tan extraña e intensa, pensé en una frase que había escuchado hacía meses en un espectáculo de danza.

La función era un homenaje a Freddy Mercury y a otros artistas que habían muerto jóvenes... O quizá iba sobre algo diferente, no lo recuerdo.

A mí no me gusta la danza, pero me encanta ver cuerpos en movimiento y músicas desconocidas puestas al ritmo de una coreografía. Salgo totalmente estimulado en el sentido emocional de la palabra.

Y a veces, como aquel día, escucho en esos espectáculos frases que son dardos directos al corazón.

Aquella noche, el danzarín principal declamó entre movimiento increíble y estiramiento imposible: «Nos dijisteis que hiciéramos el amor... y no la guerra. Os hicimos caso, ¿por qué entonces el amor nos hace la guerra?».

Sonreí al recordar aquella frase, ella seguía mirándome fijamente y de repente lo soltó.

—Debo dejarte, Dani.

Debo... Debo... Esa obligación me perforó.

A mi cabeza llegó el verbo traducido al inglés. Ese «must» que siempre me ha parecido una palabra elegante. Pocos vocablos tienen un significado tan claro, y sabes que al utilizarlos te estás posicionando en un sentido o en otro.

—¿Debes? —le pregunté.

—Debo...

Se produjo un nuevo silencio.

Decidí insistir.

Y qué mejor que con nuestra forma particular de decir «Te quiero». Toda pareja tiene una manera única. La nuestra tenía que ver con la primera película que vimos juntos. Yo la había visto hacía años en un momento especial de mi vida y por ello decidí compartirla con ella, por todo lo que me marcó a mí.

Era el magnífico film de Jean-Luc Godard, Al final de la escapada. Nunca Belmondo ha sido más Belmondo que en ese metraje.

Nuestra secuencia siempre fue una que transcurría en un coche; en ella se decían muchas frases, pero nosotros nos quedamos con tan sólo tres y siempre las decíamos seguidas, sin pausa, tal como las habíamos escuchado y nos habían impactado...

Ésa era nuestra forma de decirnos «Te quiero». Jamás había fallado sacar ese trío de frases en una discusión o en un momento tenso.

Yo decía la primera y la tercera frase; ella la segunda. Aunque a veces era al revés. Dependía de quién necesitaba volver a traer al otro a la cordura, al amor...

No las utilizábamos casi nunca.

La clave de que algo tan mágico funcionase era que tan sólo se podía invocar en situaciones desesperadas.

La miré fijamente, quería que supiese que era uno de esos momentos.

—No puedo vivir sin ti —dije poniendo en mi rostro todos los tics de Jean-Paul Belmondo que pude generar.

Ella me miró y no dijo nada. Volví a la carga:

—No puedo vivir sin ti.

Ella me observó por segunda vez.

Negó con los ojos, después con la cabeza y finalmente soltó el «no» más contundente que he escuchado en mi vida. Fue un «no» tan rotundo que supe que

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