La isla

Victoria Hislop

Fragmento

PRIMERA PARTE

1

Plaka, 2001

Al soltarse de su amarradero, la cuerda voló por el aire y el agua del mar mojó los desnudos brazos de la mujer. Estos se secaron enseguida y, cuando un sol de justicia la calentó desde el cielo sin nubes, se dio cuenta de que su piel brillaba con intrincados dibujos de cristales salados, como un tatuaje de diamantes. Alexis era la única pasajera de la pequeña y abollada barca y, cuando esta iba resoplando fuera del muelle en dirección a la solitaria y deshabitada isla que tenía delante, la joven se estremeció al pensar en todos los hombres y las mujeres que habían viajado allí antes que ella.

Spinalonga. Jugó con la palabra, haciéndola rodar en la lengua como un hueso de aceituna. La isla estaba justo enfrente y, cuando la barca se acercó a la gran fortificación veneciana situada frente al mar, sintió al mismo tiempo la fuerza de su pasado y una agobiante sensación de que este todavía tenía algo que ver con el presente. Aquel, especulaba ella, debería ser un lugar en el que la historia estuviera viva todavía, no llena de frías piedras, donde los habitantes fueran reales y no míticos. Qué diferente sería de los antiguos palacios y lugares que ella había visitado las últimas semanas, meses e incluso años.

Alexis podría haber pasado otro día trepando por las ruinas de Knossos, evocando en su mente a partir de aquellos recios fragmentos cómo habría sido la vida allí cuatro mil años antes. Sin embargo, últimamente había empezado a sentir que se trataba de un pasado demasiado remoto, tanto que iba más allá del alcance de su imaginación y, ciertamente, más allá de su interés. Aunque era licenciada en Arqueología y trabajaba en un museo, había sentido que su interés por aquella disciplina iba disminuyendo poco a poco. Su padre era un académico apasionado por ese tema y ella simplemente había crecido pensando, de un modo infantil, que seguiría sus polvorientos pasos. Para alguien como Marcus Fielding no había ninguna civilización antigua demasiado lejana en el pasado que no despertara su interés, pero para Alexis, de veinticinco años, el buey delante del cual había pasado por la carretera ese día tenía bastante más importancia en su vida que el que podría tener el Minotauro, centro del legendario laberinto de Creta.

En aquel momento, el rumbo que su carrera estaba tomando no era lo más importante de su vida. Más urgente era su dilema con Ed. Durante el tiempo en que habían estado disfrutando juntos del calor uniforme de los últimos rayos de sol en sus vacaciones en la isla griega, lentamente se había ido dibujando una línea de meta de lo que una vez fue una prometedora historia de amor. La suya era una relación que había florecido en el enrarecido microcosmos de una universidad, pero en el mundo exterior se había marchitado y, tres años después, era como un esqueje enfermizo que hubiera podido sobrevivir al ser trasplantado de un invernadero a un parterre.

Ed era guapo. Eso, más que una opinión, era una realidad. Pero era su buen aspecto lo que a veces la aburría más que ninguna otra cosa, y ella estaba segura de que eso se añadía a su aire de arrogancia y a su a veces envidiable autoconfianza.

Habían caminado juntos en una relación del tipo «opuestos que se atraen»: Alexis con su piel pálida y cabello y ojos oscuros y Ed con sus claros ojos azules, casi de aspecto ario. No obstante, a veces ella sentía que su naturaleza más salvaje quedaba apagada por la necesidad de disciplina y orden de

Ed, y sabía que eso no era lo que quería; incluso cualquier pequeña muestra de espontaneidad que ella anhelara a él le parecía un anatema.

Muchas de sus otras cualidades, la mayoría de ellas generalmente consideradas por la gente como ventajas, habían comenzado a volverla loca. Empezando por una confianza inquebrantable. Era el inevitable resultado de su seguridad, sólida como una piedra, de lo que debía ocurrir y había ocurrido desde el momento de su nacimiento. A Ed le prometieron un trabajo de por vida en un bufete de abogados y los años se sucedían para él según un patrón preestablecido con respecto a la evolución de su carrera y a las casas que ocuparía en lugares predecibles. Lo único de lo que Alexis estaba segura era de la incompatibilidad cada vez mayor que había entre ellos. A medida que transcurrían las vacaciones, pasaba cada vez más tiempo reflexionando sobre el futuro, y no veía a Ed en él. Ni siquiera eran compatibles en la vida doméstica. La pasta de dientes estaba mal apretada por la parte final. Pero la culpable era ella, no Ed. Su reacción ante la dejadez de su novia era un claro síntoma de su forma de vivir, y Alexis consideraba sus exigencias para que las cosas estuvieran en orden desagradablemente categóricas. Trató de valorar su necesidad de orden, pero le molestaba la crítica tácita del modo un poco caótico en que ella vivía, y a menudo recordaba que era en el oscuro y desordenado estudio de su padre donde se sentía en casa, y que la habitación de sus padres, elegida por su madre con pálidos muros y espacios ordenados, la hacía temblar.

Todo había ido siempre bien en la vida de Ed. Era un niño mimado por la vida: el que sacaba las mejores notas de la clase sin esfuerzo y el ganador indiscutible de los juegos año tras año. El perfecto delegado de la escuela. Sería muy doloroso ver que todo eso se desvanecía. Había sido educado para creer que el mundo estaba a sus pies, pero Alexis empezaba a ver que no estaba incluida en él. ¿Podría realmente renunciar a su independencia para ir a vivir con él, aunque era obvio que, al menos aparentemente, debía hacerlo? Un piso alquilado un poco cutre en Crouch End frente a un elegante apartamento en Kensington. ¿Estaba loca si rechazaba este último? A pesar de las expectativas de Ed de que se trasladase a vivir con él en otoño, había algunas cuestiones que tenía que preguntarse a sí misma: ¿qué sentido tenía vivir con él si su intención no era casarse? Y, en cualquier caso, ¿era el hombre que quería como padre de sus hijos? Esas inseguridades habían rondado por su mente durante semanas, incluso meses, y antes o después tendría que ser lo suficientemente valiente para hacer algo al respecto. Ed, sobre todo, se ocupó de hablar, organizar y preparar las vacaciones; parecía no darse cuenta de que sus silencios se hacían cada vez más largos.

Qué diferente era ese viaje de las vacaciones que Alexis había realizado por las islas griegas en sus días de estudiante, cuando ella y sus amigos eran espíritus libres y solo sus caprichos marcaban la rutina de los largos y soleados días; las decisiones sobre a qué bar irían, en qué playa se tostarían y cuánto tiempo se quedarían en cada isla se habían tomado lanzando al aire una moneda de veinte dracmas. Era difícil creer que hubieran viajado de forma tan despreocupada. Ese viaje estaba demasiado cargado de conflictos, discusiones y autointerrogatorios; era una lucha que había empezado mucho antes de que se encontrara en suelo cretense.

«¿Cómo puedo tener veinticinco años y estar tan terriblemente confusa con respecto al futuro? —

se preguntó a sí misma cuando preparaba su bolsa de viaje—. Aquí estoy, en un piso que no es mío, a punto de tomarme unas vacaciones de un trabajo que no me gusta, con un hombre que apenas me importa. ¿Qué es lo que no funciona?»

A su edad, su madre, Sofia, ya llevaba varios años casada y tenía dos hijos. ¿Cuáles habían sido las circunstancias que la hicieron ser tan madura a tan temprana edad? ¿Cómo podía haber sido tan equilibrada y Alexis aún se sentía como una niña? Si pudiera llegar a saber más acerca de cómo su madre había enfocado la vida, quizá eso la ayudaría

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