Poséeme (Serie Stark 2)

J. Kenner

Fragmento

1

Ya está? —pregunto—. Hace ya por lo menos cinco minutos que se ha ido el sol.

A unos metros, Blaine se inclina a un lado, emergiendo parcialmente de detrás del lienzo. No me muevo, pero mi visión periférica me permite ver sus hombros, su cabeza calva y su perilla de un rojo vivo.

—En mi mente, la luz todavía te rodea. Quédate quieta y no hables.

—Vale —digo justo antes de oír su gruñido de enfado por mi evidente falta de respeto a sus normas.

Si no fuera por el hecho de que estoy totalmente desnuda delante de una puerta, nuestra conversación parecería completamente normal. Ahora ya estoy acostumbrada. Acostumbrada a que la fría brisa marina me endurezca los pezones. A la forma en que el sol remueve algo tan profundo y apasionado en mí que deseo cerrar los ojos y abandonarme a la rica complejidad de luz y de color.

Ya me da igual que Blaine me mire con ojos críticos. Tampoco me estremezco cuando se me acerca tanto que casi roza mis pechos y mi cadera para ajustar mi postura al ángulo adecuado. Incluso cuando me susurra: «Perfecta. Mierda, Nikki, eres perfecta», ya no se me hace un nudo en el estómago. He dejado de imaginarme apretando los puños en señal de protesta, clavándome las uñas en la suave piel de mis palmas. No soy perfecta para nada, pero ya no me vuelvo loca al oír esas palabras.

Ni en el más disparatado de mis sueños habría imaginado que pudiera sentirme tan cómoda a pesar de estar tan sumamente expuesta. Es cierto que he pasado la mayor parte de mi vida desfilando sobre las pasarelas, pero siempre lo he hecho vestida, e incluso durante los concursos en bañador iba modestamente tapada. Puedo imaginar lo mucho que se lamentaría mi madre si me viera así, con la barbilla en alto, la espalda arqueada, una cuerda de seda roja rodeando mis muñecas a la espalda para luego seguir entre mis piernas y enrollarse en torno a uno de mis muslos.

Llevo días sin ver el lienzo de Blaine, pero conozco su estilo y puedo hacerme una idea de cómo quedaré representada en pigmentos y pinceladas. Efímera. Sensual. Sumisa.

Una diosa atada.

No hay duda; mi madre se cogería un buen cabreo, pero a mí me gusta. Joder, quizá es por eso por lo que me gusta tanto. He dejado de ser la princesa Nikki y me he convertido en Nikki la rebelde, y eso me hace sentir increíblemente bien.

Oigo pasos en las escaleras y tengo que resistirme para mantener la pose y no volverme para mirarlo. «Damien.»

Damien Stark es la única cosa que no doy por sentada.

—La oferta sigue en pie.

La voz de Damien se oye mientras sube las escaleras de mármol del tercer piso.

No ha alzado la voz, pero su tono transmite tanta fuerza y seguridad que llena la habitación.

—Diles que les echen un buen vistazo al estado de sus cuentas. No van a obtener beneficios y, para finales de año, la compañía habrá desaparecido. Están en caída libre, y cuando se estrellen y quiebren, sus empleados estarán en la calle, la empresa habrá muerto, y las patentes quedarán sometidas a litigio durante años porque los acreedores pelearán por los activos. Si aceptan el acuerdo, yo les devolveré la vida. Lo sabes. Tú lo sabes y ellos también.

Los pasos se detienen y me doy cuenta de que ya ha llegado al final de las escaleras. La habitación es diáfana, diseñada para el ocio, y todo aquel que entra es recibido por una amplia panorámica del océano Pacífico.

Ahora Damien me ve.

—Charles, hazlo —dice con voz tensa—. Tengo que irme.

He llegado a conocer realmente bien a este hombre. Su cuerpo. Su forma de caminar. Su voz. No necesito verlo para saber que esa tensión no responde a la emoción de un nuevo negocio, sino a mi presencia, y ese simple hecho es tan embriagador como el champán para un estómago vacío. «Todo un imperio requiere su atención, pero, en este momento, yo soy todo su mundo.» Me siento halagada. Estoy aturdida. Y sí, también excitada.

No puedo evitar sonreír, lo que provoca las quejas de Blaine.

—Mierda, Nik. Borra esa sonrisa.

—Pero si mi cara ni siquiera se ve en el cuadro.

—Claro que se ve —dice Blaine—. Así que para.

Me está provocando.

—Sí, señor —respondo, y casi me echo a reír cuando Damien empieza a toser para ocultar su propia risa.

Ese «señor» es nuestro secreto, el juego que nos gusta y que terminará oficialmente esta noche, cuando Blaine dé los últimos retoques al cuadro que Damien le ha encargado. La idea es deprimente.

Aunque la verdad es que me alegro de no tener que seguir posando quieta. Incluso la emoción de ese imaginario corte de mangas al sentido dominante de la propiedad de mi madre palidece en comparación con el calambre en las piernas con el que acabo cada sesión. Pero echaré de menos todo lo demás, sobre todo el efecto que tiene la mirada de Damien sobre mí. Sus reconocimientos lentos e intensos hacen que me sienta húmeda y me obligan a concentrarme tanto para no moverme que resulta doloroso.

Y sí, echaré de menos nuestro juego. Pero quiero que haya algo más entre Damien y yo, y no puedo evitar sentirme entusiasmada ante lo que me espera mañana, cuando solo seamos Damien y Nikki, nada más. Y en cuanto a los secretos que aún hay entre nosotros… Bueno, con el tiempo, también desaparecerán.

Cualquiera diría ahora que, cuando Damien me lo propuso, me quedé estupefacta: un millón de dólares por mi cuerpo; por mi imagen permanentemente expuesta en un lienzo de proporciones épicas; y por el resto de mí a su libre disposición, cuando quisiera y como quisiera.

Mi conmoción ha dado paso a un evidente pragmatismo, una mezcla de pasión e indignación a partes iguales. Deseaba a Damien tanto como él a mí, pero, al mismo tiempo, quería castigarlo porque estaba segura de que él solo veía a la reina de la belleza y que, cuando llegara a atisbar a la mujer herida que había bajo la capa resplandeciente, vacilaría tanto por la afrenta de sus expectativas como por la pérdida económica.

Nunca me había alegrado tanto de estar equivocada.

Nuestro acuerdo había sido por una semana, pero finalmente se convirtieron en dos, el tiempo que Blaine se recreaba en su lienzo, dándose golpecitos en la barbilla con la punta del pincel, entrecerrando los ojos, frunciendo el ceño mientras susurraba entre dientes que había que esperar un poco más, hasta que todo quedara «perfecto». Esa palabra otra vez.

Damien no se había opuesto demasiado; al fin y al cabo, era él quien había contratado a Blaine por su creciente reputación como artista local. Su gran habilidad para realizar desnudos cargados de erotismo era innegable. Si Blaine quería más tiempo, Damien se lo daría con mucho gusto.

No me quejé por razones mucho menos prácticas. Simplemente quería que esos días y noches con Damien se prolongaran aún más. Como mi imagen en el lienzo, estaba cobrando vida.

Solo hacía unas semanas que me había mudado a Los Ángeles, decidida a conquistar el mundo de los negocios a los veinticuatro años. La idea de que alguien como Damien Stark pudiera estar interesado en mí, y

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