Si Santa Claus nos viera

Hollie Deschanel

Fragmento

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Prólogo

Chicago

Diciembre de 1995

El crujido de la botella rompiéndose en mil pedazos hizo que Magnus se cubriera las orejas con ambas manos y se encogiese más sobre sí mismo. Le siguió un grito gutural, de enfado, que resonó por toda la casa: un diminuto piso a las afueras de Chicago en el que una familia intentaba disfrutar del día de Navidad. O, al menos, esa había sido la idea principal.

Tal y como estaban las cosas en ese instante, donde se respiraba la violencia por encima de la comida que aún quedaba sobre la mesa, la celebración no era más que una excusa barata para que el hombre de la casa —aunque de hombre tenía poco— desatara su ira contra sus seres queridos.

—¡Te dije que dejaras de ver a ese cabrón! —gritaba, con el rostro contraído por el enfado y los labios manchados de saliva. Parecía un perro rabioso—. ¿Qué clase de esposa va en busca de otro hombre? ¡Maldita puta!

La mujer, que negaba constantemente con la cabeza, se alejó de él un par de pasos antes de enfrentarse a la vergüenza de sus palabras. Porque sí, ella había ido a buscar a otro hombre, mas no por necesitar un poco de cariño, sino porque era el único que de verdad la escuchaba en su día a día.

—Solo es un amigo —se defendió ella. Temblaba como una hoja mecida por el viento—. Por favor, cálmate... Es Navidad, debe venir Santa Claus y Magnus...

—¡Que os jodan! ¡No he gastado dinero en estas mierdas para que tú te abras de piernas con cualquiera! —seguía chillando él. Agarró uno de los calcetines que colgaban de la repisa más cercana y también lo tiró al suelo. Los caramelos de su interior se desparramaron por todos lados—. ¿Te lo ha pagado él? Seguro que sí, que le has hecho un buen trabajo. Puta de mierda.

Magnus observaba los caramelos y los dulces. Uno se encontraba demasiado cerca de sus pies. Apenas era un niño y no entendía el enfado de su padre, aunque él rara vez se mostraba feliz. Solía llegar a casa con mala cara, cansado, y gruñía más que hablaba. A lo mejor Santa Claus le había hecho algo y por eso se mostraba tan angustiado. ¿No le habría traído los regalos? ¿Se habría olvidado de su carta?

De ser así, entendía por qué su padre se enfadaba. Al pequeño no le gustaba la idea de levantarse al día siguiente y que Santa Claus se olvidara de él. Quería sus regalos y sus dulces y sus galletas y sus calcetines cosidos a mano. Ser como el resto de los niños del barrio, quienes salían a enseñar sus juguetes con la cara manchada de chocolate y una sonrisa de oreja a oreja.

Magnus nunca vivió algo así, porque siempre pasaba algo y Santa Claus no iba a casa, pero este año debía ser diferente. Su madre se lo había prometido.

—Por favor, por favor —suplicaba la mujer, casi de rodillas—, no hagas esto. Era un año especial.

—¿Te lo has tirado? ¡Responde!

—No, no. No lo he hecho. Por favor, deja que Magnus disfrute de la Navidad. Podemos hablar de esto mañana. Por favor, por favor.

—Que os jodan, a los dos. Al crío, por ser un imbécil; y a ti, por ser una guarra —escupió el hombre. Cogió su cajetilla de tabaco y el encendedor, y se encendió un cigarrillo—. Te dije expresamente que no vieras a ese malnacido, y tú, como siempre, te olvidas de cuál es tu lugar. ¿Y sabes una cosa? Me he hartado de vosotros. Que os jodan —repitió.

Magnus siguió con la mirada a su padre. Él se movía por el salón con el cigarro apresado entre los labios y una rabia ígnea en los ojos. Echó un vistazo a su alrededor y, sin pensarlo dos veces, acercó el mechero al pequeño árbol de Navidad de plástico que descansaba sobre la encimera y dejó que ardiese por completo.

Los chillidos de la mujer resonaron por todo el lugar. Los dos forcejearon: ella, para apagar el fuego; y él, para impedírselo. Por supuesto, entre los gritos, insultos y empujones las llamas fueron expandiéndose por el papel que cubría las paredes, los cuadros y todo lo demás. Pronto se hizo imposible respirar allí dentro. Todo olía a humo.

Magnus, asustado, se tapó la boca y la nariz con una mano, con la intención de no toser más. No entendía nada. Su madre corrió hacia él y lo sacó a trompicones de allí. El fuego lo consumía todo a su paso, desde la cocina hasta el salón, el balcón, las plantas, todo. Llamas naranjas y amarillas que amenazaban con consumirlos también a ellos.

Mientras su madre corría con él en brazos, Magnus solo era capaz de ver los regalos: dos pequeñas cajas forradas con papel brillante rojo que ya nunca abriría. Nunca sería capaz de ver qué le había traído Santa Claus ese año, ni se lo podría enseñar a sus amigos del barrio, ni se le ensuciarían las manos y la boca de chocolate. Y todo porque el fuego destruía lo que más anhelaba.

Con los ojos anegados de lágrimas, se quedó a ver cómo sus sueños morían bajo el peso de las llamas mientras los vecinos salían de sus casas, alertados por los gritos. Pero él solo pensaba en lo que significaba aquello.

Santa Claus no le traería nada más a él.

Santa Claus se pondría triste por lo ocurrido.

Santa Claus lo odiaría por siempre.

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Capítulo 1

Låssung, Noruega

En la actualidad

—Rona, ¿tienes más pastelillos de los que me llevé el otro día? Chica, mi marido se los comió casi de una sentada y ahora me anda pidiendo más.

La aludida levantó la cabeza y, con los brazos cubiertos de harina hasta el codo, sonrió y asintió.

—¡Claro! Creo que me queda una docena. ¿Cuántos quieres llevarte?

—Todos —repuso la clienta, riéndose—. Me gustaría probarlos en esta ocasión.

Rona dejó de amasar un momento y se dirigió al lavabo que tenía a su espalda. Se limpió a conciencia, retirando cualquier rastro de harina y huevo de sus dedos, y se secó con un trapo antes de volver al mostrador.

Amaba tanto lo que hacía, y tenía tan pocos secretos acerca de sus dulces, que el día que abrió aquella pastelería decidió que todo el mundo pudiera ver cómo amasaba, decoraba o cocinaba mientras los clientes iban y venían. Y a los demás les gustaba, pues rara vez le ponían mala cara cuando entraban a comprar algo y la veían con el rostro manchado de crema de limón o las manos hundidas en un bol lleno de mezcla para bizcochos.

—Suelo hacerlos un par de veces por semana. Son la especialidad de los jueves y los domingos —le informó Rona a la mujer en tanto metía cada uno de los pastelillos en una caja rectangular—. La próxima vez, si te apetecen, dímelo por mensaje y te preparo un cargamento —repuso, guiñándole un ojo.

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