Tres citas con Carter (Campaña edición limitada)

Beth O'Leary

Fragmento

Siobhan

Siobhan

Él no ha aparecido.

Siobhan exhala lentamente por la nariz. Su objetivo es tranquilizarse, pero su cara recuerda más a un toro enfadado que a un monje budista.

Para eso ha cancelado el desayuno con su amiga. Se ha rizado el pelo, se ha pintado los labios y se ha afeitado las piernas (no solo hasta la rodilla, sino hasta arriba, por si a él le apetecía acariciarle el muslo por debajo de la mesa).

Y el muy cabrón no se ha presentado.

—No estoy enfadada —le dice a Fiona. Están haciendo una videollamada. Siempre se comunican por videollamada. Siobhan cree firmemente en el poder del contacto visual. Además, necesita que alguien vea lo impresionante que está, aunque solo sea su compañera de piso—. Me rindo. Es un hombre, era de esperar que me decepcionara. ¿En qué estaría pensando?

—Llevas maquillaje sexy —comenta Fiona, entrecerrando los ojos en la pantalla—. No son ni las nueve de la mañana, Shiv.

Siobhan se encoge de hombros. Está sentada delante de un café con leche de avena doble a medio beber en una de esas cafeterías que alardean de su extravagancia, una cualidad que ella siempre encuentra profundamente irritante en cualquier cosa o persona. Si hubiera sabido que la iban a dejar plantada el día de San Valentín, habría pedido leche de verdad. Siobhan solo es vegana cuando está de buen humor.

—Es que lo nuestro es el sexo —replica ella.

—¿Aunque hayáis quedado para desayunar?

En realidad, nunca antes habían quedado para desayunar. Pero, cuando ella le había dicho que estaba de visita relámpago en Londres, él le había respondido: «¿Por casualidad no te apetecerá desayunar conmigo mañana por la mañana?». Que quisiera quedar con ella para desayunar era muy significativo, sobre todo tratándose del día de San Valentín. Por lo general, suelen quedar en la habitación de hotel de ella, normalmente después de las once de la noche; se ven el primer viernes de cada mes y, a veces, algún que otro día suelto, si coincide que ella está en Londres.

No está mal. Ya es bastante. A Siobhan le basta con eso. Él vive en Inglaterra y ella en Irlanda; ambos están muy ocupados. Su acuerdo funciona a las mil maravillas.

—¿Seguro que no quieres darle otros cinco minutos? —le pregunta Fiona, tapándose delicadamente la boca con la mano mientras mastica unos cereales. Está sentada a la mesa de la cocina, con el pelo todavía recogido en la trenza que se hace para dormir—. A lo mejor solo llega tarde.

De repente, Siobhan echa de menos su casa, aunque solo lleve un día fuera. Extraña el familiar olor a limón de la cocina y la tranquilidad de su vestidor. Extraña la versión de sí misma que aún no había cometido el error de esperar que su rollo favorito en realidad quisiera algo más.

Bebe un sorbo de su café con la mayor indiferencia posible.

—Venga ya. No va a venir —dice, encogiéndose de hombros—. Ya me he hecho a la idea.

—A lo mejor lo estás poniendo verde y resulta que…

—Fi, dijo a las ocho y media. Son las nueve menos diez. Me ha dejado plantada. Es mejor que… —Siobhan traga saliva— … lo acepte y lo supere.

—Muy bien —responde Fiona con un suspiro—. Vale. Tómate el café, recuerda que eres increíble y prepárate para arrasar. —Su acento estadounidense vuelve a hacer acto de presencia cuando dice «arrasar», aunque ya casi siempre suena tan dublinesa como Siobhan. Cuando se conocieron en la Escuela de Interpretación Gaiety, a los dieciocho años, Fiona derrochaba acento neoyorquino y seguridad, pero diez años de audiciones frustradas la han apagado. Tiene mala suerte y siempre acaba como suplente. Siobhan está convencida de que ese será el año de Fiona, como todos los años de la última década.

—¿Cuándo no he estado yo preparada para arrasar? Por favor.

Siobhan se echa el pelo hacia atrás justo cuando un hombre pasa a su espalda y tropieza con su silla. El café de él se desequilibra y una pequeña salpicadura aterriza sobre el hombro de ella, fundiéndose con el rojo pasión del vestido y formando una pequeña mancha: dos gotitas en forma de punto y coma.

Tiene toda la pinta de encuentro de película. Durante una fracción de segundo, mientras se gira, Siobhan se lo plantea; es bastante atractivo y alto, el tipo de hombre que seguramente tendrá un perro grande y una risa contundente. Entonces él dice:

—¡Madre mía, vas a sacarle un ojo a alguien con esa mata de pelo!

Y Siobhan decide que no, que está demasiado enfadada como para aguantar a hombres altos e imponentes que no se disculpan de inmediato por tirar café sobre vestidos de alta costura. Un ardor colérico y justiciero brota en su pecho y ella lo agradece, casi hasta se siente aliviada: eso es justo lo que necesita.

Extiende la mano y le toca suavemente el brazo al hombre. Él se detiene, arqueando un poco las cejas; ella hace una pausa deliberada antes de hablar.

—Imagino que habrás querido decir que lo sientes mucho —dice Siobhan, con una voz dulce como la miel.

—Cuidado, amiga —dice Fiona desde el teléfono, que ahora está apoyado en el inestable tiesto de terracota que hay en el centro de la mesa.

El que debe tener cuidado es él. Y Siobhan sabía que no lo tendría.

—¿Qué es exactamente lo que tengo que sentir mucho, Rapunzel? —le pregunta él.

Luego mira hacia donde está mirando ella, a la mancha de café que tiene en el hombro, y se ríe cálidamente, con indulgencia. Después entorna los ojos, fingiendo que allí no hay nada que ver; está intentando ser simpático, y, si Siobhan estuviera de buen humor, de humor de leche vegana, incluso puede que le siguiera la corriente. Pero, por desgracia para el hombre del café, a Siobhan la acaban de dejar plantada el día de San Valentín.

—Este vestido cuesta casi dos mil euros —le espeta ella—. ¿Prefieres hacerme una transferencia o pagármelo a plazos?

Él echa la cabeza hacia atrás y suelta una carcajada. Unas cuantas parejas se quedan mirándolo.

—Muy graciosa —dice.

—No estoy bromeando.

Su sonrisa desaparece y entonces la cosa se pone seria. Él levanta la voz primero; ella le enseña el vestido en NET-A-PORTER; y él contraataca llamándola «señoritinga impertinente», lo cual es estupendo, porque eso le proporciona a ella cinco minutos más de munición. Fiona se ríe en la pantalla del móvil de Siobhan y, durante unos cuantos segundos, esta casi olvida que acaba de quedarse compuesta y sin novio en una cafetería estrambótica y aburrida.

—Qué despiadada eres, Shiv —le dice Fiona con cariño mientras Siobhan vuelve a sentarse en la silla. El hombre se ha largado echando chispas después de haberle dejado un billete de diez libras sobre la mesa «para la tintorería». Todo el mundo la está mirando. Siobhan se echa por encima del hombro la brillante y controvertida melena rubia y se gira hacia la ventana. Barbilla alt

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