Toda la verdad de mis mentiras (edición Black Friday)

Elísabet Benavent

Fragmento

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1

Soy una mentirosa

El primer problema de mi lista de «cosas que me persiguen y no me dejan dormir» es que soy una puta mentirosa. Esto es empezar fuerte, ya lo sé, pero de alguna manera hay que hacerlo. Sin paños calientes, querida Coco, eres una embustera.

Coco, en este caso, soy yo. Tengo uno de esos nombres comunes en mi generación que obligó en el colegio a todas sus portadoras a diferenciarnos por el apellido. Como el mío también era muy común, me quedé con el apodo con el que me llamaban mis hermanos. Y… a mis veintiocho años, cuando me presentan a alguien nuevo, lo siguen haciendo como «Coco».

Sobre lo de mis mentiras, juro que no es una cuestión patológica y que las trolas que han salido de mi boca en los últimos dos años no han tenido otra intención que la de sobrevivir en la jungla que supone tener veintiocho años, estar enamorada y ser rematadamente idiota. Y escoger mal. Eso también se me da muy bien. Pero vayamos por partes.

Toda historia puede contarse de tres modos: el rápido, el medio y el largo. Como en la vida misma, el formato que escojas dice mucho de todo aquello que prefieres callar. Y no hay mentira más grande que aquella que te ocultas a ti mismo.

Podría coger el camino sencillo y contarlo sin florituras: estoy enamorada hasta las trancas de mi mejor amigo, con el que comparto piso y que es el ex de otra de mis mejores amigas. Mi apellido podría ser «Complicaciones» en lugar de Martínez porque, total, me define más. Para ilustrar un poco la versión corta de la historia, podría confesar que a veces le digo a mi amiga Aroa cosas como: «Ay, Aroa, con lo raro que es…, ¿en serio que volverías con él?». Y mejor no cuento la cantidad de veces que me invento delante de ella lo exasperante que es vivir con él. Solo son pequeños pecadillos, ¿verdad que sí?

El amor nos vuelve crueles y yo vivo en una constante lucha con Coco, el monstruo de las galletas de amor no correspondido.

Si escogiera el modo intermedio para explicar lo que me ha traído hasta aquí, debería añadir que la vida es complicada y que cada decisión suele venir respaldada por nuestra propia verdad, que no tiene por qué ser la de los demás, aunque eso me suena a justificación hasta a mí. A ver…, me enamoré de Marín sin querer y aunque eso debería liberarme de la culpa…, olvídate. Me enamoré del novio de mi amiga (cuando aún eran novios), estropeé mi tranquila convivencia con un tío diez y me he convertido en una especie de cajita de Pandora versión mentirosa compulsiva. Pero… ¿qué espera el cosmos que haga? Solo miento en un intento de no precipitar el Apocalipsis dentro de un grupo de amigos que no sé si soportaría lo que vendría después de mi confesión.

Sin embargo, aunque esta versión está más cerca de lo puñetera que es la vida, el camino más sincero, completo y real para contar esta historia empezaría con un sencillo: conocí a Marín en un bar.

Enamorarse de él no fue el inicio sino solo la consecuencia de aquel encuentro porque, no es por quitarme mérito en esta cagada majestuosa, es que Marín es uno de ESOS chicos, hombres o como quiera Dios que se tenga que llamar a un tío de treinta años. Es uno de ESOS, un rara avis, de los que no te puedes creer que sean de verdad. ¿Crees que estoy exagerando? Bien, juzga por ti misma: Marín es tenaz. Es sincero. Es educado rozando lo british. Es caótico pero brillante. Es un melómano que tiene la canción adecuada para cada momento. Tiene ese estilo inimitable de las personas que han nacido con el don de la elegancia. Cuando sonríe, se hace de noche en algún punto del mundo. Es divertido, buen hermano, buen compañero de piso. Triple tirabuzón: es guapo…, tan guapo que sus amigos suelen bromear diciendo que si le pones un poco de maquillaje, es guapa.

Es buen amante (a juzgar por los «Dios, Marín, no pares, ahí, justo ahí, sigue haciendo eso…, ¡la puta! ¡¡Qué gusto!!» que salían de su dormitorio cuando Aroa aún era su novia), buen amigo, buen conversador. Un reto de la naturaleza por superarse a sí misma. Un chico que podría haberse lamentado toda la vida por la mala suerte de haber tenido una madre con alcoholismo que nunca se ocupó de él ni de su hermana (a la que crio su tía… Él no tuvo tanta suerte) y por pertenecer a una familia con recursos económicos muy limitados. Pero no. Porque es Marín, claro, y él se puso sus vaqueritos rotos, su camiseta blanca y le demostró a todo el mundo que a lo mejor no siempre que uno quiere puede, pero la actitud y el trabajo duro ayudan y mucho.

Así que, bueno, lo conocí en un bar y una semana después estaba llevando todas mis pertenencias a su casa, porque a mí se me acababa el contrato en mi cuchitril, estaba harta de vivir sola, él tenía alquilado un piso precioso en mi calle preferida de Malasaña (lo suficientemente céntrica pero tranquila) y a un estudiante de Erasmus belga vaciando su habitación. Desde el día que me invitó a una cerveza en su cocina, sentí que aquella era mi casa. Mi refugio en el mundo. El motivo por el que mi madre se pasó un año temiendo que Marín fuera el atractivo líder de una secta (que se inventó que se llamaría «los Marinianos») y que yo terminara creyendo que él era el nuevo Mesías. Mi madre es un personaje aparte…

Sus amigos se convirtieron en mis amigos. Mis amigos, en los suyos. Pasaron los años. El piso se llenó de cactus, plantas que sobrevivían mágicamente a nuestras pésimas atenciones, láminas con ilustraciones enmarcadas y una pared del pasillo bautizada como «the wall of fame» donde colgábamos las caricaturas que todos nuestros amigos, conocidos y personas random que pasaban por casa dibujaban de los dos. Fuimos creciendo. Eso fue lo más bonito de todo. Crecer como persona junto a él y también como profesionales bajo el apoyo, abrazo y confianza incondicional del otro. Cuando llegué a su piso, yo no ganaba un mal sueldo, pero estaba un pelín asqueada de la casa de subastas donde trabajaba y echaba más horas que el sol; él estaba terminando sus estudios y trabajaba de camarero…, así que nuestra nevera solía mostrar un paisaje desolador compuesto por unas cervezas baratujas para mí, medio limón y como mucho cuatro yogures por los que nos pegábamos al volver de «dar una vuelta»…, o lo que es lo mismo, cuando olvidábamos que éramos mileuristas y regresábamos de gastarnos los cuartos en alcohol (yo) y en trozos de pizza (él). Ahora que lo pienso, echo de menos cuando Marín comía pizza recalentada a las cinco de la mañana. Pero ahora que él ha conseguido su trabajo soñado (bueno…, ha conseguido meter la cabeza en una gran discográfica como responsable de «producto» de un par de grupos y artistas emergentes) y yo puedo permitirme el lujo de vender cuadros por cantidades de muchos ceros, el piso, además de seguir precioso, cuenta con una nevera llena de botellines de Alhambra especial, mascarillas para la piel fatigada (duermo poco) y comida de la que hace feliz. Porque desde hace un par de años Marín trata a su cuerpo como un templo: además de no fumar y no beber, no come mierda procesada y…, adivina, por su último cumpleaños me pidió una panificadora. No es que sea

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