La Villa

Danielle Steel

Fragmento

1

El sol destellaba sobre el elegante tejado abuhardillado de la casa de campo cuando Abe Braunstein tomó el último recodo de aquel sendero que parecía interminable. De haber sido otra persona, la visión de la imponente mansión francesa le hubiera dejado sin respiración. Era un edificio espectacular, y había estado allí docenas de veces. La Villa era una de las últimas casas legendarias de Hollywood, una reminiscencia de los palacios construidos por los Vanderbilt y los Astor en Rhode Island a principios del siglo pasado, al estilo de un château francés del siglo XVIII, opulenta, hermosa, elegante, exquisita hasta el último detalle. Se había construido en 1918 para Vera Harper, una de las grandes estrellas del cine mudo. Ella fue una de las pocas estrellas de la primera época del cine que conservó su fortuna, hizo más de un buen casamiento y vivió en la casa hasta que murió ya muy mayor en 1959. Un año más tarde Cooper Winslow compró la casa a su administrador. Vera no había tenido hijos ni herederos, y dejó todo lo que tenía, incluyendo la casa, a la Iglesia católica. Cooper Winslow pagó una bonita suma por ella, porque en aquel entonces estaba en su mejor momento como actor. La operación suscitó un cierto revuelo. Era una casa demasiado extraordinaria para un joven de veintiocho años, por muy estrella que fuera. Pero Coop no tuvo ningún reparo en vivir en aquella casa palaciega, que estaba seguro de que era digna de él.

La casa estaba rodeada por cinco hectáreas y media de parques y jardines impecablemente cuidados en pleno centro de

Bel Air; tenía pista de tenis, una enorme piscina con un mosaico azul y dorado y diferentes fuentes repartidas por los jardines. Al parecer el diseño de los jardines se había copiado de Versalles. Era un lugar especial. Por dentro, la casa tenía techos altos y abovedados, muchos de ellos pintados por artistas a quienes se hizo venir especialmente de Francia. El comedor y la biblioteca estaban revestidos de paneles de madera, y las boiseries y los suelos de la sala de estar procedían de un château francés. Fue un bonito hogar para Vera Harper y había sido una casa espectacular para Cooper Winslow. Y si por algo estaba agradecido Abe Braunstein era por que Cooper Winslow la hubiera comprado cuando lo hizo en 1960, aunque había hecho dos hipotecas más sobre la casa desde entonces. Pero ni siquiera eso la desmerecía. Era con diferencia la propiedad más importante de Bel Air. Hubiera sido difícil ponerle un precio. Sin duda no había casas que pudieran compararse a aquella, ni en la zona ni en ningún otro sitio salvo, tal vez, en Newport, aunque el hecho de que estuviera en Bel Air encarecía mucho su valor, a pesar de que estaba algo descuidada.

Cuando Abe bajó del coche, había dos jardineros arrancando malas hierbas alrededor de la fuente principal, y otros dos arreglando un macizo de flores cercano. Había que reducir el número de jardineros al menos a la mitad. Cuando miraba a su alrededor, lo único que veía eran números, y billetes de dólares que salían volando por las ventanas. Sabía casi hasta el último penique que a Winslow le costaba mantener aquello. Una cantidad obscena desde cualquier punto de vista, y desde luego también en opinión de Abe. Él llevaba la contabilidad de al menos la mitad de las estrellas más importantes de Hollywood y hacía tiempo que había aprendido a no quedarse boquiabierto, pestañear, desmayarse o hacer gestos evidentes de indignación cuando oía lo que gastaban en casas, coches, pieles y gargantillas de diamantes para sus chicas. Comparadas con Cooper Winslow, las extravagancias de los demás no eran nada. Abe estaba convencido de que Coop Winslow gastaba más que el rey Faruk. Llevaba casi cincuenta años haciéndolo, gastaba el dinero como el agua, y no había tenido un papel destacado en ninguna película importante en más de veinte años. En los últimos diez años se había limitado a pequeños papeles y apariciones concretas por las que le pagaban muy poco. De todos modos, fuera cual fuera la película, el papel o el atuendo, Cooper siempre parecía interpretar al mismo casanova atrevido, encantador y fabulosamente guapo o, más recientemente, a un libertino entrado en años e irresistible. Pero, por muy irresistible que siguiera siendo en la pantalla, cada vez había menos papeles para él. De hecho, aquel día que Abe tocó el timbre de la casa y esperó a que vinieran a abrir, hacía algo más de dos años que Coop no tenía ningún papel, aunque él decía tener entrevistas con directores y productores cada día. Abe iba a la casa para hablar del tema sin rodeos y aconsejarle que recortara su presupuesto drásticamente. Llevaba cinco años ahogado en deudas y viviendo de promesas y a Abe no le interesaba que hiciera anuncios para la carnicería del barrio, Coop tenía que ponerse a trabajar y pronto. Tenía que hacer cambios. Recortar drásticamente gastos, reducir su personal, vender algunos de sus coches, y dejar de comprar ropa y alojarse en los hoteles más caros del mundo. O eso o vendía la casa, que es lo que Abe hubiera preferido.

Abe estaba ante la puerta con expresión grave, con su traje de verano gris, camisa blanca y corbata gris y negra, cuando el mayordomo le abrió, ataviado con su librea. El mayordomo lo reconoció enseguida y le saludó con un gesto silencioso de la cabeza. Livermore sabía por experiencia que cuando el contable iba a la casa, su jefe se ponía de un humor terrible. A veces hacía falta una botella entera de champán Cristal para que recuperara el buen humor y en algunos casos también una lata entera de caviar. Livermore había puesto ambas cosas en hielo en cuanto Liz Sullivan, la secretaria de Coop, le dijo que el contable iría esa mañana.

Liz había estado esperando a Abe en la biblioteca; en cuanto oyó el timbre atravesó el vestíbulo principal con una sonrisa. Estaba allí desde las diez de la mañana, revisando algunos papeles para preparar la reunión, y desde la noche anterior tenía un nudo en el estómago. Había tratado de advertir a Coop del motivo de la reunión, pero el hombre estaba demasiado ocupado para hacerle caso. Tenía que asistir a una fiesta de gala, y quería asegurarse de que le daba tiempo de cortarse el pelo, hacerse un masaje y echarse una siesta antes de irse. Liz no le había visto esa mañana. Cuando llegó, él había ido a desayunar al hotel Beverly Hills con un productor que quería hablarle sobre un posible papel. Era difícil atrapar a Coop, sobre todo cuando se trataba de malas noticias o cosas desagradables. Tenía una especie de instinto, una especie de radar supersónico que le advertía casi físicamente de las cosas que no quería oír. Y el caso es que siempre se las arreglaba para esquivarlas, como un misil Scud. Pero Liz sabía que esta vez tendría que escucharle, y el hombre prometió estar de vuelta a mediodía. En el caso de Coop, eso significaba casi las dos.

—Hola, Abe, es un placer verle —dijo Liz con gesto cordial. Llevaba unos pantalones caquis, jersey blanco y un collar de perlas. En los veintidós años que llevaba trabajando para Coop su figura se había expandido considerablemente, así que ninguna de las tres cosas le sentaba especialmente bien. Pero tenía un rostro encantador, y su pelo era rubio auténtico. Cuando Coop la contrató era realmente guapa, como un anuncio de champú Breck.

Fue un amor a primera vista, aunque no literalmente en el caso de Coop. A él le pareció fantástica, y valoraba mucho su eficiencia y el esmero maternal con que lo había cuidado desde el principio. Cuando la contrató ella tenía treinta años y él cuarenta y ocho. Ella lo adoraba y, durante años, estuvo secretamente enamorada de él. Se dedicó en cuerpo y alma a los asuntos de Cooper Winslow, trabajando catorce horas

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