Milagro

Danielle Steel

Fragmento

1

Un lluvioso día de noviembre, el yate de vela Victory surcaba con elegancia las aguas a lo largo de la costa, hacia el antiguo puerto de Antibes. El mar estaba picado, y Quinn Thompson permanecía silencioso en la cubierta, contemplando las velas, saboreando los últimos momentos a bordo. No le importaba el tiempo ni la grisura del día, ni siquiera el mar embravecido. Era un marino curtido, un auténtico lobo de mar. El Victory era un velero de cuarenta y cinco metros de eslora, con motores auxiliares, que había fletado a un hombre con el que había hecho frecuentes negocios en Londres. Aquel año su propietario había sufrido reveses financieros, y Quinn le estaba agradecido por el disfrute del barco desde agosto. Lo había usado bien, y el tiempo pasado a bordo le había beneficiado en todos los aspectos. Estaba sano y fuerte, y más sereno de lo que había estado cuando comenzó la singladura. Era un hombre apuesto, vigoroso y de aspecto juvenil. Y se había resignado a su destino, más de lo que lo estuvo en los meses anteriores.

Había subido a bordo del yate en Italia, y luego había pasado cierto tiempo en aguas españolas y francesas. En cierta zona habitualmente agitada del golfo de León sufrió los embates del mar, y vivió la emocionante experiencia de una breve e inesperada tormenta. Entonces siguió navegando rumbo a Suecia y Noruega, y regresó lentamente pasando por varios puertos alemanes. Llevaba tres meses en el barco, y los beneficios de la aventura eran evidentes. Le había sido posible alejarse durante tanto tiempo como necesitaba, un tiempo que había empleado bien para pensar y recuperarse de cuanto le había ocurrido. Durante meses había retrasado la vuelta a California. No tenía ningún motivo para ir a casa. Pero el invierno se acercaba y sabía que no podía retrasar mucho más su regreso. El propietario del Victory quería que el barco estuviera a su disposición en el Caribe por Navidad, como convinieron al fletarlo. Quinn había pagado una fortuna por los tres meses a bordo, pero no lo lamentaba en absoluto. El elevado precio del alquiler no significaba nada para Quinn Thompson. Podía permitirse eso y mucho más. Tanto material como profesionalmente, había sido un hombre muy afortunado.

El tiempo pasado a bordo también había servido para recordarle la pasión con que amaba navegar. No le importaba la soledad; en realidad le sentaba de maravilla, y la tripulación era experta y discreta. Su habilidad les había impresionado, y enseguida se percataron de que sabía mucho más acerca del Victory, de cómo sacar el máximo provecho de sus dotes marineras, que el propietario, quien apenas sabía nada. Por encima de todo, la embarcación había proporcionado a Quinn un medio de escape y un agradable refugio. Había disfrutado en especial del tiempo pasado en los fiordos, cuya severa belleza parecía convenirle más que los alegres o románticos puertos del Mediterráneo, que había evitado asiduamente.

Sus maletas estaban en el camarote mientras él permanecía en cubierta, y, como por entonces estaba familiarizado con la eficacia de la tripulación, sabía que pocas horas después de su partida habría desaparecido toda prueba de su existencia a bordo. Los miembros de la tripulación eran seis hombres y una mujer, la esposa del capitán, que ejercía de camarera. Lo mismo que los demás, había sido discreta y cortés, y no le había dicho más de lo imprescindible; y, como el propietario, todos los tripulantes eran británicos. Su relación con el capitán había sido agradable y respetuosa.

—Lamento que el mar esté tan agitado precisamente cuando llegamos —le dijo el capitán, sonriente, al reunirse con él en cubierta.

Sin embargo, tras su convivencia a bordo, sabía que a Quinn no le importaba la aspereza del mar. Quinn se volvió hacia él y le saludó con una inclinación de cabeza. A ninguno de los dos les preocupaban las olas que rompían sobre la proa ni la lluvia que se abatía sobre ellos. El fletador del yate vestía ropas adecuadas al mal tiempo y, a decir verdad, le gustaba el desafío que planteaba la navegación difícil, el mar embravecido y las tormentas ocasionales. Lo único que no le gustaba era marcharse. Con el capitán se había pasado horas hablando de la navegación y de los lugares que habían visitado, y el capitán no podía dejar de sentirse impresionado por los largos viajes de Quinn y la profundidad de sus conocimientos. Quinn Thompson era un hombre con numerosos intereses y facetas, una leyenda en el mundo de las finanzas internacionales. Antes de su llegada a bordo, el propietario del barco le había dicho al capitán que era un hombre de origen humilde que había amasado una enorme fortuna. Incluso había llegado a calificarlo de brillante, y, tras los meses pasados en el barco con él, el capitán no estaba en desacuerdo con esa opinión. Quinn Thompson era un hombre al que muchos admiraban, algunos temían y unos pocos odiaban, a veces con una buena razón para ello. Un hombre que estaba seguro de sí mismo, directo, poderoso, misterioso en ciertos aspectos e implacable cuando deseaba algo, un hombre de infinitas ideas, imaginación inagotable en su campo profesional y pocas palabras, excepto cuando se encontraba en uno de sus infrecuentes estados de ánimo expansivos, que el capitán también había conocido, normalmente tras haber tomado varias copas de coñac. En general, habían limitado sus conversaciones a la navegación, un tema que les gustaba a los dos más que ningún otro.

El capitán sabía que Quinn había perdido a su esposa la primavera anterior, y él la había mencionado una o dos veces. Había ocasiones en que adoptaba una expresión melancólica, y al principio su talante fue sombrío durante algunos días. Pero durante la mayor parte de las horas que permanecían juntos en cubierta, Quinn guardaba silencio. El capitán estaba enterado de que también tenía una hija, porque la había mencionado en una ocasión, pero Quinn tampoco decía apenas nada de ella. Era un hombre que se apresuraba a compartir ideas, pero que difícilmente compartía sentimientos.

—Debería usted hacerle al señor Barclay una oferta por el Victory —le dijo esperanzado el capitán mientras la tripulación recogía las velas y él paraba el motor, mirando a Quinn por encima del hombro.

El barco se deslizaba hacia el interior del puerto. Quinn respondió al comentario con una sonrisa. Sus sonrisas eran difíciles de obtener, pero cuando aparecían en su rostro merecían la pena. Le iluminaban la cara como el sol del verano. El resto del tiempo, y con mucha más frecuencia, parecía sumido en el invierno. Y cuando reía, era una persona diferente.

—He pensado en ello —admitió Quinn—, pero no creo que lo venda.

Antes de fletar el barco, Quinn había preguntado a John Barclay si había alguna posibilidad de que lo vendiera, y Barclay le respondió que solo lo haría si se encontraba en un apuro extremo, y admitió que prescindiría de su mujer y sus hijos antes que del velero, un punto de vista que Quinn comprendía y respetaba. No le repitió el comentario al capitán, pero en los últimos tres meses Quinn se había encariñado con la idea de comprar un barco. Hacía años que no era dueño de uno, y en aquel momento no había nadie que lo detuviera.

—Debería tener un barco, señor —aventuró cautamente el capitán.

Le habría gustado trabajar para él. Quinn era severo pero justo y respetuoso, y navegar con él resultaba emocionante. Lo que había hecho con el Victory, los lugares que había visitado, eran cosas que John Barclay nunca se habría atrevido a hacer ni le habrían pasado por la imaginación. A todos los miembros de la tripulación les habían encantado los tres meses que habían pasa

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