¿Hay alguien ahí fuera? (Familia Walsh 4)

Marian Keyes

Fragmento

1

Mamá abrió bruscamente la puerta del salón y anunció: —Buenos días, Anna, es la hora de tus medicinas.

Trató de andar con brío, como las enfermeras que veía en las series de hospitales, pero el salón estaba tan abarrotado de muebles que no tuvo más remedio que lidiar con ellos para llegar hasta mí.

Ocho semanas atrás, cuando llegué a Irlanda, no podía subir escaleras porque tenía la rótula dislocada, de modo que mis padres me instalaron una cama abajo, en el Salón Bueno.

No me malinterpretes, era todo un honor: en circunstancias normales solo se nos permitía entrar en esa habitación en Navidad. El resto del año, todas las actividades de ocio familiares —ver la televisión, comer chocolate, pelearse— se realizaban en el abarrotado y remodelado garaje, que recibía el pomposo título de Sala de la Televisión.

Pero cuando me instalaron la cama en el SB no había otro lugar donde meter los demás objetos, como los sofás y las butacas de borlas. De modo que ahora el salón parecía una de esas tiendas de muebles de saldo donde hay montones de sofás apiñados y tienes que trepar por ellos como si fueran rocas de un malecón.

—Veamos, señorita.

Mamá consultó una hoja de papel, la planificación horaria de mi medicación: antibióticos, antiinflamatorios, antidepresivos, somníferos, cócteles vitamínicos, analgésicos que te daban una agradable sensación de flotar y un miembro de la familia de los válium que mamá guardaba en un lugar secreto.

Todos los frascos y cajas descansaban sobre una mesita de madera labrada —de la que varios atroces perritos de porcelana habían sido desterrados y ahora yacían en el suelo, mirándome con resentimiento—, y mamá procedió a realizar una estricta selección: hizo saltar cápsulas y sacó pastillas de los frascos.

Habían colocado la cama junto a la ventana en saledizo, para que viera pasar la vida. Salvo que no podía: tenía delante un visillo tan inamovible como un muro de hierro. No físicamente inamovible, ya me entiendes, sino socialmente inamovible. En los barrios residenciales de Dublín correr el visillo para «ver pasar la vida» estaba tan mal visto como pintar la fachada de tu casa de color fucsia. Además, por allí no pasaba vida alguna. Aunque… lo cierto era que a través de aquella neblinosa barrera había visto que, casi todos los días, una señora mayor se detenía frente a nuestra verja para dejar mear a su perro, y a veces incluso parecía que el perro, un terrier blanco y negro muy mono, no tenía ganas de mear pero que la mujer insistía.

—Bien, señorita. —Mamá nunca me había llamado «señorita» hasta entonces—. Abra la boca. —Echó un puñado de pastillas sobre mi lengua y me tendió un vaso de agua. Lo cierto es que me trataba muy bien, aunque yo sospechaba que estaba actuando.

—Dios mío —dijo una voz. Era mi hermana Helen, que volvía de una noche de trabajo. Se detuvo en la puerta del salón, miró todas las borlas y preguntó—: ¿Cómo lo aguantas?

Helen es la menor de nosotras cinco y aunque tiene veintinueve años todavía vive con nuestros padres. Y por qué no iba a hacerlo, pregunta a menudo, si aquí tiene un techo gratis, televisión por cable y chófer (papá). Cierto que la comida es un problema, confiesa, pero ella tiene sus recursos.

—Hola, cariño —dijo mamá—. ¿Qué tal el trabajo?

Tras varios cambios de profesión, Helen —y, desafortunadamente, no me lo invento— es detective privado. Suena mucho más peligroso y emocionante de lo que es en realidad. Helen se dedica principalmente a delitos menores y domésticos, como conseguir probar que un marido es infiel. Yo lo encontraría terriblemente deprimente, pero ella dice que no le importa porque siempre ha sabido que los hombres son unos cerdos.

Pasa mucho tiempo escondida entre setos húmedos con un teleobjetivo, tratando de obtener pruebas fotográficas de los adúlteros en el momento en que abandonan el nido de amor. Podría vigilar desde el interior seco y caliente de su coche, pero suele dormirse y la presa se le escapa.

—Mamá, estoy muy tensa —dijo—. ¿Qué tal un válium? —No.
—La garganta me está matando. Gajes del oficio. Me voy a la cama.

Helen pasa tanto tiempo junto a setos húmedos que siempre le duele la garganta.

—Te subiré un poco de helado dentro de un minuto, cariño —dijo mamá—. Pero no me tengas en ascuas. ¿Has pillado a tu hombre?

A mamá le gusta el trabajo de Helen casi tanto como el mío, que ya es decir. (Según parece, yo tengo «el mejor trabajo del mundo».) A veces, cuando Helen está muy aburrida o asustada, mamá incluso la acompaña a trabajar. Lo cual me trae a la memoria «el caso de la mujer desaparecida». Helen tenía que ir al apartamento de la mujer desaparecida para buscar pistas (billetes de avión a Río, o cosas así…) y mamá la acompañó porque le encanta meter las narices en las casas ajenas. Dice que es increíble lo sucia que la gente tiene la casa cuando no espera visita. Eso la consuela enormemente y hace que le resulte más fácil vivir en su no siempre inmaculado hogar. Sin embargo, dado que su vida empezaba a parecer, aunque fuera brevemente, una novela policíaca, mamá se dejó llevar por el entusiasmo e intentó entrar en el apartamento derribando la puerta con el hombro, a pesar de que, y no me cansaré de repetirlo, Helen tenía una llave. Y mamá lo sabía. Se la había dado la hermana de la mujer desaparecida. Todo lo que mamá obtuvo de su arranque fue hacerse polvo el hombro.

—No es como en la tele —protestó más tarde mientras se lo masajeaba.

Luego, a principios de este año, alguien intentó matar a Helen. Nuestra reacción no fue tanto de conmoción porque algo tan horrible pudiera ocurrir, sino de asombro porque no hubiera ocurrido antes. En realidad no fue un atentado contra la vida de Helen. Alguien lanzó una piedra por la ventana de la sala de la tele durante un episodio de Eastenders, probablemente algún adolescente del vecindario que expresaba así su estado de marginación juvenil. Sin embargo, al rato, mamá ya estaba al teléfono contando a todo bicho viviente que alguien estaba intentando «meterle el miedo en el cuerpo a Helen», porque la querían «fuera del caso». Teniendo en cuenta que «el caso» era la investigación de un pequeño fraude, para lo que el empresario le había pedido a Helen que instalara una cámara oculta para ver si sus empleados birlaban cartuchos de impresora, la teoría de mamá parecía poco probable. Pero quién era yo para aguarles la fiesta, que es exactamente lo que habría hecho: mamá y Helen son tan melodramáticas que todo este asunto les parecía de lo más emocionante. A papá no, pero solo porque le tocó barrer los cristales y tapar con una bolsa de plástico el hueco de la ventana, que se quedó así hasta que apareció el cristalero, unos seis meses después. (Sospecho que mamá y Helen viven en un mundo de fantasía y creen que alguien llegará para convertir sus vidas en una serie de televisión de gran éxito. Donde ellas, huelga decirlo, se interpretarán a sí mismas.)

—Sí, le he pillado. En fin, me voy a la cama. —Pero en lugar de irse, Helen se tumbó en uno de los muchos sofás—. El hombre ha visto que le estaba haciendo fotos desde el seto.

Mamá se llevó una mano a la boca, como haría una persona en la tele para expresar consternación.

—Nada grave —prosiguió Helen—. Hemos tenido una pequeña charla. Me ha pedido mi número de teléfono. ¡Capullo! —añadió con virulento desdén.

El problema de Helen es que es muy guapa y los hombres, incluso aquellos a los que espía por encargo de la esposa, se enamoran de ella. Aunque yo le llevo tres añ

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