Admiración

Nora Roberts

Fragmento

1

Cuenta una leyenda que en una ocasión Steve McQueen se bañó desnudo entre las aneas y los nenúfares del estanque de la Pequeña Granja. Si era cierto, y a Cilla le gustaba creer que lo era, el Rey del «Cool» se había desnudado y se había sumergido en el estanque después de Los siete magníficos y antes de La gran evasión.

Según algunas versiones de la leyenda, esa bochornosa noche de verano en Virginia, Steve había hecho bastante más que refrescarse, y básicamente lo había hecho con la abuela de Cilla. Aunque por entonces ambos estaban casados con otras personas, la leyenda despertaba más admiración que desprecio. Y dado que ambos habían muerto hacía muchos años, ninguno de los dos podía confirmarla ni desmentirla.

De todos modos, pensó Cilla mientras observaba las aguas turbias del estanque repleto de nenúfares, ninguno de los dos se había tomado la molestia —al menos por lo que ella sabía— de confirmarlo o de negarlo cuando aún podían.

Verdadero o falso, imaginó que Janet Hardy, la glamurosa, la trágica, la rutilante, la angustiada, se lo pasó en grande con las habladurías. Los iconos también necesitan divertirse de vez en cuando.

Bajo la deslumbrante claridad amarillenta del sol y con el frío menos punzante de marzo refrescándole la cara, Cilla podía visualizar la escena perfectamente. La calurosa noche de verano, el azul oscuro bañado por el reflejo de la luna. Los jardines en su esplendor habían embriagado el aire con su fragancia. El agua, fresca y sedosa sobre la piel, sería del color de la infusión de manzanilla, con flores rosadas y blancas esparcidas sobre ella como perlas brillantes.

Janet también estaría en su esplendor, reflexionó Cilla. Su dorado cabello le caería suelto sobre los blancos hombros… No, los hombros también dorados, bronceados por el verano. Hombros dorados en el agua color té, y sus ojos azul ártico brillando por la risa y muy probablemente por el alcohol.

Música chispeante sonando en la oscuridad, como las luciérnagas que brillaban sobre los fértiles campos y el aterciopelado césped, imaginó Cilla. Las voces de los invitados del fin de semana vagaban por el césped, los porches y los patios tan alegres como la música. Estrellas tan luminosas como las que refulgían en lo alto como pequeñas joyas diseminadas en el claro de luna.

Oscuros puntos de sombra, luces de colores proyectadas por los farolillos.

Sí, así tuvo que ser. El mundo de Janet era un mundo de luces deslumbrantes y profundas oscuridades. Siempre.

Cilla esperaba que Janet se hubiera sumergido en aquel estanque despreocupadamente desnuda, ebria, alocada y feliz. Y totalmente inconsciente de que su agitada, desesperada y gloriosa vida acabaría apenas una década más tarde.

Antes de alejarse del estanque, Cilla tomó unas notas en su grueso cuaderno. Necesitaba una limpieza, un análisis y una puesta a punto ecológica. Apuntó que debía documentarse sobre gestión y mantenimiento de estanques antes de ponerse manos a la obra, o contratar a un experto.

Después estaban los jardines. O lo que quedaba de ellos, pensó mientras atravesaba la hierba alta y desigual. Las malas hierbas —verdaderos mantos de enredaderas, matas que habían crecido demasiado y cuyas ramas asomaban entre el follaje como huesos pardos— empañaban lo que antaño debió de ser sencillamente formidable. Otra metáfora, supuso Cilla, de aquello que fue alegre y hermoso y que cortaron y enterraron en su pleno esplendor.

Decidió que necesitaría ayuda. Una ayuda considerable. Por mucho que deseara ocuparse personalmente de ese proyecto, hacerlo con sus propias manos, estaba claro que ella sola no podría limpiar y cortar, arrancar y quemar, y rediseñar.

El presupuesto tendría que incluir a una cuadrilla de jardineros. Anotó que debía examinar fotografías antiguas de los jardines, comprar libros de paisajismo y aprender del tema, y ponerse en contacto con jardineros de la zona para pedir presupuestos.

Recorrió con la mirada el descuidado césped, las vallas tiradas, el viejo establo de color hollín y maltratado por las inclemencias del tiempo. Allí había habido gallinas —o eso le habían dicho—, un par de preciosos caballos, campos de cultivo bien cuidados, un pequeño y próspero bosque de árboles frutales. Cilla quería creer —quizá necesitaba creer— que podía recuperarlo todo. Que la primavera siguiente, y todas las primaveras posteriores, podría pararse justo donde estaba en ese momento y mirar los brotes, las flores, lo que había sido de su abuela.

Lo que ahora era suyo.

Veía cómo era y cómo había sido antes a través de sus propios ojos azul ártico protegidos por la visera de una gorra de béisbol de Sacude la casa. Su pelo, más color miel que polvo de oro, asomaba por detrás de la gorra en una cola larga y alborotada. Llevaba una sudadera gruesa con capucha sobre sus fuertes hombros y su largo torso; unos vaqueros gastados cubrían sus largas piernas, y calzaba unas botas que había comprado hacía años para una excursión por las montañas Blue Ridge. Las mismas que se recortaban en ese momento contra el cielo.

Hacía años, pensó. La última vez que había estado en el este, que había estado aquí. Cuando, supuso, se plantó la semilla de lo que se disponía a hacer ahora.

¿Significaba eso que en parte ella tenía la culpa de los últimos cuatro años, quizá cinco, de abandono? Podría haber presionado antes, podría haber exigido. Podría haber hecho algo.

«Lo haces ahora», se recordó.

No seguiría lamentando el retraso más de lo que lamentaba la manipulación y los amargos razonamientos que había utilizado para obligar a su madre a que le cediera la propiedad.

«Ya es tuya, Cilla —se dijo—. No lo eches a perder.»

Se volvió, respiró hondo y, a través de la hierba alta y las zarzas, se encaminó hacia la vieja casa de campo donde Janet Hardy había celebrado fiestas deslumbrantes, o adonde se había escapado entre una película y otra. Y donde, en 1973, en otra calurosa noche de verano, se quitó la vida.

Eso decía la leyenda.

Había fantasmas. Percibirlos era casi tan agotador como evaluar los tres destartalados pisos, afrontar la mugre, el polvo y aquel desalentador abandono. Cilla suponía que los fantasmas habían mantenido a raya el vandalismo y la ocupación. Así que las leyendas tenían su utilidad.

Había hecho conectar la electricidad y había llevado bastantes bombillas y lo que creía que serían suficientes productos de limpieza para ponerse manos a la obra. Había solicitado los permisos y había buscado contratistas.

Era hora de empezar.

Tras ordenar sus prioridades, atacó el primero de los cuatro baños que no habían visto un estropajo en los últimos seis años.

Sospechaba que los últimos inquilinos no se habían molestado mucho con tales sutilezas durante su estancia.

—Podría ser peor —murmuró mientras frotaba

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