1
El día que murió Sloan Cooper comenzó antes del amanecer y terminó al filo de la medianoche. Como cabo de la Policía de Recursos Naturales, acababa de participar en la detención de tres hombres que habían pasado prácticamente todo el otoño acosando, robando y agrediendo a excursionistas por los senderos de las montañas del oeste de Maryland.
Los tres hombres, dos hermanos y su padre, se tenían por ciudadanos soberanos de aquellas tierras públicas, que consideraban de su propiedad y, en consecuencia, veían como intrusos a todos los que cruzaban sus límites.
Después de una operación de tres días en las que Sloan se había encargado personalmente de desarmar al padre, un tal John alias Red Bowson, el trío había pasado a prisión preventiva. Sloan suponía que disfrutarían de una agradable y larga estancia en alguna prisión federal, donde tendrían tiempo suficiente para reflexionar sobre sus errores.
De lo más satisfactorio.
Sloan quería, además, ese tercer galón, quería el rango de sargento, y aquel arresto podía suponer un buen empujón en ese sentido.
Se habían jugado a cara o cruz quién conduciría en el camino de vuelta a la sede de la División de Operaciones Especiales; Sloan había ganado y estaba al volante y, mientras tanto, su compañero hablaba con su mujer.
Joel Warren, larguirucho, de piel oscura y pelo rizado y corto bajo su sombrero Stetson de fieltro, tenía un aire engañosamente perezoso que ocultaba una mente aguda y la energía suficiente como para suministrar luz a una pequeña ciudad. Habían hecho la formación juntos y ambos tenían como objetivo acceder a la Oficina de Investigación Criminal. Él, nacido y criado en Washington D. C., y ella, originaria de una ciudad pequeña de la zona montañosa donde trabajaba, habían encontrado su propio ritmo desde un buen principio. Pareja profesional desde hacía casi cinco años, su relación funcionaba a pesar de —o quizá gracias a— sus personalidades opuestas: él, de trato fácil, cumplía con su trabajo y luego se iba a casa; ella, intensa, directa y rígida.
Mientras Sloan conducía, escuchó de refilón que Joel le comentaba a su mujer que ya estaban de camino de vuelta a casa.
Restó importancia a la brutalidad de aquellos tres últimos días, no le mencionó el hecho de que les habían disparado ni que Sloan había acabado con un ojo morado durante el proceso de detención. No solo para ahorrarle a Sari los detalles más oscuros —Sloan sabía que no era por eso—, sino porque, para Joel, aquello era el pasado. Y esto era el presente.
Su forma de compartimentar era digna de admiración.
Cuando terminó de hablar, Joel recolocó sus interminables piernas.
—Se supone que no puedo decírtelo todavía.
—¿Decirme el qué? Ya que acabarás diciéndomelo…
—Ya se lo he contado a mi madre y Sari se lo ha contado a sus amigas. Se supone que tendríamos que esperar dos o tres semanas más, pero…
Sloan era investigadora de profesión y conocía a Joel como conocería a un hermano, de haberlo tenido.
—¡Bromeas! ¿Está embarazada?
Los ojos castaños de Joel brillaron cuando la señaló con el índice.
—¿Lo ves? Yo no te lo he dicho. Has llegado tu misma a una conclusión y has acertado, hermanita. Estamos embarazados. De nueve semanas.
—¡La leche, Joe! —La alegría la llevó a levantar el puño en el aire antes de estamparlo contra el hombro de su compañero—. ¡Vas a ser papá!
—Ya me siento padre. Es raro, lo sé, pero te lo digo de verdad. Mi madre dice que es una niña, y ya sabes que mi madre nunca se equivoca.
—Mama Dee nunca se equivoca. Pero, si es niño, ¿os parecerá también bien?
—Será también perfecto.
—¿Qué tal se encuentra Sari?
—Se ha pasado un mes vomitando todas las mañanas, pero parece que esa etapa ya está superada. ¡Aleluya! Dice que se muere de ganas de empezar a engordar. Cuando llegue el Día de Acción de Gracias de aquí a un par de semanas, podrá hartarse de pavo.
La miró con una sonrisa resplandeciente.
—Vas a ser tía, hermanita.
—Tía Sloan siempre tendrá galletas preparadas. Me alegro mucho por ti, Joel. Me alegro muchísimo por los dos. Lo haréis estupendamente.
—¿Y qué me dices de Matias y tú? ¿Os habéis planteado en algún momento dar el siguiente paso?
—¿El paso de ir a vivir juntos?
Ni se le había pasado por la cabeza hablarlo con el hombre con el que llevaba viéndose casi un año, el mismo tiempo que Joel llevaba con Sari. Aunque, claro está, Matias no lo esperaría, igual que tampoco le habría gustado hablarlo después de las diez de la noche.
—No estoy segura —respondió—. Te diría casi que no, pero no estoy segura. Y sé lo que estás pensando. —Lo miró de reojo—. Que «no estoy segura» significa simplemente no. Aunque en realidad significa «no estoy segura» y «todavía no». Estamos bien como estamos.
—Ya…
Sloan se limitó a resoplar, pues conocía perfectamente bien aquel «ya». Significaba que, en opinión de Joel, se estaba engañando a sí misma.
Tal vez fuera así, pero le gustaba la vida que tenía.
—Necesito un Dr. Pepper —dijo entonces Joel.
—Tú siempre necesitas un Dr. Pepper…
—El Dr. Pepper me da chispa.
—Lo que tú digas, pero vale. Igualmente tengo que ir al baño. Y de paso, podríamos echar gasolina.
Un kilómetro más en cualquier otra dirección lo habría cambiado todo, pero Sloan se colocó rápidamente en el carril de la derecha para tomar la siguiente salida.
Condujo unos ochocientos metros, serpenteando en medio de la nada, para hacer una pausa rápida. Paró el coche al llegar a los surtidores.
—Echa tú la gasolina. Y yo invito al futuro papá a su bebida favorita. Papá —repitió—. ¡Es la hostia, Joel!
Bajó del monovolumen una mujer atlética con el pelo rubio recogido en un moño bajo su sombrero Stetson. Sus ojos (el izquierdo con un morado), grandes, almendrados e intensamente verdes, dominaban una cara con pómulos marcados, nariz fina y boca grande y bien definida.
Al igual que pasaba con el carácter afable de Joel, la gente confundía a menudo esos ojos grandes y encantadores con la mirada característica de una persona débil. Pero Sloan era capaz de levantar casi setenta kilos en press de banca —catorce más que su propio peso—, dejar temblando un saco de boxeo y correr cerca de un kilómetro y medio en seis minutos justos.
Había pasado la infancia recorriendo los senderos de los montes Allegheny, nadando y remando por el lago en verano, esquiando y practicando con raquetas de nieve en invierno. La actividad al aire libre había afinado su físico y su mentalidad. Y sus ambiciones y la carrera profesional que había elegido eran, en su opinión, las más adecuadas para su forma de ser.
Entró en el pequeño supermercado pensando en ir al baño para luego terminar tranquilamente la segunda etapa del recorrido de vuelta a casa, donde se daría una larga ducha caliente y dormiría por fin en su cama.
Pero en el instante en que la puerta se cerró a sus espaldas, supo que algo iba mal. La postura del hombre situado de espaldas a ella —blanco, pelo castaño, metro ochenta, setenta kilos— y los ojos abiertos de puro miedo del hombre que la miraba desde el mostrador, la llevó de inmediato a desplazar la mano hacia su arma.
Todo sucedió muy rápido.
Pero duró una eternidad.
El hombre se volvió y el arma que tenía ya en la mano disparó.
El primer disparo le rozó la frente, una punzada aguda y sorprendente que le proporcionó un instante para desenfundar.
Pero el segundo le impactó en el pecho y la derribó contra el suelo presa de un dolor inenarrable.
Vio que el hombre —treinta y tantos, ojos castaños, una pequeña cicatriz en la mejilla derecha— pasaba corriendo junto a ella, mientras su respiración se volvía más trabajosa y el dolor se extendía por todo su cuerpo. Intentó levantar su arma, pero el mundo se volvió gris. Intentó también gritar para alertar a Joel, pero apenas podía respirar.
La imagen del hombre que le había disparado —zapatillas Adidas negras, gabardina gris, vaqueros con los bajos deshilachados— empezó a difuminarse.
Oyó a lo lejos un disparo, luego otro.
Joel apareció a su lado y comenzó a presionarle el pecho, provocándole un dolor que lanzaba alaridos en su cabeza.
—¡Sloan, Sloan! Mírame. Quédate conmigo, joder. Agente herido, agente herido. Necesito asistencia médica inmediata.
Lo miró a la cara —conocía esa cara—, pero sus palabras se alejaron hasta perderse en el vacío.
Y entonces vio la cara muy cerca, tan cerca que bloqueaba el resto de su visión, y unos ojos —oscuros como dos lunas nuevas— con una mirada feroz.
—Quédate conmigo. La ayuda está en camino. Estoy aquí, a tu lado.
—Duele.
—Lo sé, hermanita, lo sé. Utilízalo, utiliza ese dolor para quedarte conmigo. Estoy aquí. No te vayas. Quédate aquí, quédate conmigo.
El dolor borró por completo el tiempo y el espacio. Sloan se sumergió en él. Cuando emergió a la superficie, lo hizo acompañada por el sufrimiento, gritando como las sirenas. Caras desconocidas proferían palabras que no entendía.
La invadió de repente un frío intenso, aunque no apaciguó aquella agonía tan salvaje e implacable.
Oyó a Joel… en algún lugar, mientras el mundo corría a toda velocidad.
—Eres fuerte, eres la hostia de dura, y vas a luchar. ¿Me oyes? ¿Me oyes, Sloan?
Estaba todo blanco. Todo el mundo gritaba, pero las voces rebotaban en sus oídos y se alejaban. Luces, había mucha luz y le dolían los ojos. Los cerró.
Joel llegó otra vez, le cogió la mano y la miró fijamente.
—Estoy aquí a tu lado. Estaré aquí. Lucha, por lo que más quieras, Sloan. No te rindas.
Y, de pronto, todo desapareció. El dolor, las luces, las voces. Todo se volvió negro.
Cuando regresó la luz, era cálida, transparente. Flotó en aquella luz, sintiéndose libre. Bajó la vista hacia la mujer tendida en la mesa. Tan pálida, tan quieta. Tanta sangre.
A su alrededor había un montón de gente. La estaban abriendo, a la pobre criatura, pensó antes de darse cuenta, con escaso interés, de que «la pobre criatura» era ella.
«Soy yo la que está ahí abajo».
Alguien grito «¡Apartaos!» y las palas le sacudieron el cuerpo. Flotando, suspiró. Estaban empleándose a fondo, y ella… «yo»… parecía cansada de todo aquello. Muy cansada.
«Dejadla marchar —pensó—. Dejadme marchar».
Las palas la sacudieron de nuevo, y ella las ignoró.
Desde donde estaba flotando podía ver muchas cosas. A Joel, deambulando sin parar de un lado a otro, hablando por teléfono. Incluso podía oír qué decía.
—Está todavía en el quirófano. Su familia está de camino. Te llamaré cuando haya salido.
Vio que Joel se secaba las lágrimas, un gesto que la conmovió. Deseaba decirle que estaba bien y en paz envuelta por una luz cálida y bellísima. Pero entonces vio que tenía la camisa manchada de sangre y sus ojos reflejaban agotamiento.
—No la perderemos, Sari. De ninguna manera. Va a luchar. No se rendirá. No está todavía acabada, Sari, no se está rindiendo.
«De acuerdo, vale, maldita sea».
Se miró una vez más. Pensó en Joel y en el bebé que estaba en camino. Pensó en sus padres, en su hermana.
Cuando volvieron a sacudirla las palas, dejó que la devolvieran a aquel todo negro.
Cuando se despertó, el dolor continuaba ahí pero atenuado, como si una manta caliente estuviera sofocándolo. El ambiente tenía un olor especial, que reconoció como olor a hospital antes incluso de percibir los pitidos de las máquinas.
La luz, tenue pero intensa, le presionaba los párpados y le hizo añorar por un instante aquella luz suave y transparente.
—Se está despertando, Joel. ¿Sloan? Cariño, soy mamá. Abre los ojos, pequeña. Sloan, mi pequeña, abre los ojos.
Sloan parpadeó. Le exigió mucho esfuerzo y, al encontrarlo todo borroso, pensó que no merecía la pena. Empezó a cerrar los ojos de nuevo.
—Vamos. Dame un apretón en la mano y abre los ojos. Eso es.
Notó los labios de su madre estampar un beso en el dorso de su mano, en la palma, en los dedos.
—Esta es mi chica.
—Hospital —consiguió decir Sloan. Notaba la garganta como papel de lija y la lengua seca y dura como una tabla.
—Efectivamente, estás en el hospital y te pondrás bien. Muy bien.
Y de pronto lo recordó todo. El supermercado de la gasolinera, el hombre detrás del mostrador. La explosión de dolor.
—¡Disparos! —Intentó incorporarse, pero a duras penas consiguió mover la cabeza—. Joel.
—Estoy aquí, hermanita.
Empezó a verlos cuando su visión se despejó. Su madre, blanca como un fantasma, con sus ojos azules cercados por las ojeras y enrojecidos, y su novio, visiblemente afectado.
—¿Estoy muy mal?
—No tanto como para acabar contigo. —Matias cogió la mano de Sloan—. Voy a buscar al médico.
—Todo va bien por ahora. —Elsie Cooper besó de nuevo la mano de su hija. Las lágrimas, dos gotas de lluvia caliente, salpicaron los nudillos de Sloan—. Tu padre y Drea andan también por aquí. Nos vamos turnando.
—¿Cuánto? ¿Cuánto tiempo?
—Has estado durmiendo mucho, y curándote. Es el tercer día. Al principio, te pusieron en coma inducido para que pudieras simplemente dormir. Y ahora te estás despertando. ¿Cariño? ¿Puedes palpar este botón? —Guio la mano de Sloan—. Si te duele, puedes pulsarlo y te administrará más medicación.
—Vale. Me siento… floja.
Elsie sonrió mientras una lágrima resbalaba por su mejilla.
—Es normal. Mira, aquí está la enfermera. Te presento a Angie. Ha sido muy buena contigo. Con todos nosotros.
—Me alegro de verte despierta.
La enfermera, de pelo canoso recogido en un moño, vestía un uniforme azul celeste con estampado de florecitas rojas. Sloan calculó que tendría unos cuarenta años y experimentó una oleada de alivio al ver que los ojos castaños de la mujer le sonreían a la par que sus labios.
—El doctor Vincenti llegará enseguida. Elsie, Joel, ¿me concedéis unos minutos para poder ocuparme de Sloan?
—Estaremos aquí fuera —informó Elsie a su hija.
—¿Estoy mal? —preguntó Sloan en el instante en que se cerró la puerta—. ¿Estoy muy grave?
Angie controló las vías intravenosas, los monitores y a continuación, a mano, el pulso de Sloan.
—Me ha comentado Joel que eres una persona directa, de modo que te diré que sí, que has estado muy grave. Y que vas a mejor. Te recuperarás por completo y tendrás que ir con más cuidado a partir de ahora. Y en cuanto al doctor Vincenti y el equipo que te operó, no podrías estar en mejores manos.
—Estuve muerta.
—Pues yo te veo bien viva. —Angie le acercó un vaso con una pajita—. Bebe un poco de agua.
Sloan obedeció, puesto que la garganta le ardía.
—Morí en la mesa de operaciones. Tuvieron que reanimarme.
Angie dejó el vaso y tomó la mano de Sloan.
—¿Viviste una experiencia?
—¿Fue eso? Me reanimaron, ¿verdad? Se me paró el corazón y tuvieron que reanimarme. Creo que me pusieron el desfibrilador tres veces.
—La bala pasó rozando el corazón y dijeron que la operación fue complicada. Vincenti es bueno, buenísimo. Y tú eres joven, sana y fuerte. Y, dejando aparte todos estos factores, es evidente que no era tu hora.
—Tres veces.
—Sí. Y aquí estás: viva, despierta, consciente. Tus constantes vitales son buenas. Estás estable. Si fuera un juez, y lo soy para estas cosas, diría que en veinticuatro horas tu estado pasará de grave a moderado. Y ahora, si no estás muy cansada, y sería normal que lo estuvieras, te informo de que el resto de tu familia quiere verte.
—Sí, por favor.
—La familia también ayuda.
Con cuidado, Angie incorporó un poco a Sloan y le dio la vuelta a la almohada.
—La gente que te quiere siempre ayuda. Y a ti te quieren mucho. El botón de llamada está justo aquí, por si me necesitas. Y el doctor Vincenti no tardará en llegar.
El padre y la hermana de Sloan entraron en la habitación. Los ojos verdes de su padre —en cuyo pelo castaño empezaban a asomar hilillos plateados— tenían un brillo especial producto de las lágrimas. Se inclinó sobre la cama y presionó una mejilla áspera por la barba recortada contra la mejilla de Sloan.
Notó que su padre temblaba y que tenía que aspirar hondo para contener las lágrimas.
—Estoy bien, papá. Me han dicho que estoy bien.
—Me has dado un susto de muerte, Sloan. Dame solo un minuto, por favor.
Sloan vio a su hermana cuando miró por encima del hombro de su padre. Drea, con la cara congestionada de haber estado llorando, con su melena castaña habitualmente brillante, deslustrada ahora y recogida de forma descuidada en una coleta, se secó los ojos, tan azules como los de su madre.
Tomó la mano de Sloan y sonrió.
—Uf.
—Eso lo resume bien.
Dean Cooper levantó la cabeza y cogió la cara de Sloan entre ambas manos, tan ásperas como su barba.
—Intenta no volver a hacerlo.
—De acuerdo, papá.
Siguiendo la costumbre de siempre, le dio un beso en la frente, las mejillas y los labios.
—Sé que estás cansada, y descanso es justo lo que necesitas. Pero que sepas que estamos aquí.
—Lo sé. —Sloan se esforzó por despejar las nubes que le inundaban el cerebro—. ¿Quién se ocupa del negocio?
—Lo tenemos todo cubierto. No te preocupes.
—Mucha gente de Heron’s Rest ha estado preguntando por ti —añadió Drea—. Y muchos se han brindado a ayudar para que todo siga adelante.
—¿Y Joel? Es nuestro héroe. Los dos sois nuestros héroes.
Sloan empezó a sentirse débil, le costaba mantenerse despierta.
—¿Lo pillamos? Varón blanco, treinta y pocos años, pelo castaño y ojos… ¿Lo capturamos?
Pero cayó por fin y ni siquiera escuchó la respuesta.
Cuando el dolor volvió a despertarla, Joel estaba sentado junto a la cama leyendo aquel desgastado ejemplar de bolsillo de It, de Stephen King, que siempre llevaba en la mochila. Sloan se acordaba de haberle preguntado por qué llevaba siempre encima aquel libro. Y él le había respondido que, cuando estaba lejos de casa, le ayudaba a recordar que, fuera lo que fuese a lo que se enfrentara, nunca podía ser tan malo como Pennywise. Y para poner a prueba esa teoría, Sloan lo había leído y le había dado toda la razón.
—Esta vez he estado cerca —murmuró Sloan.
Joel levantó la vista y dejó el libro.
—Hola.
—¿Lo pillamos?
—Pulsa el botón. Tienes dolor.
Sloan negó con la cabeza y de inmediato se preguntó cómo era posible que un movimiento tan simple pudiera generarle aún más dolor.
—Quiero permanecer despierta. El tipo que me disparó, ¿lo pillamos?
—Oí los disparos; dos, fueron. El tipo salió huyendo, disparó contra mí. Falló. Le disparé entonces y le di en el brazo. Conseguí el número de matrícula, la marca y el modelo de su coche destartalado, pero no podía salir tras él. Tú estabas en el suelo, desangrándote.
—Detecté enseguida algo raro… El hombre del mostrador estaba aterrado. Tenía la mano en mi arma, pero el tipo se volvió de repente y disparó. ¿Dos veces?
—Dos veces.
—Ni siquiera me dio tiempo a desenfundar.
—Sí, sí que desenfundaste, hermanita. Tenías el arma en la mano cuando llegué a tu lado. Llamé a una ambulancia y comuniqué el número de matrícula, el vehículo y la descripción del sospechoso. Cuando llegó la ambulancia, ya lo habían capturado. Y ahora, pulsa el botón y te contaré el resto.
Sloan lo pulsó y fue como si el dolor retrocediera unos centímetros.
—Los de los servicios de emergencia vieron el coche, circulando de forma errática, y no me extraña, puesto que le di justo bajo la axila. El tipo perdió el control de su tartana, se dio de refilón contra un árbol y la tartana dijo basta. El cabrón salió disparando. Y se acabó.
—¿Algún herido más?
—No.
—¿Y el civil? ¿El hombre del supermercado?
—Está bien. Estaba en shock, puede incluso que se meara en los pantalones. Pero descolgó rápidamente una camiseta del expositor y me la pasó para que pudiera utilizarla para ejercer presión sobre tu herida.
—Disparó dos veces. No lo tengo claro del todo, pero…
Confusa, Sloan se llevó la mano al lado derecho de su frente, palpó el vendaje.
—Sí, no penetró. Te han puesto diez puntos.
Un disparo en la cabeza. La picadura de mil avispas rabiosas.
—Podría haber sido peor.
—Podría.
—Mi madre, mi padre, Drea… Han estado aquí, ¿verdad?
—Sí.
—Todo es muy confuso.
—Han dicho que eso te durará un tiempo, pero que no hay que preocuparse. Sí, tu familia ha estado aquí constantemente. Los he convencido para que fueran a casa cuando vi que vinieron solo con la ropa que llevaban encima y poco más. Volverán por la mañana.
—¿Cuándo podré salir de aquí? ¿No debería hablar con el médico?
—Ya has hablado con el médico.
—¿Cuándo?
—Esta tarde. No has estado consciente todo el rato, ibas y venías. Te han hecho un montón de pruebas y estás evolucionando muy bien. Seguramente, mañana te levantarán un rato, te harán andar un poco.
—¿Cuándo podré salir? —Tenía ganas de llorar y estaba muy cerca de hacerlo—. Aquí solo huele a enfermo.
Y como que le había dicho exactamente esto la última vez que había recuperado la consciencia, Joel se limitó a sonreír.
—Tú eres también una persona enferma, hermanita. Tienen que controlarte por si pillas alguna infección o lo que sea. Y tienen que ayudarte a que te recuperes un poco. Mira, la bala te tocó el…, dame un segundo…
Joel cerró los ojos.
—El manubrio, eso es, la parte superior del esternón. Y una costilla, además. De modo que tuvieron que extraer fragmentos de hueso. Tienes una costilla rota y un agujero en el pecho. Eso sin contar con la herida de la cabeza. Así que siéntate y relájate. Toda esta historia te llevará unos cuantos días.
—Quiero hablar con el médico, de verdad. ¿Puedes llamar al médico, por favor?
—Son más de las dos de la mañana, Sloan. Déjalo descansar.
—¿Las dos? ¿De la mañana? ¿Qué demonios haces tú aquí? Vete a casa. —Nerviosa, consiguió incorporarse unos centímetros para enseguida dejarse caer hacia atrás—. Sari está embarazada. Está embarazada, ¿verdad? ¿No lo he soñado?
—Está bien preñada, sí, tía Sloan. Ayer pasó a verte. De hecho, ha venido a verte el departamento entero. Y absolutamente todo el mundo ha donado sangre. Perdiste un montón. —Al notar que iban a comenzar a temblarle, Joel se frotó los muslos—. La has recuperado toda. Han venido a verte tus abuelos por ambos lados, tu tío, tus primos, el capitán Hamm y mucha gente más.
—No recuerdo nada de nada. Todo es muy confuso y vago. Excepto que… morí en la mesa. En la mesa de operaciones.
—Te reanimaron.
—Sí. Tuvieron que conectarme al desfibrilador tres veces. Estaba flotando.
Porque, aunque todo lo demás era borroso, esto permanecía claro como un cristal pulido.
—Os vi a todos. —Sloan empezó a hablar muy despacio, a medida que rememoraba todos los detalles—. Te vi a ti, caminando nervioso de un lado a otro del pasillo, con la camisa manchada de sangre. De mi sangre. Luego en otro pasillo, hablando por teléfono. Llorando un poco. Le decías a la persona del otro lado de la línea que mi familia llegaría pronto y que la llamarías en cuanto yo saliera. Que estaba en el quirófano y que la llamarías en cuanto saliera.
Joel se frotó las manos con nerviosismo.
—¿Me estás vacilando?
—Lo tengo muy claro, Joel. ¿Cómo es posible que eso lo tenga tan claro y todo lo demás no? Quería dejarme ir. Me sentía tan ligera que habría sido muy fácil simplemente dejarme ir. Pero tú estabas llorando un poco y recordé que me habías dicho que tenía que luchar. Que no debía rendirme, sino luchar. Y eso fue lo que hice.
Joel se levantó y se acercó a la ventana. Abrió un poco las cortinas y miró hacia la oscuridad.
—Estaba hablando con Sari. Estaba asustada, lloraba, y quería venir al hospital. Tuve que tranquilizarla, convencerla de que esperara hasta que yo le dijera que podía venir. Te quiere mucho.
—Lo sé. Yo también la quiero.
Joel tardó un momento en volver a sentarse.
—Supongo que todo esto te convierte en un milagro, hermanita.
—Pues yo no me siento como un milagro. Tengo un tubo metido dentro.
—Para el drenaje, han dicho. Te lo sacarán pronto.
—Me tienen conectada a todo esto…, a todos estos trastos.
—La vía intravenosa para los líquidos, el catéter para recogerlos cuando los expulses.
—Resulta desmoralizador —decidió Sloan—. Además, duele un huevo. Me duele todo. ¿Por qué sonríes así?
—Porque estás mejor. Ya te sale la mala leche.
—Estupendo. Ayúdame a irme de aquí. Vamos, sácame de aquí. Me muero de hambre.
Joel enderezó la espalda.
—¿Tienes hambre?
—Tener hambre es querer una bolsa de patatas fritas. He dicho que me muero de hambre.
—Te traeré algo.
En cuanto Joel salió, Sloan se rindió y volvió a darle al botón. Se quedó adormilada, pero solo superficialmente. Se espabiló en cuanto reapareció Joel con un cuenco de plástico y una cuchara.
—Han dicho que empieces con esto.
—¿Qué es?
—Consomé de carne.
—Suena asqueroso. —Y a la mujer que tan solo unos días antes era capaz de levantar setenta kilos en press de banca, la cucharada de consomé le pareció como una pesa de cinco kilos—. Y está asqueroso —dijo, pero comió otra cucharada.
Consiguió engullir cuatro cucharadas antes de agotarse.
—Lo siento, eso es todo. —Notó que comenzaba a ir de nuevo a la deriva, a sumergirse—. Vete a casa, Joel.
Pero Joel dejó el cuenco en la mesita y se frotó la mejilla con los nudillos antes de sentarse de nuevo. Cogió el libro, estiró las piernas y se puso a leer.
La siguiente vez que se despertó, las cortinas abiertas dejaban entrar el sol. Su hermana estaba sentada a su lado, con el pelo suelto y brillante sobre los hombros, haciendo crucigramas en la tablet.
—Oh, tía, ¿qué haces aquí? —dijo Sloan.
Drea levantó la vista y esbozó una luminosa sonrisa.
—Yo también me alegro de verte.
—Son poco más de las nueve de una soleada mañana de noviembre. He mandado a Joel a su casa, lo cual no ha sido en absoluto fácil. Mamá y papá vendrán por la tarde. ¿Quieres desayunar algo?
—Quizá. Pero lo que quiero es salir de aquí, Drea.
—¿Y quién no lo querría? He oído decir que vas a dar los primeros pasos en esa dirección, literalmente. Esta mañana. Voy a ver si te consigo algo de comida.
Cuando su hermana salió, Sloan logró encontrar los controles y levantó el respaldo de la cama unos pocos centímetros. Y de este modo pudo, por primera vez, echar un buen vistazo a su entorno.
Muchas flores. Eso era agradable y debería sentirse agradecida. Más agradecida estaría si tanto ella como las flores hubieran estado en su apartamento, pero debía sentirse agradecida.
Las paredes eran de color beis, lo cual no era ninguna sorpresa; había muchas máquinas; un par de sillas y una puerta que supuso que daba acceso al cuarto de baño. A través de la ventana se veían algunos edificios, unos cuantos árboles y un aparcamiento.
Por primera vez se le ocurrió que ni siquiera sabía dónde estaba.
—¿Dónde demonios estoy? —le preguntó a Drea en cuanto volvió a entrar.
—En Hagerstown. Era el hospital más cercano y se están portando estupendamente. Angie va a traerte el desayuno y también buenas noticias. Vendrá el doctor a retirarte el catéter. E irás a dar un paseo.
—¿Fuera?
—No. —Con el tono de voz profesionalmente animado que utilizaba con sus clientes, Drea continuó—: Tenemos una amplia variedad de actividades en el interior para tu entretenimiento y diversión.
—Anda y que te den.
Ignorándola por completo, Drea continuó.
—Fisioterapia. ¡Yupi! Análisis de sangre, análisis de orina. ¡Divertidísimos! Tenemos también un librito de crucigramas, exclusivo para ti.
—La adicta a los crucigramas eres tú.
Drea, siempre tan solícita, ayudó a Sloan a incorporarse y le alisó y ahuecó la almohada.
—Me han dicho que son una forma excelente de ejercitar el cerebro. Tenemos también mi otra tablet. Puedes mirar películas, la tele, lo que te apetezca.
La realidad, y el miedo que la acompañaba, se transformaron en esperanza.
—Dios mío, Drea, ¿cuánto tiempo me tendrán encerrada aquí?
—Varios días más, eso seguro, pero mejor que se lo preguntes al médico. Es adorable, por cierto.
—¿Pretendes ligar con mi médico?
—Lo haría, pero lleva un anillo de casado.
En aquel momento, llegó Angie con una bandeja.
—¿Qué tal te encuentras esta mañana?
—Mejor. Como si ya hubiera llegado la hora de volver a casa.
—Veamos qué tal te sienta el desayuno.
—Nada de consomé de carne.
—No. Tenemos huevos revueltos, compota de manzana, yogur…
—¿Café?
—Un batido por el momento. Le preguntaremos al doctor por el café. Está pasando visita, llegará en un rato.
—Eso ya lo dijiste, creo, y Joel me dijo que hablé con él, con el doctor. Pero no lo recuerdo.
—La medicación de hoy en día es excelente. Después de que te vea el doctor, vamos a levantarte. Queremos que des unos cuantos paseos cortos varias veces al día. Más tarde, pasará el fisioterapeuta para enseñarte algunos ejercicios respiratorios.
—¿Puedo ducharme?
—Pronto. No sufras, te mantendremos ocupada durante el resto de tu estancia aquí. Si recibir el alta es tu motivación, haz uso de ella. Llegarás antes a tu meta. Y la comida siempre ayuda.
Le dio unos golpecitos cariñosos en la mano y se marchó.
Sloan logró comer un poco de huevo y se recostó en la cama.
—Tengo la sensación de estar muerta de hambre, pero cuando empiezo a comer, me resulta agotador. Nada me sabe bien.
—Prueba con el batido —dijo Drea, y le sujetó la pajita para que pudiera beber.
Sloan lo probó y negó con la cabeza.
—Quiero café, quiero que me saque esta cosa para hacer pis como una persona normal. Quiero largarme de este puto lugar, y quiero…
Se interrumpió y se llevó las manos a la cara para ocultar las lágrimas de rabia que le ardían en los ojos.
—Dios, ¡cómo soy! Parezco una mocosa de diez años. Estoy viva, y podría estar, o quizá debería estar, muerta, y lo único que se me ocurre es quejarme. Lo siento, lo siento mucho, pero es que estoy de muy mala leche.
—Mira, un hijo de puta disparó a mi hermana. Yo también estoy de mala leche.
Sloan intentó serenarse y retiró las manos de la cara.
—La reina de la mala leche soy yo. Tú podrías ser la princesa.
—Estupendo. Pues la princesa de la mala leche dice que comas un poco más.
—Vale.
Intentó comer un poco de huevos revueltos, una cucharada de yogur.
—Lo siento, pero no puedo más, de verdad.
Con un gesto de asentimiento, Drea apartó la bandeja.
—Mierda, ¿y Matias?
De espaldas a ella, Drea señaló un ramo de flores.
—Vino a verte el día después de la operación.
—¿Tengo por aquí mi teléfono? A lo mejor tendría que llamarlo, o al menos enviarle un mensaje.
Con fuego en la mirada, Drea se giró de repente.
—Le dejaron entrar a verte. Mamá y papá insistieron. Estuvo unos tres minutos, como mucho. No ha vuelto desde entonces.
—Oh. —El cerebro de Sloan intentó procesarlo—. De acuerdo.
—¿Es eso todo? ¿De acuerdo?
—No, claro que no es todo. Ni mucho menos. Ya me encargaré del tema.
—Si no mandas tú a la mierda a ese gilipollas, te juro que esperaré a que vuelvas a estar en forma… No, tú eres más fuerte que yo y más cabrona. Esperaré a que te recuperes y, entonces, te daré una patada en el culo.
Al ver la rabia en su hermana, parte del mal humor de Sloan se disipó.
—Ni aun así podrías conmigo. Pero no tendré necesidad de mandarlo a la mierda, Drea. Ya se ha mandado él solito. Y, o estoy demasiado cansada para andar preocupándome por el tema, o es que simplemente no me preocupa. ¿Te importaría llevarte esta comida de aquí? No aguanto ni el olor.
—Por supuesto.
Cuando Drea fue a retirar la bandeja, Sloan le cogió la mano.
—Te quiero, aunque te pienses que la guapa eres tú.
—Te quiero. Y te digo otra cosa, ahora mismo la guapa soy yo, sin lugar a dudas.
—¿Tan mal estoy?
—Evita los espejos de aquí a un par de días. Enseguida vuelvo.
En cuanto Drea salió, Sloan miró en dirección al cuarto de baño. Tenía que mirarse al espejo, pero no sabía cómo hacerlo.
Y mientras calculaba la solución, llegó el doctor Vincenti.
Drea tenía razón. Era adorable.
2
Vincenti tenía un carácter afable con un toque de encanto. Sloan intentó no pensar en que sus manos adorables, y obviamente hábiles, habían estado en su cavidad torácica.
El doctor consultó el historial y luego le examinó las heridas.
Tenía el pelo negro, perfectamente peinado hacia atrás, ojos castaños con largas pestañas, el rostro con un bronceado dorado y una voz que sonaba suave y lírica a la vez.
—Gracias por salvarme la vida.
—Su pareja de patrulla fue el que inició tan importante labor. Aprovechó al máximo esos cinco minutos de oro. Aplicó la presión necesaria, le estuvo hablando constantemente, mantuvo su concentración.
—Tuvieron que reanimarme.
—Eso hicimos, y por eso está aquí, evolucionando favorablemente. Voy a retirarle el catéter y Angie la acompañará a dar un paseo corto. No puede aún levantarse sola de la cama. —La señaló un instante—. Veo en sus ojos lo que su familia me ha contado de usted. Y, en consecuencia, seré directo. Una caída representaría una marcha atrás en el proceso y acarrearía complicaciones. Así que sea inteligente y pida la ayuda de la enfermera cada vez que quiera o necesite levantarse.
—¿Cuándo podré volver a casa?
La sonrisa de Vincenti no hizo más que aumentar su encanto.
—¿Sabe una cosa? Hiere de verdad mis sentimientos el hecho de que nadie quiera prolongar su estancia en nuestro magnífico hospital.
—¿Será quizá porque es un lugar lleno de enfermos?
—Y trabajamos para que se pongan bien y puedan marcharse. Para responderle, tenemos que ver dónde estamos de aquí a veinticuatro horas. Es una herida grave y ha necesitado cirugía mayor.
Sloan intentó esbozar una sonrisa.
—Pero usted es un cirujano experto y yo soy joven, sana y fuerte.
—Soy un cirujano experto y usted es joven, sana y fuerte. Pero la recuperación no será cuestión de días. Se recuperará, pero con tiempo, esfuerzo, paciencia y perseverancia.
—Tengo la sensación de que estar en cama me hace sentir más cansada y débil.
—Hoy se levantará y se moverá un poco. Lo repetiremos varias veces. Empezará fisioterapia y bajaremos la dosis de analgésicos. Dieta blanda un par de días más y después ya veremos.
Le cambió él mismo el apósito y cuando se dispuso a retirarle el catéter, Sloan miró fijamente el techo.
El sonido que debió de emitir provocó una sonrisa en Vincenti.
—Un alivio, ¿verdad?
—Enorme. Tenía… tenía que ir al baño. Ir a buscar una lata de Dr. Pepper para Joel mientras él echaba gasolina. Entré para ir al baño y comprar bebidas. Por eso fui al supermercado de la gasolinera. Ahora lo recuerdo.
—Es muy posible que tenga lagunas de memoria. No es preocupante.
Sloan se llevó la mano a la frente.
—Podría haber sido peor.
Esta vez, Vincenti no sonrió.
—Y suele serlo. Luego pasaré a verla otra vez.
—Ahora, vamos a levantarte muy despacio —dijo entonces Angie, que estaba también presente—. Te sentirás mareada y habrá que esperar a que se te pase. El camisón va cruzado por delante para poder manipularte mejor, pero el trasero queda tapado.
—Me alegro de saberlo.
Le llevó mucho más tiempo de lo que se imaginaba el simple hecho de levantarse y descubrir que sus pies parecían no estar conectados con unas piernas que eran como espaguetis demasiado cocidos.
Pero consiguió llegar hasta la puerta, arrastrando el palo de suero, y dar unos pasos por el pasillo, donde Drea la esperaba con una silla de ruedas.
—Por si acaso.
La mala leche emergió de nuevo.
—No quiero eso. No lo necesito.
Pero al final, lo necesitó y tuvo que contener la rabia que se revolvía en sus entrañas.
—Te sientes frustrada —le dijo Angie—, pero te equivocas. Has caminado unos dos minutos. Por la tarde volverás a caminar. Y por la noche, otra vez.
—Tal vez seas la reina de la mala leche —dijo Drea, empujando la silla de ruedas—, pero también eres de las que no se rinden.
Y tenía toda la razón. Durante los tres días que siguieron, días interminables, se esforzó en andar. Dos minutos, tres, después cinco minutos seguidos. A cada hora, practicaba los ejercicios de respiración que le habían prescrito y también por la noche, cuando se despertaba.
No comentó con nadie las pesadillas que la despertaban. Era un tema privado y decidió que ya se le pasarían. Revivir el instante en que aquel tipo se había girado y le había disparado le parecía normal.
Y lo superaría. Tenía un objetivo: recibir el alta. Cuando llegó ese día, le trajo alegría, luego conmoción y una ira contenida.
Se sentó en una de las sillas, lo que suponía un alivio y un avance también. Vincenti ocupó la otra.
—El proceso de recuperación está yendo muy bien. El apetito no, sin embargo.
—¿Podría ser, quizá, por la comida de hospital?
—¿Cree que no sé que le trajeron caldo de pollo de su abuela, muy sabroso, por cierto, una hamburguesa con queso y patatas fritas de McDonald’s, y tiras de cerdo con patatas asadas preparadas por su madre? Me pasó incluso la receta para mi esposa. Se la pedí. Yo soy un cocinero desastroso.
—No se le pasa nada.
—Efectivamente, tampoco se me ha pasado que apenas ha comido nada de todo eso. Ha perdido casi cinco kilos desde su ingreso. No deja de ser normal, pero hay que corregirlo.
—Trabajaré en ello.
—Cuando en dos semanas hagamos la visita de seguimiento, quiero ver que ha ganado al menos más de un kilo.
—¿Dos semanas? Pero…
—Visita de seguimiento —dijo Vincenti, interrumpiéndola—. Mañana por la mañana tendrá el alta. —Levantó entonces la mano—. Pero hay condiciones.
—Las cumpliré.
—No puede vivir sola. Lo evaluaremos de nuevo en dos semanas. Su apartamento está en un tercer piso sin ascensor. Nada de eso por el momento. Sus padres me han dicho que puede vivir con ellos en casa hasta que esté totalmente recuperada.
—Mi puesto de trabajo está en Stevensville y mi familia vive en Heron’s Rest, a casi cuatro horas de distancia.
—Permanecerá de baja médica, Sloan. Necesita otros treinta días más. Y nada de conducir hasta que vuelva a verla. Los ejercicios de respiración son importantes. Continúe con ellos. Siga caminando. Nada de ejercicios agotadores, nada de levantar pesos por encima de los dos kilos. Angie le enseñará cómo cambiarse los vendajes y se irá controlando el pecho por si acaso apareciese algún signo de rojez o inflamación. Al más mínimo indicio, póngase enseguida en contacto conmigo, Sloan. —Interpretando perfectamente la expresión de Sloan, añadió—: Estas son las condiciones para el alta, y tiene que darme su palabra de que las cumplirá.
—De acuerdo.
«Solo dos semanas —pensó—, y lejos del hospital, además». Dos semanas con la familia, en la casa de su infancia. ¿Cómo quejarse por ello?
—Y ahora, otra sugerencia importante. Sufre usted pesadillas.
Sloan abrió la boca dispuesta a contradecirlo, pero valoraba la verdad por encima de todo. De manera que se encogió de hombros.
—Es algo habitual. Lo he buscado.
—De ser así, también debe de haber leído que es importante contárselo al médico, y no lo ha hecho. Pero se lo pasaré. Y debe de haber leído asimismo que hay tratamientos disponibles.
—No necesito ningún psicólogo.
Vincenti la miró con sus ojos maravillosamente pacientes.
—Eso es lo que dicen prácticamente todos los que saldrían beneficiados de unas sesiones de terapia. Le dispararon y estuvo clínicamente muerta durante más de dos minutos. Ha sufrido un trauma físico, emocional y mental. Tengo la impresión de que a pesar de que es lo bastante terca como para rechazar la idea de pedir ayuda, también es lo bastante inteligente como para entender cuándo la requiere. De modo que, piénselo.
—De acuerdo, lo pensaré. Quiero volver a mi vida. Quiero volver al trabajo. No he muerto y quiero vivir.
—Buena actitud. Cumpla las condiciones, reflexione sobre mi sugerencia. Viva. He hecho un buen trabajo con usted, así que no me lo fastidie.
Sloan se había autoconvencido de que su situación no era tan grave cuando, entonces, recibió la visita de su capitán y todo fue a peor.
Cuando se marchó, se quedó pensativa hasta que llegó Joel. La miró con compasión.
—¿Te ha echado la bronca el capitán?
—No solo los treinta días de baja médica, sino que, después de eso, pretende que pase dos más trabajando en la oficina. Y entonces, para volver a la actividad, dice que tengo que superar el examen tanto de un médico como del psicólogo del departamento. ¡Ya le vale!
—Lo siento, hermanita, lo siento de verdad, pero no puedo estar más de acuerdo con él. Salir de aquí es el primer paso. Y después vendrá el siguiente, y luego el siguiente.
—Ni siquiera me dejan volver a mi casa. ¿Cómo te sentirías si tuvieses que ir a vivir de nuevo en el lugar donde pasaste tu infancia?
—Mientras Sari estuviera conmigo, me sentiría bien. Mi madre es una cocinera fantástica. De hecho, te traigo aquí una ración de su pollo y sus dumplings.
La gente se preocupaba por ella, se obligó Sloan a recordarse. La estaban ayudando.
En cambio, darle mil vueltas a las cosas, estar de mala leche y quejarse por todo no servía de nada.
—Se lo agradezco mucho.
—Tienes que comer mejor de lo que has venido haciéndolo hasta ahora, hermanita. Lo sabes.
—Lo sé, te lo juro. Pero es que… saberlo y hacerlo no siempre es lo mismo. Tengo hambre, pero en cuanto me pongo a comer, dejo de tenerlo. Quizá si pudiera volver a moverme, pero moverme de verdad. Necesito otras cosas en las que centrarme. Necesito trabajar, pero lo único que hago es hacer crucigramas y mirar Netflix.
—Pues dan buenas cosas ahí.
Sloan se tocó el pelo e intentó recordar que precisaba ayuda incluso para lavárselo.
—Estoy cansada de mí, Joel, es la verdad. Cansada de estar todo el día metida en mi propia cabeza. Cansada de no ser capaz de andar diez minutos seguidos sin la sensación de haber corrido cinco kilómetros. Cansada de que me pinchen y me soben por todos lados. Estoy hasta el gorro de mí misma.
—Me alegro de ser más tolerante que tú. —Tomó asiento y sacó una foto del bolsillo—. ¿Quieres ver a mi niña?
—¿Quééé? ¡Trae eso para acá! —Después de arrancarle de las manos la foto de la ecografía, se quedó mirándola y le dio la vuelta—. ¿Dónde está?
—A mí también tuvieron que enseñármela, pero ahora ya la veo enseguida.
Joel se inclinó y trazó la figura con el dedo.
—Hazlo otra vez —dijo Sloan. Y entonces asintió y sonrió—. ¡La veo! Jolín. Y qué guapa es.
Le devolvió la foto.
—Voy a comprarle un animalito de peluche de color rosa. En cuanto lo vea, sabré qué animalito será. Gracias por compartir conmigo un poco de felicidad.
—La felicidad es lo mejor que podemos compartir.
—Pues yo también tengo algo feliz que compartir. Cumple todos los requisitos: Matias me ha enviado un mensaje diciendo que rompe conmigo.
—Cabrón.
—No, en realidad es más bien un débil y un cobarde. No, espera. Un cabrón débil y cobarde. Básicamente me ha dicho que es incapaz de gestionar esta relación. Que verme en el hospital de esta manera le ha servido para darse cuenta de que no estábamos destinados a estar juntos. Y luego me ha pedido que le envíe las cosas de él que tengo en mi casa. Que él ya me ha enviado todo lo que tenía mío a casa de mis padres, ya que no sabe cuándo volveré yo a casa. Y lo ha rematado deseándome lo mejor.
—¿Y por qué calificas eso de noticia feliz?
—Tenía pensado quedar con él cuando saliera de aquí y decirle que habíamos acabado, puesto que es un cabrón egoísta que no ha sido capaz de estar ni dos minutos a mi lado con todo lo que he pasado. Me ha ahorrado la molestia.
—Hazme una lista de sus cosas y me encargo, hermanita.
—Joel, puedo apañármelas.
—No. Pásame una lista con todas las cosas de ese gilipollas y se las mando yo. Iré a tu casa con tu hermana o con quien tú me digas para prepararte todo lo que necesitas para ese par de semanas que estarás en Heron’s Rest.
—Ya lo haré yo. No es necesario…
—No puedes conducir, ¿no te han dicho eso?
Rabiosa de nuevo consigo misma, Sloan suspiró.
—Sí.
—Entonces, ¿por qué es mejor que alguien te lleve hasta allí, perder el tiempo en recoger tus cosas, luego tener que pasar ni aunque sean cinco minutos con ese imbécil, cuando puedes largarte de aquí e ir directamente a casa de tu familia? A veces, tienes que dejarte cuidar por la gente, hermanita.
—Todo el mundo ha estado cuidándome y te juro que, a pesar de ser tan quejica, lo agradezco de verdad.
—Pues vas a tener que seguir agradeciéndolo un rato más. Prepárame una lista.
—Tampoco hay mucho. Tiene algo de ropa en el armario de mi habitación y en el cajón superior izquierdo de la cómoda. Debe de haber también un cartón de leche de avena y algo de tofu en la nevera. Imagino que la leche ya estará caducada a estas alturas. Ni lo había pensado.
—Pues la tiraré. ¿Qué más?
Mientras Sloan elaboraba la lista, se dio cuenta de que había guardado sus cosas —las pocas que tenía— completamente separadas de las de ella. ¿Por qué no habría caído antes en eso?
Pero ya daba igual, decidió. Capítulo cerrado.
—¿Y qué cosas quieres tú? Puedo pasárselo a tus padres.
—Es una lista más larga.
—Tengo tiempo.
Cuando acabó, Sloan acompañó a Joel hasta el ascensor y luego dio un paseo por la planta. Quizá caminara muy lenta, pero tenía que celebrar el hecho de poder moverse, y sin gran dolor, además.
La incomodidad, el cansancio, eran cosas que podía gestionar. Que gestionaría, se prometió, y luego se hizo una segunda promesa.
Dejar de quejarse por todo.
La última noche que pasó en el hospital durmió muy mal. Las pesadillas siguieron acosándola.
En su sueño, recorrió la distancia entre los surtidores de gasolina y el pequeño supermercado y el viento empezó a arreciar y gemir. Las hojas, arrancadas de los árboles, se deslizaban por el suelo y arañaban el pavimento. Las luces del supermercado eran abrasadoras, le quemaban casi los ojos. A través del cristal no podía ver otra cosa que aquella luz violenta.
Abrió entonces la puerta, las bisagras rechinaron y encontró un interior con un ambiente cargado y caliente.
Cuando, bajo aquella luz tan dura, vio un hombre de espaldas a ella, el corazón empezó a latirle con fuerza, provocándole dolor en el pecho. Y el escaso aire que le entraba en los pulmones comenzó a silbar en su garganta en cuanto descansó la mano en su arma.
Su cabeza gritó: «¡Sal corriendo de aquí!».
Pero el hombre se volvió. No tenía cara, solo una máscara esquelética debajo de la capucha de su sudadera negra. Y cuando blandió contra el pecho de Sloan la guadaña que portaba, ella se sentó de golpe en la cama, jadeando.
Presionó con ambas manos su corazón desbocado y notó la sangre brotando entre sus dedos.
Pero cuando bajó la vista, presa del pánico, descubrió que tenía las manos secas. Temblorosas pero secas.
Esforzándose por respirar, volvió a tumbarse. Por un momento, se vio flotando, igual que se había visto cuando su corazón dejó de latir.
Su propia voz resonó en su cabeza.
«A veces, morir es más fácil que vivir».
«Tal vez —pensó—. Tal vez». Pero viviría. Las pesadillas pasarían, y viviría.
Su familia llegó al mediodía, con su padre encabezando el grupo.
—Todo a punto, las maletas están en el coche. ¿Lista para salir de aquí?
—Más que lista.
Su hermana, una vez más, llegó con una silla de ruedas.
—Puedo andar. Quieren que ande.
—Será solo hasta la salida. Política del hospital.
«Nada de quejarse», se recordó. Y se instaló en la silla de ruedas.
Pararon un rato en enfermería para despedirse y dar las gracias.
—Has avanzado mucho en muy poco tiempo —le dijo Angie—. Y esa es la señal distintiva de una buena paciente.
Sloan soltó una carcajada.
—¿Una buena paciente? ¿Yo?
—Sí. De hecho, una paciente excelente. Has seguido todas las instrucciones, incluso cuando no querías hacerlo. Continúa así.
—Nos aseguraremos de que lo haga —dijo su madre—. Nunca podremos agradecérselo lo suficiente, ni a usted ni a todos los demás, el haber cuidado tan bien de nuestra chica.
—Nos dedicamos a esto. Tienes una familia estupenda, Sloan. Te ayudarán a recorrer lo que queda de camino.
Drea empujó la silla de ruedas hasta el ascensor. Pero, esta vez, no para hacer más radiografías, ni más análisis, sino para ir a casa.
En el exterior, Sloan aspiró el aire frío como si fuese perfume.
—¡Ya no huele a hospital! Solo a aire, al frío aire otoñal.
Se levantó y bailó feliz en su cabeza. Drea se encargó de devolver la silla mientras su padre iba a buscar el coche. Su madre se quedó con Sloan y la rodeó con el brazo.
—Podría haber ido andando hasta el coche.
—Hace frío, pequeña. Deja que te mimemos un poco este primer día. Sé que tienes que apretar en tu recuperación y te prometo que no permitiremos que te relajes. Pero nosotros hemos estado esperando también que llegase este día. Vuelves por fin a casa.
—Si yo prometo no apretar más de lo que mi cuerpo puede, vosotros tendréis que prometerme no dejar el trabajo de lado, no preocuparos y estar todo el día encima de mí.
—No existe padre ni madre en el mundo capaz de prometer no preocuparse y decirlo en serio. Pero intentaremos de verdad no estar todo el día encima.
—Me parece bien.
Drea salió del hospital justo cuando llegaba el coche.
—Tú delante.
—De ninguna manera. No vamos a romper las tradiciones. Los padres delante y las niñas detrás —dijo Sloan.
—Me parece bien —repuso su madre, y le dio a su hija un beso en la mejilla.
—¿Todo el mundo dentro? —preguntó su padre, frotándose las manos—. Adelante el rock and roll.
Sloan rio; otra tradición. Su padre siempre decía lo mismo cuando la familia emprendía un viaje.
Y se pusieron en marcha con los clásicos de rock favoritos de su padre sonando en la radio.
—¿Qué tal van los alquileres de otoño? —preguntó Sloan, iniciando una conversación.
—Estamos completos. —Su madre cambió un poco de postura para poder mirar por encima del hombro—. Los Benson llegan el martes para pasar la semana de Acción de Gracias. Este año los acompañarán dos nietos más y por eso han reservado dos cabañas. Esquiarán un poco, pero los niños más mayores quieren probar además las raquetas de nieve. Nos hemos encargado de reservárselo todo.
Sloan se acordaba bien de los Benson, puesto que iban al Rest desde que ella era pequeña. Alquilaban una cabaña en otoño y luego también en verano. En otoño esquiaban y hacían senderismo y en verano alquilaban barcas. El negocio familiar, All the Rest, ya en su tercera generación después de la incorporación de Drea, se dedicaba al mantenimiento y alquiler de cabañas, búngalos y casas junto al lago, así como de barcas —tanto a motor como a vela—, kayaks, canoas y tablas para practicar el pádel surf.
Gestionaban reservas de rafting en aguas bravas, excursiones de esquí nórdico, snowboard, raquetas de nieve, además de organizar caminatas guiadas.
Heron’s Rest, situado en lo más profundo de las montañas y dominado por Mirror Lake, no tenía tantos visitantes como Deep Creek y sus centros turísticos, sino que atraía a quienes buscaban una estancia más íntima y tranquila.
Y ofrecía todo lo que los visitantes querían durante las cuatro estaciones del año. Cada una de ellas poseía una belleza y un atractivo especial.
No podría volver a su casa durante un tiempo, se dijo Sloan, pero sí podría, y lo haría, dar paseos cortos por los senderos que tan bien conocía y caminatas más largas por el camino del lago. Recuperaría su fuerza y su resistencia. La ruta hacia el noroeste le resultaba también familiar. La autopista que estaban recorriendo trazaba largas curvas para adentrarse en las montañas, las cuales se volvían más imponentes a medida que iban pasando los kilómetros.
Habían salido del hospital con ambiente frío pero seco, y ahora, muchos kilómetros más allá, la nieve se extendía por montañas y campos. Helaba las cumbres, cubría los valles. Se aferraba a las ramas de los pinos y de los árboles de madera noble ahora desnudos, de tal modo que el paisaje recordaba al de una felicitación antigua de Navidad.
Le encantaba la vista, la sensación, el olor que desprendían aquellos bosques cuando caminaba por ellos. Ese atractivo era uno de los motivos por los que había elegido la profesión que desempeñaba.
Conocía la belleza de la naturaleza… y sus peligros, sus caprichos. Y siempre había sentido la imperiosa necesidad de protegerla y conservarla.
Se adormiló y se espabiló de nuevo, enfadada consigo misma. Era como una niña, pensó, o como una anciana, incapaz de permanecer despierta un par de horas en un coche en movimiento.
Nada de quejas, se recordó. Una siestecilla ayudaría a que el viaje transcurriese más rápido. Y, además, ya estaban prácticamente en casa.
El coche abandonó la autopista y la sustituyó una carretera que se retorcía y ascendía, serpenteaba y volvía a descender. Bosques tupidos de verde y blanco, rocas heladas, mares profundos de nieve, la altura de los Allegheny lo dominaba todo, como si las autopistas aún no se hubiesen inventado.
Sloan vio de refilón que Drea estaba mirando el teléfono.
—¿Algún problema?
—¿Qué? No, la verdad es que no. ¿Por qué siempre me pillan las cosas en este par de kilómetros sin cobertura?
—Apuesto lo que quieras a que quienquiera que esté al otro lado de la línea puede esperar tres o cuatro minutos a que salgamos de aquí.
—Y más que puede esperar. —Pero siguió mirando con mala cara el teléfono—. No pasa nada, pero aborrezco no tener cobertura. Ya sé que soy un poco rara. A lo mejor me gusta ser un poco rara.
—A lo mejor tendrías que plantearte pegarte el teléfono a la mano.
—Sí, me lo he planteado. Tengo que estar conectada por cuestiones de trabajo, igual que tú.
—Espero que me acuerde de trabajar.
—Por favor. —Drea giró el teléfono sobre su muslo—. ¿Qué tipo de calzado lleva papá?
—Botas. Timberland. Marrón oscuro. Pero no es una excepción. Es bastante habitual.
—Pues no bajes la vista y dime qué calzado llevo yo.
—Botas negras, por encima del tobillo, con cordones con cuadraditos en blanco y negro. —Sloan cerró los ojos—. Son unas Ugg. Bonitas, parecen nuevas.
—Son bonitas y nuevas. Y ni si te ocurra pedírmelas prestadas.
«Típico», pensó Sloan.
—Puedo permitirme mis propias Ugg.
—Pues deberías. Son estupendas. ¿Has visto? Sigues capturándolo todo, recordándolo luego. Ojalá yo fuera la mitad de buena que tú en eso.
Se sentía cansada, increíblemente cansada, y tenía que esforzarse por permanecer despierta, por ser consciente de todo.
—Se trata simplemente de prestar atención.
—No, no se trata simplemente de eso —contratacó Drea.
Comoquiera que fuese, Sloan decidió que utilizaría aquella habilidad, que la mantendría en forma. Que mantendría su mente en forma.
Y que, mediante esto, su cuerpo seguiría el ejemplo.
Conexiones. Había asistido a algunas clases de yoga con un profesor que hablaba —quizá demasiado— sobre la conexión entre mente, cuerpo y espíritu.
Aprovecharía lo aprendido y trabajaría esos tres aspectos.
De pronto vio el lago, un destello brillante cuando los rayos de sol acariciaron el agua. Otra curva, una más, y allí estaba, tan azul como el cielo, con las montañas, sus pliegues y sus picos, el marrón, el blanco y el verde pino, característicos de aquella estación, reflejados en su superficie.
De repente, se sintió más animada.
Observó a una familia de cisnes: la madre, el padre y seis hijos casi adultos deslizándose en grupo. Pronto migrarían y los padres regresarían para aparearse de nuevo, para surcar las aguas del lago con sus polluelos.
En pocas semanas, si el tiempo seguía así, el lago se helaría y la superficie se volvería lo bastante sólida como para patinar sobre ella y pescar en el hielo.
Las pistas recortaban las montañas y los esquiadores, minúsculos en la distancia, descendían por ellas.
Atisbó las columnas de humo que emergían de las chimeneas de las cabañas y las casitas encajonadas entre el marrón y el verde, y las encantadoras viviendas que flanqueaban la orilla del lago.
Y, bajo el sol, el resplandor de los cristales de la casa de su infancia, junto al lago.
El impulso, un tirón fuerte y cargado de sentimientos, la cogió por sorpresa. Seguía visitando aquella casa al menos una vez al mes, se quedaba en ella algún que otro fin de semana cuando el trabajo se lo permitía.
Pero esta vez era distinto. Era una vuelta a casa distinta. Y le sosegó tanto la mente como el espíritu.
No se había dado cuenta hasta aquel momento de lo mucho que necesitaba regresar a casa.
Deseaba sentarse, hacerse un ovillo junto a la chimenea y contemplar la puesta de sol, reflejada en el lago. Deseaba escuchar los gritos de los colimbos, observar el vuelo de las garzas, deleitarse con la visión de la majestuosa águila calva.
Desde la ventana de su apartamento en Annapolis, podía ver de refilón la bahía, pero no. No era lo mismo.
Y por ahora, al menos por ahora, comprendía por fin que necesitaba aquello.
Necesitaba la vieja casa de dos plantas con persianas que no eran meramente decorativas, sus amplias terrazas, su enorme cocina-comedor, su porche donde podías pasar horas sentada.
Deseaba la vista que tenía desde la ventana de su habitación de los árboles trepando por las montañas. Deseaba el consuelo y el silencio tanto como deseaba volver a sentirse Sloan.
Su padre metió el coche en el garaje de los bajos del edificio. Apagó el motor y se volvió para sonreírle a Sloan.
—Bienvenida a casa.
3
No era su casa, pero era su hogar, y la sensación de familiaridad le proporcionaba consuelo.
El perro grande y desgreñado al que sus padres habían puesto de nombre Mop se acercó tranquilamente a saludarla. Y mientras se meneaba entero, de la cabeza a la cola, Sloan acarició su largo y mullido pelaje gris.
—Ay, este chico. ¿Ya has estado otra vez revolcándote en la nieve?
—No hay nada que le guste más, excepto lanzarse de un salto al lago para nadar. Voy a subir a mi casa para ocuparme de algunas cosas. Bajaré luego.
Drea se quitó sus preciosas botas nuevas y subió la escalera del otro lado del garaje para acceder a su apartamento, situado justo encima.
Siguiendo al perro, Sloan entró en casa con sus padres.
La vieja chimenea de piedra, con su gruesa repisa de madera y estanterías a ambos lados, dominaba el comedor, que había sido en su día —en tiempos de su abuelo paterno, antes de que se casara— una cabaña de una sola habitación.
Ezra Cooper había fundado el negocio y, poco a poco, había ido ampliando la cabaña original a medida que la familia había ido creciendo. Había incorporado un segundo piso, la gran cocina rústica y un salón que se utilizaba casi exclusivamente para las ocasiones especiales.
Con la llegada de sus dos hijos, había añadido las terrazas, un garaje y los ventanales. Y había ido invirtiendo en otras cabañas, barcas y equipamiento hasta que All the Rest se convirtió en una empresa que ofrecía alquileres, ventas, guías y muchas cosas más a los turistas que visitaban Mirror Lake.
El hermano mayor de Dean no había querido continuar en el negocio y había seguido estudiando. Profesor de
