Kiss the villain (Villanos 1)

Rina Kent

Fragmento

Lista de reproducción

Lista de reproducción

«Power» – Isak Danielson

«He’s My Man» – Luvcat

«Daddy Issues» – The Neighbourhood

«Strangers» – Ethel Cain

«Apocalypse» – Cigarettes After Sex

«Addicted to the Wicked & Twisted» – Palaye Royale

«The Summoning» – Sleep Token

«Teacher’s Pet» – Melanie Martinez

«Swim» – Chase Atlantic

«Want me» – Stephen Dawes

«Bad Omens» – 5 Seconds of Summer

«Pain Killer» – Grabbitz

«Sail» – AWOLNATION

«Nameless» – Stevie Howie

«Green Eyes» – Coldplay

«Into the Fire» (Accoustic Version) – Asking Alexandria

«Something Blue» – VIOLA

«Birds of a Feather» – Billie Eilish

«Livin’ in a World Without You» – The Rasmus

Encuentra la lista completa en Spotify.

UNO

Gareth

Hoy voy a hacerle daño a alguien.

Me da igual quién sea mientras se encoja y retuerza como un gusano bajo mis zapatos.

O más concretamente, como una serpiente.

Es broma. Sí que me importa quién sea.

No puede ser cualquiera. El objetivo de mi noche de desenfreno tiene que ser un bribón tan malo como yo.

O peor.

Aunque, en teoría, todo el mundo es peor que yo, así que no hay mucha vuelta de hoja, supongo.

Nadie esperaría que el genio residente de la facultad de Derecho de la King’s U (o la KU) se infiltre en la mansión de las Sierpes en una de sus fiestas más importantes.

Ni que iría por nada más y nada menos que el cabecilla de las Sierpes, Yulian Dimitriev.

El hijo del líder de la bratva de Chicago.

Pero a mí siempre me han gustado los retos.

Así que aquí estoy, paseándome por su animada mansión, que rebosa extravagancia, deslizándome entre cuerpos calientes, drogados y borrachos. Todo esto a pesar de que soy un miembro de los Paganos, el otro club secreto en la zona de la King’s U y el rival letal de las Sierpes.

Llevamos tirándonos de los pelos desde que se fundó la universidad en esta isla olvidada de la mano de Dios en la costa del terrible, oscuro y deprimido Reino Unido.

Y aunque a nosotros nos encanta montar follones, fue Yulian el que empezó la guerra. Se ve que tenía ganas de que le reventaran la cabeza en mil pedazos.

Por supuesto, nosotros devolvimos el primer golpe y, desde entonces, ya no se sabe muy bien quién ostenta más poder.

De nuevo, estoy bromeando. Nosotros no tenemos rival.

Sin embargo, las Sierpes están ahí ahí. Sobre todo, Yulian.

Nuestras peleas siempre son la comidilla del campus y los combates clandestinos atraen a más gente de la que deberían.

Lo cierto es que a todo el mundo le gusta un poco de anarquía.

Una pizca de caos y violencia.

Una gota de sangre por aquí. Un crujido de huesos por allá.

Cuanto más loco, mejor. Cuanto más desquiciado sea, más se entretiene el público.

Sin embargo, a ese mismo público le horroriza la idea de acercarse, de dar un puñetazo, de saborear esa sangre o de tocar ese hueso roto.

Es algo increíblemente repugnante.

Claramente pervertido.

Extremadamente inhumano.

Vil.

Atroz.

Horrible.

Coreo el mismo mantra en público, incluso entre mis propios amigos. Me conocen como Gareth «el Arreglatodo». Gareth, quien se asegura de que nadie muera y quien habla con la policía.

El niño bueno de Gareth, el que tiene el mayor coeficiente intelectual, por el que babearon las universidades de la Ivy League para que se uniera a su alumnado.

Gareth, quien posee la reputación más intachable y un futuro lleno de puertas abiertas.

Nadie sospecha que, cuando creen que estoy encerrado y estudiando en mi habitación, en realidad estoy aquí, paseándome por las líneas enemigas de las Sierpes.

Haciendo lo que ninguno de ellos, ni siquiera mi hermano Killian, se atreverían a hacer.

Además, soy de lo más meticuloso. Primero, tengo que recibir una invitación, pero solo se envían las aprobadas por los mandamases, es decir, por Yulian y su panda de seguidores inútiles. Pero suelen permitir a sus invitados que lleven algún acompañante.

Así que he seducido a una de las chicas con las que Yulian ha estado tonteando, fingiendo que el libro que leía era interesante —no lo era, no era más que otra mierda analítica y aburridísima escrita por algún idiota engreído—, y puse el plan en marcha.

Estaba convencido de que la chica era la novia de Yulian, ya que siempre va cogida de su brazo y le mete la lengua hasta la campanilla en todos los rincones de la universidad, aunque os aseguro que no lo parecía cuando me hizo piececitos en la entrepierna por debajo de la mesa de la biblioteca. Un asco, por cierto, no acerquéis vuestros zapatos sucios a mi persona.

Un par de vaqueros incinerados después, conseguí la invitación por la que había soportado las ganas de rajarle la garganta.

Aunque, desde que he llegado, he ignorado su presencia. La máscara ayuda a esconder mi identidad.

Soy invisible.

Me ajusto la máscara de esqueleto blanco que tiene dos agujeros grandes y pintados de negro ahí donde están mis ojos; la versión sierpe de nuestras máscaras de neón. Mientras que los nuestros se distinguen por el color, los suyos destacan por los símbolos dibujados en las máscaras.

Los invitados normales, como el que yo finjo ser, llevan una simple máscara de esqueleto blanco.

Los líderes lucen máscaras de esqueleto negro.

Yulian, cuyos movimientos he estado siguiendo por toda la sala, también lleva esa máscara de esqueleto negro, pero tiene el dibujo de unas serpientes doradas saliendo de donde están los ojos.

No me sorprende en absoluto; le encanta llamar la atención. Cuanto más estrambótico, mejor.

Aunque su mansión es todo lo que uno cabría esperar. Una muestra sobrecogedora de poder, riqueza y control. El salón de baile se extiende ante mí en tonalidades frías y decadentes de marfil.

Las lámparas de araña penden del techo, con cristales engarzados, y proyectan un brillo tenue y etéreo sobre los suelos de mármol, que brillan como si fueran de cristal. Las cortinas de terciopelo cubren las paredes; su tela granate refleja una luz carmesí sobre los estudiantes de la KU.

La ruidosa cháchara y la música alta embargan el ambiente, pero todo parece distante, amortiguado, porque estoy en los márgenes de algo en lo que no quiero participar.

Me desplazo entre la multitud con facilidad, como una persona sin rostro entre las Sierpes, camuflándome entre los demás. Tengo la espalda recta y me muevo con seguridad, hasta que me cuelo entre ellos sin que nadie se percate de mí.

Así he sido siempre.

Invisible.

Insignificante.

Al crecer bajo la sofocante sombra de mi hermano menor, no pude más que hacerme pequeño.

Apenas distinguible a su lado.

Totalmente eclipsado por su hábito de llamar la atención.

«Eres tan buen chico, Gaz».

«Qué alegría poder contar contigo, hijo».

«Responsable».

«De fiar».

«Perfecto».

«Perfecto».

«P. E. R. F. E. C. T. O».

Desde que nací, esas son las palabras que me han dedicado mis padres, mi abuelo, mis profesores y todos mis conocidos, la verdad.

Y me encanta.

Me gusta que ninguno de ellos se huela esta faceta que tengo.

Esta faceta cargada de deseos y vacíos, y una sed tan acuciante que, si se percataran, Kill quedaría de santo.

Salvo mi abuelo.

El abuelo es distinto.

Pero volvamos a esos deseos, al motivo por el que estoy perdiendo mi tiempo con esta gente. El ambiente está cargado de perfume, alcohol y algo más, algo más oscuro, como la desesperación y el dolor. Me envuelve la garganta como una soga, y aspiro hondo para llenar mis pulmones.

Como si fuera el chute más fuerte del mercado.

Como esa mierda que le eché a la copa de Yulian antes, cuando pasé a su lado como si nada mientras hablaba con uno de sus matones.

Me aseguré de apartar el rostro de la cámara, para que no encontraran nada si después comprobaban los vídeos de seguridad. Claro que podrían seguir mis movimientos a lo largo de la noche, pero en ese asunto también voy un paso por delante.

No solo me he asegurado de esquivar todas las cámaras, sino que además llevo unas lentillas marrones, para que si consiguen sacar una imagen de mis ojos, los lleve a confusión.

Yulian se tambalea y se agarra a la barandilla de la escalera para mantener el equilibrio. El resto de los idiotas borrachos no le prestan atención.

Mis labios se estiran en una sonrisilla tras la máscara.

La droga está haciendo efecto.

Pronto, perderá toda su fuerza.

No me malinterpretéis. Aunque quiera acabar con el líder de las Sierpes, no soy tan tonto como para pensar que puedo con él.

No solo es enorme —casi tan grande y alto como mi primo Nikolai—, sino que también es espabilado y se rodea de gente y guardaespaldas que me desmembrarían en el acto.

Tengo que ser más listo.

Nunca se me han dado muy bien los puños, y por eso mismo aprendí tiro con arco y empleo flechas para disparar a la gente que viene a nuestras iniciaciones.

Una pena que no haya podido traerme el arco aquí.

Yulian estaría precioso con una flecha entre los ojos y sangre cayéndole por la cara.

Una oportunidad perdida.

Sin embargo, mis planes son más retorcidos. Lo voy a humillar de forma que acabe en una lista negra, no solo de la isla, sino de su hogar en Estados Unidos.

Puede que su padre le meta un tiro. Eso sería divertido.

Ensancho la sonrisa al imaginarlo.

Si Yulian desaparece, las Sierpes tienen los días contados. Al contrario que nosotros, que tenemos una estructura de poder más equilibrada, Yulian lleva todo este tiempo cargando sobre sus hombros este desastre.

Y ahí lo tenéis, subiendo las escaleras poco a poco, aferrándose a la barandilla.

Ojalá me hubiera traído una cámara para grabar este momento.

Mis amigos se quedarían pasmados si supieran lo que he hecho y lo que voy a hacer.

Pero, de nuevo, nunca lo sabrán.

Nadie lo sabrá.

Al contrario que mi hermano, a mí no me gusta alardear de mis obras maestras.

Me mezclo con un grupo que se dirige al piso de arriba y, después, me separo de ellos y me acerco a otros fiesteros que están buscando una habitación en la que desquitarse follando.

No termino de entender cómo es posible que la gente sea tan… animal. Dejan que sus necesidades saquen lo peor de sí mismos, sucumben a decisiones estúpidas y a polvos de mierda de los que sin duda se arrepentirán mañana.

No me malinterpretéis. Follar está bien, pero solo cuando yo decido que quiero hacerlo. Únicamente me pongo cachondo cuando tomo la decisión consciente de follar, y nunca debido a estímulos externos.

En general, lo que me gusta es el poder, asfixiar, ver que la otra persona se retuerce bajo mi cuerpo. Disfruto aún más cuando me miran con ojos angustiados porque el asunto se ha puesto serio de verdad, y yo desearía seguir haciéndoles daño. Enrojecerles la piel. Ver sus putas lágrimas. Su sangre. Sus malditas entrañas.

Pero, por desgracia, no puedo permitir que existan rumores que digan que soy un sádico. Se me conoce por ser un buen polvo con una polla enorme que le come el coño a las chicas hasta que se corren. Siempre me aseguro de que ellas se corren antes, además. También pongo música ambiente y me encargo de que estén bien hidratadas y duerman bien.

Soy el mejor polvo que podría tener una chica, y tengo una puntuación generalizada de diez sobre diez.

Así que, para mantener esa imagen, no puedo seguir mis instintos.

En cualquier caso, no me molesta. Domino el arte de llevar una máscara en todo momento, incluso durante el sexo.

Hasta con la gente más cercana a mí.

Tengo una personalidad externa y otra interna.

La versión principal es el Gareth inteligente y de buenos modales que todo el mundo adora y que sería el político perfecto.

La versión secundaria, que además es la verdadera, es el Gareth que solo dejo suelto cuando el vacío se vuelve tan profundo que necesito purgar parte de esa energía oscura.

Yulian ha resultado ser el cabeza de turco afortunado.

O desafortunado, según cómo se mire.

Lo sigo desde lejos y observo cómo se tambalea y entra en una habitación. No sé si se trata de la suya.

Tampoco me importa.

Permanezco inmóvil en la esquina unos minutos más.

Invisible.

Es un superpoder que perdí con el paso de los años, conforme fui creciendo y empecé a llamar la atención, sobre todo, por mi aspecto. Es una de las consecuencias fortuitas de que dos personas guapas se enamoren y decidan engendrar un par de clones.

Los clones somos mi hermano y yo; definitivamente, no es lo que querían mis padres.

Ellos piensan que Killian es la anomalía con apellido Carson, pero eso es solo porque no me conocen a mí.

No de verdad.

Cuando vi lo alterados que se ponían por el divertimento inofensivo de Kill de matar ratones, me pegué al rincón y presté atención.

Escuché a mi padre echarse la culpa a sí mismo, a sus genes y a esa persona que no debe ser nombrada. Escuché a mi madre llorar y rogarle que parara.

Escuché el caos.

La desesperación.

La impresión de que su perfecta familia se hacía trizas.

Y decidí que no sería como Kill.

No mostraría mis demonios ni publicitaría el vacío que llevo dentro. Ni siquiera les dejaría percatarse de que algo iba mal o, lo que es peor, que se preocuparan tanto que acabasen llevándome a un médico que me diagnosticaría como hicieron con el tonto de mi hermano.

Decidí que sería su niño intachable. El hijo perfecto que nunca habían tenido y nunca tendrían.

Una imitación inmaculada y sin parangón de lo que imagino que sería una versión más joven de mi padre.

Porque así es como querría ser si no hubiera nacido de esta forma.

Después de echar un rápido vistazo a mi alrededor para asegurarme de que nadie está prestándome atención, me encamino hacia la habitación a la que ha entrado Yulian. Mis dedos están firmes al girar el pomo, echo una miradita rápida para asegurarme de que no hay nadie en el interior y entro. Con una sonrisilla, pego la espalda a la puerta y echo el pestillo.

Ha sido tan fácil que me siento un poco ofendido, pero eso no impide que la sangre siga rugiendo por mis venas, una adrenalina tormentosa que me revive.

Siempre me ha encantado cazar, la forma en la que las criaturas se esconden en las sombras, la emoción de algo desconocido acercándose con cada aliento.

Me retumba el corazón, y mis demonios tiran de sus cadenas; su rabia se desborda de las profundidades del vacío, su sed de sangre pinta la habitación de rojo.

Mi color favorito.

La habitación que ha elegido Yulian es sombría, el ambiente está cargado de un frío rancio y artificial. Las paredes están revestidas de madera oscura y proyectan sombras que se estiran hasta las esquinas, haciendo que parezca un espacio más pequeño de lo que es.

Cuando me acerco, veo con el rabillo del ojo un escritorio y unas estanterías llenas de libros y tonterías. Pero lo único que verdaderamente llama mi atención es el sofá de cuero negro que hay en el centro de la habitación, sobre el que Yulian está despatarrado. Se ve que el pobre infeliz no ha conseguido llegar a una habitación que tuviera cama, demasiado drogado para que le funcionara su maldito cerebro.

Todavía le cubre el rostro una máscara, va vestido con unos pantalones y una camisa de manga larga de color negro. Mis ojos buscan el sitio donde late su corazón, es lo primero en lo que me fijo.

El corazón le late de forma constante, el latido palpita contra su piel de un modo hipnotizante. Es un pulso mudo, pero oigo el ritmo grave.

Pum.

Pum.

Pum.

Y quiero cortarlo.

Pasar mi cuchillo por ahí y observar cómo se acalla.

Hasta quedar inmóvil.

Sin existencia.

Me paso el pulgar por el borde de mi labio superior, pero rápidamente aparto la mano. Antes de que acabe mordiéndome y haciéndome sangre.

Hace mucho que me quité esa costumbre y, desde luego, no quiero que vuelva ahora que estoy en control de todo mi ser.

Por mucho que desee matar a Yulian, no lo haré.

La única norma que me he autoimpuesto es la de no matar.

No se debe a un código moral que mi mente no procesa. De hecho, creo que a la humanidad le viene bien deshacerse de los gastos de espacio estúpidos que no dejan de aguar el coeficiente intelectual mediocre.

Es porque sé que no sería capaz de parar y que al final me pillarían.

Sí, podría escaquearme de la cárcel durante un tiempo. No solo soy estudiante de primer curso de Derecho, que estudia la ley para manipularla, sino que mi familia paterna es dueña de uno de los bufetes de abogados más grandes y exitosos de Estados Unidos: Carson & Carson.

Mi abuelo me quiere más que a su propio hijo y me conseguiría un veredicto de «no culpabilidad» aunque tuviera que emplear todos los métodos turbios a su disposición.

Pero ¿cuánto duraría eso?

Seguiría matando.

Me resulta imposible no hacerlo.

Sobre todo, después de… él.

Lo sé porque la sed de sangre es el único impulso que no termino de controlar del todo. Miro los latidos de la gente y desearía pintarrajearlos de rojo. Ver cómo se asfixian con su propia sangre para llenar el vacío de mi interior. Miro sus ojos y quiero verlos vacíos. Fantaseo con ojos muertos que me miran, sabiendo que soy el dios que puso fin a sus vidas.

Me pasa mucho durante el sexo, cuando envuelvo sus gargantas con la mano y se ponen a gemir. Quiero apretar ese punto clave hasta reducirlo a la nada.

Quiero que su placer se convierta en muerte. Sería algo poético, la verdad. Acabar con sus vidas en el momento más feliz.

Por desgracia, eso estropearía esta imagen que he construido a lo largo de toda una vida, y me importa más mi imagen que las ganas de ver morir a la gente.

Así que, aunque es una pena, no puedo matar a Yulian.

Me detengo para volver a mirarlo de arriba abajo; la música que retumba desde el piso inferior apenas se escucha.

¿Siempre ha sido tan alto? Sé que es grande, como el bruto de Nikolai, y que suelen pelearse en el club de la lucha, pero pensé que medía más o menos como yo, uno noventa, y no dos metros.

Y eso que no está de pie, así que no debería parecer tan alto.

Encogiéndome de hombros mentalmente, me acerco a él y saco un cuchillo de la funda que llevo en la pantorrilla.

Paso uno: desvestirlo.

Pero no seré yo quien desvista a un tío con mis propias manos —no me gusta ni desnudar a las chicas—, por eso me he traído el cuchillo para rajar su ropa.

Paso dos: vaciar sobre él el frasco que contiene ese lubricante con aspecto y tacto de semen.

Paso tres: echarme una foto con la polla en la mano como si me acabara de correr encima de él.

Paso cuatro: publicarlo por todo internet con su cara bien visible.

Paso cinco: volver a mi personalidad pública, sabiendo que he sido yo quien le ha buscado la ruina.

Puede que después le dé de puñetazos y patadas, solo para liberar esta violencia que me burbujea últimamente en las venas.

Retiro el dobladillo de su camiseta con un dedo, ya que no quiero tocarle la piel. Preferiblemente, de ningún sitio. De mala gana, los roces necesarios.

El cuchillo afilado corta la tela y me detengo cuando los dos trozos de la camisa caen a ambos lados de su cuerpo, dejando a la vista un pecho musculado, unos abdominales marcados y un tatuaje muy equivocado.

Debido a todos los combates en los que participa, he visto a Yulian semidesnudo en muchas ocasiones. Mientras que en su espalda tiene un montón de tatuajes absurdos, solo alberga uno pequeño en el pecho: una línea de palabras en ruso.

No es eso lo que estoy viendo ahora mismo.

El chico que tengo delante con el pecho a la vista tiene una enorme serpiente negra en 3D que se enrosca entre sus abdominales, sus escamas suben y bajan como si estuviera viva, y se esconde en un costado con una elegancia amenazadora. Tiene la boca abierta con los colmillos a la vista, a centímetros del corazón, como si se preparara para clavarlos y hacerle trizas.

Retrocedo.

A menos que Yulian se haya hecho un tatuaje nuevo en las últimas cuarenta y ocho horas, no es él.

Mi mente se acelera. ¿Cómo es posible?

Estoy seguro de que escuché su voz cuando le eché la droga, y lo he estado siguiendo desde entonces.

Menos cuando subió las escaleras.

Mierda.

Si esto es una trampa, no pienso quedarme esperando para verlo. Mis piernas me llevan con pasos rápidos y silenciosos hacia la puerta.

En cuanto tomo el pomo, noto un cañón metálico contra mi sien y oigo el chasquido de un arma.

Una voz grave que no reconozco me susurra al oído:

—Está feo excitar a un hombre para luego marcharte. ¿Qué te parece si lo arreglamos?

DOS

Gareth

No he llevado una máscara durante casi veintidós años por casualidad.

Ni por falta de observación por parte de mis padres, mis profesores o cualquier otro adulto en mi vida.

No es fortuito ni algo que saliera solo.

Fue una decisión consciente que tomé cuando era niño, y he hecho todo lo necesario para asegurarme de que esa imagen se mantiene así.

Sobre todo, porque planifico con previsión.

Con mucha previsión.

No hago nada sin tener planes para todas las variables de la ecuación. Muchos planes. Para que, si falla alguno, disponga de otros a los que recurrir.

Sin embargo, esta noche no conté con que sustituyeran a Yulian.

No es propio de él. En absoluto. Si se hubiera coscado de que le he mancillado la bebida, se habría enfrentado a mí cara a cara para darme de hostias.

No es ningún cobarde, y está claro que le encanta emplear los puños.

Así que no es Yulian quien ha ideado esta trampa. Sino el tipo que tiene una pistola contra mi sien, cuyo pecho irradia un asqueroso calor contra mi espalda.

Más le vale no tocarme.

Me planteo abrir la puerta y largarme igualmente, pero ya tengo pensado morir a los sesenta, por lo que un asesinato ahora me estropearía ese plan.

Dejo caer la mano y me giro de un solo y rápido movimiento, dirigiendo el cuchillo hacia su garganta.

Oigo un tiro silenciado y el cuchillo se me cae de la mano. Noto un temblor en la muñeca y la dejo caer al costado, mientras unas gotas de sangre gotean sobre la moqueta beige.

Cloc.

Cloc.

Cloc.

El muy hijo de puta ha disparado al mango del cuchillo y, aunque la bala no me ha dado directamente, sí que me ha rozado.

El dolor palpita en el dorso de mi mano y, por un instante, cierro los ojos para que el daño no me consuma. Si lo hace, me entrarán unas ganas tremendas de infligirlo yo mismo.

—Mira lo que has hecho. —La voz grave del impostor de Yulian resuena con una burla sosegada—. No era necesario, ¿no?

Cuando abro los ojos, está cerca.

Más cerca de lo que nadie debería estar después de haberme atacado. Porque estoy mirando el sitio donde palpita su corazón y quiero morder y arrancar la carne como un perro rabioso.

Aprieto la mandíbula y entierro a los demonios en el lugar del que han salido. Lo miro fijamente.

No el pecho ni ese extraño tatuaje de serpiente, sino la máscara de serpientes doradas que solo debería tener Yulian.

¿Ha sido una trampa?

—¿Qué te parece si retomamos las cosas donde las habíamos dejado? —Su aliento, una mezcla de whisky y menta, penetra en mis sentidos a través de los agujeros de la máscara. Requiero de todo mi control para no darle un cabezazo para que se aparte de una puta vez.

El silenciador de su pistola levanta mi máscara y permanece junto a mi boca; el frío metal roza mi piel cálida durante un segundo demasiado largo. Presiona mis labios y el frío se me clava en la carne, aunque no consigue desatar ninguna emoción.

No tengo sensación de miedo. Ese interruptor no existe en mi cerebro, ni cuando me están apuntando con un arma.

Pero ¿rabia? Sí, de eso tengo a montones, y se está acumulando cuanto más me pega el arma a la cara este hijo de puta.

Sin embargo, me quedo quieto y respiro lo más tranquilamente posible.

Cualquier movimiento repentino podría llevarme a la muerte y, gracias al silenciador, nadie en la fiesta se enteraría de nada. Este maldito desperdicio de espacio me ha demostrado que no le tiembla el pulso a la hora de apretar el gatillo, y yo no quiero tentar la suerte.

El silenciador se aparta de mis labios y el tipo me quita la máscara, que cae entre tintineos al suelo.

Ya estamos otra vez.

Lo que menos me gusta.

Desenmascararme.

Mostrar mi cara de bellas proporciones. Un cabello rubio y unos «ojos encantadoramente verdes», como los describen muchos. Aunque ahora sean marrones.

Suelen describirme como la representación del Príncipe Azul, gracias a mi rostro de belleza tradicional, mi sonrisa con hoyuelos y mi actitud acogedora.

No son más que armas de mi arsenal.

El tipo se detiene y me observa. Como todos. Tanto hombres como mujeres. Soy así de irresistible.

Aunque este en concreto no parece que quiera follarme. Sus ojos grises, del color de las tormentas y los huracanes, permanecen impasibles cuando me hace voltear la cara con el arma.

Como si estuviera buscando algo. Pero no sé el qué, y tampoco quiero descubrirlo.

Porque no me gustan esos ojos.

Llamémoslo odio a primera vista.

¿Por qué?

Carecen de color, y no se debe únicamente al gris nuboso. Parecen verdaderamente muertos, y no lo está —muerto, quiero decir—. Debería mostrar respeto por los fallecidos y hacer algo para que no estén tan vacíos. Así podría fantasear con volverlos inertes.

Me levanta la barbilla con el arma y yo me esfuerzo por seguir mirándolo a él en vez de al techo.

—Una cara muy bonita para una personalidad tan grotesca.

Grotesca.

¿Este cabronazo de mierda me está llamando grotesco?

¿A mí? ¿A la persona más guapa que conozco?

Tal vez sí que tenga que arrancarle el pulso.

—Veo que no te ha gustado el adjetivo. —Una sonrisa se cuela en sus palabras y yo descubro algo más que detesto.

Ese retumbar grave de su voz. Ese tono desapasionado, neutral y absolutamente monótono, como si no se molestase en imprimirle ninguna emoción.

Vuelve a hablar mientras su aliento me roza la boca.

—Pero no lo habría usado si no fuese verdad.

Lo contemplo como si fuese un robot… y tal vez lo sea.

—Permíteme que te lo explique. Has venido aquí con un plan siniestro en la manga. Empezaste metiendo droga en la copa de Yulian y después esperaste pacientemente a que se alejara de los demás. Aguardé a ver qué pretendías hacerle, pero te has detenido a medio camino, así que el suspense me está matando.

Hago amago de llevarme el pulgar a la boca, pero me obligo a mantener la mano en su sitio.

Me ha estado vigilando.

Mientras yo me centraba en Yulian, este capullo asqueroso me ha estado vigilando a mí.

Qué descaro acosar al acosador.

Ya hay que tener poca vergüenza, joder.

—¿Eres uno de sus guardaespaldas? —digo por primera vez en toda la noche—. No pareces ruso.

La mayoría de los guardas de Yulian, al igual que los nuestros, provienen de la mafia rusa, por lo que suelen tener un acento muy marcado.

Él no.

En todo caso, tiene una forma de hablar más refinada, con una cadencia lenta y precisa. También suena y parece mayor que yo, así que podría ser un militar jubilado y reconvertido en guardaespaldas. Aunque su forma de hablar es demasiado sofisticada para alguien que tenga un pasado militar estereotípico.

—¿Por qué? —El deje burlón regresa a su voz—. ¿Los prefieres rusos?

—Prefiero marcharme, si no te importa. —Sonrío, dejando a la vista mi encantadora personalidad, junto a mis hoyuelos aparentemente irresistibles.

A este capullo no le afecta lo más mínimo. No suelta el arma ni se produce ningún cambio en esos ojos perturbadores y muertos.

Ladea la cabeza, inclinándose tan cerca que mis fosas nasales aspiran su asqueroso aroma masculino, como a ámbar y a algo silvestre.

—No hasta que me cuentes qué tenías en mente para Yulian.

—Solo quería divertirme un poco sin hacerle daño.

—Dudo que no quisieras hacerle daño cuando lo has drogado y le has cortado la ropa. —Su arma se clava más en mi piel, el dolor me hace apretar los dientes—. ¿Sabes lo que yo creo?

—No me interesa, gracias.

El tipo ignora mis palabras y se cuela en mi espacio personal.

—Creo que tenías pensado hacer algo asqueroso.

Bajo la mirada y me quedo inmóvil. Está medio desnudo. Debe de haberse quitado los restos de su camisa, porque ahora solo lleva los pantalones de vestir negros. Es alto, unos centímetros más que yo, y claramente más ancho. La serpiente parece amenazadora junto a la máscara, y querría desenmascararlo a él también. Ver la cara del hombre que se atreve a darme caza.

—Algo que encaje con esa personalidad grotesca que tienes —continúa diciendo, metiéndome la pistola en la boca.

Abro los labios para que no me rompa los dientes, mientras me planteo si mi plan de morir a los sesenta es tan importante, porque empiezo a pensar que merece la pena recibir un disparo si con eso puedo darle un puñetazo al cabronazo que me ha llamado grotesco.

Dos veces.

El cañón del arma descansa sobre mi lengua y lo va deslizando hasta el fondo, hasta que llega a la campanilla. Yo permanezco tranquilo, ya que me ha robado el aliento.

¿La forma más certera de ahogarte? Perder los papeles, algo que me resulta desconocido. Ni siquiera puedo fingirlo o enmascararlo.

—No te dan arcadas. Interesante. —Su voz áspera suaviza el pitido que oigo.

Y entonces pasa algo extraño.

¿Esos ojos grises? ¿Los que no se han alterado una pizca y parecen pertenecer a una persona muerta?

Ahora no están completamente vacíos. Algo ha cambiado, mínimamente, y veo un atisbo de luz. Un brillo en la oscuridad.

Aparece y desaparece tan deprisa que cuestionaría mis ojos si tuviera la capacidad de dudar de mí mismo.

—Pero ¿sabes lo que es más interesante? —Me saca el arma de la boca y la posa sobre mis labios, humedeciéndolos con mi propia saliva. Después limpia la pistola en mi camiseta, cerca del corazón.

A conciencia.

Para darme a entender que le doy asco, de ahí esa limpieza excesiva, y lo hace cerca de mi corazón para que sepa que puede dispararme en cualquier momento. Hasta tiene el dedo en el gatillo.

Hijo de puta asqueroso.

Está claro que se le da genial jugar con la mente de la gente y llevarlos al límite. Si se tratara de otra persona, como mínimo estaría temblando y, si no, suplicando que lo soltara.

Una pena que yo no haga esas cosas.

Pero más le vale cuidarse las espaldas cuando salga de aquí.

—¿Quieres saber qué es más interesante? —repite la pregunta con el arma en mi garganta.

—Estoy seguro de que me pondrás al día.

—Menudo niñato estás hecho.

—Vaya, ¿qué me ha delatado?

—Cuidadito. —Presiona el arma un poco más, y yo trago saliva porque me está bloqueando la tráquea. Sus ojos observan el movimiento, mecánicamente, como si fuera un juego aburrido, y luego me mira de frente—. No te resistes. ¿Por qué?

—Si lo hago, ¿me dejarás escapar de esta aburrida situación?

Se le escapa una risotada siniestra.

—No, pero puede que se vuelva menos aburrida.

—Eso solo es posible si me dices qué quieres.

—¿Qué te hace pensar que quiero algo?

—No creo que me hayas encañonado y te hayas puesto en plan intimidante para nada, ¿no? Sería una pérdida de tiempo tremenda, tanto para ti como para mí.

—Perder nuestro tiempo es lo último que quiero. —Su pistola roza mi cinturón al tiempo que pronuncia «que quiero».

Me quedo quieto.

No puede ser.

Mi dedos se dirigen hacia el arma, pero el tipo la aparta de mi mano y la coloca contra mi cabeza.

—Tócala otra vez y derramo tus sesos por el suelo.

—No es una escopeta. No derramaría los sesos de nadie.

—¿Te crees muy gracioso?

—No, simplemente no me gusta la información falsa.

Su arma vuelve a deslizarse, esta vez sobre mi cinturón, y me tiembla la mano, pero no la muevo.

—Para —digo en la voz más clara posible.

—Una palabra que Yulian no podría haber dicho si te hubieras salido con la tuya.

Me detengo.

¿Lo ha dicho con rabia?

¿Con odio?

¿Ambas cosas?

Es la primera vez que capto alguna emoción en su voz y se debe a… ¿Yulian?

¿Quién es este tío? ¿Su novio?

No sabía que Yulian jugaba para ese equipo. ¿Lo mismo juega en los dos?

—¿Hasta dónde han llegado tus planes? —El hombre mete el arma por la cinturilla de mis pantalones, la punta roza mi vientre.

—He dicho que pares.

—Y yo te he hecho una pregunta. —La punta del silenciador baja hasta mi entrepierna.

Y ahora me está tocando. Tiene la putísima mano que rodeaba el arma sobre mi bajo vientre, por encima de la camiseta, sí, pero eso no niega el hecho de que este cabronazo de mierda me está tocando.

Me está poniendo encima esa mano asquerosa que voy a tener que romper.

—¿Pensabas meter esta polla flácida en su culo en cuanto estuviera drogado? —Me está hablando pegado a la cara, su máscara casi roza mi mejilla, pero al menos su cuerpo está separado de mí.

Salvo por esa puta mano de calor insoportable.

—Ah, ¿de eso trata todo esto? —Me obligo a sonreír—. ¿Estás celoso de que casi me follo a Yulian, que nunca te ha dedicado una mísera mirada?

Me clava la pistola en la polla y se me escapa un gruñido al sentir el dolor por todo el cuerpo.

Pero, al menos, he confirmado mi teoría. Una información que me resultaría interesante en otras circunstancias.

Ahora tengo que morderme la lengua para contener el dolor.

El hijo de puta me ha hecho más daño en una sola noche que cualquier otro en toda mi vida.

Voy a descubrir quién es y lo voy a matar. Puede que no lo haga con mis propias manos, pero tiene que ser eliminado por atreverse a sacarme de quicio.

Y tocarme.

Es que sigue tocándome, joder.

—Entonces ¿no vas a fingir lo contrario? —Su voz se torna siniestra, más profunda—. Pues nada.

Saca el arma y da un paso atrás.

¿Ahora piensa dispararme…?

—De rodillas.

—Me he portado bien. Dispárame de pie.

—No voy a dispararte, monstruito. Al menos, todavía. —Posa una mano sobre mi hombro y empuja hacia abajo con tanta fuerza que mis rodillas impactan contra el suelo con un golpe quedo. Siento dolor en los huesos.

—¿Qué crees que…?

—Chis. —Me pone la pistola en la boca—. No quiero ir tu desagradable voz.

Pero ¿qué cojones le pasa a este capullo? Tengo una voz grave y contenida que siempre pone cachondas a las chicas. Tengo una voz bonita. Todo el mundo lo sabe.

Todo. El. Mundo.

¿Cómo se atreve?

Manteniendo el arma en mi boca, se desabrocha el cinturón con la otra mano y, por un extraño y confuso momento, me quedo mirando cómo saca su polla a medio mástil.

¿Es que ese pervertido se ha puesto cachondo por amenazarme? ¿Por ponerme de rodillas?

Las venas del dorso de su enorme mano se marcan cuando se empieza a hacer una paja.

Y tiene un pollón. Para mi desolación, es algo más grande que la mía, y eso que yo la tengo enorme.

Viendo lo que tiene en la mano deberían castrarlo como a un eunuco.

—No te quedes mirando. —Me da en la comisura de la boca con el dorso de su polla, su olor masculino invade mis fosas nasales—. Utiliza esos asquerosos labios y chúpamela.

—Voy a tener que pasar. Gracias. —Hago amago de levantarme, pero mi coronilla choca con la culata del arma y vuelvo a caer.

—Perdona. ¿Ha sonado como que lo estaba pidiendo? Abre la puta boca para que pueda usarte como a una puta sin nombre.

Me palpitan la cabeza y las rodillas, pero tengo mucha tolerancia al dolor, así que la incomodidad física nunca me ha perturbado.

Es por lo que me ha llamado.

Puta.

¿Yo, el putísimo Gareth Carson? ¿Una puta?

Este cabrón ha sobrepasado todos los límites y va a morir. Gracias por venir a mi espectáculo.

Abro la boca todo lo posible. Imaginar que alguien va a usarme, sobre todo, un maldito hombre, me provoca repulsión hasta la médula, y empiezo a sentir ganas de vomitar.

Es físicamente doloroso estar en esta posición y dejar que una polla entre en mi boca.

Pero no pasa nada, porque solo durará un segundo.

El tipo mete su polla en mi boca.

—Esperaba más resistencia, pero pareces encantado de chuparme la polla como una buena guarrilla.

Lo miro a los ojos y aprieto los dientes alrededor de su miembro. Estoy a punto de arrancarle la polla de un bocado cuando me agarra del pelo y tira hacia atrás tan fuerte que casi me parte el cuello.

Su polla sale de mi boca al tiempo que me apunta con el arma por debajo de la mandíbula.

—Hazlo otra vez y te reviento el culo. Y me aseguraré de que sangres antes de pegarte un tiro en la cabeza.

Lo fulmino con la mirada.

—O puedes dejarme marchar y me plantearé no denunciarte por abuso sexual.

El tipo se ríe, un sonido desquiciado.

—¿Ese abuso sexual que tenías pensado hacerle a Yulian? ¿Del que tengo pruebas?

—Y no llegué a cometer.

—Pero lo habrías hecho de haber podido.

—¿Un pecado cancela otro?

—No. —El hijo de puta me abofetea en la boca con su polla y clava los dedos en mis mejillas. De nuevo, noto sus asquerosos dedos sobre mi cuerpo—. Pero me sienta bien.

Me obliga a abrir la boca y se lo permito. Más que nada porque me está apuntando a la cabeza con la pistola, y no puedo morir y que este capullo siga con su vida como si no hubiera pasado nada.

Tampoco va a follarme nadie en lo que me quede de vida. Nunca cederé a nadie ese tipo de control, y menos a él, porque estoy seguro de que lo hará de la forma más desagradable posible.

Porque su motivación es vengarse por lo que pretendía hacerle a Yulian. Uno por otro. Una forma de hacerme pagar mi propia medicina.

Su polla se abre camino por mi boca y yo intento permanecer tranquilo. Esa es mi mayor baza, así que no debería ser tan difícil.

No debería estar hirviendo de las ganas que tengo que volver a morderle.

Más fuerte.

Hasta arrancársela.

—Cuidado con los dientes —me dice cuando mis dientes rodean su polla—. Y sé un poco más proactivo. Chupa. Demuéstrame lo puta que eres.

Lo fulmino con la mirada.

Si piensa que voy a hacerle una mamada, está muy equivocado.

Él también debe vérmelo en los ojos, porque me quita las manos de las mejillas y me tira del pelo.

—¿No quieres? Supongo que da igual, porque voy a usar este agujero como me plazca.

Lo fulmino todavía más. «Acaba de una vez con esto, hijo de puta».

Esperemos que no sea como yo y termine rápido como el resto de capullos de polla flácida.

—Tienes que dejar de mirarme así. Lo mucho que me odias me la pone dura.

Y lo noto; las venas de su pene están palpitando, y su tamaño crece en mi boca hasta que me duele la mandíbula.

Entonces hace algo.

Me la mete tan hasta el fondo que llega hasta mi campanilla, haciendo que mi cara quede muy cerca de su entrepierna.

No puedo respirar.

La humedad me provoca picor en los ojos y me aferro a la calma.

Pero sigo sin poder respirar.

Es increíble que el cuerpo humano esté tan bien diseñado para la supervivencia. Mis manos se agarran a sus muslos e intentan apartarlo, pero mi fuerza solo me permite pellizcarle.

Se me emborrona la vista y empiezo a oír una vibración en los oídos. De repente, veo como si tuviera un gemelo.

—Eso ya me gusta más. Me encanta ver cómo te asoman las lágrimas. —Se echa hacia atrás y apenas consigo aspirar una vez antes de que vuelva a penetrarme. Mi cabeza se golpea contra la puerta—. Verte así de afectado me pone que te cagas.

Y el puto cabronazo lo dice en serio.

Su polla se vuelve más gruesa y más pesada, mientras entra y sale de mi boca, empleando mi lengua para obtener fricción, sin preocuparse de la saliva, los mocos y las lágrimas que se deslizan por mi barbilla.

—Se te da sorprendentemente bien chupar penes. —Me penetra hasta la entrepierna y me deja ahí.

Asfixiándome.

Obligándome a tocarlo.

Su cremallera me araña la barbilla y yo clavo las uñas en sus muslos; mis dedos buscan desesperadamente asirse a la tela, a la piel, a lo que sea.

—O más concretamente… —Me retira, golpeándome contra la puerta—. Se te da bien que te usen.

Ese cabrón va a asfixiarme hasta la muerte.

Voy a morir con una polla en la boca.

Con un hombre usándome.

Tomo una rápida decisión y muevo mi lengua laxa, lamiendo el dorso de su polla mientras pienso en las mamadas que suelo recibir habitualmente. Después empiezo a chupar. Lo hago como me gustaría que me la chuparan a mí, aunque no lo diga, porque las chicas no pueden o prefieren no hacerlo.

No suelen hacerlo con tanta dureza ni tan profundo, hasta el punto de que duele un poco.

Creo que a él le gusta, porque deja de penetrarme de forma tan violenta.

Pongo la mano alrededor de la base de su polla, manchándolo con un poco de mi sangre, y succiono con más fuerza, lamo con más pasión, queriendo vaciar hasta la última gota de su semen.

El hombre con los días contados me tira más fuerte del pelo.

—¿Qué cojones crees que estás haciendo?

No le gusta la forma en la que estoy chupando. Noto la furia asombrada de su voz. También noto la aspereza y el deseo oculto.

Así que aprieto la polla con una mano y, sin dejar de masturbarlo, me la meto en la boca, que ahora está llena de saliva, generando ruiditos de succión.

Verme de rodillas chupándosela a un hombre bastaría para que cualquier otro se volviera loco, pero aparto ese pensamiento de mi cabeza.

Porque esos ojos vacíos se estrechan, pero no me detienen mientras le hago un garganta profunda y me la llevo hasta el fondo, donde empleo mi garganta para llevarlo al límite.

Sus abdominales se contraen.

Se le escapa un gruñido.

Sus venas palpitan y retumban en mi boca.

Ya está. Ahora está a mi merced, aunque sea yo el que está de rodillas y con su polla en la boca.

Esa sensación de poder me da subidón, y sigo chupando y lamiendo, deslizando mis labios por el glande con la aspereza y el ritmo ligero que a mí me gustaría recibir cuando me hacen una mamada.

No pienso en la posición humillante en la que me encuentro, ni en que se cierne sobre mí, ni siquiera en la pistola.

Solo pienso en el poder que tengo entre mis manos. La forma en la que su respiración empieza a alterarse, cómo tiran sus dedos de mi pelo.

Siento tensión en la espalda, mi pene se estira en mis vaqueros.

No.

No estoy poniéndome cachondo chupándosela a otro.

Eso es imposible, joder.

Nunca me pongo cachondo a menos que me lo proponga. Simplemente no pasa.

—Te sale natural lo de ser una maldita puta. —El tipo acerca el zapato a mis vaqueros, lo pasa por mi pene cada vez más duro, y yo gimo con su polla en la boca—. Demasiado puta, al parecer.

—Vete a la mierda —mascullo, pero acabo gimiendo cuando desliza su pie hacia arriba y hacia abajo. La fricción me provoca un cosquilleo por la espalda.

—Te has puesto cachondo porque te estoy usando. Menudo masoquista estás hecho. ¿Quieres que te eche una mano? Parece doloroso.

Preferiría que me pegase un tiro.

Pero haré algo mejor.

Mientras juguetea con mi polla, hago eso de apretar la garganta alrededor de su glande. Lo que le ha hecho gruñir antes.

Y el tipo deja de moverse.

Me sujeta la cabeza con las dos manos, con el arma descansando en mi nuca, y se introduce en mi boca unas cuantas veces más. Sus gruñidos embargan el ambiente.

No hay otra palabra para describirlo. Me está usando.

El sonido húmedo de su polla mezclándose con mi saliva y su líquido preseminal es ensordecedor. Y lo odio, o eso espero con todas mis fuerzas, porque mi pene está ya totalmente erecto.

Por hacerle una mamada a otro.

¿Me he puesto cachondo?

De ninguna manera. Yo no me pongo cachondo por las acciones de los demás.

Esto debe de ser una pesadilla.

—Qué bien se te dan las mamadas, monstruito. —Su gemido vibra por todo mi cuerpo y se asienta en mis pelotas—. Esa boca caliente está deseando que la llene de mi semen.

Quiero negar con la cabeza, pero no puedo. Estoy tan duro que me duele.

Pero no lo digo en broma. Por primera vez en mi vida, me duele una erección.

—Voy a correrme en esa maldita garganta y a llenarte enterito de mi semen. —Se mueve un par de veces más y un sabor salado explota al fondo de mi garganta. Parte del líquido pegajoso escapa a ambos lados de mi barbilla.

Mientras el tipo se retira y se la guarda, yo me giro para escupir, pero él me sujeta el mentón, tocándome otra vez.

—Trágate hasta la última gota. Si desperdicias alguna, pasamos a tu otro agujero. —Lo fulmino con la mirada y veo que compone una sonrisilla por debajo de la máscara—. Pero claro, lo mismo también te gusta, teniendo en cuenta lo durísimo que estabas rozándote con mi zapato.

Me lo trago todo mientras él presiona el zapato y se me escapa algo de líquido preseminal. Un gruñido resuena en el aire y me doy cuenta de que he sido yo.

Joder. ¿Alguna vez se me ha puesto tan dura?

Si me frota un poco más, lo mismo me corro en los pantalones.

¿Qué cojones?

Debería pensar que tiene el zapato sucio y no querer que me lo restregase.

El tipo limpia el semen de mi barbilla y acerca los dedos índice y corazón a mis labios.

—Abre.

Cuando lo hago, los mete dentro y los remueve contra mi lengua, empujándolos hasta el fondo. Sin dejar de aplicar presión a mi polla.

Me duelen tanto las pelotas que están a punto de estallar, y no dejo de manchar mis putos calzoncillos. Noto la columna en tensión cuando me mezo hacia delante y hacia atrás sobre mis rodillas.

—Menudo bicho raro estás hecho. ¿Vas a correrte por el dolor? —Saca los dedos de mi boca al tiempo que retira el zapato.

Y desaparece la fricción.

Lo único que queda es una jodida frustración y esa sensación de tener las pelotas hinchadas, algo que jamás había experimentado.

El tipo se inclina hacia delante y me aprieta las mejillas con sus dedos largos y delgados. Mis labios se abren solos y me escupe entre ellos.

Me escupe en la boca.

—Los monstruitos como tú no merecen correrse. —Me da una palmadita en la mejilla—. Aunque son agujeros útiles.

Y después, me aparta como si fuera un saco de patatas, abre la puerta y se marcha.

TRES

Gareth

No he podido quitarme de encima la imperiosa necesidad de ver sangre derramada desde que salí de la mansión de las Sierpes.

Me ha estado palpitando por debajo de la herida de la mano, del dolor de la mandíbula y de ese asqueroso regusto que no soy capaz de eliminar por mucho que me lave los dientes y haga gárgaras o me trague el enjuague bucal.

Se ha quedado atrapado entre mi piel y las ganas de infligir dolor.

Los demonios del vacío han estado presionando, empujando en busca de algo, joder.

Dolor, sí, pero eso no parece suficiente, por mucho que me clave el cuchillo en la herida de la mano, retorciendo y girando la hoja hasta que la sangre forma un charco alrededor del desagüe de la ducha.

Me quedo mirando la mancha de color rojo intenso, aunque empieza a clarear, diluyéndose poco a poco en una tonalidad marrón y enfermiza antes de ser arrastrada por el agua. Se arremolina como si tratara de aferrarse a algo, pero no tiene fuerza, desaparece, se drena hacia la nada.

Sin embargo, el sentimiento que me aprieta el pecho no hace lo mismo. No se convierte en nada, quiero decir. Es como una pesada bola que arde contra mi pecho, un peso constante que no me deja respirar, joder.

La quemazón se está extendiendo, al fondo de mi garganta, a mi pelo, a mi abdomen, a mis mejillas.

A todos los lugares que él me ha tocado.

Me froto la cara hasta que se torna roja. También los hombros, el vientre, la polla. Me he frotado y frotado y frotado todos los sitios donde puso sus putos y asquerosos dedos, incluso la ropa. Y cuando no ha servido de nada, he recurrido al cuchillo. Otro cuchillo, no el que me quitó de las manos de un puto disparo.

Parece que esto tampoco está funcionando, y tengo que parar antes de que me dañe algún nervio y no pueda usar la mano.

La necesito para matar a ese cabronazo.

Tiro el cuchillo al suelo y salgo de la ducha; mi sangre se mezcla con el agua y forma chorritos que corren por mis dedos hasta caer al suelo.

Como una constante.

Cloc. Rojo.

Cloc. Rojo.

Cloc. Rojo.

Me gusta ver el rojo sobre los azulejos blancos. La forma irregular de las gotas de sangre. Que cada gota sea más oscura que la anterior.

En cierto sentido, me calma, por eso tiene el riesgo de convertirse en una adicción. Si me acostumbro a ver esto, querré hacerlo una y otra vez, y en cantidades más significativas. Como una droga.

Pero yo no tengo adicciones.

Y le paré los pies a una muy peligrosa hace seis años.

Así que ahora estoy estable. Debería estarlo.

Aparto la mirada de la sangre y me planto delante del espejo. La superficie antiniebla muestra una imagen nítida del agua que cae desde mi cabello, hacia mi

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