El chico de las mil almas

María Herrejón

Fragmento

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CAPÍTULO 1

Notaba la brisa mientras los mechones de pelo se le alborotaban alrededor de la cara. El intenso olor a tierra y flores le recordaba a aquellas excursiones familiares que solían hacer en bicicleta hacía ya varios veranos. Ella detestaba esas excursiones porque le restaban tiempo con sus libros y esos maravillosos mundos de fantasía donde todo era mucho mejor que la realidad. Ojalá hubiese disfrutado más de esas vacaciones en familia. Ojalá la hubiese disfrutado más a ella.

Oía los lamentos a su alrededor y aquella voz profunda pronunciando un discurso de fingida condolencia, hablando sobre lo maravillosa que era su hermana y lo mucho que le quedaba por vivir. Pero él no la conocía; ese cura no tenía ni la más remota idea de cómo era de especial Gabriela ni de lo que implicaba que ella ya no estuviese con ellos. Por horrible que pareciese, Álex tampoco lo había sabido hasta ese momento.

Se arrepentía tanto de no haber valorado todos y cada uno de los momentos con su hermana, pero ahora ya era demasiado tarde. No podía hacer nada para hacerla volver.

¿Cómo iba a saber que Gabi la abandonaría tan pronto y que dejaría de darle la plasta con esos consejos que luego ella nunca se aplicaba? «Haz lo que digo y no lo que hago», le decía siempre para hacerla rabiar.

Cuando se enteró de que su hermana había fallecido en un accidente de coche, sintió que iba a explotarle el pecho de rabia. No entendía cómo podía haberle hecho eso, cómo podía haberse marchado sin más, con todo lo que le quedaba por vivir. Veintidós años no eran nada.

Pero la rabia había dejado paso al dolor, ese dolor tan difícil de describir y que solo se siente cuando has perdido una parte de ti. Álex sentía que era un dolor que iba a dejar en ella un vacío para siempre, imposible de llenar.

Allí había muchísima gente. Todos tenían las mejillas tintadas de rosa, el rosa que aparecía cuando llevabas varias horas llorando. Su hermana fue siempre extrovertida y pizpireta, dispuesta a ayudar a todo el mundo y a embarcarse en las aventuras más arriesgadas, pero también era lista y guapa. Era muy guapa.

Las amigas de su hermana estaban situadas justo detrás de sus padres, llorando desconsoladas y abrazándose las unas a las otras. También había mucha gente del pueblo. Llevaban veraneando en aquel pueblito del norte desde que tenía uso de razón y todos los vecinos habían acudido en masa.

Una mano le rozó el hombro y la sacó de sus cavilaciones. Era Diego, el exnovio de su hermana.

—Mi más sincero pésame, Álex, qué tragedia para todos —dijo Diego con un pesar que a Álex le pareció casi excesivo.

—Gracias, Diego —murmuró Álex desconcertada. Quizás aún no había superado que Gabi lo dejara.

Vio de reojo que las amigas de su hermana miraban hacia donde se encontraban ellos con una expresión que no terminó de descifrar. Tuvo una sensación desagradable en el pecho y se echó hacia atrás, tratando de librarse de las miradas de compasión que notaba clavadas en su espalda.

Llevaban un par de veranos sin ir al pueblo después de que sus abuelos fallecieran. Tanto para su madre como para ellas había sido imposible volver a esa casa sin que ellos estuviesen para recibirlos. Ni siquiera Gabi, que iba y venía para ver a sus amigas y a Diego, se había quedado más en la casa. Pero aquel año su madre había decidido volver. Dijo que ese era el único lugar donde podía tratar de empezar a sanar las heridas que la pérdida de Gabriela les había dejado, y quería que la enterraran junto a sus abuelos, en el cementerio del pueblo que la vio nacer.

En cambio, para Álex era todo lo contrario. Ya no solo faltaban sus abuelos, ahora le faltaba Gabi. Iba a ser el verano más horrible de su vida, una vida que ahora jamás volvería a compartir con su hermana.

Álex logró escabullirse entre la gente mientras el cura seguía su discurso monótono. Bajó la cabeza para evitar las miradas de lástima y las caricias de las abuelas, y se apartó un poco de todos. Necesitaba un minuto para respirar.

El cementerio era grande y estaba poblado con muchos árboles. Estos eran altos, frondosos y de tronco ancho. No era una gran experta en el tema, pero habría jurado que se trataba de cedros.

Hacía un día precioso. Casi hubiera preferido que lloviera, que hiciera frío, algo así. Ni siquiera hacía calor. Quería irse, o más bien quería no estar allí. Miró a su alrededor.

Vio a un chico.

Estaba apoyado en un árbol con expresión tranquila y la miraba fijamente. Sintió una punzada de inquietud. Trató de recordar si podía ser alguien del pueblo. Después de esos dos años sin veranear allí se le habían desdibujado algunas caras en la memoria, pero algo le decía que esos ojos no los había visto nunca.

Por el rabillo del ojo, observó que su padre agitaba los brazos en un intento de captar su atención y hacerla regresar a la primera fila, donde ellos estaban. Álex desvió la vista del chico y fue hacia donde estaban sus padres, justo antes de que comenzaran a meter el ataúd de su hermana en la tierra. Su madre le tomó la mano. Oía los sollozos de su alrededor como sonidos muy lejanos. Sintió que tenía el corazón helado y que todo se congelaba por momentos.

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CAPÍTULO 2

Habían pasado ya dos semanas desde el funeral de su hermana y la gente del pueblo aún seguía dándole sus condolencias cada vez que se cruzaban con ella. Álex agradecía el gesto sin ganas, esperando que en algún momento se olvidaran y dejaran de recordarle que había perdido a su hermana mayor.

Sabía que la intención de la gente debía de ser buena y que su dolor era verdadero, pero ella ya tenía suficiente con el suyo y no quería cargar con el de los demás.

Paseando por el pueblo y los alrededores en su bicicleta para evitar que la pararan, Álex pasaba las tardes recordando esos veranos en los que sus abuelos las llevaban a su hermana y a ella a pasear por el campo y hacer pícnics en la montaña, y ellas se bañaban en los ríos y cogían moras, que luego comían hasta reventar.

También recordaba ese delicioso guiso de carne que hacía su abuelo. Era una de las comidas favoritas de Gabi, eso y la tarta de manzana casera que cocinaba su abuela. Álex casi se alegraba de no poderlos volver a probar sin ella.

No había vuelto a visitar a Gabi, pero pasaba por delante del cementerio con frecuencia. Especialmente cuando, como ese día, iba andando, porque era el atajo más rápido

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