El libro de la lactancia

Dr. José María Paricio

Fragmento

Introducción
Introducción

Ya se han contado todos.

No me contéis más cuentos.

LEÓN FELIPE (1884-1968)

Escribir un libro sobre lactancia, otro más, es un reto, posiblemente complicado y difícil de superar.

Actualmente hay varias decenas de libros en el mercado editorial que hablan de lactancia, y muchos son muy buenos. Abarcan un amplio espectro en cuanto a la autoría (persona o institución experta, médico, enfermera, matrona, psicóloga, madre...), en el estilo y contenido (didáctico, divulgativo, esquemático, de autoayuda, de compartir una historia, bonita o dura...) y en el tipo de público al que se dirigen (profesionales sanitarios, profesionales de la lactancia, madres, docentes e incluso niños).

Hasta yo mismo tengo ya escrito un libro, Tú eres la mejor madre del mundo, en el que una quinta parte de sus algo más de trescientas páginas habla de lactancia, así que os preguntaréis en qué líos me meto, qué más tengo que decir y para qué quiero contar nada más.

Existe una amplia tradición de escribir libros sobre lactancia que se remonta a muchos siglos atrás. Desde la clásica descripción acerca de cómo elegir una nodriza de Sorano de Éfeso en el siglo II d. C., retomada por el médico francés Ambroise Paré en el siglo XVI y por su discípula, la matrona Louise Bourgeois, en el XVII, pasando por muchos textos escritos por médicos, filósofos y moralistas que se ocuparon más de convencer a las madres de su inexorable deber de amamantar que de otra cosa, hasta llegar a los siglos XIX y XX, en los que se escribieron infinidad de tratados y manuales sobre lactancia dirigidos a madres, explicando por vez primera la técnica de la misma.

No deja de ser curioso —o más bien inquietante— que no sea hasta la invención de fórmulas sustitutorias de la leche materna a finales del siglo XIX cuando los médicos y científicos empiecen a explicar en sus tratados la técnica detallada de la lactancia materna a las madres. Hasta entonces no hay descripciones pormenorizadas de la misma. Era un tema, una sabiduría, que se comentaba y transmitía entre mujeres, y anteriormente nunca meritó la escritura de un tratado.

Sorprendentemente, los médicos, muchos de ellos profesores y catedráticos universitarios, y todos hombres, que escriben sobre lactancia desde finales del siglo XIX y a lo largo del XX, muestran un profundo desconocimiento de esa técnica ancestral de las mujeres; quizá no la han observado nunca, más preocupados por sus modificaciones de la leche de vaca como sustituto de la leche materna, y no se molestaron en preguntar, ni siquiera a sus propias madres, cómo hicieron para amamantar y qué mañas tenían para resolver algún problema que se les pudiera plantear. Las mujeres no cuentan en ese relato fantasioso de la lactancia descrita por los hombres de ciencia.

La alimentación infantil, al igual que el parto y la crianza, fueron medicalizados a lo largo del siglo XX. La sabiduría atesorada por mujeres pasó a ser ciencia elaborada por hombres, que excluyeron a las mujeres de la comprensión de la misma.

Lo que en esos textos de puericultura se dice de la alimentación es un trasunto de la ciencia del biberón, que poco o nada tiene que ver con la de la lactancia. Esta cultura, la del biberón, tenía en ese momento un recorrido de apenas cincuenta años, es un producto construido por la medicina y la puericultura de la época, y en ella todo está muy pautado y medido, alejado por tanto de la lactancia, y, lo que es peor, de ella emanan una inseguridad y un menosprecio hacia el poder nutricio de las madres y el alto valor biológico de la lactancia, llegando a considerar tan satisfactoria la reciente invención basada en modificaciones de la leche de vaca que no contempla solventar ningún posible problema de la lactancia: la solución habitual pasa por la sustitución por la fórmula láctea científica.

Realmente, con las instrucciones de esos manuales de puericultura del siglo XX no se puede amamantar; seguirlas aboca a un fracaso a corto plazo.

Tuvo que ser un libro escrito por mujeres que amamantaban el que trastocara por completo el paradigma erróneo transmitido por la ciencia médica; se trata de El arte femenino de amamantar, escrito en 1958 por un grupo de madres lactantes que dos años antes habían fundado en Illinois el que hoy es el grupo de apoyo a la lactancia de mujer a mujer más importante del mundo: La Leche League International, La Liga de la Leche, para entendernos.

A partir de este texto, que desmedicaliza la lactancia, los libros que se escriben sobre el tema mejoran de manera clara, pues lo que ahora se narra deja de entrar en conflicto manifiesto con las mejores prácticas para que una lactancia sea posible y satisfactoria para una madre y su bebé.

Pero la lactancia natural es como un verso suelto, una anomalía, dentro del sistema económico, sanitario y social actuales; es libre, no depende más que de la madre y del bebé y, si todo queda entre ellos, entre mujeres y niños, ¿quién más se puede beneficiar de ella? Esto supone un reto en un sistema socioeconómico que tiende a buscar ciegamente la rentabilidad monetaria o de poder de cualquier actividad.

Hoy existe de nuevo un exceso de celo, tanto en la medicina como en otras disciplinas, en profesionales de muy diversos ámbitos, incluso entre aquellos que jamás se habían interesado por la lactancia y ahora ven en ella un interés, ya sea de tipo altruista o de filón comercial. Quizá con la mejor de las intenciones se la intenta aprehender, a ella, a la madre y al lactante, indicando la necesidad de seguir un control, las posibles enfermedades y problemas, reales o inventados, y vendiendo posibles tratamientos, contrastados, humo o soluciones que nunca fueron probadas como efectivas. La lactancia vuelve a ser medicalizada.

La ciencia, y con ella la ciencia médica, avanzan a una velocidad vertiginosa. Continuamente hay nuevos descubrimientos, matices, detalles; todos los días se publican en el mundo científico miles de artículos, decenas de ellos sobre lactancia y, en no pocas ocasiones, los hay que van por delante de la prudencia y la confirmación experimental, sacando conclusiones peregrinas e ideando aplicaciones extraídas por los pelos de estas publicaciones.

La desaparición de la tribu comunitaria y de la familia extensa, así como el recelo que las nuevas generaciones puedan tener hacia la anterior en cuanto a sus conocimientos y estilo de crianza, agravado por la inexperiencia casi total de esas anteriores generaciones en el tema de la lactancia, hacen que muchas mujeres y sus parejas dependan o crean depender para el éxito de su lactancia y de su crianza de la lectura de libros, blogs, opiniones de conferenciantes, expertos y gurús, que pueden venderles desde aspectos sensatos y probados hasta teorías fantásticas, tan inútiles como peligrosas o molestas.

He elegido ese subtítulo, «Todo lo que las madres y la ciencia nos han enseñado sobre la lactancia»

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